martes, 31 de julio de 2012

Redención


Va por vosotros: Alex, Luisen, Encarni, Zapar, Lolo, María, David, Víctor, Mamem, Estef, Nayra, Ana, Fernando, Vlad, Fran, Víctor.

El jueves pasado sabía que hoy iba a ser el fin del mundo. El fin de mi mundo al menos. Me miro por dentro después de haberlo dado todo, de haber compartido momentos inolvidables, de haber percibido sensaciones únicas e irrepetibles, de haber extremado los sentidos hasta rayar el clímax extrasensorial, de haber reído, bailado, empujado, saltado, abrazado, besado y sudado con gente extraordinaria en el mejor momento de sus vidas, en definitiva, de haber quemado hasta el último edificio de mi ciudad interior, cada parque, cada tienda, cada rincón olvidado y podrido, cada telaraña de amargura, cada sala de fiestas que pudiera residir en mí, como una bomba atómica purificante, el napalm redentor del alma. Todo está patas arriba, todo arrasado. El barbecho perfecto para que crezca algo aún mejor.

Mi mundo se ha acabado y lo he despedido como se merece. Miro desde un alto el montón de escombros y polvo y la melancolía me invade. Hace tiempo aprendí a transformarla en energía y puesto que todo final es un principio toca, como el ave fénix que siempre he sido y que solo sé ser, utilizar esa energía para renacer de mis cenizas una vez más aprovechando que ese renacer es aún posible.

Mientras cojo la escoba y comienzo la limpieza mi cabeza ya está diseñando la siguiente ciudad a construir para luego quemarla de nuevo. ¿Cuando es el próximo? ..... En septiembre amigos, que no falle ni uno.

Os dejo aquí el camino que seguí para que todo esto de arriba cobre algún sentido:


Supersubmarina




















The Sounds

http://www.youtube.com/watch?v=rYdI6T8f_5k













  
Second













  
Placebo















La Casa Azul



















 
Kasabian













 
Vetusta Morla


Cochellón



Un beso para todos.

PD: Y todo esto a pasar de las adversidades. No hay Karma, Dios o poder exterior interplanetario que pueda con nosotros.















miércoles, 18 de julio de 2012

Los Caminos Del Señor Son Inescrutables


Primer día de piscina. No es que sea el primer día que la abren sino el primer día que me atrevo a bajar. Como ya está bien entrado Julio he pensado que habrá más gente de vacaciones y en la palabra gente también se incluye la palabra niños.

Parece que he acertado, todo está tranquilo. Solo me separa de la piscina vacía y del agua reparadora y fresquita la silla del socorrista y un arsenal de corcho-panes apilados con sorprendente orden a su lado. Respiro aliviado, ni gritos, ni persecuciones, ni balones, ni nada por una tarde Sólo un buen libro, la brisa en la cara, el tacto fresco de la hierba en los pies y el sanador sol nutriendo mi piel y eliminando las impurezas de la oficina eterna.

Doy un suspiro breve que rezuma paz y me dispongo a dar el primer paso hacia el relax cuando oigo a lo lejos una especie de trotar, Jumanji, como una estampida de animales salvajes. Estos no son animales salvajes, lo sé por sus voces agudas y penetrantes, ojalá lo fueran porque al menos no hablan. Giran la esquina, yo les miro con pavor. entre 13 y 15 niños vienen corriendo con sus horripilantes ruidos de chanclas al correr, su gesto, erróneamente socializado como de felicidad, cuando claramente es de cabroncismo sin escrúpulos, su mirada de egoísmo limpio y virgen al que la razón aún no ha tocado y esa perversión suprema oculta por sus entrañables sonrisas dibujadas en sus pequeños labios.

Van armados hasta los dientes, no les falta ni un detalle, balones, pistolas de agua (de las pequeñas, de las grandes y de las enormes), frisbies y, como buen ejercito, tienen su abanderado, ese niño que no sé si lleva el traje de Cristiano Ronaldo tatuado en la piel o es que tiene miles de ellos porque JAMAS le he visto vestido de otra forma, que, como no, lleva un pito.

Pero algo ocurre en mi interior. Mi sentimiento de pavor cambia con el primer PIIIIIIIII del maldito pito. Todo se pone como a cámara lenta, los bordes de mi percepción se difuminan y cada elemento de mi alrededor toma tonalidades azules. Mi miedo se transforma en valor y mi odio en ansias de venganza. Llevo una armadura de oro brillante, preciosa e increíblemente ligera y un casco con un águila imperial que me hace solemne, enorme, invencible.

Donde antes había corcho-panes ahora hay un nutrido armero. Lo primero que tomo es un bate de béisbol pero no pega con mi armadura, sigo buscando como Bruce Willis en Pulp Fiction, ¿una sierra eléctrica? No, ¿unos nunchakus? No, ¿martillo? hummm no, ¿cuchillo de carnicero? demasiado corto, no. Doy la vuelta completa al armero y por fin encuentro lo que busco. UNA KATANA. Ahora sí.

Me vuelvo hacia mi enemigo natural ahora que estoy listo para la batalla, los niños se han convertido en zombie-niños!!!! Unos 5 metros les separan de mi, vienen corriendo sin control, gruñendo. Me abalanzo hacia ellos Katana en mano y gritando lleno de furia. El primero en caer es el gordito del portal 5 que siempre lleva algo o de helado o de chocolate en la mano y lo devora con ansia viva manchándose los mofletazos. Como te gustan tanto los bollos tooooooooma este katanazo al estómago ZASCA!. Los siguientes son otros tres que nunca había visto, se lanzan sobre mí, golpeo abajo, arriba, corto, tajo, rajo, una sangre azulada comienza a salpicar mi cara desencajada por completo con una mueca de pleno éxtasis de destrucción AAAAAAARRRRGGGGGGGGG!!!!!

