Un danzante espectro de humo salía lentamente del silenciador de la 9mm. Le encantaba ese momento, sólo duraba unos segundos hasta que desaparecía pero lo disfrutaba como si pasara a cámara lenta. Antes también les gustaba el olor a pólvora quemada pero desde que siempre lo hacía a corta distancia se mezclaba con un cierto tufillo oxidado de sangre que añadía un componente humano que le asqueaba enormemente.
Se quedó mirando al vacío donde hace un instante había humo. Observó entonces el agujero perfecto de la bala en la frente de su objetivo. Corría un hilo de un rojo denso por el ceño, eso le desagradó, le gustaba que el tiro fuera perfecto, no sólo equidistante entre ceja y ceja, sino limpio. Para ello acompasaba el disparo con inclinar la cabeza del cuerpo sin vida, de forma lenta pero sin paradas, sobre algo, un sofá, una cama o lo que fuera que permitiera dejarlo en posición horizontal sin estorbos. Si la engorrosa sangre tenía que salir por algún lado que saliera por el agujero de salida.
Lo más probable es que la sangre, que ahora mismo llegaba ya hasta el párpado de aquel pobre diablo, se debiera a que el ángulo que había tenido que recalcular debido al lunar no fuera el apropiado. Cómo odiaba los lunares de las víctimas. Los lunares no eran más que errores en el ADN, defectos insalvables que todos tenían. No le gustaba disparar a los lunares, no sabía exactamente por qué, no era superstición, era más por desprecio, no merecían ni la bala entrando por ellos. Cuando los evitaba pasaban cosas como esta y eso le incomodaba. Le hacía reprenderse a sí mismo interiormente. Le hacía perder su equilibrio emocional.
El pequeño reguero de sangre había tomado la rodera del párpado como si de un riachuelo se tratara y caía gota a gota en la manta de piel de vaca que cubría el sofá de sky. Una perfecta lágrima de sangre. Que irónico. El travestido se hacía llamar Bloody Teardrop. Por supuesto había intentado darse un patético aire diabólico y pícaro con ese “Bloddy” en el seudónimo, pero con lo que seguro no contaba es que acabaría definiendo con su semántica más precisa el momento de su muerte.
De los cinco objetivos que tenía que cumplir en ese encargo especial éste había sido sin duda el más sencillo. La gente con los vicios más acentuados suelen ser fácilmente manipulable. En general la mayoría de los humanos tienen poco sentido común, aunque ellos creen tener mucho, una de las cosas que más aborrecía de ellos, pero los viciosos pierden el poco que les queda con increíble rapidez.
Le había bastado con colarse en el club donde Bloody Teardrop actuaba esa noche. El hedor que desprendía tanta gente, el sudor, tener que rozarlos para poder moverse. Asqueroso. Gajes del oficio. A fin de cuentas esas detestables criaturas le daban de comer. Trató de contenerse y lo consiguió. Como siempre.
Allí estaba, bailando en la pasarela central. Tenía un cuerpo imponente, las operaciones y los estrógenos no sólo habían hecho un gran trabajo en su cuerpo sino que se habían administrado con sapiencia. Un buen cirujano sin duda. Seguro que cobraba más en una sesión que lo que valía el conjunto de aquel antro, donde tantos billetes en forma de silicona danzaban alegremente. Algo no encajaba, algún pez gordo tendría algo que decir sobre aquello pero no quiso pensar quien podría ser. No era su trabajo, aunque seguramente estaría relacionado. De cualquier manera no le incumbía.
Se movía con exuberantes golpes de cadera, muy femeninos, y contoneaba el cuerpo de forma innata, si es que eso tenía algún sentido tratándose de un varón, a pesar de llevar plataformas de 10 cm. Había toda una marabunta de personas de todos los géneros y las más variopintas tendencias sexuales jaleando su nombre y agitando billetes delante de él. Caían rendidos a sus encantos y sus movimientos sensuales. Todos unos babosos
Todo ese espectáculo gira en torno a "marketinear" el cerebro del baboso de tal manera que piense que tiene una mínima oportunidad de acostarse con la bailarina sin pagar, cuando queda meridianamente claro que no solo no la tiene sino que no la tendrá en ningún encuentro posterior. Sentido común. Al menos con ese tipo de bailarinas que se supone ya han atravesado la delgada línea que las hace evolucionar en putas. O mejor dicho en putas caras. De otra forma no estaría en ese apestoso sitio para hacer el trabajo que le tocaba hacer.
