viernes, 29 de febrero de 2008

Sólo los conformistas son insignificantes

Hola, me llamo Adolfo y soy un guisante. Esto lo escribo desde mi tumba una vez comido, tragado y digerido pero desde la más absoluta felicidad. Os cuento.

Hay tres cosas fundamentales que todo guisante tiene que soportar 1. Somos verdes, ese color para un alimento es un San Benito que ya no te quitas, te convierte en un marginado de por vida. 2. Somos calvos, y como no puedes hacerte ni patillas, ni perilla ni nada, es un handicap muy alto para nuestro atractivo físico. 3. Somos redondos lo que hace muy complicados movimientos en masa, que es como solemos desplazarnos, generalmente rodamos sin saber donde vamos a acabar. Sin hablar de la dificultad de mantener relaciones sexuales. Tenemos que rodar sobre el cuerpo de la guisanta en cuestión hasta alcanzar su órgano con el nuestro y claro nunca nos podemos ver la cara y en consecuencia darnos besitos durante el acto. No sé si veis la postura a la que me refiero.

La vida de un guisante no es nada fácil. Cuando naces, antes de enterarte ni de quien eres ni cuales son tus raíces, te cogen, te meten en un camión con otros muchos de tu especie y carretera y manta.

En un trayecto no superior a 24 horas ni inferior a 8 llegas a la fábrica de envasado dónde te meten desde pequeñito en el que será tu hogar para casi el resto de tus días, te introducen en el lugar conocido en el gremio como "La Lata".

La vida en "La Lata" al principio es dura. Cuando la cierran te encuentras en un lugar pequeño, oscuro y con cientos de desconocidos. Oyes la respiración del guisante de debajo, bueno y la del de al lado, bueno y la del de arriba. Salvo eso todo lo que percibes los primeros minutos de estar en "La Lata" es silencio. Nadie sabe que hace allí ni que le deparará el futuro.

Yo, he de reconocer, tuve bastante suerte porque me tocó en la fila 4 por arriba. Eso significa que sólo tres filas me aplastaban a la hora de dormir, lo que está muy bien teniendo en cuenta que una lata media tiene unas 43 filas. Uno de mis mejores amigos era de la fila 43 y le llamábamos “El lenteja” por razones obvias. Era un tipo un poco treiste que siempre se andaba quejando de la mala suerte que había tenido en la vida, aunque nunca hacía nada para cambiarla.

Como os decía, al principio "La Lata" acojona, pero pasados unos días todo empieza a mejorar. Comienzas conociendo a tus compañeros colindantes, que a su vez conocen a los suyos y te los presentan. Así acabas conociendo a todos los guisantes de tu lata. En seguida se montan timbas de mus, corros de la patata, grupos de debate y cosas por el estilo.

El grupo más típico es el que representa el Guisáculo. Este personaje existente en toda lata de guisantes es un tío que ha oído hablar de las leyendas del mundo exterior. Nos habla de la dureza de lo que hay fuera y del objetivo máximo de todo guisante. Nos cuenta que somos un alimento marginal, desterrado a acompañar a otros alimentos de mejor estatus social, obligados a permanecer en los bordes del plato y acabar en la basura porque nadie se come nunca el acompañamiento. Antes las zanahorias estaban un poco a nuestro nivel pero ahora que se han puesto de moda las cremas, hasta ellas tiene su parte del pastel.

El objetivo máximo de todo guisante, según el Guisáculo, es formar parte de nuestro único plato estrella, el único en que somos protagonistas absolutos y el único que nos hace salvar el honor internacionalmente. Me refiero por supuesto a LOS GUISANTES CON JAMÓN. Se supone que también existe el puré de guisantes pero nadie ha visto nunca un plato de puré de guisantes, lo que me tranquiliza porque no hay color entre acabar tus días lleno de orgullo al lado de una súper estrella de cualquier cocina como es el jamón serrano que acabar triturado y mezclado con vete tú a saber que gente en el mismo plato.

