domingo, 26 de febrero de 2012

Asesino (Capítulo piloto).


Un danzante espectro de humo salía lentamente del silenciador de la 9mm. Le encantaba ese momento, sólo duraba unos segundos hasta que desaparecía pero lo disfrutaba como si pasara a cámara lenta. Antes también les gustaba el olor a pólvora quemada pero desde que siempre lo hacía a corta distancia se mezclaba con un cierto tufillo oxidado de sangre que añadía un componente humano que le asqueaba enormemente.

Se quedó mirando al vacío donde hace un instante había humo. Observó entonces el agujero perfecto de la bala en la frente de su objetivo. Corría un hilo de un rojo denso por el ceño, eso le desagradó, le gustaba que el tiro fuera perfecto, no sólo equidistante entre ceja y ceja, sino limpio. Para ello acompasaba el disparo con inclinar la cabeza del cuerpo sin vida, de forma lenta pero sin paradas, sobre algo, un sofá, una cama o lo que fuera que permitiera dejarlo en posición horizontal sin estorbos. Si la engorrosa sangre tenía que salir por algún lado que saliera por el agujero de salida.

Lo más probable es que la sangre, que ahora mismo llegaba ya hasta el párpado de aquel pobre diablo, se debiera a que el ángulo que había tenido que recalcular debido al lunar no fuera el apropiado. Cómo odiaba los lunares de las víctimas. Los lunares no eran más que errores en el ADN, defectos insalvables que todos tenían. No le gustaba disparar a los lunares, no sabía exactamente por qué, no era superstición, era más por desprecio, no merecían ni la bala entrando por ellos. Cuando los evitaba pasaban cosas como esta y eso le incomodaba. Le hacía reprenderse a sí mismo interiormente. Le hacía perder su equilibrio emocional.

El pequeño reguero de sangre había tomado la rodera del párpado como si de un riachuelo se tratara y caía gota a gota en la manta de piel de vaca que cubría el sofá de sky. Una perfecta lágrima de sangre. Que irónico. El travestido se hacía llamar Bloody Teardrop. Por supuesto había intentado darse un patético aire diabólico y pícaro con ese “Bloddy” en el seudónimo, pero con lo que seguro no contaba es que acabaría definiendo con su semántica más precisa el momento de su muerte.

De los cinco objetivos que tenía que cumplir en ese encargo especial éste había sido sin duda el más sencillo. La gente con los vicios más acentuados suelen ser fácilmente manipulable. En general la mayoría de los humanos tienen poco sentido común, aunque ellos creen tener mucho, una de las cosas que más aborrecía de ellos, pero los viciosos pierden el poco que les queda con increíble rapidez.

Le había bastado con colarse en el club donde Bloody Teardrop actuaba esa noche. El hedor que desprendía tanta gente, el sudor, tener que rozarlos para poder moverse. Asqueroso. Gajes del oficio. A fin de cuentas esas detestables criaturas le daban de comer. Trató de contenerse y lo consiguió. Como siempre.

Allí estaba, bailando en la pasarela central. Tenía un cuerpo imponente, las operaciones y los estrógenos no sólo habían hecho un gran trabajo en su cuerpo sino que se habían administrado con sapiencia. Un buen cirujano sin duda. Seguro que cobraba más en una sesión que lo que valía el conjunto de aquel antro, donde tantos billetes en forma de silicona danzaban alegremente. Algo no encajaba, algún pez gordo tendría algo que decir sobre aquello pero no quiso pensar quien podría ser. No era su trabajo, aunque seguramente estaría relacionado. De cualquier manera no le incumbía.