Esperó en la segunda barra a que acabara el espectáculo. Camerinos, Ducharse. Vestirse. La rutina de todas las noches. Tardaría unos 30 minutos, bastante rápido para un maricón presumido como él. Si estaba el camarero latino en la primera barra solía flirtear con él unos quince minutos. Había elegido esa noche porque estaba el polaco. No habría charla y todo podría hacerse más rápido. Bloody Teardrop, en ese momento transformada, o retransformada, ya en Stan, salió por una puerta que anunciaba “Staff Only”, miró la barra y al encontrarse con la mirada del polaco continuó andando. Como era previsible, hasta la segunda barra que era el último obstáculo hasta la salida.
Allí le estaba esperando. No pasaría desapercibido. Se había puesto una camisa blanca de cuello y puños anchos con los dos primeros botones desabrochados que acababa en unos tejanos bien ceñidos al trasero pero lo suficientemente holgados para dar aspecto varonil. Unas botas de piel con algo de puntera, un reloj aparentemente bueno y una cadena de oro con una virgen, completaban su vestuario. En cuanto al pelo, teñido de negro azabache ligeramente engominado y con patillas recias que enmarcaban su cara y resaltaban sus rasgos más masculinos.
Estaba apoyado con los antebrazo encima de la barra jugueteando con su whisky doble, observando por el rabillo del ojo el paso de Stan. No se había fijado en él y por un momento pensó que su plan podría fracasar. Fue entonces cuando decidió darse la vuelta con estilo y apoyar los codos y cruzar las botas haciendo sonar los tacones contra el suelo, tosiendo brevemente y bebiendo un pequeño sorbo para pasar la carraspera. Suficiente para que stan volviera la cabeza. Sus miradas se cruzaron, luego una sonrisa, la química del sex-appeal en alguna parte del cerebro obró su "magia", y en menos de diez minutos ya estaban besándose en el coche de Stan. Próxima y última parada su casa. Casi no hizo falta ni invitarle a una copa. A stan le bastó con tocarle ligeramente el muslo con los nudillos a ese latinazo que le había regalado el destino y lo que notó allí debió convencerlo. Lo dicho, con los viciosos todo es más fácil. Hasta asesinarlos.
Tenía que reconocer que a pesar de que tuvo que hacer de tripas corazón para besar a Stan y magrearse un poco con él, no por maricón sino por su condición de humano, el tío tenía facultades para el tema del sexo. Le cayó bien a pesar de todo. Otra cosa más por la que le encantó matarlo, los sentimientos denotan humanidad. El espejismo falaz del que vivía esa raza detestable y que les permitía auto aceptarse y mirar para otro lado cuando hacían alguna maldad. Hipócritas.
Su cara se agrió con este último pensamiento. Recogió el casquillo de la carísima y hortera moqueta de Stan, otro lujo que no encajaba, y se marchó. Echó un último vistazo al apartamento por si algo se escapaba antes de cerrar la puerta. Había seguido el procedimiento al pie de la letra y su procedimiento era infalible pero una foto encerrada en un marco de madera endeble sin adornos, demasiado sencillo para el estilo de la casa de Bloody Teardrop, le llamó la atención. En ella un rejuvenecido y sonriente Stan apretaba con fuerza la cara de un niño de unos dos años con dos enormes ojos azules. Eran de una azul que nunca había visto antes. Eran como piedras preciosas de formas caleidoscópicas. Incluso en la quietud de la imagen parecían moverse como diminutos insectos de diamante alrededor de la colmena negra que era la pupila. Trató de acercarse pero oyó un ruido fuera que le puso en estado de alerta. Aquello no era relevante para su encargo. Tenía que irse.