Y en esas transcurría mi vida hasta que un buen día "La Lata" se tambalea y sale disparada hacia arriba como si una fuerza superior la trasladara en el aire hacia algún lado. A continuación un CLIC, seguido de un GRRRRRRR y después unos momentos de ceguera por ver el sol por primera vez en varios meses. Me pude asomar al borde de la lata para ver un plato ensaladilla rusa y una sartén con aceite y con taquitos de jamón al lado. Estaba claro, la mitad iba a la ensaladilla y la otra mitad a nuestro plato estrella. Me coloqué estratégicamente para no caer en la ensaladilla en la primera vertida, era comlicado ya que tenía que rodar contracorriente desde la fila 4 hasta lo más abajo posible. Con tesón lo conseguí, no quería conformarme con ser el acompañamiento. Mi amigo “El lenteja” no tuvo tanta suerte, acabaría en la basura el pobre.
La segunda vez que nos vertieron ya fue encima de la sartén y salté sin miedo buscando mi cometido en la vida. Una vez en la sartén te dan un grato calentón y por fin llega tu momento esperado toda la vida: comienzan a caerte trozos de jamón encima, AHHHHH, que sensación. Precisamente aquí tengo un amigo taquito de jamón que me acompañó hasta el final. Saluda Antonio: "Buenoh día mi arma, que majoh que son estoh guisantilloh quillo".

Y aunque al final te queda un regustillo amargo porque según pasa el plato por la gente ves como los niños te ponen cara de asco y los adultos dicen aquello de "Es que a mi los guisantes no me gustan desde pequeño", siempre hay alguien que nos sabe apreciar y valorar y nos engulle con pasión para acabar con un "Qué salaos que son los guisantes y que buenos que están". Y sólo con eso ya me sentí lo más feliz que un guisante se puede sentir.

Y pensar que esto se me ocurrió en el banquillo de un campo de fútbol un buen domingo a las 11 de la mañana en Tres Cantos. Parece una gilipollez pero tiene su moraleja. Como siempre que cada uno lo interprete como quiera. Me hubira gustado pulirlo un poco más, sobre todo el personaje de "El Lenteja" pero ya es suficientemente largo para un blog.

Un beso para todos.

lunes, 18 de febrero de 2008

Depresión por Felicidad

Hoy me voy a hacer pequeño. Lo suficientemente pequeño para poder dar un paseo por mi cerebro como el que se da una vuelta por el jardín.

Voy vestido con mis vaqueros más clásicos, la camiseta metida por dentro para no coger frío en los riñones, mi sudadera roja de cremallera y mis imitación de Reebok clásicas de 8 años. Algo en mi interior dice que me parezco a Michael J. Fox en Regreso al Futuro pero no sé muy bien el qué.

Me meto por el oído hasta llegar a la cavidad cerebral, saco las piernas del agujero y pego un saltito para llegar al suelo. Primera sorpresa, no está blandito como esperaba sino duro como el asfalto, por eso lo llamarán corteza supongo.

Me pongo a caminar hacia ningún lado hasta que me encuentro una estación de tren. Me asomo a los andenes. No hay nadie salvo dos figuras a lo lejos a punto de meterse en el tren. Me acerco un poco y allí están las dos, mis musas, preciosas, élficas, delgadas, con el pelo verde la una y azul la otra. Las piernas largas, los pechos turgentes y los vestidos rasgados con delicioso estilo. Me miran por un momento, se ríen como tonteando conmigo, saben que no puedo resistirme. De pronto se meten en el tren y sin darme tiempo de mover ni un músculo el vehículo zarpa a la velocidad del rayo. Miro el panel de destino: "Ninguna Parte". Esta situación me hastía. No puedo vivir sin ellas. Afortunadamente veo el logo de cercanías en el panel.

Abandono la estación cabizbajo preguntándome donde habrán ido mis queridas. Me paro y cuando levanto la cabeza veo una enorme maraña de autopistas y carretras que se entrecruzan de forma inexplicable. Por ellas viajan todo tipo de objetos a toda velocidad, desde coches y motos hasta guitarras eléctricas, lavadoras, muñequitos de ventosa de Elvis, botas de fútbol o Rodolfos Langostino. Misteriosamente no hacen ruido.
En la carretera más cercana a mi, encuentro cinco puertas abiertas y una escena detrás de cada una de ellas. Hay un poquitín de viento y me acaricia el pelo. Es un viento refrescante, justo de temperatura y de fuerza. Me reconforta. Las escenas son estáticas como fotografías en tres dimensiones que dejan ver la inmensidad del scalextric a sus espaldas.

Analizo la primera puerta dónde encuentro a mis padres con mis hermanas y sobrinos. Están en la plaza de Romea en Murcia. Mi hermana embarazada de ocho meses está preciosa. Están todos jugando a algo parecido a balón prisionero pero mi padre parece no estar conforme con las reglas. Aún así se les ve a todos sonreír y parecen divertirse.