Se movía con exuberantes golpes de cadera, muy femeninos, y contoneaba el cuerpo de forma innata, si es que eso tenía algún sentido tratándose de un varón, a pesar de llevar plataformas de 10 cm. Había toda una marabunta de personas de todos los géneros y las más variopintas tendencias sexuales jaleando su nombre y agitando billetes delante de él. Caían rendidos a sus encantos y sus movimientos sensuales. Todos unos babosos

Todo ese espectáculo gira en torno a "marketinear" el cerebro del baboso de tal manera que piense que tiene una mínima oportunidad de acostarse con la bailarina sin pagar, cuando queda meridianamente claro que no solo no la tiene sino que no la tendrá en ningún encuentro posterior. Sentido común. Al menos con ese tipo de bailarinas que se supone ya han atravesado la delgada línea que las hace evolucionar en putas. O mejor dicho en putas caras. De otra forma no estaría en ese apestoso sitio para hacer el trabajo que le tocaba hacer.

Esperó en la segunda barra a que acabara el espectáculo. Camerinos, Ducharse. Vestirse. La rutina de todas las noches. Tardaría unos 30 minutos, bastante rápido para un maricón presumido como él. Si estaba el camarero latino en la primera barra solía flirtear con él unos quince minutos. Había elegido esa noche porque estaba el polaco. No habría charla y todo podría hacerse más rápido. Bloody Teardrop, en ese momento transformada, o retransformada, ya en Stan, salió por una puerta que anunciaba “Staff Only”, miró la barra y al encontrarse con la mirada del polaco continuó andando. Como era previsible, hasta la segunda barra que era el último obstáculo hasta la salida.

Allí le estaba esperando. No pasaría desapercibido. Se había puesto una camisa blanca de cuello y puños anchos con los dos primeros botones desabrochados que acababa en unos tejanos bien ceñidos al trasero pero lo suficientemente holgados para dar aspecto varonil. Unas botas de piel con algo de puntera, un reloj aparentemente bueno y una cadena de oro con una virgen, completaban su vestuario. En cuanto al pelo, teñido de negro azabache ligeramente engominado y con patillas recias que enmarcaban su cara y resaltaban sus rasgos más masculinos.

Estaba apoyado con los antebrazo encima de la barra jugueteando con su whisky doble, observando por el rabillo del ojo el paso de Stan. No se había fijado en él y por un momento pensó que su plan podría fracasar. Fue entonces cuando decidió darse la vuelta con estilo y apoyar los codos y cruzar las botas haciendo sonar los tacones contra el suelo, tosiendo brevemente y bebiendo un pequeño sorbo para pasar la carraspera. Suficiente para que stan volviera la cabeza. Sus miradas se cruzaron, luego una sonrisa, la química del sex-appeal en alguna parte del cerebro obró su "magia", y en menos de diez minutos ya estaban besándose en el coche de Stan. Próxima y última parada su casa. Casi no hizo falta ni invitarle a una copa. A stan le bastó con tocarle ligeramente el muslo con los nudillos a ese latinazo que le había regalado el destino y lo que notó allí debió convencerlo. Lo dicho, con los viciosos todo es más fácil. Hasta asesinarlos.

Tenía que reconocer que a pesar de que tuvo que hacer de tripas corazón para besar a Stan y magrearse un poco con él, no por maricón sino por su condición de humano, el tío tenía facultades para el tema del sexo. Le cayó bien a pesar de todo. Otra cosa más por la que le encantó matarlo, los sentimientos denotan humanidad. El espejismo falaz del que vivía esa raza detestable y que les permitía auto aceptarse y mirar para otro lado cuando hacían alguna maldad. Hipócritas.

Su cara se agrió con este último pensamiento. Recogió el casquillo de la carísima y hortera moqueta de Stan, otro lujo que no encajaba, y se marchó. Echó un último vistazo al apartamento por si algo se escapaba antes de cerrar la puerta. Había seguido el procedimiento al pie de la letra y su procedimiento era infalible pero una foto encerrada en un marco de madera endeble sin adornos, demasiado sencillo para el estilo de la casa de Bloody Teardrop, le llamó la atención. En ella un rejuvenecido y sonriente Stan apretaba con fuerza la cara de un niño de unos dos años con dos enormes ojos azules. Eran de una azul que nunca había visto antes. Eran como piedras preciosas de formas caleidoscópicas. Incluso en la quietud de la imagen parecían moverse como diminutos insectos de diamante alrededor de la colmena negra que era la pupila. Trató de acercarse pero oyó un ruido fuera que le puso en estado de alerta. Aquello no era relevante para su encargo. Tenía que irse.