Bajó las escaleras evitando ser visto y se metió en el coche. Aún era pronto. Le daba tiempo de sobra de ir a casa, pegarse una ducha restauradora que le quitara toda la apestosa suciedad acumulada por su ropa y por sus poros aquella noche, comer algo e ir a la sesión del grupo de ayuda.
Llegó como siempre puntual como un reloj. Allí estaban todos aquellos desgraciados, despojos sociales que intentaban reencontrarse a ellos mismos en un último intento de auto engañarse. No lo conseguirían. Algunos solo eran drogadictos, pero otros habían sido capaces de matar o asesinar. Sus remordimientos los comían por dentro, más que la mierda de drogas que se metían, por haber abandonado, vendido, maltratado o incluso matado a otras personas, la mayoría curiosamente seres queridos. Lloriqueaban por haber hecho aquello a sus hijos e hijas o hermanos y amigos en despistes, accidentes de coche, reyertas por ir demasiado colocados o simplemente para conseguir otra dosis. Creían que las cosas se superaban sin más. Si todo se pudiera superar sin más y si lo que dice el manual que cada uno tenía en su pupitre “Lo importante no es caer sino aprender a levantarse” fuera verdad nada tendría sentido ni importancia. Puedo matar, da igual, puedo superarlo, aceptarme de nuevo tal como soy. Y si vuelvo a recaer ¿qué? otra vez terapia y otra vez me acepto. Mierdezas. Falacias. Todo mentira. El que la hace la paga. Esa es la única norma vigente en el mundo, la única norma que la naturaleza nos ha enseñado y aún así los humanos se niegan a aceptar. Argumento: No somos animales. Sentido común.
Ya estaban todos. Un rápido vistazo le permitió comprobar que había uno nuevo. Decidió comenzar: “Buenas noches a todos, antes de empezar démosle la bienvenida al nuevo miembro del grupo. Primero escuchemos su presentación y después nos presentaremos uno por uno. Puedes empezar, ¿por favor? Vamos chico no seas tímido. El de la capucha roja. Aquí nadie te va a juzgar”.
Se quedó mirando al vacío donde hace un instante había humo. Observó entonces el agujero perfecto de la bala en la frente de su objetivo. Corría un hilo de un rojo denso por el ceño, eso le desagradó, le gustaba que el tiro fuera perfecto, no sólo equidistante entre ceja y ceja, sino limpio. Para ello acompasaba el disparo con inclinar la cabeza del cuerpo sin vida, de forma lenta pero sin paradas, sobre algo, un sofá, una cama o lo que fuera que permitiera dejarlo en posición horizontal sin estorbos. Si la engorrosa sangre tenía que salir por algún lado que saliera por el agujero de salida.
Lo más probable es que la sangre, que ahora mismo llegaba ya hasta el párpado de aquel pobre diablo, se debiera a que el ángulo que había tenido que recalcular debido al lunar no fuera el apropiado. Cómo odiaba los lunares de las víctimas. Los lunares no eran más que errores en el ADN, defectos insalvables que todos tenían. No le gustaba disparar a los lunares, no sabía exactamente por qué, no era superstición, era más por desprecio, no merecían ni la bala entrando por ellos. Cuando los evitaba pasaban cosas como esta y eso le incomodaba. Le hacía reprenderse a sí mismo interiormente. Le hacía perder su equilibrio emocional.
El pequeño reguero de sangre había tomado la rodera del párpado como si de un riachuelo se tratara y caía gota a gota en la manta de piel de vaca que cubría el sofá de sky. Una perfecta lágrima de sangre. Que irónico. El travestido se hacía llamar Bloody Teardrop. Por supuesto había intentado darse un patético aire diabólico y pícaro con ese “Bloddy” en el seudónimo, pero con lo que seguro no contaba es que acabaría definiendo con su semántica más precisa el momento de su muerte.