Oigo el pito sonando sin descanso a lo lejos PIIIII, PIIIIIII. Paciencia Cristiano. Todo a su tiempo. Tengo un segundo para elegir objetivo, no lo dudo, es mi día de suerte. Ahí están mis tres vecinitos. ZASCA!!!! primero el mayor por el que tantas veces he sido despertado escuchando su nombre en la voz desgarrada de su madre porque había hecho una trastada. Tajo en la nuez. Después la pequeña, tan rica ella, tan mimada y llorona y con ese tono de voz insoportable, ZASCA!!!! golpeo su boquita con la empuñadura y en su recular le asesto un katanazo en la raya de las coletas. Una menos. Y luego el mediano, el de la cara especial según su madre y el de la cara de retrasado según yo, ZASCATRASCA!!!! rodilla, pecho, yugular, un movimiento perfecto, eso por todas las siestas que se han ido al limbo por gritar a lo Sloth durante horas en el descansillo (Nota para sensibles: No es subnormal de verdad).

Exhausto, trato de coger aliento. Solo queda uno. El mini CR7. En ese momento posee todas las características posibles para merecer la muerte, incluido el peinado del falso y papanatas crack portugués. Noto el temor en su mirada al percatarse de que estoy totalmente fuera de mí, mis ojos inyectados en ira deben ser muy intimidatorios. Me dispongo a asestar el último golpe de la batalla. Voy a partir en dos a ese pseudofutbolista niño-zombie. Apenas ofrece resistencia, sus ojos son como dos huevos a punto de salirse de su cara mientras el filo de la katana corta la mantequilla de su cerebro, hasta el pito que sujetan sus labios es cortado milimétricamente por la mitad. Continúo bajando imaginando como se rompe el siete que nunca mereció llevar, hasta que las dos mitades caen con un golpe entre sordo y viscoso una a cada lado.

Un Zombie enorme, apestoso y pustuloso, del que no me había percatado, aparece detrás del mini CR7 justo en el momento de partirse en dos. He dado tantos golpes precisos y letales que debo llevar un combo x52 por lo menos, así que noto aun más energía en mi cuerpo y me lanzó hacia el Zombie gigante impetuosamente.

Le asesto un golpe mortífero, el mejor de mi repertorio. Cuanto más grandes más pesados caen pero mi impacto no le causa ningún daño. Coge mi brazo como si fuera una barra de pan y me levanta del suelo. GGRE GGRRÑO GRRRF. Parece que quiere decirme algo. Quedo absolutamente sorprendido por este hecho y me distraigo. Rápidamente suelta mi brazo y me coge de las axilas, me levanta y me lanza al suelo.

En pleno vuelo mi percepción vuelve lentamente a la normalidad, los bordes ya no están difuminados, los colores vuelven a tener sus tonos normales, el zombie grandullón no es tal sino que es el padre del niño gordito, ya no tengo mi preciada armadura, el sol me quema la cara sin mi casco y en vez de una katana letal tengo un corcho-pan rojo en la mano derecha.

-¿Pero qué coño haces? - Me grita el grandullón.

Desconcertado aún miro lo que hace un segundo era el campo de batalla. El socorrista tiene la boca abierta de par en par, no da crédito, y a su alrededor puedo ver a un montón de niños, algunos llorando, otros frotándose las distintas articulaciones doloridas, rodillas, codos, hombros, mi vecinita con una mano en la boca y otra en la cabeza. Ninguno con grandes daños, como mucho alguna rojez corcho-panil, por ejemplo en el estómago, como el gordito.

- Nada, nad....- No puedo ni mirar al hombre a los ojos. Está furioso - Es que no me he tomado la medicación. - Alcanzo a balbucear.

Sonrío levemente pero nadie me devuelve la sonrisa. Aterrado por lo que ha pasado y por la situación en general. Huyo corriendo hacia mi casa. Avergonzado me meto en la cama, aunque sea por la tarde, y me acurruco. Espero represalias pero pasan las horas y éstas no llegan. Nadie debe saber donde vivo. Cuando mi cuerpo se relaja un poco comienzo a pensar que no me arrepiento tanto de lo ocurrido. Nada, en realidad. Me gustaría saber como me juzgaría Dios, si existiera, cuando me muera por estos actos. Me río sarcásticamente para mis adentros mientras ese pensamiento atraviesa mi consciencia y Caigo dormido.

Sueño que estoy en las puertas del cielo. Se abren para mí. Nadie sale a recibirme. Entro. Una larga escalera de nubes acaba en un edificio blanco impoluto con un cartel fluorescente intermitente enorme que pone BAR. Las subo. Me acerco a la puerta, ya puedo oír el frenético piano cancanero, pero cuando voy a abrir un tío con alas sale lanzado como en las pelis del oeste y cae mullidamente en la escalera de nubes.

- Vete de aquí y vuelve cuando tengas almas con las que pagar!!! - Dice alguien desde dentro.

El ángel se levanta se sacude el polvo de nubes del cuerpo y haciéndome un gesto despectivo se marcha. Entro en aquel extraño lugar.

No hay decoración, todo está hecho de nube, la barra, las mesas, el piano y las escaleras al piso superior. El ambiente es increíblemente acogedor, una sensación de bienestar me invade inmediatamente, la música con la que el pianista ameniza la escena suena muy pura, nada que haya podido oír antes. Las notas son las mismas pero tienen algo que no sé explicar que le llega a uno bien adentro y le tranquilizan, le pausan.

A parte del barman, el pianista y un par de bailarinas no hay más gente en el bar, todas las mesas están vacías salvo una de la grandes. Seis hombres parecen estar jugando al póker y bebiendo un líquido blanco vaporoso que les mantiene ebrios. Pero ocurre algo muy raro. Cinco de ellos, los que llevan alas y visten togas blancas, tienen las 5 cartas dadas la vuelta, es decir enseñándolas a los demás en lugar de guardarlas para ellos. El sexto hombre, que lleva una toga que brilla como una centella en una habitación oscura, una larga barba blanca y una gorra con una especie de triángulo pintado, sin embargo, las tiene escondidas, es el único que no las muestra al resto. Se atusa el bigote mientras piensa la siguiente jugada mirando sin pudor las cartas del resto de jugadores. De pronto sus ojos se clavan en mi.

La música se para, siento que toda la expectación confluye en mi. El hombre de la toga brillante suelta una carcajada y suelta las cartas por el aire.