Bajó las escaleras evitando ser visto y se metió en el coche. Aún era pronto. Le daba tiempo de sobra de ir a casa, pegarse una ducha restauradora que le quitara toda la apestosa suciedad acumulada por su ropa y por sus poros aquella noche, comer algo e ir a la sesión del grupo de ayuda.

Llegó como siempre puntual como un reloj. Allí estaban todos aquellos desgraciados, despojos sociales que intentaban reencontrarse a ellos mismos en un último intento de auto engañarse. No lo conseguirían. Algunos solo eran drogadictos, pero otros habían sido capaces de matar o asesinar. Sus remordimientos los comían por dentro, más que la mierda de drogas que se metían, por haber abandonado, vendido, maltratado o incluso matado a otras personas, la mayoría curiosamente seres queridos. Lloriqueaban por haber hecho aquello a sus hijos e hijas o hermanos y amigos en despistes, accidentes de coche, reyertas por ir demasiado colocados o simplemente para conseguir otra dosis. Creían que las cosas se superaban sin más. Si todo se pudiera superar sin más y si lo que dice el manual que cada uno tenía en su pupitre “Lo importante no es caer sino aprender a levantarse” fuera verdad nada tendría sentido ni importancia. Puedo matar, da igual, puedo superarlo, aceptarme de nuevo tal como soy. Y si vuelvo a recaer ¿qué? otra vez terapia y otra vez me acepto. Mierdezas. Falacias. Todo mentira. El que la hace la paga. Esa es la única norma vigente en el mundo, la única norma que la naturaleza nos ha enseñado y aún así los humanos se niegan a aceptar. Argumento: No somos animales. Sentido común.

Ya estaban todos. Un rápido vistazo le permitió comprobar que había uno nuevo. Decidió comenzar: “Buenas noches a todos, antes de empezar démosle la bienvenida al nuevo miembro del grupo. Primero escuchemos su presentación y después nos presentaremos uno por uno. Puedes empezar, ¿por favor? Vamos chico no seas tímido. El de la capucha roja. Aquí nadie te va a juzgar”.

Un beso para todos.

domingo, 5 de febrero de 2012

Tempestad Temperamental

Miro como las ondas del agua hacen círculos con el movimiento de mis piernas. De vez en cuando levanto la cabeza para ver la luz del faro moverse, lenta pero constante, como el paso del tiempo. El agua llega hasta mis rodillas casi a la altura de pantalón donde he remangado la pernera. Es tan hipnótica. Levanto la cabeza justo en el momento en que el faro me apunta directamente a las pupilas como para purificarme por dentro. Cierro los ojos como acto reflejo y automáticamente el sueño aparece ante mi, tan nítido como una película. tanto tiempo en mi cabeza y por fin toma forma, su letargo lo ha hecho madurar y no se escapa ningún detalle.


Me sorprendo desmigando un pequeño bloque de arena en una playa. Estoy mojado y mis ropas, escasas, están raídas. Sin duda acabo de naufragar. Miro al frente y sé perfectamente donde estoy. La isla no es lo que se dice demasiado grande pero tratándose de un lugar ideado para una sola persona tampoco es que sea demasiado pequeña. Tiene una montaña de la que nace un río que zigzaguea un par de veces antes de desembocar en un diminuto lago. Lo justo para tener agua potable. Al final de la playa y principio del lago se yerguen tres árboles frutales que proveen de deliciosa comida todo el año. La temperatura es agradable, quizás demasiado, debido al sol que gobierna desde las alturas dominante y enorme. Su calor es calibrado a la perfección por el viento que regala una brisa suave en las mañanas y se detiene por completo en la noche, donde el esplendoroso sol deja paso a uno no menos espectacular luna. Un paraíso para perderse durante años.


