sábado, 20 de noviembre de 2010

Echar de Menos

Un día más quedamos juntos. Me esperas en el salón mientras me arreglo. Bajo las escaleras, todo está oscuro. Me acerco al sofá a sabiendas de lo que va a ocurrir a continuación. Estás tumbada.

Me abalanzo sobre tu cuerpo desnudo trazando una línea sobre ti desde el ombligo a la nuez con mi lengua de acero sobre tu acartonada piel. Beso pragmáticamente tus labios y los noto fríos como témpanos de hielo, mi lengua busca calor en el interior de tu pétrea boca besándote aceleradamente, optimizando cada segundo. Comienzo a mordisquearte el cuello, tu estremecimiento es recibido con indiferencia por mi corazón. Succiono, muerdo y aprieto tus erguidos y duros pechos conociendo tu reacción con mis manos de plástico duro y yemas de cristal. Siento con cada caricia que te corto, que hago en tu cuerpo mil heridas, y tú te estremeces, suspiras, jadeas, gimes y gritas. Me pides más. Disimulando mi desidia libero mi tren inferior de toda prenda inútil y apresuradamente me introduzco en ti reprimiendo mi deseo de que todo esto acabe. Mis movimientos son acompasados, perfectos y lo suficientemente creíbles para que tu mente solo detecte todos los puntos herógenos de tu refugio complacidos. Miro tus ojos con mi cristalino perdido, gris, están en blanco orgásmico. Después de un rato, sudando fuego tú y escarcha yo, caemos rendidos. Me abrazas con fuerza. Preparo el telón arrastrando el dedo por tu espalda un par de veces. Nos damos un último beso timorato y nos dormimos cada uno en nuestro lado con una nube tormentosa dibujada en la frente.

La misma nube tomentosa que desaparece al no volver a vernos en un tiempo. Mi mundo real ha vuelto a jugármela. Yo ya no estoy. Aquella noche nunca estuve.

Tiempo después la copa recién derramada en la barra moja mis codos y me hace salir de mi ensoñación. El ruido se cierne sobre mi persona, mis amigos bailan y ríen, cruzan miradas de aprobación conmigo, se están divirtiendo. No me apetece disimular así que trato de focalizar mi vista unos metros por detrás de ellos. Nada demasiado extraño, una practica habitual en un bar de copas. Y entonces te veo. Necesito salir del bar, huir. Me despido velozmente y te vienes conmigo. Vamos a mi casa en el coche, no dices nada, yo tampoco. Sólo puedo mirarte y sonreír estúpidamente. Abro la puerta con celeridad, no encendemos ni la luz, te lanzo al sofá.

Me abalanzo sobre tu cuerpo desnudo trazando mapas sobre ti desde los pies a la boca con mi lengua de fuego sobre tu aterciopelada piel. Beso apasionadamente tus labios y los noto cálidos como rayos de sol en la mañana, mi lengua encuentra calor en el interior de tu dulce boca besándote lentamente, disfrutando cada momento. Comienzo a mordisquearte el cuello, tu estremecimiento me derrite el corazón y desborda mi libido. Succiono, muerdo y aprieto tus erguidos y duros pechos como sé que te gusta con las plumas de mis manos y las llamas de mis yemas . Siento con cada caricia que te atrapo, que hago de tu cuerpo un paraíso de emociones y tú te estremeces, suspiras, jadeas, gimes y gritas. Me pides más. Reprimiendo mi pasión libero mi tren inferior de toda prenda inútil y tentando varias veces la embestida como te gusta, me introduzco en las profundidades de tu ser anhelando morirme en ese preciso instante. Mis movimientos son acompasados, perfectos y espontáneos de tal forma que tu mente vuela por un momento a un mundo extrasensorial para volver con el sabor del placer pegado en el paladar de la pituitaria. Miro tus ojos con mi pupila tratando de plasmar el espejo de mi alma en el fondo de tus sentidos, están en blanco orgásmico. Después de un rato, sudando fuego tú y lava yo, caemos rendidos. Te abrazo con fuerza, jugueteas con el vello de mi pecho y cómodamente apoltronados el uno en el otro como si solo fuéramos uno nos dormimos con una sonrisa en los labios.