- Mira quien tenemos aquí- exclama jovial - Estaba deseando que llegaras para juzgarte por el numerito de la piscina. - dice mientras no para de reír.

- Bueno... yo... - Comienzo a decir sin mucho confianza - no estoy totalmente orgu...

- Cállate antes de que digas una tontería muchacho- Me corta - Hacía que no veía a alguien interpretar tan bien mi forma de jugar a este juego que casi se me saltan las lágrimas. Solo te pondré un pero HIP!, a parte de los niños deberías haber acabado también con los padres HIP! pero no te preocupes – amplió aún más su sonrisa – Ya le pillarás el truco.

Estaba visiblemente borracho y quizás por eso no paraba de reír. De no estar en el cielo y ser Dios sus pómulos estarían enrojecidos, pero allí todo era blancura y pureza. Después de una pausa con la mirada distraída y en la que parecía que se iba a quedar dormido, un traspiés le sirvió para arrancar de nuevo el discurso.

- Gabriel!!! Gabriel!!! ¿donde demonios te has metido? HIP! - El sonido de un trueno se escuchó con fuerza fuera del bar justo después de decir la palabra "Demonios".

Un chico con unas alas esplendorosas, una armadura como la que había portado yo en la piscina pero plateada y una espada azulada de hoja ígnea se precipitó apresuradamente escaleras abajo segundos después.

- Aquí estoy señor.- Dijo casi sin aliento- A sus órdenes.

- Déjate de formalidades que hace mucho tiempo que sabes que no mereces esa armadura ni esa espada. Ni esas alas demonios!!- Otro trueno puso guinda a la reprimenda. - ¿Qué haces ahí arriba que no estás haciéndome justicia en la tierra? Este chico ya no es lo que era.

El tal Gabriel quiso responder algo pero se tragó sus palabras al apuntarle el viejo con el dedo y soltar un SIISHHT que helaba la sangre.

- Dale tus bártulos a este joven que será el nuevo arcángel HIP!.

- Pero señor...

- Sin rechistar!!! HIP! Y prepárate para envejecer que no te será tan fácil acostarte con nuestras celestiales prostitutas del piso de arriba a partir de ahora. JAJAJJA HIP! JAJA - A la carcajada del viejo se unieron los demás como un grupo de cotorros monos de repetición.

Mientras tanto yo asistía a la escena sin saber muy bien qué hacer, qué decir, o cómo actuar. Hice exactamente lo que se pretendía de mí en ese momento. Nada.

Gabriel mirándome con ira chascó los dedos, y sus alas, armadura y espada se desprendieron de él suavemente y envueltas en un halo azul volaron hacia mí. Algo me levantó del suelo y ya en el aire las alas se colocaron en su lugar en mi espalda, la armadura se acomodó como un guante a mi cuerpo y la espada apoyó su empuñadura en la palma de mi mano que se cerró inconscientemente sobre ella.

- Así está mejor - Bramó el viejo tan borracho que casi no se tenía en pie. - Ven muchacho HIP! - dijo cogiéndome del hombro - Ven conmigo y siéntate con nosotros antes de comenzar tu tarea. Bebe - dijo ofreciéndome una copa de nube llena de aquel líquido blanco vaporoso- Bebe HIP! que mañana será otro día. Desde hoy te dedicarás a hacer HIP! que mi voluntad se cumpla en la tierra. Y mi única lección es esta: Con la borrachera que tengo ahora mismo HIP! mañana no me levantaré a tiempo de evitar que una inundación se cobre unas 13000 vidas en el sur de Asia.

Hizo una pausa para darle gravedad a sus palabras. Se puso muy serio. Todos callamos. Algo hacía que escucháramos a ese viejo dijera lo que dijera. Su voz era como hipnótica. Nos miró uno por uno para que estudiáramos si lo que había dicho estaba bien o mal. Entonces volvió a sonreír y dijo.

- Quiera YO que me dure hasta por la tarde la cogorza porque hay un terremoto en el Norte de México a las 20:00 del carajo!!! JAJAJAJJAJAJAJJA. - Y todos reímos con él jocosamente, incluso Gabriel cambió su gesto adusto y se unió a nuestra mesa dándome un par de golpecitos cariñosos en la espalda.

Despierto. Me descojono y me pongo, por fin, a escribir.

Un beso para todos.

domingo, 15 de abril de 2012

En Un Mundo De Papel


Caminaba con decisión por la acera de papel que comunicaba las dos casas. Se había acicalado de forma concienzuda. El pelo, hecho de cerdas finas de escoba, engominado sobre su redonda cabeza de corcho, la barba apurada con tanta minuciosidad que había tenido que reconstruir parte de sus mejillas con minúsculas bolas de papel marrón y el delgadísimo cuello de palillo, donde se pinchaba su cabeza, perfumado con el bote de colonia cara que le había regalado su madre en su cumpleaños. Se había puesto su mejor traje y su mejor camisa aunque había tenido que airearla del tiempo que hacía que no la usaba. Los zapatos de papel charol impecables y relucientes. Se podría comer en ellos. Y en las manos lo más importante, una cuerda a la que había moldeado nudo a nudo para darle la forma de un precioso ramo de rosas de grandes pétalos rojizos que le había costado una semana terminar.

Merecía la pena, era el momento de su vida o al menos así lo sentía, que a fin de cuentas, independientemente de que sea o no el más importante en realidad, si así lo sientes así debe ser. La sorpresa sería mayúscula, la conocía y sabía que le daría un patatús. Se presentó en la entrada de la casita que era como una casa de muñecas de estilo victoriano pero hecha de papel maché y apuntalada en las aristas con palillos chinos adornados. Fue a llamar a la puerta con el puño, como buen clásico que era, haciendo el soniquete de la contraseña que solo él y ella conocían, pero la puerta estaba entreabierta. La empujó levemente y oyó risas en el salón.

