No sabría decir como he llegado hasta aquí. Miro a mí alrededor en todas las direcciones desorientado aunque el paraje me parece vagamente familiar. El aire es tan puro y limpio que reconforta de tal modo que se puede sentir cada átomo de oxígeno llegando a la sangre para distribuir después su pedazo de vida por todo el cuerpo. No sopla ni una ligera brisa, ni se oye un sonido, la única palabra que me viene a la cabeza es calma y la única sensación que recogen mis nervios, paz.
Es un bosque no demasiado frondoso pero tampoco yermo, con árboles y flores de diferentes colores y formas, todos y todas ellas en flor, radiantes, esplendorosas, proyectando su diversidad de una forma armoniosa y agradable. Un ligero manto de nieve cubre el follaje pero no da sensación de frío, sólo parece estar puesto ahí para adornar aún más la bella calma del lugar, como el artista de carboncillo da los últimos retoques para acentuar las sombras y hacer que su obra parezca querer salirse del lienzo alcanzando la relativa perfección.
Y al finalizar el giro sobre mí mismo.... la puerta. Apabullantemente grande, es de madera añeja y está llena de nombres y símbolos hechos con una llave o un punzón. A pesar de su tamaño el candado que la guarda es muy pequeño en comparación. Eso no es lo único que llama la atención de él, es mucho más nuevo que la puerta a pesar de que tiene minúsculas pintas de óxido que muestran el paso del tiempo. Parece estar cerrado pero... espera... una de las patas no está en su sitio. Acerco mi mano derecha y sujetando el candado con el pulgar y el corazón toco la patita metálica con el índice. En efecto el candado está abierto.
Noto la cara de sorpresa en mi semblante pero no me siento sorprendido. Empujo la puerta ligeramente con el hombro y se mueve con mucha más facilidad de lo esperado. Doy otro toque un poco más fuerte y con un agudo chirrido el trozo enorme de madera se desplaza violentamente hasta el tope de sus bisagras deteniéndose al final sin dar el esperado portazo. Habrá sido el viento, me digo.
Entro con determinación en la sala, por alguna razón no me da miedo lo que encontrarme dentro. Es una estancia con forma de capitolio, sin columnas y enorme, una estructura arquitectónica imposible. La sala redonda con ventanales altos a lo largo de todo su recorrido queda plenamente iluminada de luz natural. No tiene adornos y sin embargo no da la impresión de vacío de las típicas iglesias austeras de los pueblecitos pequeños, probablemente construidas pensando más es su verdadera utilidad que en la desmesurada e hipócrita ostentación.
Los únicos elementos que contiene el templo son un altar circular justo en el centro y cuatro largas y gruesas cadenas que parten la sala en cuadrantes. Uno de los extremos de las cadenas está incrustado en la roca de forma milimétrica, haciendo que los cuatro extremos dibujen un cuadrado perfecto dentro del círculo que hace de base imaginaria de la cúpula del capitolio.
Sigo las cadenas con la vista. Todas ellas acaban en grilletes. Las dos más cercanas rodean las muñecas, las más lejanas los tobillos. La figura que se presenta ante mí está arrodillada con la cabeza metida entre los hombros mirando al suelo. Parece un cuerpo de mujer. Desnudo. Me acerco lentamente a ella. Según me aproximo mis ojos captan más detalles. El cuerpo está exhausto y en una postura ingrata, de rodillas. Aparenta ser increíblemente proporcionado, su piel, pálida, brilla y parece extremadamente suave al tacto y bella a la vista, sin un surco o arruga que pueda envejecerla. Las piernas largas y sensuales, los pechos turgentes de pezones rosados suficientemente grandes para dar un toque de color a la blanquecina piel. El pelo lacio y negro cae como las olas del mar tocando ligeramente el suelo con las puntas. Se balancea con suavidad y las puntas dibujan un círculo en la baldosa que rozan puliéndola y abrillantándola de tal forma que contrasta con el resto de baldosas del suelo que ya estaban limpias de por sí.
