jueves, 10 de septiembre de 2015

El Lápiz


Lápiz nuevo. Los trazos navegan fluidos y redondeados sobre el papel con gran precisión de cirujano gracias a lo afilado de su punta. El grafito se desgasta lentamente produciendo ese sonido característico fuente de placer para muchos y dentera infernal para otros. Escribe.
Poco a poco va plasmando su historia movido por hilos que ni siquiera conoce o entiende. Solo hace lo que le dicen. No decide nada pero nota cada movimiento. Nota Todo.
Nota las dudas y la timidez con las que empieza una historia, cuando el lápiz es nuevo, aliñadas con la firmeza que aporta la ilusión y la pasión de iniciar algo. Nota el convencimiento de querer hacer las cosas bien. Algo que dure para siempre, sin fisuras, sin cabos sueltos. Nota el romanticismo y la delicadez, los mimos de las vocales dibujadas despacio cubriendo la totalidad del diseño de una letra. Es el esmero del amor aplicado a cada línea, a cada párrafo. Es el punto álgido de cualquier historia al que se intenta llegar una y otra vez aún a sabiendas de que es imposible saber si es el punto álgido.
Nota como paulatinamente todo es más pausado, el pulso es más firme pero más plano. Es en estos momentos cuando la punta comienza a apoyar más superficie y el trazo es más gordo, más espeso pero continúa guardando algo bello. Transmite una comodidad agradable y muy confortable de la que es difícil salir. Pero se sale.
Nota los parones, bien sean descansos o falta de inspiración, la diferencia radica al retomar la escritura de nuevo con la reposada tranquilidad del que vuelve renovado de un descanso o con la celeridad ansiosa y casi siempre precipitada del que acaba de tener una idea salvadora que mejore la historia. La punta sufre. Demasiado rápido. Necesita bajar el ritmo pero no baja. Y la historia continúa.
También nota los bloqueos. La escritura entrecortada y errática del que no sabe qué decir o, si lo sabe, quiere enmascararlo con una capa eufémica que es peor que la mentira. Aparecen la brusquedad en los trazos, las prisas injustificadas y los tachones. Los malditos tachones que como montañas gigantes evitan a los protagonistas fluir por la historia con delicada facilidad para convertirles en duros montañeros que diariamente deben superar retos que debieran ser excepcionales y no rutinarios, transformándolos en algo amorfo, sin objetivos y sin recompensas, en algo distante del amor, muy lejos de la poesía.
Los criminales tachones que destrozan la punta del lápiz desperdiciando gran parte del preciado núcleo negro que no es más que el maná de la historia ya que lo poco que se escribe entre tachón y tachón dice poco o ningún sentido tiene. Son solo pensamientos sueltos, individuales y nacidos de la ira y la desesperación de la impotencia de sentir que la historia no avanza.
Los odiosos tachones que obligan a acortar la vida del eje director de cualquier historia escrita consumiendo las paredes de madera que sujetan el núcleo. Infligiendo un agónico dolor con cada corte que se convierte en alivio una vez la punta sale del sacapuntas renacida de nuevo y el trazo puede volver a ser fino, estable y precioso. La calma vuelve pero el daño ya está hecho.
 Y después de toda esta peripecia embuclada un buen día el lápiz vuela por el aire, enano, minúsculo. Nota que es insignificante. Aterriza en una cesta con otro montón de lápices enanos y minúsculos. Demasiado pequeños para ser asidos, demasiado desgastados por el tiempo y comidos por las malas decisiones. Por los tachones.
Muere perdido con su historia escrita y finalizada, acabada o no, está finalizada. Aún puede consultarse porque ahí está inmortalizada. Alguien la recordará de vez en cuando. La historia perdura, el lápiz muere… consumido.
 
 
 
 
 

domingo, 8 de marzo de 2015

La Calidad del Recuerdo


¿Tienen recuerdos las partículas que viajan a la velocidad de la luz? ¿y los impulsos eléctricos? La respuesta que se viene a la mente ante una pregunta tan "tonta" es que evidentemente no. Si estamos tan seguros de ello ¿porque seguimos su mismo camino? ¿porque todos nuestros avances tecnológicos y evoluciones a la especie persiguen hacer más cosas y cada vez más rápido sin importar el motivo?