En la segunda puerta está mi excéntrico jefe italiano, con el pelo increíblemente despeinado y un sacaleches en la frente. Me está mirando con expresión de felicidad, esa expresión que pones cuando le vas a decir algo bueno a alguien que sabes que no espera. Está sentado en una silla detrás de un escritorio de despacho viejo y roído por las termitas. Mi revisión contractual y salarial está encima de la mesa escrita en una servilleta. El italiano tiene un boli BIC en la mano.

La tercera puerta es un gran rompecabezas de caras como en un anuncio de Benetton. No uno de esos puzzles planos, más bien uno de maderitas y palos y cuerdas que las unen. Pero en vez de ser gente de distintas culturas son todos mis amigos y conocidos. Los más allegados son las piezas centrales y los menos las exteriores. El puzzle es la única imagen de toda la foto que tiene movimiento. Las piezas están casi todas puestas en su lugar, formando un precioso mosaico, pero tienden a separarse lentamente, primero las de fuera, luego las de dentro. Hasta que unos brazos, cuyo propietario no puedo ver, comienzan a unirlas de nuevo. Pero en cuanto los brazos cejan en su empeño, las piezas continúan con su cruzada de separarse y romper el hermoso mural.

En penúltimo lugar se encuentra la cuarta puerta. Al lado izquierdo del interior está mi Mazda 3, mi casa, mis muebles, mi tele, todas las reservas de hoteles y conciertos que tengo hechas actualmente, todos mis libros, todos mis juegos, mi ropa del equipo y algunas cosas más. Al lado derecho hay un Mercedes, una reunión con los directivos de mi empresa, un biberón encima de una encimera muy larga que no es como la de mi cocina actual y un montón de fotos en distintos lugares del mundo con gente conocida y desconocida. Tengo canas en todas ellas, pero pocas.

La quinta puerta permanece cerrada. Aunque el candado parece bastante nuevo. Es de madera añeja y está llena de nombres y símbolos hechos con una llave o un punzón.

Estoy enmimismado tratando de entender el significado de todo lo que acabo de ver cuando un relámpago me sorprende. Cae excesivamente cerca de mí. No me había percatado de la tormenta que se avecinaba. Es muy raro porque todo parecía estar en orden aqui dentro.
Miro al cielo de mi cráneo. Está muy oscuro, cubierto de nubes cargadas de lluvia. Una gota cae sobre mi rostro, ya no siento el reconfortante viento. Más gotas comienzan a empaparme poco a poco, trato de cubrirme con los brazos pero no puedo porque no están en su sitio. Recorro mis hombros con la mirada y ahí se acaba mi cuerpo. No tengo brazos pero los siento.

Corro todo lo que puedo para refugiarme de la tormenta dentro de la estación de cercanías. Al menos allí estoy resguardado de la lluvia aunque tengo mucho frío. Miro de reojo el panel luminoso y mis retinas sólo perciben una imagen invertida que un vez llega al fondo de mi cerebro toma esta forma: ??? MIN.
Cierro los ojos y me imagino un tren a lo lejos, es de vapor, de los antiguos y la nube que forma al avanzar tiene una extraña forma. Aprieto los párpados para concentrarme más. Ya lo veo. La forma de la nube es una llave. Una llave de las pequñitas, de las que sólo son capaces de abrir.... un candado.

De ralladas también se vive no? Que se lo digan a El Bosco, seguro que todo empezó con un paseo por el jardín.

Besos para todos.

domingo, 10 de febrero de 2008

A falta de pan

Hola,

Este anuncio me lo envío mi amiga Elena de Málaga, espero que no te importe que lo cuelgue aqui Mala pero me parece tan bueno que me apetecía compartirlo.

En un principio puede parecer dirigido al público femenino pero a mi me parece una buena oprtunidad para entender mejor a las mujeres. Elegid vuestro rol chicos.... No vale pedirse todos el rapado del tatoo eh?

La vida es lo suficientemente larga para encontrar al adecuado. Es una pena que no publiciten los Control Adapta porque el eslogan sería mucho más real aún: "la vida es lo suficientemente larga para saber adaptarte al adecuado".

FE DE ERRATAS:
JAJAJA, madre mía. Si eso me invento la traducción. He visto hoy el vídeo hasta el final otra vez y el eslogan es "Vive lo suficiente para encontrar al adecuado". De ahí lo de usar condones para no morirte de SIDA. Vaya tela. Lo siento. Aunque por lo menos ahí queda el otro pensamiento que aunque nada tiene que ver con el vídeo al menos está curioso.

Un beso para todos.