Conozco este lugar porque he estado, en efecto, muchos años aquí, pero hoy algo es diferente. La arena que desliza entre mis dedos es arena sí, pero hay algo raro en ella, su textura es como de cartón. Puedo notarlo también en mis pies descalzos. Me acerco al lago a beber el agua fresca que siempre me ha reconfortado y sí, es agua potable, pero absolutamente insípida, incluso para ser agua. No calma mi sed. No tiene frescura. Las exuberantes frutas de los árboles siguen siendo enormes pero su aspecto, aunque es perfecto, no es tan apetecible, son de la misma textura de la arena, como de cartón y su sabor es simplemente imperceptible, no saben a nada. Tengo frío, no llevo demasiada ropa pero aquí nunca ha hecho falta. Miro al sol en las alturas está ahí, como siempre pero parece más pequeño como si estuviera más lejos, más distante. El aire corre descontrolado en ráfagas aleatorias y a temperaturas dispares. Busco un sitio donde dé el sol de lleno pero no calienta, toco una roca del lugar para comprobar si está caliente pero no solo está fría sino que también es de cartón. No estoy bien aquí quiero largarme y entonces comienzo a recordar.


Yo tenía un barco la última vez que estuve aquí. No era sólo un barco, era un galeón de guerra esplendoroso.Un galeón que utilizaba para navegar los mares y encontrar experiencias que no tenía en mi isla. una nave fiable que me llevaba de forma veloz y segura a cualquier confín del mundo. Un galeón que perdí en la peor de las tempestades.


Un buen día encontré en uno de mis viajes una mujer. No era una sirena pero me engatusaba igual, no era una diosa pero tenía la misma templanza sobrenatural, no era una ninfa pero era igual de bella y su mirada atravesaba mi alma para darme algo más que confort y bienestar, me atravesaba para darme alegría y esperanza, para darme fuerza, para hacerme sentir tan bien a su lado que empecé a comprender que no quería separarme de ella nunca. Flotaba en el agua con una aura blanca de luz a su alrededor, lo que la hacía aún más pura, más tierna, en el fondo más deseable. Con una sonrisa perpetua en los labios, que se convertía en graciosa y dulcísima carcacajada que me volvía loco cuando le soltaba alguna de mis gracietas tontas. Trataba de hacerla reír siempre que podía, de hacerla sentir lo más feliz posible porque a mayor felicidad en su interior mayor potencia tenía todo su ser, el aura, la sonrisa, el sonido de su voz, todo en ella era alegría. Y comencé a vivir en el mar, olvidándome de la isla, la cual dejé de visitar para siempre, hasta que un día la tempestad comenzó.


Todo el tiempo que pasé a su lado fue maravilloso y nunca la había visto enfadar hasta aquel fatídico día. De la misma manera que le era tan fácil llevarme al más alto púlpito de los cielos para hacerme creer que era el hombre más feliz del mundo era capaz de cambiar su apacible gesto, su dulce mirada y la claridad transparente de sus ojos por dos agujeros negros en su cara que no desentonaban para nada con el grito agudo e insoportable que despedía su boca, mientras giraba descontroladamente dentro de su aura blanca, ahora más ennegrecida, sobre las aguas del mar. Aguas que empezaban agitarse cada vez más, acompañadas de un cambio radical en el color del cielo y las nubes. Una gota de lluvia cayó sobre mi frente, miré al cielo, luego otra, la miré a ella. La tempestad temperamental había comenzado. No debí insinuar que completaba la pieza del puzzle que le faltaba a mi vida. Ella quería ser el puzzle completo. Sin excepción. La vida me daba otra bofectada de equilibrio una vez más. Algo tan hermoso ténia que tener su opuesto. Me resistí con todas mis fuerzas a creer aquello.


