Se levantó a coger la servilleta de otra mesa cercana. La camarera había vestido su mesa de malos modos y a toda prisa. Ni le había mirado ni dirigido la palabra. ¿Usted cree que es forma de tratar a un cliente? Los cubiertos no están alineados, el vaso está sucio y ni siquiera me ha puesto servilleta. Tendré que llamar al encargado. Por supuesto no había dicho ni hecho nada de eso. Es más, se había comido sin rechistar la sopa que le había lanzado manchando el mantel y que estaba ligeramente templada al gusto y el churruscado trozo de carne que aparentaba ser un filete que había pedido explícitamente al punto. A la hora de pagar la camarera se dirigió a él por primera vez de modo cortés: ¿Qué tal todo señor? Muy bien, muy bien. Gracias. Había contestado. Era guapa cuando sonreía. Ni siquiera una camarera del montón amargada por su trabajo con una sonrisa bonita estaba a su alcance se dijo cuando su ilusión, relegada al último banco de su aula emocional, alzó ligeramente la voz para sugerirle que le preguntara a qué hora salía. Más de dos décadas de fracasos eran una losa demasiado grande para seguir intentándolo. Había pagado y se había ido con la el peso de la cobardía cargado sobre sus hombros.
De camino a Massimo Dutti un chaval pasó corriendo a su lado y le golpeó el hombro. Chaval, ten más cuidado, ni siquiera me has pedido perdón. ¿Dónde están tus modales? Le habría dicho. Pero no lo hizo. Se limitó a mirar la nuca del chico con rencor mientras se alejaba a toda prisa esquivando viandantes y buscando con la mirada, sin éxito, algún adulto responsable de semejante fiera maleducada.
Quince minutos después se encontraba fuera de la tienda con ocho camisas en las bolsas de las que al menos siete estaba seguro que no le gustaban. El vendedor ni siquiera le había preguntado que quería, le había abordado con un: ¿ha visto nuestra nueva colección de camisas? Y le había acompañado hasta el probador adulándole con cada modelo que se ponía. No había sabido pararle los pies.
La ira crecía en su interior pero no tenía valor para exteriorizarla. Ni la ira, ni nada. Con ese pensamiento flotando en su cabeza, la mirada fija en las rayas del suelo de baldosas y un pequeño y curvado monte, mezcla de dudas y vergüenza, por columna vertebral bajó las escaleras mecánicas.
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A quien quería engañar. Su sueño estaba frustrado. Hasta en un desfile de una peluquería de mala muerte en un centro comercial de las afueras no la elegían como prime model ¡Y ya tenía 29 años! Tanto esfuerzo por cuidarse, tanto esfuerzo por gustar a los demás, tantos egos que satisfacer. Estaba agotada. En dos minutos le tocaba. Ahora mismo estaba la prime en el escenario, una morena excesivamente delgada, alta y con una cabellera infinita, brillante, como de ébano maleable. No era mala pero tenía fallos graves a la hora de mover la cadera y acompañar el movimiento con las rodillas en cada giro. La meritocracia brillaba por su ausencia en su mundillo. Era una idea que llevaba años gestándose en su cabeza y que, a pesar de su lucha interior para erradicarla, había devorado a su ajada inocencia hasta dejar solo un montón de inocentes huesos.
Ya le tocaba. Se abrochó el último botón del corsé para aguantar los cuarenta segundos de gloria sin respirar y salió. Mucho flashes, alguna mirada de admiración, alguna otra de indiferencia, parecía que les estaba gustando. Vuelta, que se vea bien el volante a juego con la melena rubia. Perfecto. Pues ya estaba. Fin del trabajo. Besos vacíos por aquí y por allá. Al principio los consideraba todos auténticos, ahora lo que hacía, casi por hobby, era medir el grado de falsedad de cada gesto, de cada frase, de cada palabra que le decían. Después de diez años en esto, años de postizos y maquillaje, de puñaladas y manipulaciones, propias y ajenas, después de todo aquello le costaba pensar si alguna vez hubo algo verdaderamente auténtico en su vida.
Si al menos su corazón hubiera resistido aquel largo e inhumano asedio de años de superficialidad podía tener una esperanza, un clavo al que agarrarse. Pero todo ser humano, hombre o mujer, que hubiera conocido eran sólo una cáscara bonita como la de un huevo de pascua alegremente pintado que al abrirlo te ofrece veneno en vez de chocolate o, peor aún, veneno con aspecto de chocolate. Entró al camerino, desdibujó por fin la sonrisa pétrea y entrenada de su rostro y se miró al espejo. Toda su cara, cada elemento que allí habitaba, se veía fláccido, descolgado, como si hubieran tirado un bote de disolvente sobre un grafiti que representaba la cara de una modelo venida a menos en un pequeño espejo de mala muerte. Cogió su ropa y comenzó a vestirse.
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No podía dejar de mirarla. Podía percibir la estúpida sonrisa en su rostro. Acababa de ser víctima de una bomba en un centro comercial y no podía dejar de mirarla. Había estado al borde de la muerte debajo de esas escaleras mecánicas y no podía pensar en otra cosa que en aquella mujer. Al perder el conocimiento se creyó muerto. Al principio se había asustado y gritado, su victimismo explotó con fuerza culpando a todos de todo, pero después, al ser consciente de sus últimos momentos, se había dejado llevar y todas las cargas emocionales ya no le pesaban. Estaba preparado para irse. Los bomberos le habían rescatado y metido en aquella ambulancia. Le dolía todo el cuerpo y tenía alguna herida a considerar, sobre todo en las piernas, pero no podía dejar de mirarla. Ella era hermosa aún en esas circunstancias.
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No sabía muy bien cómo había llegado hasta allí. Estaba semidesnuda cubierta por una manta de medio cuerpo que le había facilitado alguien del SAMUR. Afortunadamente la pequeña mesa del tocador del camerino la había protegido de la mayoría del daño. Aún así sentía algunos hilos de sangre corriéndole por las rodillas y las pantorrillas. Le habían dicho que no era grave.
¿Estás bien? ¿Cómo dices? Qué si estás bien. Era otra víctima que iba en la ambulancia el que hablaba. Sí estoy bien gracias. Cruzó los ojos con los de él regalándole su mejor sonrisa de forma automática. No pudo apartarlos rápido. Esa mirada era tan cálida. Duró apenas un par de segundos pero sintió algo nuevo, algo… auténtico. Sí, gracias a dios parece que estoy bien, gracias por preguntar, ¿y tú?, dijo mientras instintivamente recolocaba la manta para que tapara el máximo de su cuerpo y cara.
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Al llegar al hospital la ambulancia se detuvo. La puerta se abrió y alguien comenzó a ayudar a bajar a la chica. Él se apresuró a bajar primero, la cogió de la mano libre para ayudarla también. Ella perdió un poco el equilibrio y se inclinó ligeramente sobre él. Volvieron a mirarse. Los puntos de contacto de la piel, manos, brazo y mejilla ardieron por un segundo. Los sanitarios prepararon dos sillas de ruedas para llevarlos dentro y casi les obligaron a sentarse.
Quiero volver a verte. He sentido algo al mirarte que jamás pensé que volvería a sentir. Pensó él.
¿Esos ojos son reales? Nadie me ha mirado de una forma tan transparente nunca. Y ese calor al tacto. Pensó ella.
Ninguna de estas frases cruzó el aire de aquella noche. La cobardía carcajeaba en el interior del hombre disfrutando de una nueva victoria y la desesperanza ponía freno al corazón de la mujer evitando que otra retorcida obra teatral del destino volviera a desilusionarla.