Cómo os he echado de menos.
Yo, capitán de navío,
de sentirme tan perdido,
nunca tuve tanto miedo.
Y al salir a navegar,
con las velas y aparejos,
no imaginas ni de lejos,
encontrarte ese percal.
No hay sextante al que mirar,
ni una estrella que te guíe,
lo único que se percibe,
la profundidad del mar.
Un mar de sedientas musas,
con caderas esculpidas,
de bellas aguas marinas,
y movimiento sensual.
En marcha ponen sus tretas,
hechizos y sortilegios,
aprenden desde el colegio,
cómo a un hombre conquistar.
La magia se queda en pena,
no son tan bellas las hadas,
cuando todas sus miradas,
acaban en tu cartera.
Navegamos muchas leguas,
para buscar un tesoro,
pensando que en nuestra tierra,
no saben lo que es el oro.
Y nos volvemos obtusos,
sin ver lo que aquí tenemos,
nos vamos al extranjero,
como bobos absolutos.
Me las brinden las estrellas,
o las olas las brinden,
mis ojos solo se rinden,
a las miradas más bellas.
Y finalmente cruzada,
te puede decir mil cosas,
quizá espinas, quizá rosas,
quizá su flecha clavada.
Está en nuestra voluntad,
lo que nos gusta es el juego,
y más placer obtenemos,
a mayor dificultad.
A aquellos mares les grito,
y a vosotras os dedico,
que tratándose de olas:
"Ola, ola, no hay más ola
que la mujer española".
JEJEJE, que folclórico ha quedado el final.
Un beso para todos.
jueves, 27 de noviembre de 2008
lunes, 17 de noviembre de 2008
Hielo
No hay viento pero mis mejillas y la punta de mi nariz están sonrojadas por el frío. Paso tras paso subo esa ladera de gélido mármol acercándome una vez más a los glaciares templos donde, como cada noche, mi imaginación echa a volar y mis sueños campan libres por los vítreos prados que la fase REM propicia.
Puedo ver el blanco de mi aliento delante de mi cara a cada nuevo y perezoso movimiento de mis pies. Me ayudo de la larga y aparentemente interminable vara de roble que me acompaña en cada viaje, con cada luna, a mi visita a los hielos.
A pesar de la experiencia nunca me abrigo suficiente, una camiseta aleatoria, una sudadera también escogida al azar y unos pantalones naranjas que dan una nota de triste color impotente al inhóspito páramo al que me encamino.
Un páramo en otro tiempo centro de lujuria y pasión, de pícaras risas y lascivos gemidos, de sensuales susurros e inocentes miradas de complicidad. La capital del mundo, al menos de mi mundo, dónde los visitantes invitados eran tratados con una exquisita delicadeza intentando complacer cada uno de sus deseos. A cambio ellos dejaban, en todas las rosas que adornaban lo que ahora no son más que bloques de hielo, sus esencias más íntimas y cubrían sus necesidades más primarias y socialmente vergonzantes dejando brotar, sin censuras algunas veces el tan difícilmente captable pudor, y otras muchas el eterno y balsámicamente buscado desenfreno.
Y al final, lo mejor. La calidez de un abrazo incondicional, totalmente altruista, alrededor de una mullida y suave caja torácica con la respiración alterada que poco a poco vuelve a su ciclo normal que alberga un corazón cuyos latidos retumban como un hipnótico canto tántrico en mi cabeza apoyada sobre ella. Mis brazos rodeándola aferrándose a esa plácida candela, que al menos desentumece la punta de mis dedos para paladear por unos instantes el sabor de las caricias y que unas horas después desaparecerá. Mi alma en paz absoluta por unos segundos.
Y ahora, llegando casi a mi destino, sigo notando el inexistente viento en la cara, la imaginaria nieve estorbando cada cansado movimiento de mis ingrávidas pesadas zapatillas, el no querer volver a tener esa sensación cuando tocas las sábanas de meterte en un agujero que los esquimales usan para pescar y pasar ahí dentro entre 4 y 6 horas.
Pero es lo que hay. Noche tras noche toca encararlo, tomar aliento, suspirar y meterse dentro, cavilando en qué ha cambiado para que lo que era un vergel de sensaciones y experiencias se haya convertido en un árido y seco desierto de hielo.
Y tengo las semillas, y dejo el lugar en un apetitoso barbecho para que crezca algo hermoso, pero justo en el momento de plantarlas, cobran vida y se me escapan de las manos huyendo a sabiendas de que esa tierra tan fértil donde crecerán hoy se convertirá en un bloque de pétreo cemento argamasado de amor mañana, dónde se verán atrapadas y sufrirán el peor de los dolores para salir de allí.
