Otra noche sin dormir. Leer el Mail, series bajadas en streaming de Megavideo, un cuarto de hora jugando a algo, relimpiar la encimera de la cocina por tercera vez, un libro de media noche y como recurso final, la tele. Cualquier cosa antes que cerrar los ojos e imaginar como buitres carroñeros con enormes y pesadas bolsas con el dólar estampado en ellas, con anillos de oro en las plumas, con brillantes collares colgados de sus leonados cuellos y con enormes puros casi tan grandes como la avaricia de sus saltones ojos, a tus jefes acercándose lentamente y con rastrera avidez a un miserable hatillo torpemente parcheado lleno hasta la mitad de billetes de 5 euros que ha sido tu equipaje durante los últimos tres años.
Y curiosamente, han bastado dos minutos de esa caja tonta, a veces a uno le toca la lotería, para que una estúpida sonrisa y un sentimiento de felicidad añeja se hayan instalado en mí en el tiempo que mi cerebro ha tardado en cambiar la reacción química de la ira a la del amor.
Dos triunfitos, absolutamente imbéciles ambos pero con una bonita voz, han aparecido en pantalla. Lo he pillado justo antes de la actuación, cuando uno de los profesores les decía que parecían críos de 16 años. Y ahí se ha acabado la parte gran hermanil de OT, para mi dicha, y han empezado a cantar. Por curiosidad les he escuchado aguantando la tentación de hacer zapping hasta ver que canción era.
Después de oír la primera estrofa he dejado de escucharles en la tele para centrarme en las voces que entonaron esta canción la primera vez que la oí dentro de mi cabeza. He cerrado los ojos, ni rastro de los buitres. Mi cuerpo entero ha aumentado la temperatura, mi corazón se ha acelerado y ese nudo que se crea de la nada y que sube por el esófago para arrancarte una lágrima se ha adueñado de mi pecho mientras la canción continuaba su paso dulce y armónico.
Y paladeando cada nota, recuerdos que creía destruidos por un triturador de basura han reaparecido resultando estar debajo de la alfombra del salón. Debí dejarlos allí cuando hice mi acelerada limpieza emocional como el niño que barre por primera vez por orden materna y aun no encuentra sentido al recogedor teniendo unas alfombras tan hermosas en casa.
Recuerdos que me han invadido como hacía tiempo que no ocurría, me han atravesado como un rayo a una piscina olímpica, y han recorrido músculo por músculo mi cuerpo produciendo dulces, pequeños y estimulantes electroshocks a su paso, de los pies a la cabeza pasando, como no, por la caja torácica.
Las palabras de la letra de la canción se iban transmitiendo a las yemas de mis dedos, haciéndolos interactuar con las teclas de mi teléfono móvil como si de la Ouija se tratase, como si se movieran solos guiados por una fuerza superior incontrolable. "I will love you...", una pequeña pausa, preparado para sentir toda la fuerza de la melodía "until the end of time....". Los pelos de punta. Un último flashback del salón de mis padres viendo esta película en un último intento desesperado de inyectar adrenalina en el corazón aparentemente muerto que me abandonaba irremediablemente, haciéndose pequeño en un horizonte desconocido y sin levantar la mano siquiera para decir adiós. En la pantalla del móvil cuatro letras PARA: .......... Pulso la inicial, veo el nombre y rápidamente cancelo. Mejor así.
Entonces, una vez acabada la canción, la triunfita de voz finísima ha pronunciado un gutural "GRACIAS", que podría haberse sacado de la peluquería más chabacana de Vallecas, que me ha obligado a abrir los ojos y dejar escapar esa sensación de felicidad y tranquilidad tan ñoña para dejar paso a ese regustillo amargo y pesaroso que te queda después de recordar algo tan bueno.
La canción “Come What May” de Moulin Rouge. Mi película de amor favorita porque la historia me parece que aúna todo lo que una historia de amor verdadero debe tener, con permiso de la Princesa Prometida claro. Aquí tenéis el fragmento que me ha llevado a ponerme tierno y escribir esto:
http://www.youtube.com/watch?v=vVAoKTKFDzU&feature=related
Y ahora si me lo permitís:
Hay gente que cree en el amor verdadero, gente que no, gente que trata de buscarle un sentido o gente que prefiere dejarlo al azar. Lo que es verdad es que todos, todos, todos, directa o indirectamente lo buscamos. Y a todos, todos, todos, nos gustaría que realmente existiera.
Hasta aquí todo correcto. Lo curioso es que si alguien que encuentra el amor verdadero y es correspondido y por vicisitudes de la vida lo pierde. El primer impulso del resto del mundo es convencer a esa persona de que hay más oportunidades, que ese no tenía porque ser. Eso está bien, es una regla psicológica básica.
Pero que ocurre si no hay más oportunidades, como en una rifa en la que tienes que coger el pato más grande de una cinta transportadora antes de que se pare la cinta y dejas pasar los más grandes a la espera de otros mayores que finalmente nunca llegan. Y si esa persona está completamente segura que ese amor que siente es el único, the one que dicen los ingleses. Lo que ocurre es que, pasado un tiempo, esa persona para el resto del mundo, que busca con ahínco enamorarse, que busca sentir esa sensación única, que se deprimen si no lo encuentran y explotan de alegría al sentirlo, comienza a resultar cansino, aburrido, obsesionado y pesao.