De los cinco objetivos que tenía que cumplir en ese encargo especial éste había sido sin duda el más sencillo. La gente con los vicios más acentuados suelen ser fácilmente manipulable. En general la mayoría de los humanos tienen poco sentido común, aunque ellos creen tener mucho, una de las cosas que más aborrecía de ellos, pero los viciosos pierden el poco que les queda con increíble rapidez.
Le había bastado con colarse en el club donde Bloody Teardrop actuaba esa noche. El hedor que desprendía tanta gente, el sudor, tener que rozarlos para poder moverse. Asqueroso. Gajes del oficio. A fin de cuentas esas detestables criaturas le daban de comer. Trató de contenerse y lo consiguió. Como siempre.
Allí estaba, bailando en la pasarela central. Tenía un cuerpo imponente, las operaciones y los estrógenos no sólo habían hecho un gran trabajo en su cuerpo sino que se habían administrado con sapiencia. Un buen cirujano sin duda. Seguro que cobraba más en una sesión que lo que valía el conjunto de aquel antro, donde tantos billetes en forma de silicona danzaban alegremente. Algo no encajaba, algún pez gordo tendría algo que decir sobre aquello pero no quiso pensar quien podría ser. No era su trabajo, aunque seguramente estaría relacionado. De cualquier manera no le incumbía.
Se movía con exuberantes golpes de cadera, muy femeninos, y contoneaba el cuerpo de forma innata, si es que eso tenía algún sentido tratándose de un varón, a pesar de llevar plataformas de 10 cm. Había toda una marabunta de personas de todos los géneros y las más variopintas tendencias sexuales jaleando su nombre y agitando billetes delante de él. Caían rendidos a sus encantos y sus movimientos sensuales. Todos unos babosos
Todo ese espectáculo gira en torno a "marketinear" el cerebro del baboso de tal manera que piense que tiene una mínima oportunidad de acostarse con la bailarina sin pagar, cuando queda meridianamente claro que no solo no la tiene sino que no la tendrá en ningún encuentro posterior. Sentido común. Al menos con ese tipo de bailarinas que se supone ya han atravesado la delgada línea que las hace evolucionar en putas. O mejor dicho en putas caras. De otra forma no estaría en ese apestoso sitio para hacer el trabajo que le tocaba hacer.
Esperó en la segunda barra a que acabara el espectáculo. Camerinos, Ducharse. Vestirse. La rutina de todas las noches. Tardaría unos 30 minutos, bastante rápido para un maricón presumido como él. Si estaba el camarero latino en la primera barra solía flirtear con él unos quince minutos. Había elegido esa noche porque estaba el polaco. No habría charla y todo podría hacerse más rápido. Bloody Teardrop, en ese momento transformada, o retransformada, ya en Stan, salió por una puerta que anunciaba “Staff Only”, miró la barra y al encontrarse con la mirada del polaco continuó andando. Como era previsible, hasta la segunda barra que era el último obstáculo hasta la salida.
Allí le estaba esperando. No pasaría desapercibido. Se había puesto una camisa blanca de cuello y puños anchos con los dos primeros botones desabrochados que acababa en unos tejanos bien ceñidos al trasero pero lo suficientemente holgados para dar aspecto varonil. Unas botas de piel con algo de puntera, un reloj aparentemente bueno y una cadena de oro con una virgen, completaban su vestuario. En cuanto al pelo, teñido de negro azabache ligeramente engominado y con patillas recias que enmarcaban su cara y resaltaban sus rasgos más masculinos.
Estaba apoyado con los antebrazo encima de la barra jugueteando con su whisky doble, observando por el rabillo del ojo el paso de Stan. No se había fijado en él y por un momento pensó que su plan podría fracasar. Fue entonces cuando decidió darse la vuelta con estilo y apoyar los codos y cruzar las botas haciendo sonar los tacones contra el suelo, tosiendo brevemente y bebiendo un pequeño sorbo para pasar la carraspera. Suficiente para que stan volviera la cabeza. Sus miradas se cruzaron, luego una sonrisa, la química del sex-appeal en alguna parte del cerebro obró su "magia", y en menos de diez minutos ya estaban besándose en el coche de Stan. Próxima y última parada su casa. Casi no hizo falta ni invitarle a una copa. A stan le bastó con tocarle ligeramente el muslo con los nudillos a ese latinazo que le había regalado el destino y lo que notó allí debió convencerlo. Lo dicho, con los viciosos todo es más fácil. Hasta asesinarlos.