Al principio pensó en esperar pero luego se dijo que la sorpresa sería aún mayor si estaban sus amigos. Se acercó con una sonrisa llena de confianza a la puerta del salón y los vio. Encima de sus delicados palillos redondos que eran sus extremidades estaba el enorme cuerpo con músculos de lata de Coca-Cola del tipo que la estuvo rondando hacía unos meses en el gimnasio. El personaje en cuestión estaba dando el último grito orgásmico justo cuando abrió la puerta, lo que le hizo pensar que si no hubiera dudado en entrar 30 segundos antes se podría haber ahorra ver como los millones de cabezones renacuajos viscosos de don musculitos descansaban ahora en la vagina de su novia. O en el plástico dentro de la vagina de su novia. Lo mismo daba.

No le habían visto lo que fue un alivio y aprovechó para salir corriendo. De las chinchetas azules que hacían de ojos en su cara nacieron dos pequeñas lágrimas que se fueron convirtiendo en un riachuelo y luego en un mar según avanzaba en su carrera, cada vez más rápida. Las prisas hacían que los delicados nudos de la cuerda se fueran deshaciendo, los pétalos eran cada vez más amorfos y dejaban ver agujeros entre ellos. El ramo tenía una forma idéntica a la de su corazón en esos momentos.

Finalmente llegó al parque, donde los árboles de papel sin raíces, sólo con una pestaña pegada con pegamento de barra al suelo, parecían mirarle como para consolarle pero no podían decir nada, ¡eran árboles maldita sea! y él era solo un idiota. Un completo idiota.

Desconsolado se sentó en un banco verde de alambre y un puñado de palomas de cartón salieron volando al sentir su presencia. Hundió la cabeza en los palillos que eran sus piernas y sujetó sus ojos con las manos.

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No se imaginaba la cara de idiota que debía tener en ese momento. Su prometido la estaba diciendo que ya no la quería, que son cosas que pasan, que el corazón deja de sentir, que se pierde la pasión, que te ve como una persona más y no como alguien especial y que lo sentía por el momento aunque para estas cosas ningún momento es bueno. Ningún momento es bueno, pedazo de cabrón, pero 10 minutos antes de la boda es el peor de los momentos, ¡¡y encima por teléfono!! Pero si la debía estar llamando desde detrás de la iglesia. Si se suponía que la estaba esperando en el altar no podía estar muy lejos.

Cuando colgó el teléfono su padre percibió la preocupación en sus chinchetas y el arco que hacían sus cejas de velcro no podía significar nada bueno. Hasta su cara se había vuelto de blanco poliexpan en vez del marroncito corcho vivo de las últimas semanas. Su corazón, como una plancha de cristal que cambia bruscamente de temperatura y se parte, pasó de la mayor de las alegrías a la pena más profunda en cuestión de segundos y obviamente, según las leyes físicas, se partió en mil pedazos.

No dijo nada, se bajó del lujoso coche tan deprisa como pudo saltándose el escalón de latón destinado a ayudarla a abandonar el vehículo. Pisó mal con los tacones y se rasgó el bajo del vestido, maldijo, se quitó los zapatos y descalza se dirigió a la parte de atrás de la iglesia. No estaba. Daba igual. Ya nada importaba. Siguió corriendo por el camino del río de papel de plata que reflejaba los rayos del maravilloso sol que estaba haciendo en el día de su boda. Su mayor preocupación hasta hacía unos momentos. Y no paró de correr hasta llegar al parque.

Estaba exhausta, le quemaban los pulmones y le faltaba el aliento, tenía que parar. La magia de la adrenalina generada por el odio comenzó a mitigarse y por fin entró en el estado de shock esperado. Se llevó las manos envueltas en preciosos guantes de servilleta a la cara y rompió a llorar desconsoladamente.

Recuperó mínimamente el aliento y se sentó en la esquinita de un banco verde de alambre. Levantó el velo, hundió la cabeza entre las piernas y se enjugó los ojos con el vestido.

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En ambos extremos del banco, separados apenas por 2 metros de distancia dos cabezas pensaban exactamente lo mismo.

¿Por qué le había tocado caer en tal desgracia? ¿Qué había hecho mal? Con todo el amor que tenía que ofrecer y le había ocurrido esto. Jamás encontraría otra persona con la que compartir tantos sueños, jamás podría volver a querer a nadie. ¿Cómo reconstruir una complicidad tan perfecta y precisa que un gesto mínimo basta para saber lo que el otro pretende, desea o piensa? Ojalá fuera tan sencillo como levantar la cabeza darse la vuelta y, por sorpresa, cruzar la mirada con alguien que te llene de alegría en un segundo y elimine por arte de birlibirloque el peso que la losa de la desolación impone al corazón. Como dolía. ¿Cómo hacerlo cesar? Ojalá todo fuera así de fácil.

Él iba a volverse pero no lo hizo. Se levantó y se fue cabizbajo a su piso.

Ella fue a volverse pero no lo hizo. Se levantó y se fue minimizada a su casa.

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No sabía ni cuantas horas llevaba tirado en la cama jugueteando con la cuerda, cualquier parecido con el ramo de rosas había desaparecido, haciendo todo tipo de formas, desde una lata de coca-cola con forma de bíceps gigante, pasando por un corazón de rojo fuego hasta llegar a una preciosa horca. Miró la horca detenidamente. ¿Qué importaba? en un movimiento rápido y decidido deslizó la cuerda por la lámpara del pequeño cuarto. Se pasó la horca por el cuello y se lanzó desde la silla. Cerró los ojos y esperó pacientemente mientras su miserable vida terminaba. La soga aguantó bien el tirón pero su cabeza de corcho no tanto y se salió del palillo que era cuello, tórax y abdominal al mismo tiempo. Maldición, ni eso le salía bien. Tanteó por la habitación hasta encontrar su cabeza, se la puso de nuevo y se fue a la cama sollozando. No sin antes guardar la horca en el cajón de los fantasmas del pasado. No pudo dormir.

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Todos estaban fuera de la habitación. Afortunadamente, después de gritarles como el cancerbero en las puertas del infierno, habían dejado de llamarla y aporrear la puerta pero notaba que estaban ahí. Al otro lado. Y ahí se iban a quedar. Tomó un frasco de pastillas blancas que había podido robarle a su madre antes de que la impidieran entrar en la habitación acosándola con sus absurdas preguntas. Eran somníferos potentes pues su madre era de sueño muy ligero. Se las metió todas de golpe en la boca, masticó con fuerza y tragó esperando que el compuesto del medicamento en esas cantidades le provocara un paro cardiaco o algo parecido que apagara su maltrecho corazón para que dejase de funcionar y de doler de esa forma tan atroz. Ya notaba la espuma en la boca pero lo único que consiguió fue un aliento súper extra fresco y un poco de dolor de estómago. Frasco equivocado. Quiso reír pero no pudo. Se sentía demasiado desgraciada. Se fue a la cama no sin antes guardar el velo de servilleta en el cajón de los fantasmas del pasado. No pudo dormir.