"Olvídate ya pesao, que ha pasado mucho tiempo." OK, de acuerdo, pero si realmente el amor verdadero existe, hipotéticamente, y era ese, qué sólo debe sentirse el pesao ¿no? Como Copérnico cuando le quemaron los ignorantes de la época.
Que paradójico que pasado un tiempo consideremos obsesionado a alguien que probablemente ha encontrado justo lo que el resto buscamos.
Un beso para todos.
Y curiosamente, han bastado dos minutos de esa caja tonta, a veces a uno le toca la lotería, para que una estúpida sonrisa y un sentimiento de felicidad añeja se hayan instalado en mí en el tiempo que mi cerebro ha tardado en cambiar la reacción química de la ira a la del amor.
Dos triunfitos, absolutamente imbéciles ambos pero con una bonita voz, han aparecido en pantalla. Lo he pillado justo antes de la actuación, cuando uno de los profesores les decía que parecían críos de 16 años. Y ahí se ha acabado la parte gran hermanil de OT, para mi dicha, y han empezado a cantar. Por curiosidad les he escuchado aguantando la tentación de hacer zapping hasta ver que canción era.
Después de oír la primera estrofa he dejado de escucharles en la tele para centrarme en las voces que entonaron esta canción la primera vez que la oí dentro de mi cabeza. He cerrado los ojos, ni rastro de los buitres. Mi cuerpo entero ha aumentado la temperatura, mi corazón se ha acelerado y ese nudo que se crea de la nada y que sube por el esófago para arrancarte una lágrima se ha adueñado de mi pecho mientras la canción continuaba su paso dulce y armónico.
Y paladeando cada nota, recuerdos que creía destruidos por un triturador de basura han reaparecido resultando estar debajo de la alfombra del salón. Debí dejarlos allí cuando hice mi acelerada limpieza emocional como el niño que barre por primera vez por orden materna y aun no encuentra sentido al recogedor teniendo unas alfombras tan hermosas en casa.
Recuerdos que me han invadido como hacía tiempo que no ocurría, me han atravesado como un rayo a una piscina olímpica, y han recorrido músculo por músculo mi cuerpo produciendo dulces, pequeños y estimulantes electroshocks a su paso, de los pies a la cabeza pasando, como no, por la caja torácica.
Las palabras de la letra de la canción se iban transmitiendo a las yemas de mis dedos, haciéndolos interactuar con las teclas de mi teléfono móvil como si de la Ouija se tratase, como si se movieran solos guiados por una fuerza superior incontrolable. "I will love you...", una pequeña pausa, preparado para sentir toda la fuerza de la melodía "until the end of time....". Los pelos de punta. Un último flashback del salón de mis padres viendo esta película en un último intento desesperado de inyectar adrenalina en el corazón aparentemente muerto que me abandonaba irremediablemente, haciéndose pequeño en un horizonte desconocido y sin levantar la mano siquiera para decir adiós. En la pantalla del móvil cuatro letras PARA: .......... Pulso la inicial, veo el nombre y rápidamente cancelo. Mejor así.
Entonces, una vez acabada la canción, la triunfita de voz finísima ha pronunciado un gutural "GRACIAS", que podría haberse sacado de la peluquería más chabacana de Vallecas, que me ha obligado a abrir los ojos y dejar escapar esa sensación de felicidad y tranquilidad tan ñoña para dejar paso a ese regustillo amargo y pesaroso que te queda después de recordar algo tan bueno.
La canción “Come What May” de Moulin Rouge. Mi película de amor favorita porque la historia me parece que aúna todo lo que una historia de amor verdadero debe tener, con permiso de la Princesa Prometida claro. Aquí tenéis el fragmento que me ha llevado a ponerme tierno y escribir esto:
http://www.youtube.com/watch?v=vVAoKTKFDzU&feature=related
Y ahora si me lo permitís:
Hay gente que cree en el amor verdadero, gente que no, gente que trata de buscarle un sentido o gente que prefiere dejarlo al azar. Lo que es verdad es que todos, todos, todos, directa o indirectamente lo buscamos. Y a todos, todos, todos, nos gustaría que realmente existiera.
Hasta aquí todo correcto. Lo curioso es que si alguien que encuentra el amor verdadero y es correspondido y por vicisitudes de la vida lo pierde. El primer impulso del resto del mundo es convencer a esa persona de que hay más oportunidades, que ese no tenía porque ser. Eso está bien, es una regla psicológica básica.
Pero que ocurre si no hay más oportunidades, como en una rifa en la que tienes que coger el pato más grande de una cinta transportadora antes de que se pare la cinta y dejas pasar los más grandes a la espera de otros mayores que finalmente nunca llegan. Y si esa persona está completamente segura que ese amor que siente es el único, the one que dicen los ingleses. Lo que ocurre es que, pasado un tiempo, esa persona para el resto del mundo, que busca con ahínco enamorarse, que busca sentir esa sensación única, que se deprimen si no lo encuentran y explotan de alegría al sentirlo, comienza a resultar cansino, aburrido, obsesionado y pesao.
"Olvídate ya pesao, que ha pasado mucho tiempo." OK, de acuerdo, pero si realmente el amor verdadero existe, hipotéticamente, y era ese, qué sólo debe sentirse el pesao ¿no? Como Copérnico cuando le quemaron los ignorantes de la época.
Que paradójico que pasado un tiempo consideremos obsesionado a alguien que probablemente ha encontrado justo lo que el resto buscamos.
Un beso para todos.