El reloj del local marcaba las 7:23 aunque en verdad eran las 17:41 en ese mundo y las 20:15 en el mundo real. Un líquido amarillo con espuma blanca que no era cerveza se servía a diestro y siniestro repartiéndose en todas las mesas. Mesas formadas por la más variopinta gente del montón que gritaban en silencio, bebían con alborozo y bailaban al son de un viejo piano con sonido contemporáneo al que daba vida un apuesto anciano de 18 años cuyos temblorosos dedos volaban sobre las teclas de aquel horrible instrumento precioso produciendo la más melodiosa y estridente cantinela nunca oída hasta entonces y siempre escuchada en cualquier lugar.
La galera miraba con asco a todos aquellos atractivos botarates que no paraban de saltar en una misteriosa quietud, los músculos de sus caras dibujaban sonrisas de rasgos tristes, se apreciaba en todos ellos una deprimente pena mal disimulada con esporádicos pero continuos signos de alegría. Dios que asco que le daban. No podía aguantarlos. Para lo único que los quería era para que remaran y remaran sin parar hasta llegar algún absurdo destino para sin dejarlos respirar apenas unos minutos y sin que vieran donde les había llevado su esfuerzo, volvieran al trabajo. Si alguno se quejaba se le fustigaba y si finalmente moría se le sustituía por otro, total, eran todos iguales, igual de insignificantes, igual de inútiles que se creen con el derecho a esperar algo más de sus despreciables vidas. ¿Pretendían dar a entender que les molestaba no saber porqué, ni hacia donde remaban? ¿Pretendían hacer creer que sabían lo que significaban las palabras desmoralización y desmotivación? Puag, asquerosos perros, para ese nivel de conocimiento había que saber qué era el éxito y era imposible que seres tan despreciables lo supieran.
El castillo por su parte analizaba cada individuo como si fuera único, y en efecto lo eran. Estaba acostumbrado a seleccionar de entre grupos de personas a los que más se ajustaban a sus necesidades. Necesitaba canteros que obtuvieran la piedra, precisaba de carpinteros que construyeran una estructura sólida, albañiles que con su destreza levantaran muros nivelados y firmes, inversores que proporcionaran liquidez al proyecto, arquitectos que diseñaran donde tenía que ir cada columna o muro de contención, aguadores que mantuvieran fresca a toda la plantilla y todo contingente que considerara oportuno. Todos trabajarían duro para ajustarse a los plazos de construcción pero día tras día su esfuerzo se vería recompensado por la satisfacción de sentirse útil, los más acomodados, y valorados, los más ambiciosos. Y así en los momentos difíciles, cuando lloviera o nevara, la moral de unos y la motivación de otros provocarían una implicación que finalizaría con la inauguración de una nueva fortaleza.
RING!!!!RING!!!!!!
¿Sí?
¿Otra vez?
Que es para ayer.
Vale.
Colgó el teléfono y todo se difuminó lentamente. La Galera y el castillo desaparecieron para dejar paso a una pantalla de ordenador partida en dos indicando los plazos y asignaciones de dos proyectos de consultoría. Un Mantenimiento Correctivo y un proyecto evolutivo para crear un nuevo producto. Poco a poco la neblina fue perdiendo terreno a los bordes de la pantalla y todo se fue haciendo más claro, primero el ordenador, luego el teclado, el teléfono, el ratón, etc. El tiempo parecía pasar muy despacio pero la neblina continuaba su lento pero firme caminar hacia la desaparición. Miró a su alrededor enfocando las pupilas, excesivamente grandes debido a su mirada perdida en el infinito de hacía unos segundos.
Todo se aclaró finalmente y vio la sala al completo. Se trataba de un espacio enorme con unas 100 personas, la mayoría trajeadas con distintos estilos y gustos, embutidas en pequeñas crucetas que a algún diseñador de interiores de oficina le debieron parecer suficientemente amplias tras la rebaja de presupuesto que le propondrían. La mayoría estaba seria, se podría decir que triste, hasta sus siluetas parecían más grises de lo que debieran ser, como si estuviera viendo todo a través de una cámara de vídeo antigua. Uno de ellos repartía el café amarillento de la apestosa máquina del pasillo mientras se oía el ruidoso teclear de un hombre sentado al final de la sala, que parecía descargar toda su ira acumulada a lo largo de los años cada vez que pulsaba la tecla Intro o Espacio.
Estaba cansado de todo aquello. Cansado de, al más puro estilo Schindler, salvar a unos pocos que trabajarían en el Castillo y condenar al resto a otra larga temporada en el infierno de la Galera.
Ahora comprendía aquella frase acompañada al final por una amplia sonrisa de su primer jefe en su primera entrevista que, como en un programa de televisión donde tienes que sacar la palabra que no encaja del conjunto, al él le pareció totalmente fuera de lugar. La típica frase de la voz de la experiencia. La del anciano que se sabe cobarde y se ha hecho valiente que aconseja al joven que se cree valiente y no ha descubierto aun que es un cobarde. Una frase dirigida a un neófito, a sabiendas que ninguna de sus palabras va a ser comprendida en ese momento pero con la seguridad de que en el futuro cobrarán un valioso significado.
"Bienvenido al mundo de la consultoría. Un mundo de Galeras y Castillos. Lástima que el mundo sea 80% agua. ¿Verdad?"
Un beso para todos.