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Se dice que meses después se vio en el parque a dos personas. Un chico y una chica. Sentadas cada una en una punta de un banco verde hecho de alambre. Con la mirada perdida en el infinito, casi tan perdida como sus pensamientos, pero la espalda recta, el mentón alto y una medio sonrisa que asomaba confiada a la comisura de los labios. Se levantaron a la vez, con un suspiro, para irse a casa, uno mirando al norte y el otro al sur. Pero cuando iban a dar el primer paso algo les detuvo...

Dos cajones ardían en llamas ese día, uno hedía a rosas podridas, el otro apestaba a falsa boda.

El tiempo y los momentos nos vienen dados, sólo hay que tener paciencia. Los fantasmas… los fantasmas son cosa nuestra.

Un beso para todos.

domingo, 26 de febrero de 2012

Asesino (Capítulo piloto).


Un danzante espectro de humo salía lentamente del silenciador de la 9mm. Le encantaba ese momento, sólo duraba unos segundos hasta que desaparecía pero lo disfrutaba como si pasara a cámara lenta. Antes también les gustaba el olor a pólvora quemada pero desde que siempre lo hacía a corta distancia se mezclaba con un cierto tufillo oxidado de sangre que añadía un componente humano que le asqueaba enormemente.

Se quedó mirando al vacío donde hace un instante había humo. Observó entonces el agujero perfecto de la bala en la frente de su objetivo. Corría un hilo de un rojo denso por el ceño, eso le desagradó, le gustaba que el tiro fuera perfecto, no sólo equidistante entre ceja y ceja, sino limpio. Para ello acompasaba el disparo con inclinar la cabeza del cuerpo sin vida, de forma lenta pero sin paradas, sobre algo, un sofá, una cama o lo que fuera que permitiera dejarlo en posición horizontal sin estorbos. Si la engorrosa sangre tenía que salir por algún lado que saliera por el agujero de salida.

Lo más probable es que la sangre, que ahora mismo llegaba ya hasta el párpado de aquel pobre diablo, se debiera a que el ángulo que había tenido que recalcular debido al lunar no fuera el apropiado. Cómo odiaba los lunares de las víctimas. Los lunares no eran más que errores en el ADN, defectos insalvables que todos tenían. No le gustaba disparar a los lunares, no sabía exactamente por qué, no era superstición, era más por desprecio, no merecían ni la bala entrando por ellos. Cuando los evitaba pasaban cosas como esta y eso le incomodaba. Le hacía reprenderse a sí mismo interiormente. Le hacía perder su equilibrio emocional.

El pequeño reguero de sangre había tomado la rodera del párpado como si de un riachuelo se tratara y caía gota a gota en la manta de piel de vaca que cubría el sofá de sky. Una perfecta lágrima de sangre. Que irónico. El travestido se hacía llamar Bloody Teardrop. Por supuesto había intentado darse un patético aire diabólico y pícaro con ese “Bloddy” en el seudónimo, pero con lo que seguro no contaba es que acabaría definiendo con su semántica más precisa el momento de su muerte.

De los cinco objetivos que tenía que cumplir en ese encargo especial éste había sido sin duda el más sencillo. La gente con los vicios más acentuados suelen ser fácilmente manipulable. En general la mayoría de los humanos tienen poco sentido común, aunque ellos creen tener mucho, una de las cosas que más aborrecía de ellos, pero los viciosos pierden el poco que les queda con increíble rapidez.

Le había bastado con colarse en el club donde Bloody Teardrop actuaba esa noche. El hedor que desprendía tanta gente, el sudor, tener que rozarlos para poder moverse. Asqueroso. Gajes del oficio. A fin de cuentas esas detestables criaturas le daban de comer. Trató de contenerse y lo consiguió. Como siempre.

Allí estaba, bailando en la pasarela central. Tenía un cuerpo imponente, las operaciones y los estrógenos no sólo habían hecho un gran trabajo en su cuerpo sino que se habían administrado con sapiencia. Un buen cirujano sin duda. Seguro que cobraba más en una sesión que lo que valía el conjunto de aquel antro, donde tantos billetes en forma de silicona danzaban alegremente. Algo no encajaba, algún pez gordo tendría algo que decir sobre aquello pero no quiso pensar quien podría ser. No era su trabajo, aunque seguramente estaría relacionado. De cualquier manera no le incumbía.

Se movía con exuberantes golpes de cadera, muy femeninos, y contoneaba el cuerpo de forma innata, si es que eso tenía algún sentido tratándose de un varón, a pesar de llevar plataformas de 10 cm. Había toda una marabunta de personas de todos los géneros y las más variopintas tendencias sexuales jaleando su nombre y agitando billetes delante de él. Caían rendidos a sus encantos y sus movimientos sensuales. Todos unos babosos

Todo ese espectáculo gira en torno a "marketinear" el cerebro del baboso de tal manera que piense que tiene una mínima oportunidad de acostarse con la bailarina sin pagar, cuando queda meridianamente claro que no solo no la tiene sino que no la tendrá en ningún encuentro posterior. Sentido común. Al menos con ese tipo de bailarinas que se supone ya han atravesado la delgada línea que las hace evolucionar en putas. O mejor dicho en putas caras. De otra forma no estaría en ese apestoso sitio para hacer el trabajo que le tocaba hacer.