Finalmente estoy tan cerca de ella que puedo oír su respiración. Ha debido sentirme también o quizás ver las puntas de mis pies en el lugar donde antes sólo estaba su perdida mirada. Levanta la cabeza y clava sus ojos en los míos. Percibo que mi cuerpo quiere retroceder un par de pasos apabullado por aquella belleza imposible, pero no lo hace. Las agua marinas de su cara armonizan a la perfección con el color rosa pálido de su rostro. La forma de la nariz fina y estilizada conecta en sus laderas con unos pómulos carnosos y elegantes, y en su falda con unos labios amapola que invitaban a la más depravada de las lujurias. Todo ello apuntillado por un delicioso mentón y un cuello terso, largo y apetecible.
El dulce olor ajazminado que la envuelve me embriaga de tal modo que estoy a punto de liberarla de sus cadenas y caer rendido a sus bazos pero algo me detiene, algo que ya me había obligado a detenerme una vez. Y ella lo percibe.
Pasan unos segundos como si fueran años y entonces aquel angelicalmente lascivo rostro adopta una mueca que en cualquier otra faz hubiera sido la viva imagen del terror, la desesperación y la ira mezcladas en una algarabía de demoniacas sensaciones. Sin embargo ella era imposible que perdiera su belleza inalcanzable, irreal, sublime.
Los músculos de su boca comienzan a moverse hasta que enseñan unos dientes blancos y alineados como si un arquitecto sobrehumano hubiera jugado por un día a construir con pulidas perlas una gloriosa muralla bañada en marfil. Cuando la boca se abre lo suficiente ocurre.... Un grito brutal como la lava nada más entrar el volcán en erupción escapa de lo más profundo de su ser, gutural en su inicio y agudo en su ejecución. Un grito de rabia contenida como grita el reo inocente cansado de su injusto cautiverio. El sonido tiene tantos matices que de no haberlos oído antes no podría distinguirlos todos, angustia, desolación, infravaloración, desilusión, desidia, parecía querer quitarse todo eso de encima de la única manera que podía, gritando rabiosamente.
Su aliento golpea mi cara que está ahora a escasos centímetros de la suya. Noto la fuerza de la feroz exhalación en mis mejillas, incluso en mi pelo, pero no es una sensación desagradable, su olor es como caer en un colchón de rosas rojas rodeado de árboles frutales. El grito se prolonga casi un minuto. Estaba sanando.
Ahora recordaba. Encadenarla había sido una buena medida para quitarle el mono. Estaba tardando más de lo esperado en desaparecer del todo pero ya casi lo había conseguido.
La echaba de menos, mi vida no había sido la misma sin ella. Olvidarla en este lugar había sido una buena decisión increíblemente dura de tomar. Ahora sin saber por qué venía a visitarla…. pero en realidad sí sé el porqué. Estoy muerto en vida sin ella y son esas ganas de vivir las que me llevan a no poder olvidarla.
Ha sido la primera visita después de mucho tiempo pero no será la última. La próxima vez estará curada del todo, rescatada de su adicción, la liberaré de sus cadenas y con su sola presencia limpiará el alquitrán de mi voluntad y derribará todas las barreras de sucio y endeble barro edificadas por mi miedo. Como hacía antes.
Cuando agotada acaba de gritar me acerco a su delicado oído. "Aguanta un poco más. El sufrimiento pronto acabará. Ya has hecho lo más difícil". Ella no levanta la cabeza que vuelve a mirar al suelo.
Me doy la vuelta y me voy, meto mi mano en el bolsillo y toco algo que jamás debería volver a ese lugar, un minúsculo y ligeramente oxidado candado.
Un beso para todos.
EPILOGO: Al salir al bosque, cerrar la quinta puerta y asegurarme de que la cerradura quedaba abierta tuve una extraña sensación. Una que creí haber olvidado. Sentí esperanza. Quizá obnubilado por ese nuevo placer no me percaté de que mi bolsillo volvía a estar vacío.
PD: Por si alguno no se acuerda:
http://blogantonioalarcon.blogspot.com/2008/02/depresin-por-felicidad.html