viernes, 6 de febrero de 2009

Un sueño cualquiera

Todo el mundo en el vagón parece desconcertado pero nadie levanta la voz ni se mueve nervioso, simplemente esperamos en nuestro sitio, resignados.

En realidad no creo que nadie sepa que hacemos allí ni a donde vamos. Aún así el vagón está en calma. Aprovecho que el tren toma una curva para echar un vistazo por la ventana y ver su longitud total. No me alcanza la vista, hay cientos de vagones, quizá miles puesto que se pierde en el horizonte y no veo el fin.

El horizonte por decir algo porque las nubes esponjosas y redondeadas no me dejan ver demasiado. Atravesamos un paraje un tanto extraño. Vamos flotando en el azul del cielo, no sé como se sujetan los raíles pero el kilométrico tren sigue su curso.

De pronto un elemento que choca con el resto del paisaje aparece en la ventana. Una estación. El tren para, se abren las puertas, hay algarabía de voces fuera del tren pero no veo con nitidez el andén, tampoco oigo exactamente que dicen. Tres viajeros de mi vagón, dos jóvenes de distintos sexos y un caballero vestido con traje y sombrero de mediana edad sonríen, se levantan con celeridad y se bajan del tren, perdiéndose en la nebulosa del andén.

Capto algunas miradas con toques de envidia, que después de mirar con resignación el andén, se dirigen a los recién salidos justo antes de bajar. Las miradas vienen de los pasajeros que parecen más nerviosos, más desesperados, como si llevaran en ese vagón más de la cuenta y nunca llegasen a su destino.

Era imposible calcular el tiempo allí. Nadie hablaba, nada pasaba, salvo de vez en cuando otra estación con otra escena similar a la anterior. Y otra, y otra. El tiempo se contaba por paradas y el vagón se iba vaciando poco a poco, sin embargo no parecía haber relación entre el número de viajeros y el número de paradas. Simplemente como si de un boleto de lotería se tratase, la cara de uno de los viajeros pasaba de la más absoluta frialdad, camuflaje de la ansiedad, a una expresión de alegría total. Se levantaba y se iba.

La puerta del final del vagón se abrió y apareció un revisor. Se acercó a mí y dijo:

Revisor: "El nuevo ¿no?"
Yo: "Supongo que sí".
Revisor: "A ver el pasaje"- Con un rápido movimiento y sin apenas esfuerzo metió su puño en mis costillas. No noté nada extraño. Sacó mi corazón unos centímetros, no latía. Le echó un vistazo y dijo:
Revisor: "¡JA! Por lo que veo te vas a tirar una buena temporada aquí amigo".
Yo: "No entiendo".
Revisor: "Cuando se abran las puertas y veas con nitidez el andén esa será tu parada. Es la única norma".

Dejó el corazón en su sitio sin antes poner cara de "Madre de dios la que tienes montada ahí, hijo" y se fue por la puerta opuesta del vagón por la que había venido.

No sé cuanto tiempo estuve allí. Pero mi cuerpo envejecía, miraba mis manos y empezaban a ajarse, mi juventud se esfumaba, me sentía flácido debajo de la gabardina gris que llevaba. Podía ver el galopar de mis canas si miraba el cristal al atravesar una nube y evitar el reflejo de la claridad que venía de fuera. Mi paciencia se agotaba, y la desesperación de estar allí crecía, pero por alguna razón, me quedaba como los demás, quieto, esperando, mirando el andén en cada parada y aguantando las sonrisas de los viajeros que abandonaban aquel odioso aunque cómodo y acogedor tren.

Finalmente me quedé sólo en el vagón. La última en bajar fue una chica con gafas y rizos dorados. Me alegré por ella porque se la veía sufrir mucho, hasta que miró al andén y su boca trazó una sonrisa de oreja a oreja, ¿qué habría visto? Me regaló una furtiva mirada de compasión antes de bajar a lo que yo contesté con una media sonrisa y un ligero movimiento de cabeza.

Las paradas se sucedían y la claridad de mi mirada no mejoraba. Me senté con la cabeza entre las manos, cerré los ojos y traté de controlar el llanto. Lo conseguí. Quizá por estar tan concentrado no vi al revisor, que no había envejecido nada, que se acercaba hacia a mi.

Revisor: "¿Que tal amigo?"
Yo: "¿Usted que creé?"
Revisor: El tren está vacío. La siguiente es la última parada. Si no ve el andén con claridad deberá cambiarse de tren a ese otro."

El revisor señaló un tren parado a unos metros. Era negro y terrible. Con formas fantasmagóricas que adornaban su diabólica forma. La locomotora no paraba de escupir llamas por la chimenea y una especie de ánimas informes parecían saltar de ventana en ventana por fuera del tren. Producía auténtico pavor.

Después del vistazo dije:
Yo: "Me vendrá bien un cambio". Y le sonreí. A lo que él movió la cabeza un par de veces como negando mis palabras y pensase que yo no tenía remedio y se fue.

Cuando el tren paró no pude evitar mi expectación por ver que escondían detrás las puertas del vagón. Se abrieron lentamente y un andén de hormigón normal y corriente se mostró ante mí. Lo veía claramente, tenía hasta el antideslizante verde en la punta. Tenía que ser esta. Me bajé con una estúpida sonrisa en mis labios, una que no había puesto yo.

Miré a derecha e izquierda, no había nadie. La estación estaba desierta. Quizá sólo me habían dejado bajar para coger el otro tren. La estación era infinita así que elegí andar hacia la derecha. Nada más iniciar mi marcha, del vagón contiguo al mío bajó una mujer. Parecía desorientada. Al igual que yo miró a derecha y a izquierda y entonces me vio. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. De pronto comencé a oír los latidos de mi corazón con nitidez plena, la sangre fluía por mis venas como en plena adolescencia llenándome de vida y subiendo mi temperatura. Ella debió sentir lo mismo porque se soltó de la barra de sujeción del vagón y saltó a mis brazos propinándome un beso inexplicablemente perfecto.

Nuestros ojos permanecieron cerrados todo el tiempo que duró el dulce, cálido y anhelado beso. Al terminar me separé un poco de ella la miré a los ojos y mi sonrisa pasó de la felicidad plena a la sorpresa. "¡No puedes ser, tú!", exclamé.

Y ambos, fundidos en un abrazo como si sólo fuéramos uno, nos desintegramos y evaporamos dejando aquella última oportunidad disfrazada de estación de tren absolutamente vacía.

Un beso para todos.