Esperó en la segunda barra a que acabara el espectáculo. Camerinos, Ducharse. Vestirse. La rutina de todas las noches. Tardaría unos 30 minutos, bastante rápido para un maricón presumido como él. Si estaba el camarero latino en la primera barra solía flirtear con él unos quince minutos. Había elegido esa noche porque estaba el polaco. No habría charla y todo podría hacerse más rápido. Bloody Teardrop, en ese momento transformada, o retransformada, ya en Stan, salió por una puerta que anunciaba “Staff Only”, miró la barra y al encontrarse con la mirada del polaco continuó andando. Como era previsible, hasta la segunda barra que era el último obstáculo hasta la salida.

Allí le estaba esperando. No pasaría desapercibido. Se había puesto una camisa blanca de cuello y puños anchos con los dos primeros botones desabrochados que acababa en unos tejanos bien ceñidos al trasero pero lo suficientemente holgados para dar aspecto varonil. Unas botas de piel con algo de puntera, un reloj aparentemente bueno y una cadena de oro con una virgen, completaban su vestuario. En cuanto al pelo, teñido de negro azabache ligeramente engominado y con patillas recias que enmarcaban su cara y resaltaban sus rasgos más masculinos.

Estaba apoyado con los antebrazo encima de la barra jugueteando con su whisky doble, observando por el rabillo del ojo el paso de Stan. No se había fijado en él y por un momento pensó que su plan podría fracasar. Fue entonces cuando decidió darse la vuelta con estilo y apoyar los codos y cruzar las botas haciendo sonar los tacones contra el suelo, tosiendo brevemente y bebiendo un pequeño sorbo para pasar la carraspera. Suficiente para que stan volviera la cabeza. Sus miradas se cruzaron, luego una sonrisa, la química del sex-appeal en alguna parte del cerebro obró su "magia", y en menos de diez minutos ya estaban besándose en el coche de Stan. Próxima y última parada su casa. Casi no hizo falta ni invitarle a una copa. A stan le bastó con tocarle ligeramente el muslo con los nudillos a ese latinazo que le había regalado el destino y lo que notó allí debió convencerlo. Lo dicho, con los viciosos todo es más fácil. Hasta asesinarlos.

Tenía que reconocer que a pesar de que tuvo que hacer de tripas corazón para besar a Stan y magrearse un poco con él, no por maricón sino por su condición de humano, el tío tenía facultades para el tema del sexo. Le cayó bien a pesar de todo. Otra cosa más por la que le encantó matarlo, los sentimientos denotan humanidad. El espejismo falaz del que vivía esa raza detestable y que les permitía auto aceptarse y mirar para otro lado cuando hacían alguna maldad. Hipócritas.

Su cara se agrió con este último pensamiento. Recogió el casquillo de la carísima y hortera moqueta de Stan, otro lujo que no encajaba, y se marchó. Echó un último vistazo al apartamento por si algo se escapaba antes de cerrar la puerta. Había seguido el procedimiento al pie de la letra y su procedimiento era infalible pero una foto encerrada en un marco de madera endeble sin adornos, demasiado sencillo para el estilo de la casa de Bloody Teardrop, le llamó la atención. En ella un rejuvenecido y sonriente Stan apretaba con fuerza la cara de un niño de unos dos años con dos enormes ojos azules. Eran de una azul que nunca había visto antes. Eran como piedras preciosas de formas caleidoscópicas. Incluso en la quietud de la imagen parecían moverse como diminutos insectos de diamante alrededor de la colmena negra que era la pupila. Trató de acercarse pero oyó un ruido fuera que le puso en estado de alerta. Aquello no era relevante para su encargo. Tenía que irse.

Bajó las escaleras evitando ser visto y se metió en el coche. Aún era pronto. Le daba tiempo de sobra de ir a casa, pegarse una ducha restauradora que le quitara toda la apestosa suciedad acumulada por su ropa y por sus poros aquella noche, comer algo e ir a la sesión del grupo de ayuda.

Llegó como siempre puntual como un reloj. Allí estaban todos aquellos desgraciados, despojos sociales que intentaban reencontrarse a ellos mismos en un último intento de auto engañarse. No lo conseguirían. Algunos solo eran drogadictos, pero otros habían sido capaces de matar o asesinar. Sus remordimientos los comían por dentro, más que la mierda de drogas que se metían, por haber abandonado, vendido, maltratado o incluso matado a otras personas, la mayoría curiosamente seres queridos. Lloriqueaban por haber hecho aquello a sus hijos e hijas o hermanos y amigos en despistes, accidentes de coche, reyertas por ir demasiado colocados o simplemente para conseguir otra dosis. Creían que las cosas se superaban sin más. Si todo se pudiera superar sin más y si lo que dice el manual que cada uno tenía en su pupitre “Lo importante no es caer sino aprender a levantarse” fuera verdad nada tendría sentido ni importancia. Puedo matar, da igual, puedo superarlo, aceptarme de nuevo tal como soy. Y si vuelvo a recaer ¿qué? otra vez terapia y otra vez me acepto. Mierdezas. Falacias. Todo mentira. El que la hace la paga. Esa es la única norma vigente en el mundo, la única norma que la naturaleza nos ha enseñado y aún así los humanos se niegan a aceptar. Argumento: No somos animales. Sentido común.

Ya estaban todos. Un rápido vistazo le permitió comprobar que había uno nuevo. Decidió comenzar: “Buenas noches a todos, antes de empezar démosle la bienvenida al nuevo miembro del grupo. Primero escuchemos su presentación y después nos presentaremos uno por uno. Puedes empezar, ¿por favor? Vamos chico no seas tímido. El de la capucha roja. Aquí nadie te va a juzgar”.

Un beso para todos.

domingo, 5 de febrero de 2012

Tempestad Temperamental

Miro como las ondas del agua hacen círculos con el movimiento de mis piernas. De vez en cuando levanto la cabeza para ver la luz del faro moverse, lenta pero constante, como el paso del tiempo. El agua llega hasta mis rodillas casi a la altura de pantalón donde he remangado la pernera. Es tan hipnótica. Levanto la cabeza justo en el momento en que el faro me apunta directamente a las pupilas como para purificarme por dentro. Cierro los ojos como acto reflejo y automáticamente el sueño aparece ante mi, tan nítido como una película. tanto tiempo en mi cabeza y por fin toma forma, su letargo lo ha hecho madurar y no se escapa ningún detalle.