Pensad en cualquier invento que facilite la vida agilizando un proceso, desde el mando a distancia hasta el automóvil. Son inventos que nos permiten ahorrar tiempo pero, ¿qué hacer con ese tiempo ahorrado? y esta es la pregunta clave. La respuesta es hacer más cosas lo que nos lleva al punto inicial de saturación temporal y buscamos un nuevo invento para volver a entrar en el bucle. Imaginad que se inventara el teletransporte. Sería un avance increíble, hay millones de usos que darle, pero imaginad también en que se convertiría la vida cuando formara parte de ella como ahora lo hacen otros medios de transporte. 20 segundo de reflexión después... las respuesta es: Estrés. Más eventos, más visitas, más reuniones más de todo en el mismo tiempo. Y sobre todo más recuerdos que almacenar que se pierden en el vacío.

Y aquí es donde quiero llegar. A los recuerdos. Un recuerdo es lo que nos hace realmente sentir que hemos aprovechado nuestra vida. Que el tiempo que se nos ha regalado ha sido invertido correctamente. Los recuerdos lo son todo. Y no me refiero a vivir del pasado sino todo lo contrario. Hay que generar continuamente recuerdos pero recuerdos de calidad.

Nuestra capacidad de fijar recuerdos no evoluciona a la misma velocidad que nuestra capacidad de generarlos. Ahora podemos hacer muchas más cosas en todos los ámbitos, tanto en el trabajo como en el tiempo libre y en el futuro podremos hacer más aún pero la capacidad de sintetizar todas esas vivencias no ha evolucionado. Podemos hacer y almacenar millones de fotos y vídeos más pero eso no significa que las vayamos a recordar. Muchas veces las ves y es como si fuera otra persona la que ves en la foto. ¿Estuve allí? Me estoy viendo pero no me acuerdo. Triste ¿qué no?

Aunque nos vendan que es una pérdida de tiempo el viaje en metro de 40 minutos hasta casa después de un súper concierto es totalmente necesario para que, con la cabeza apoyada en el asiento y los ojos cerrados, recuerdes cada acorde, cada sonrisa de tus amigos, cada brindis y cada baile, cada salto y cada pelo de la nuca que se erizó con tu canción favorita y con cada riff, cada grito de complicidad y cada beso recibido cuando se alcanza el éxtasis único de estar haciendo algo que sientes no se volverá a repetir. Esos 40 minutos sirven para fijar el recuerdo y hacerlo de calidad. Si no los tienes y te teletransportas a hacer otra cosa un recuerdo machaca a otro y finalmente solo te queda uno, el más reciente. Tu vida no tiene sentido, solo tu presente y lo vives con la lengua tan afuera que ni siquiera lo saboreas.

Pensad en un cinta transportadora como las de las fabricas de galletas. Esa cita es un gran álbum de fotos mentales con huecos finitos. Sobrevolando por encima están las vivencias y hay un brazo o mano que, pasado un cierto tiempo, se mueve hacia abajo, agarra una vivencia y la pega en el álbum. Este brazo tiene una cadencia, yo la llamo la cadencia de fijado, y viene dada por naturaleza, no puedes hacer nada para que vaya mas rápido. Cuando las vivencias superan esta cadencia el brazo no da a basto e intenta ir más rápido pero no puede y lo que consigue es hacer mal el trabajo y las vivencias se acaban fijando como recuerdos de mala manera, sin orden ni concierto e incluso apelotonadas. Fuera del marco. No hay calidad.

Este concepto es increíblemente extrapolable a muchos ámbitos de la vida. Trabajo, relaciones personales, amor. Solo dadle una vuelta.

Lo que sentimos cuando compartimos un recuerdo de calidad con alguien es la verdadera felicidad. Y lo que sentimos cuando compartimos ese mismo recuerdo pero sin calidad, y a sabiendas que debería haberla tenido, es la verdadera tristeza.

Luchemos contra la necesidad de vivir cada vez más deprisa porque corremos el riesgo de convertirnos en energía. En ese haz de luz o ese impulso eléctrico que solo avanza sin sentir nada, sin recordar nada. Está en todos los sitios, es testigo de todo lo que pasa en todos los lugares pero todo resbala, nada se fija, nada se vive. Luchemos para que, mientras podamos, prime la calidad del recuerdo.