Tenía que reconocer que a pesar de que tuvo que hacer de tripas corazón para besar a Stan y magrearse un poco con él, no por maricón sino por su condición de humano, el tío tenía facultades para el tema del sexo. Le cayó bien a pesar de todo. Otra cosa más por la que le encantó matarlo, los sentimientos denotan humanidad. El espejismo falaz del que vivía esa raza detestable y que les permitía auto aceptarse y mirar para otro lado cuando hacían alguna maldad. Hipócritas.
Su cara se agrió con este último pensamiento. Recogió el casquillo de la carísima y hortera moqueta de Stan, otro lujo que no encajaba, y se marchó. Echó un último vistazo al apartamento por si algo se escapaba antes de cerrar la puerta. Había seguido el procedimiento al pie de la letra y su procedimiento era infalible pero una foto encerrada en un marco de madera endeble sin adornos, demasiado sencillo para el estilo de la casa de Bloody Teardrop, le llamó la atención. En ella un rejuvenecido y sonriente Stan apretaba con fuerza la cara de un niño de unos dos años con dos enormes ojos azules. Eran de una azul que nunca había visto antes. Eran como piedras preciosas de formas caleidoscópicas. Incluso en la quietud de la imagen parecían moverse como diminutos insectos de diamante alrededor de la colmena negra que era la pupila. Trató de acercarse pero oyó un ruido fuera que le puso en estado de alerta. Aquello no era relevante para su encargo. Tenía que irse.
Bajó las escaleras evitando ser visto y se metió en el coche. Aún era pronto. Le daba tiempo de sobra de ir a casa, pegarse una ducha restauradora que le quitara toda la apestosa suciedad acumulada por su ropa y por sus poros aquella noche, comer algo e ir a la sesión del grupo de ayuda.
Llegó como siempre puntual como un reloj. Allí estaban todos aquellos desgraciados, despojos sociales que intentaban reencontrarse a ellos mismos en un último intento de auto engañarse. No lo conseguirían. Algunos solo eran drogadictos, pero otros habían sido capaces de matar o asesinar. Sus remordimientos los comían por dentro, más que la mierda de drogas que se metían, por haber abandonado, vendido, maltratado o incluso matado a otras personas, la mayoría curiosamente seres queridos. Lloriqueaban por haber hecho aquello a sus hijos e hijas o hermanos y amigos en despistes, accidentes de coche, reyertas por ir demasiado colocados o simplemente para conseguir otra dosis. Creían que las cosas se superaban sin más. Si todo se pudiera superar sin más y si lo que dice el manual que cada uno tenía en su pupitre “Lo importante no es caer sino aprender a levantarse” fuera verdad nada tendría sentido ni importancia. Puedo matar, da igual, puedo superarlo, aceptarme de nuevo tal como soy. Y si vuelvo a recaer ¿qué? otra vez terapia y otra vez me acepto. Mierdezas. Falacias. Todo mentira. El que la hace la paga. Esa es la única norma vigente en el mundo, la única norma que la naturaleza nos ha enseñado y aún así los humanos se niegan a aceptar. Argumento: No somos animales. Sentido común.
Ya estaban todos. Un rápido vistazo le permitió comprobar que había uno nuevo. Decidió comenzar: “Buenas noches a todos, antes de empezar démosle la bienvenida al nuevo miembro del grupo. Primero escuchemos su presentación y después nos presentaremos uno por uno. Puedes empezar, ¿por favor? Vamos chico no seas tímido. El de la capucha roja. Aquí nadie te va a juzgar”.
Un beso para todos.