No importa que lo avise, no importa que lime, mime, pula o pique el cemento cada día después del fatal desenlace, no importa la sinceridad, ni el respeto, ni tratar de hacerlo bien, ni luchar contra lo utópico. 2 + 2 son 4 y yo me empeño en querer sumar 3 cuando sólo sé sumar 5. Qué cuantificable es todo.
Antes de dar mi último suspiro y meter la cabeza en el agujero de agua helada, lo último que pienso es que haré la próxima vez. Cerrar la cantera de mármol de una vez por todas o engañar a mis próximas semillas vivientes. Y cerrando los ojos al fin me duermo. No tengo martillo para romper el cemento ni maldad para no ir de frente.
Seguiré en hipotermia hasta que eso cambie.
Un beso para todos.
lunes, 10 de noviembre de 2008
1er Aniversario
Parece mentira como pasa el tiempo pero sí, hoy es 11 de noviembre y hace exactamente un año comencé a escribir este blog que tiene en cada una de sus ediciones parte de mi imaginación, parte de mis experiencias y por supuesto parte de mi personalidad, forjadas las tres con la ayuda de toda la gente vieja y nueva que voy conociendo en este curioso camino que es la vida.
Y celebro este aniversario por todo lo alto regresando de un viaje enormemente esperado con la mejor compañía que podría haber deseado, mis queridísimos contertulios: Daniel González, Fernando Miranda y Hosse Antonio Grande. El destino: La Habana.
Un viaje muy divertido en el que hemos luchado contra una población que tiene más cara que espalda y sin embargo te caen simpatiquísimos, unas mujeres que independientemente de su profesión diurna se transforman en lujuriosas vampiresas sedientas de dólares con cuerpos esculturales y ritmo innato en cada uno de sus huesos que resultan paradójicamente agobiantes y exasperantes.
Un viaje de contrastes donde poco a poco nos hemos quitado nuestra piel de primermundistas para que creciera cada nuevo poro con el sabor de de la necesidad que pasan allí y el buen humor con el que se toman la vida, sumergiéndonos así en el encanto de La Habana, sus calles y garitos llenos de ritmos y músicas en directo que te atrapan y casi te obligan, asesorados por el pesao de turno, a degustar los peores y mejores cócteles que he probado en mi vida (una sorpresa: la cerveza Bucanero). Es un lugar donde es tan posible que te quedes tirado en medio de una autopista por falta de gasolina en un coche particular con todas las luces de alarma del salpicadero encendidas, como levantar la mano hacia un taxi que pasa por allí el cual pega un frenazo no anunciado, puesto que sus luces de freno no existen, y recorre 100 metros marcha atrás para recogerte mientras el conductor del otro coche no deja de parar vehículos para que le dejen unos litros de gasolina.
Un sitio que te permite disfrutar de unos paisajes naturales espectaculares, que te invitan a hacerte a la idea de cuan rica es aquella tierra y ver sin embargo la capital prácticamente en ruinas con todas las paredes desconchadas y cables distribuidos aparentemente al azar por todos lados como si de enormes telas de araña se tratase.
En definitiva un viaje que me ha permitido disfrutar de mis amigos, en un buen ambiente, descubriendo experiencias nuevas, riéndome como hacía tiempo que no conseguía y desconectando de mi vida cotidiana, hasta el punto de tomar decisiones difíciles como obviar alguna alarma del calendario de mi móvil.
Es la guinda del pastel de 2008, como lo fue el concierto de Fito al de 2007, y aunque aun me quedan películas que rodar este año como casas rurales, viajes a la nieve, más conciertos, es difícil que alguna desbanque a este viaje de la cima de mi pastel anual y lo deje como una capa más, aunque dignísima como todas las que dan sabor a mi vida, de dulce nata y suave bizcocho.
Y dicho esto, echo la vista atrás y veo 53 escritos publicados que cuentan muchas cosas y también veo otro montón de ellos en el escritorio de mi ordenador que nunca llegué a publicar, bien por no resultarme buenos, por no acabarlos del todo o sencillamente por no venir a cuento. Y se me vienen a la memoria las dos razones por las que empezó todo esto. La primera está satisfecha y no es otra que ser la válvula de escape a la olla a presión que es mi cabeza. Ésta es la que me hace sentir libre. La segunda es la que me enorgullece de hacer algo con esa libertad. Llegar a tocar algún corazón, ayudar a alguien a no sentirse tan sólo, dibujar alguna sonrisa o hacer surgir una carcajada de aquel maravilloso y mágico lugar de donde sea que surjan.
Creo que ha sido un gran año. El futuro nos dirá hasta donde hemos llegado y hasta donde somos capaces de llegar.
Un beso para todos.
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