domingo, 17 de mayo de 2009

El Árbol, El Paraguas y El Ratón

Hablando con una amiga el otro día me dijo que hacía mucho que no escribía. Me dio tres palabras y me dijo en plan coña que hiciera una historia. Que imaginara algo y lo escribiera basándome en esas tres palabras.

Pues aunque al principio lo tomamos a cachondeo al final algo se me ocurrió y aquí está. Las palabras eran Árbol, Ratón y Paraguas. No podía ser otra cosa que una fábula.

Erase un vez un ratoncito muy pequeño que vivía en una desértica llanura que él mismo llamaba "Planicie". Le había puesto ese nombre porque era un llano castigado duramente por el sol y en el que el agua y la sombra eran bienes muy preciados.

Vivía en un "Enrevesado". Era una excepcionalmente rara especie de árbol que podía soportar sequías larguísimas y temperaturas muy altas. Su tronco estaba prácticamente hueco y era perfecto para que nuestro ratoncito creara un hogar en su interior. No tenía hojas ni frutos y sus ramas formaban un intrincado laberinto que hacía imposible seguir una de ellas desde su origen hasta su final.

Sólo llovía en abundancia una vez al año y ese día y los venideros, hasta que el sol evaporaba toda el agua de la tierra, nuestro ratoncito trabajaba duro para recoger toda el agua que podía y almacenarla en el interior del enrevesado.

No sólo la utilizaba para beber. También cultivaba semillas de secano y aprovechaba la escasa sombra que le daban las yermas ramas del árbol para que le duraran lo máximo posible. Apenas conseguía alimento pero era mejor que nada.

Un buen día nuestro ratón se despertó por la mañana, abrió la puerta de su enrevesado, se desperezó y al volver a focalizar su mirada no pudo creer lo que vio. Una sombra enorme y circular invadía su porche e iba incluso más allá, hasta proteger del sol sus minúsculos cultivos.

Sorprendido por aquella visión salió a la calle esperando que el sol le quemara el cogote como era habitual pero no lo hizo porque la sombra era real. No era una visión. Levantó la vista hacia la copa de su enrevesado y ahí estaba. El culpable de aquella sensación tan placentera. Un enorme paraguas se había quedado enredado en algunas ramas de la copa de su vivienda.

La sombra provocaba que el agua que almacenaba en el enrevesado aguantara más sin evaporarse y que sus cultivos pudieran crecer en extensión. Este le llevó a pensar en preparar un sistema de riego con el agua extra que le permitiera cultivar otro tipo de semillas más húmedas. Parecía que iba a poder almacenar cosas de un día para otro, o incluso de semana en semana ya que el insensible e implacable sol dejaba seca cualquier cosa que se quedara a la intemperie durante un par de horas.

Se puso manos a la obra. Los meses pasaron y poco a poco fue llevando a cabo, no sin esfuerzo, cada uno de sus proyectos. Cuando las necesidades básicas fueron cubiertas comenzó a disfrutar de la sombra que ahora bañaba su porche.

Ahora podía tomar el sol unos minutos y volver a la sombra a disfrutar en una tumboncita, con sus gafas de sol y un gran vaso de agua de la brisa que corría por planicie. Este ritual comenzó a convertirse en un hábito y por unos días se dedicó a la vida contemplativa.

Una noche se despertó sobresaltado. Un sonoro trueno le había despertado. Salió del enrevesado a toda prisa. La noche era muy cerrada y apenas se veía nada. El viento soplaba con mucha fuerza y hacía que sus orejas se le vinieran a la cara continuamente. Notó como la primera gota caía sobre su nariz y como si fuera una eficaz mensajera, que al tocar tierra hubiera alertado a todas las demás, un aguacero enorme comenzó a caer sobre Planicie. ¿Tocaba ya el día de lluvia? ¿Cómo podía habérsele pasado? Miró hacia arriba sujetándose las orejas con una mano y tratando de tapar la lluvia con la otra, no veía nada, pero en ese momento un espectacular relámpago que iluminó el cielo le mostró la silueta de su paraguas apunto de ser arrastrado por el fuerte viento.