La misma sonrisa que desaparece al pensar que es sólo un buen recuerdo de nuestro amanecer. Mi mundo paralelo ha vuelto a jugármela. Me abrazo a la almohada con mi nube tormentosa dibujada en la frente. Me duermo. Tú ya no estás. Esta noche nunca estuviste.
Un beso para todos.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Renato y Lucrecia

Voy a introducirme en un género que aún no he tocado y la mayoría de la gente que me conoce piensa que soy incapaz de escribir por no tener “Mano”. La literatura infantil. Espero que se lo podáis leer a vuestros hijos.

Esta es la trepidante historia de un niño llamado Renato y su perrita Lucrecia. Renato tenía 11 años y era moreno y regordete. Vivía con sus padres encima de una colina. Su padre era pastelero y su casa era de chocolate. Cuando se cruzaba el umbral de la puerta una musiquilla entrañable sonaba en la cabeza y el olor a chocolate inundaba el corazón de felicidad. Pero Renato desde pequeño había querido ser astronauta. Siempre peleaba con sus padres porque ellos deseaban que continuara el negocio familiar pero Renato tenía claro su futuro.

Se encerraba en su cuarto con su telescopio en miniatura y miraba las constelaciones durante horas. Acompañado siempre por su perrita Lucrecia, leía y leía libros sobre estrellas y como era muy listo aprendió a leer mapas del cielo. Lucrecia se le quedaba mirando embobada mientras le contaba historias sobre Laika y como había llegado a la luna. Al acabar la historia Lucrecia pegaba un pequeño ladrido y movía graciosamente el rabo hasta que Renato la abrazaba y le prometía que un día irían juntos a la luna, y así, juntitos, se quedaban dormidos perdidos en sus sueños, uno en el de ser astronauta y otra en el de imitar a su heroína canina.

Un día Renato recibió una carta de la NASA en respuesta a un artículo que había escrito acerca de la relación entre los agujeros negros y los cereales con forma de estrella que tomaba cada mañana. No podía creerlo, le invitaban a ver en primera persona el lanzamiento de un cohete espacial. Sus padres acogieron la noticia con cierto escepticismo pero accedieron a hacer realidad el sueño de su querido hijo.

De pie Renato observaba con Lucrecia en sus brazos el cohete. Lo tenía a menos de dos metros de distancia y le habían subido a una plataforma que llegaba aproximadamente hasta la mitad de la nave espacial. Los motores rugieron con estruendo, no lo podían creer, era una sensación gloriosa estar allí. La nave estaba a punto de despegar cuando Lucrecia saltó de los brazos de Renato y se coló por una trampilla dentro del proyectil Renato no lo dudo un segundo y al grito de "Lucrecia NOOOOO!" de sus padres, él salto detrás de ella.

Todo había ocurrido muy deprisa. Renato se asomó por la trampilla por la que acababa de entrar y vio a sus padres muy chiquititos alejándose a velocidad de vértigo. Volvió al interior y vio a Lucrecia moviendo el rabo muy excitada y con una sonrisa perruna de oreja a oreja. Ahora tuvieron un segundo para entender lo que iba a ocurrir. Iban a tener la mayor experiencia de sus vidas, iban directos al espacio.

Se acomodaron detrás de unas cajas, se miraron con los ojos inundados de ilusión y entonces ocurrió... la ilusión se transformó en sangre. El cuerpo de Lucrecia explotó en mil pedazos llenando el habitáculo de pequeños trozos rojizos y viscosos compuestos por huesos triturados, órganos y entrañas descompuestas y mechones de pelo de perro por todos lados. Antes incluso de que el cerebro de Renato percibiera lo terrorífico de la escena que se proyectaba ante sus ojos corrió el mismos destino que su adorable perrita, adornando, como si de un denso y espeso sirope de fresa con trocitos de frambuesa se tratase, todo el techo y las paredes del interior del cohete. Al final resultó tener vocación de pastelero.

FIN.

Moraleja (infantil): Haz caso a tus padres.
Moraleja (Adulta): No es fácil saber cuando vas a morir de éxito.
Un beso para todos.