Me sorprendo desmigando un pequeño bloque de arena en una playa. Estoy mojado y mis ropas, escasas, están raídas. Sin duda acabo de naufragar. Miro al frente y sé perfectamente donde estoy. La isla no es lo que se dice demasiado grande pero tratándose de un lugar ideado para una sola persona tampoco es que sea demasiado pequeña. Tiene una montaña de la que nace un río que zigzaguea un par de veces antes de desembocar en un diminuto lago. Lo justo para tener agua potable. Al final de la playa y principio del lago se yerguen tres árboles frutales que proveen de deliciosa comida todo el año. La temperatura es agradable, quizás demasiado, debido al sol que gobierna desde las alturas dominante y enorme. Su calor es calibrado a la perfección por el viento que regala una brisa suave en las mañanas y se detiene por completo en la noche, donde el esplendoroso sol deja paso a uno no menos espectacular luna. Un paraíso para perderse durante años.


Conozco este lugar porque he estado, en efecto, muchos años aquí, pero hoy algo es diferente. La arena que desliza entre mis dedos es arena sí, pero hay algo raro en ella, su textura es como de cartón. Puedo notarlo también en mis pies descalzos. Me acerco al lago a beber el agua fresca que siempre me ha reconfortado y sí, es agua potable, pero absolutamente insípida, incluso para ser agua. No calma mi sed. No tiene frescura. Las exuberantes frutas de los árboles siguen siendo enormes pero su aspecto, aunque es perfecto, no es tan apetecible, son de la misma textura de la arena, como de cartón y su sabor es simplemente imperceptible, no saben a nada. Tengo frío, no llevo demasiada ropa pero aquí nunca ha hecho falta. Miro al sol en las alturas está ahí, como siempre pero parece más pequeño como si estuviera más lejos, más distante. El aire corre descontrolado en ráfagas aleatorias y a temperaturas dispares. Busco un sitio donde dé el sol de lleno pero no calienta, toco una roca del lugar para comprobar si está caliente pero no solo está fría sino que también es de cartón. No estoy bien aquí quiero largarme y entonces comienzo a recordar.


Yo tenía un barco la última vez que estuve aquí. No era sólo un barco, era un galeón de guerra esplendoroso.Un galeón que utilizaba para navegar los mares y encontrar experiencias que no tenía en mi isla. una nave fiable que me llevaba de forma veloz y segura a cualquier confín del mundo. Un galeón que perdí en la peor de las tempestades.


Un buen día encontré en uno de mis viajes una mujer. No era una sirena pero me engatusaba igual, no era una diosa pero tenía la misma templanza sobrenatural, no era una ninfa pero era igual de bella y su mirada atravesaba mi alma para darme algo más que confort y bienestar, me atravesaba para darme alegría y esperanza, para darme fuerza, para hacerme sentir tan bien a su lado que empecé a comprender que no quería separarme de ella nunca. Flotaba en el agua con una aura blanca de luz a su alrededor, lo que la hacía aún más pura, más tierna, en el fondo más deseable. Con una sonrisa perpetua en los labios, que se convertía en graciosa y dulcísima carcacajada que me volvía loco cuando le soltaba alguna de mis gracietas tontas. Trataba de hacerla reír siempre que podía, de hacerla sentir lo más feliz posible porque a mayor felicidad en su interior mayor potencia tenía todo su ser, el aura, la sonrisa, el sonido de su voz, todo en ella era alegría. Y comencé a vivir en el mar, olvidándome de la isla, la cual dejé de visitar para siempre, hasta que un día la tempestad comenzó.


Todo el tiempo que pasé a su lado fue maravilloso y nunca la había visto enfadar hasta aquel fatídico día. De la misma manera que le era tan fácil llevarme al más alto púlpito de los cielos para hacerme creer que era el hombre más feliz del mundo era capaz de cambiar su apacible gesto, su dulce mirada y la claridad transparente de sus ojos por dos agujeros negros en su cara que no desentonaban para nada con el grito agudo e insoportable que despedía su boca, mientras giraba descontroladamente dentro de su aura blanca, ahora más ennegrecida, sobre las aguas del mar. Aguas que empezaban agitarse cada vez más, acompañadas de un cambio radical en el color del cielo y las nubes. Una gota de lluvia cayó sobre mi frente, miré al cielo, luego otra, la miré a ella. La tempestad temperamental había comenzado. No debí insinuar que completaba la pieza del puzzle que le faltaba a mi vida. Ella quería ser el puzzle completo. Sin excepción. La vida me daba otra bofectada de equilibrio una vez más. Algo tan hermoso ténia que tener su opuesto. Me resistí con todas mis fuerzas a creer aquello.


Enloqueció. Cruzamos brevemente las miradas, me perdí en la oscuridad de aquellos ojos por un segundo y finalmente, al fondo de su alma pude ver a la mujer que había amado tratando de salir de aquel estado de locura. Estaba claramente perdiendo la batalla. La llamé desde la proa de mi barco pero ya era tarde, en un fugaz movimiento su cuerpo y su aura salieron disparados a ras de agua entrando de lleno en el corazón de la tormenta. Las olas eran cada vez más grandes, mi galeón aguantaba bien las embestidas del mar pero tendría que cambiar el rumbo si quería llegar hasta ella, si quería recuperarla y tenerla de nuevo. Subí el mástil lo más a prisa que puede para tener una visión más clara del infierno al que me enfrentaba. Ahora sí llovía con mucha más fuerza, mis manos empapadas se asían a las maromas con fortaleza subiendo la escalinata de cuerda lo más rápido posible. Los movimientos del barco cada vez eran más fuertes y comenzaba a zozobrar ligeramente. Tenía que darme prisa.