Saltó como una exhalación al tronco del árbol y comenzó a escalar a toda velocidad. Sus patitas traseras lo impulsaban lo más rápido posible y sus diminutas uñas delanteras ejercían de improvisados piolets lo mejor que podían. No le iba a dar tiempo, notaba como con cada ráfaga de viento el paraguas se desprendía más de las ramas del enrevesado. Algunas incluso se rompían debido a su sequedad. Ya faltaba menos. Su tren inferior comenzó a encalambrarse y la unión entre las uñas y la carne de las patas delanteras ya llevaba sangrando un rato. Daba igual. Ya estaba casi. Lo tenía a su alcance. Trataría de sujetar y conservar al causante de su felicidad y su bienestar actuales. No era justo perderlo, había trabajado mucho en el riego, la remodelación del porche y los nuevos cultivos. Una última ráfaga de viento muy fuerte le hizo retroceder unos pasos justo en el momento que iba a conectar con el mango del paraguas. Soltó una maldición, se quitó las orejas de la cara y entonces lo vio. El crujido sonó como si se le hubieran roto todos los huesos del cuerpo, la última rama del enrevesado no aguantó la furia del viento y cedió, dando vía libre al paraguas y permitiéndole salir volando en busca de otro lugar donde engancharse.

Abatido y exhausto el ratoncito bajó del árbol y se quedó bajo la lluvia tendido en el suelo llorando. Debería ponerse a recolectar agua lo más rápido posible, tenía que volver a su vida anterior. Pero no tenía fuerzas. Llorando desconsoladamente se quedó dormido.

Lo que pasó después se lo dejo al lector. Sólo dos pistas. Cualquier cosa dos horas al sol se seca y muere, y antes del paraguas se malvivía pero se sobrevivía. Venga esos optimistas!!!

Un beso para todos.

MORALEJA:
Tenemos tan desarrollado el sentido de la propiedad que cuando algo extraordinario, que nada tiene que ver con nuestros actos, se planta ante nosotros nos acostumbramos a sus ventajas rápidamente. Así, pasado un cierto periodo de tiempo, se instala en nosotros la sensación de que nos pertenece. Lo tomamos como algo que siempre estará ahí, comenzamos a prestarle menos atención sin querer y un buen día....se va de la misma forma que vino. Fortuitamente.

Se dice que puedes prolongar la estancia de ese algo cuidándolo con mimo y dedicación pero al no poseerlo ni controlarlo un buen día simplemente se va.
Lo bueno es que todos podemos ser ese algo algún día ;) Lo verdaderamente importante es disfrutar de ello el tiempo que dure.

jueves, 7 de mayo de 2009

Cristal, Madera y Cuello de Botella

Sólo la había visto una vez pero fue suficiente. Fue un día cualquiera, haciendo nada especial, estaba como siempre sumido en sus pensamientos rodeado de gente por todos lados. Todo seguía moviéndose como era habitual en ese tipo de viajes pero pronto lo que le rodeaba quedaría lentamente estático y la quietud volvería a apoderarse de sus vidas.

Pensaba en como sería la vida en un lugar menos abarrotado, donde tuviera espacio para él y no tener que compartir su espacio vital con tantos otros. Sólo sentía cierta libertad cuando el mundo se movía y él aprovechaba para seguir el impulso, sentirse libre por un momento y disfrutar del movimiento porque moverse significaba que pasaban cosas y que pasaran cosas significaba crecer, disfrutar y sentirse vivo. Cómo acaba de ocurrir hacía un instante. Pero ahora todo estaba en calma o al menos calmándose.