Enloqueció. Cruzamos brevemente las miradas, me perdí en la oscuridad de aquellos ojos por un segundo y finalmente, al fondo de su alma pude ver a la mujer que había amado tratando de salir de aquel estado de locura. Estaba claramente perdiendo la batalla. La llamé desde la proa de mi barco pero ya era tarde, en un fugaz movimiento su cuerpo y su aura salieron disparados a ras de agua entrando de lleno en el corazón de la tormenta. Las olas eran cada vez más grandes, mi galeón aguantaba bien las embestidas del mar pero tendría que cambiar el rumbo si quería llegar hasta ella, si quería recuperarla y tenerla de nuevo. Subí el mástil lo más a prisa que puede para tener una visión más clara del infierno al que me enfrentaba. Ahora sí llovía con mucha más fuerza, mis manos empapadas se asían a las maromas con fortaleza subiendo la escalinata de cuerda lo más rápido posible. Los movimientos del barco cada vez eran más fuertes y comenzaba a zozobrar ligeramente. Tenía que darme prisa.


Por fin llegué a la cima del palo mayor. Vislumbré una luz a lo lejos ya casi imperceptible debido a la lluvia, cada vez estaba más oscuro aunque aun había algo de claridad. Dentro de la luz había un cuerpo de mujer. Sin duda alguna era ella. No podía distinguir su cara por la distancia pero no estaba tan lejos. Llegaría hasta ella. Tenía que llegar. Tenía que rescatarla. Me dirigí al timón para virar el barco hacia la tormenta. Encararía las olas de frente pero el galeón aguantaría. Siempre lo había hecho, durante toda mi vida nunca me había fallado. Encaré la primera ola con valentía y con la esperanza de que la embestida no fuera muy dañina con el barco. El golpe fue tremendo pero el barco aguantó bien. Toda la cubierta estaba llena de agua que iba y venía, entraba por un babor y salía por estribor. La lluvia hacía daño en la piel por la violencia con la que caía. Otra ola más. Y luego otra y otra. En una de las crestas de las olas más altas pude ver que me estaba acercando. Eso me dio moral. Fueron solo unos segundo antes de meterme de nuevo en la oscuridad de la falda de la siguiente ola, en cada una de ellas se hacía de noche y parecía que bajabas hasta el mismísimo infierno, pero pude ver los ojos de mi amada. Ya no eran negros, parecía que ella también estaba ganado su batalla interior. Aún así el temporal no amainaba lo más mínimo sino que empeoraba. No tardé en percatarme de que esa batalla contra el mar iba a ser una carrera de fondo.


Luché contra las olas durante días. No podía dormir, no podía descansar un momento, estaba exhausto pero vencería esa estúpida tormenta, vencería esa tempestad temperamental idiota para devolver a mi mujer a su estado natural que nos hacía felices a ambos.


Una mañana, allá por el quinto día de contienda, observé que estaba muy cerca de ella. Me sobrepuse al cansancio y las ganas de abandonarla y dejarme llevar por el embravecido oleaje para que todo aquello acabase. Traté de aumentar la velocidad del barco para llegar antes hasta ella y fue bien durante un rato hasta que al bajar bruscamente una de las crestas un sonido hueco de madera al chocar contra el agua me taladró el tímpano. Como a cámara lenta pude ver como mi preciado galeón, mi insumergible y majestuosa nave se partía en dos. Era el fin.