Por fin llegué a la cima del palo mayor. Vislumbré una luz a lo lejos ya casi imperceptible debido a la lluvia, cada vez estaba más oscuro aunque aun había algo de claridad. Dentro de la luz había un cuerpo de mujer. Sin duda alguna era ella. No podía distinguir su cara por la distancia pero no estaba tan lejos. Llegaría hasta ella. Tenía que llegar. Tenía que rescatarla. Me dirigí al timón para virar el barco hacia la tormenta. Encararía las olas de frente pero el galeón aguantaría. Siempre lo había hecho, durante toda mi vida nunca me había fallado. Encaré la primera ola con valentía y con la esperanza de que la embestida no fuera muy dañina con el barco. El golpe fue tremendo pero el barco aguantó bien. Toda la cubierta estaba llena de agua que iba y venía, entraba por un babor y salía por estribor. La lluvia hacía daño en la piel por la violencia con la que caía. Otra ola más. Y luego otra y otra. En una de las crestas de las olas más altas pude ver que me estaba acercando. Eso me dio moral. Fueron solo unos segundo antes de meterme de nuevo en la oscuridad de la falda de la siguiente ola, en cada una de ellas se hacía de noche y parecía que bajabas hasta el mismísimo infierno, pero pude ver los ojos de mi amada. Ya no eran negros, parecía que ella también estaba ganado su batalla interior. Aún así el temporal no amainaba lo más mínimo sino que empeoraba. No tardé en percatarme de que esa batalla contra el mar iba a ser una carrera de fondo.


Luché contra las olas durante días. No podía dormir, no podía descansar un momento, estaba exhausto pero vencería esa estúpida tormenta, vencería esa tempestad temperamental idiota para devolver a mi mujer a su estado natural que nos hacía felices a ambos.


Una mañana, allá por el quinto día de contienda, observé que estaba muy cerca de ella. Me sobrepuse al cansancio y las ganas de abandonarla y dejarme llevar por el embravecido oleaje para que todo aquello acabase. Traté de aumentar la velocidad del barco para llegar antes hasta ella y fue bien durante un rato hasta que al bajar bruscamente una de las crestas un sonido hueco de madera al chocar contra el agua me taladró el tímpano. Como a cámara lenta pude ver como mi preciado galeón, mi insumergible y majestuosa nave se partía en dos. Era el fin.


El mar no daba tregua, las olas seguían rompiendo el casco, la lluvia era como cristales afilados que caían del cielo a toda velocidad. Reaccioné lo más rápido que puede y me dirigí hacia el bote salvavidas. Esto no acababa aquí tenía que llegar hasta ella como fuera. Alcancé el bote a duras penas y lo saqué a flote justo en el momento que las olas engullían lo que quedaba de mi galeón. La resaca de la siguiente ola gigante propulsó mi bote como si de una lanzadera espacial se tratase hacia su cresta. Dios mío lo que pudo llegar a subir, parecía que no llegaba nunca. No quería pensar como sería la caída. Daba igual tenía que poner todos mis sentidos en llegar hasta ella, en estar juntos de nuevo. Cuando el bote llegó arriba tuve la templanza suficiente para aprovechar esos segundos para ver donde estaba ella. Estaba justo delante de mi, muy cerca. Se había abierto un claro en su posición. Tenía que llegar hasta allí, la tormenta se acababa por fin en ese punto.


Traté de mirarle a los ojos para darle confianza, para que supiera que iba a llegar pero a pesar de que su cara había recuperado el aspecto normal y que su boca estaba cerrada, me dirigía una sonrisa perversa que nunca había visto y el grito insoportable aún cruzaba el cielo sin haber perdido ni un ápice de su potencia. EL agua desapareció por un momento bajo mi bote y caí un número de metros que no puede ni calcular. Traté de aferrarme al bote lo más fuerte que pude hasta que golpeé la superficie. Me hundí en ella con los ojos cerrados pero aún notaba la madera de mi bote en las manos, no sé si se había roto o no, probablemente sí, pero si me aferraba con fuerza a algún madero saldría a la superficie. Así ocurrió, no había sido tan terrible. El bote estaba casi intacto a pesar el impacto. Una segunda ola hubiera dado al traste con él pero no se produciría. Había llegado al claro.


Las aguas estaban más tranquilas allí y a unos pocos metros estaba mi sirena, mi ninfa, flotando sobre el agua con su aura blanca centelleante. Todo parecía volver a la normalidad. Había luchado por ella y ahora estábamos juntos de nuevo. Todo estaba como el primer día pero esa sonrisa seguía allí, casi imperceptible pero estaba. Haciendo un último esfuerzo y con la mejor de mis sonrisas me estiré la mano derecha para tocarla, para poder transmitirle tranquilidad y sosiego. En el fondo deseaba que me tomara la mano y luego el brazo y el hombro y la espalda y nos fundiéramos en un intenso abrazo.Por un momento pensé que ocurriría. Movió ligeramente su brazo para tocar el mío. Me miraba con ternura como si pudiera leer en mis ojos el calvario que había pasado para llegar hasta allí. Era una mirada de agradecimiento. Pero la sonrisa volvió a aparecer, sus ojos se vaciaron de nuevo sin antes anunciar un horror que no podía controlar.


El brazo dirigido a abrazarme cambió de dirección y se elevó al cielo con el dedo índice de la mano extendido. Un relámpago nació de ina nube negra y se lanzó hacia aquel dedo índice. Me miró con ira y entendí que todo estaba perdido. Un rápido movimiento de su dedo lanzó el rayo contra mi extenuado cuerpo. Caí inconsciente en el acto y el mar me arrastró lejos de allí. No tuve tiempo de articular ni un grito de dolor o frustración, así como no tuve tiempo de ver las lágrimas eternas rodando por su mejilla al calmarse su temperamento.


Vuelvo a la consciencia en tierra firme. Me desmigando un pequeño bloque de arena en una playa. Estoy mojado y mis ropas, escasas, están raídas. Sin duda acabo de naufragar.


Abro los ojos para salir del bucle de mi imaginación, mis recuerdos, mi subconsciente o una mezcla de todos ellos. De vuelta a la vida real. Noto mis pies arrugados dentro del agua. Echo un vistazo al faro. Cuantas vueltas habrá dado durante mi sueño. Sonrío sin saber muy bien por qué, con un sentimiento raro de autocompansión y falta de ganas de vivir. Me levanto de un salto animándome a continuar un día más. Camino por la arena para llegar al paseo e irme a casa. Me agacho a coger un puñado de arena. Noto algo. No me sorprende. Vuelvo a sonreír de la misma forma. No es arena. Es de cartón.



Un beso para todos.