A menudo, cuando la quietud parecía total, todavía quedaba un rezagado que buscaba hacerse un hueco y acomodarse entre el resto. Y ese día, el rezagado fue ella. Llegaba a bastante velocidad empujada, seguramente, por algún otro que llegara detrás, pero desde el momento que sus ojos se cruzaron con los suyos se paró el tiempo o mejor dicho se ralentizó como nunca antes había sentido.

Observó cada micrómetro de su cuerpo con avidez, con pasión. Una súbita necesidad de conocer todo de ella se instaló en él y no parecía que viniera de visita. No podía dejar de mirarla embelesado y con toda seguridad con una cara de tonto de cuidado porque cuando por fin acabó a su lado y se encajó en el lado izquierdo de su cuerpo le miró con los ojos como platos y comenzó a reírse. Y sólo hizo eso, no dijo nada, ni siquiera el esperado "y tú que miras" borde y airado que se solía escuchar dada la habitual brusquedad con que la gente llegaba allí y ocupaba el lugar que el azar parecía haberles asignado.

Pero ese día no parecía azar. Debía ser el destino. ¿Cuanto duraría? No lo sabía. También la aleatoriedad del mundo debía encargarse de eso. A veces se tiraban una eternidad quietos en la misma posición para de pronto comenzar el viaje y otras veces no daba tiempo a detenerse y ya había empezado el viaje de vuelta.

Tenía que aprovechar ese tiempo indefinido que le quedaba. Por fin se le brindaba la oportunidad de tener algo mejor que sus propios pensamientos. Y vaya si lo hizo.

Se colocó mirando hacia ella y le dijo que los momentos de calma total le parecían inmensamente aburridos y que, a pesar de que normalmente no proponía esas cosas porque los de allí solían ser bastante secos, si no le importaba que charlasen un rato estaría encantado porque estaba cansado de hablar consigo mismo. Esperaba una contestación fría y mohína aunque su risa y ojos anteriores mantenían sus esperanzas casi intactas. Y entonces contestó con la sonrisa puesta y una naturalidad que quitaba cualquier complejo o desconfianza: "Así que hablas contigo mismo ¿eh? y ¿que te cuentas?".

Y ahí empezó todo. La confianza fluyó desde el primer momento y se contaron desde historias graciosas hasta los pensamientos más tristes y oscuros que albergaban. Hablaron, rieron, se aconsejaron e incluso se consolaron. Parecía como si se conocieran de toda la vida. Eran dos cuerpos esféricos llenos de aristas que al rodar uno lentamente por el otro una a una van encajando a la perfección hasta perder la noción de saber donde empieza uno y dónde acaba el otro.

De pronto, todo comenzó a moverse de nuevo. ¿Cuanto tiempo había pasado? Mucho o poco se le había escapado y ahora le invadía la sensación de que, en el momento que la masa de individuos que les rodeaba les arrastrara, no se volverían a ver.

Por una vez en su vida no quería que llegará el momento del viaje, quería quedarse allí con ella eternamente. Después del primer temblor la miró. Leía las mismas sensaciones en sus pupilas titilantes. Un espacio no más grande que un ångström les separó. Todo se acabaría en una décima de segundo. Quería decirle mil cosas, todas a la vez, y no tenía tiempo, sólo pudo mirarla con ojos angustiados y decir "Adiós. Volveremos a vernos". Esas dos frases juntas no le pegaban nada y ella debió percibirlo porque con la cara calmada y expresión del que escucha lo que quiere oír a sabiendas de que no es cierto sólo fue capaz de susurrar tenuemente "Gracias por este rato".

Cuando todo volvió de nuevo a la calma y ambos se encontraban absolutamente perdidos entre la muchedumbre él volvió a tener todo el tiempo del mundo para escarbar en sus pensamientos con la diferencia que ahora lo único en lo que pensaba era en ella.

Calculó la probabilidad de volver a encontrarla. No quiso engañarse a sí mismo, era tan remota que la única palabra que acudía a su cabeza era: imposible.

A fin de cuentas sólo eran dos granos de arena metidos en un reloj.

Un beso para todos.