El mar no daba tregua, las olas seguían rompiendo el casco, la lluvia era como cristales afilados que caían del cielo a toda velocidad. Reaccioné lo más rápido que puede y me dirigí hacia el bote salvavidas. Esto no acababa aquí tenía que llegar hasta ella como fuera. Alcancé el bote a duras penas y lo saqué a flote justo en el momento que las olas engullían lo que quedaba de mi galeón. La resaca de la siguiente ola gigante propulsó mi bote como si de una lanzadera espacial se tratase hacia su cresta. Dios mío lo que pudo llegar a subir, parecía que no llegaba nunca. No quería pensar como sería la caída. Daba igual tenía que poner todos mis sentidos en llegar hasta ella, en estar juntos de nuevo. Cuando el bote llegó arriba tuve la templanza suficiente para aprovechar esos segundos para ver donde estaba ella. Estaba justo delante de mi, muy cerca. Se había abierto un claro en su posición. Tenía que llegar hasta allí, la tormenta se acababa por fin en ese punto.


Traté de mirarle a los ojos para darle confianza, para que supiera que iba a llegar pero a pesar de que su cara había recuperado el aspecto normal y que su boca estaba cerrada, me dirigía una sonrisa perversa que nunca había visto y el grito insoportable aún cruzaba el cielo sin haber perdido ni un ápice de su potencia. EL agua desapareció por un momento bajo mi bote y caí un número de metros que no puede ni calcular. Traté de aferrarme al bote lo más fuerte que pude hasta que golpeé la superficie. Me hundí en ella con los ojos cerrados pero aún notaba la madera de mi bote en las manos, no sé si se había roto o no, probablemente sí, pero si me aferraba con fuerza a algún madero saldría a la superficie. Así ocurrió, no había sido tan terrible. El bote estaba casi intacto a pesar el impacto. Una segunda ola hubiera dado al traste con él pero no se produciría. Había llegado al claro.


Las aguas estaban más tranquilas allí y a unos pocos metros estaba mi sirena, mi ninfa, flotando sobre el agua con su aura blanca centelleante. Todo parecía volver a la normalidad. Había luchado por ella y ahora estábamos juntos de nuevo. Todo estaba como el primer día pero esa sonrisa seguía allí, casi imperceptible pero estaba. Haciendo un último esfuerzo y con la mejor de mis sonrisas me estiré la mano derecha para tocarla, para poder transmitirle tranquilidad y sosiego. En el fondo deseaba que me tomara la mano y luego el brazo y el hombro y la espalda y nos fundiéramos en un intenso abrazo.Por un momento pensé que ocurriría. Movió ligeramente su brazo para tocar el mío. Me miraba con ternura como si pudiera leer en mis ojos el calvario que había pasado para llegar hasta allí. Era una mirada de agradecimiento. Pero la sonrisa volvió a aparecer, sus ojos se vaciaron de nuevo sin antes anunciar un horror que no podía controlar.


El brazo dirigido a abrazarme cambió de dirección y se elevó al cielo con el dedo índice de la mano extendido. Un relámpago nació de ina nube negra y se lanzó hacia aquel dedo índice. Me miró con ira y entendí que todo estaba perdido. Un rápido movimiento de su dedo lanzó el rayo contra mi extenuado cuerpo. Caí inconsciente en el acto y el mar me arrastró lejos de allí. No tuve tiempo de articular ni un grito de dolor o frustración, así como no tuve tiempo de ver las lágrimas eternas rodando por su mejilla al calmarse su temperamento.


Vuelvo a la consciencia en tierra firme. Me desmigando un pequeño bloque de arena en una playa. Estoy mojado y mis ropas, escasas, están raídas. Sin duda acabo de naufragar.


Abro los ojos para salir del bucle de mi imaginación, mis recuerdos, mi subconsciente o una mezcla de todos ellos. De vuelta a la vida real. Noto mis pies arrugados dentro del agua. Echo un vistazo al faro. Cuantas vueltas habrá dado durante mi sueño. Sonrío sin saber muy bien por qué, con un sentimiento raro de autocompansión y falta de ganas de vivir. Me levanto de un salto animándome a continuar un día más. Camino por la arena para llegar al paseo e irme a casa. Me agacho a coger un puñado de arena. Noto algo. No me sorprende. Vuelvo a sonreír de la misma forma. No es arena. Es de cartón.



Un beso para todos.