miércoles, 28 de junio de 2017

Destellos a Capturar o a Dejar Pasar

Se levantó a coger la servilleta de otra mesa cercana. La camarera había vestido su mesa de malos modos y a toda prisa. Ni le había mirado ni dirigido la palabra. ¿Usted cree que es forma de tratar a un cliente? Los cubiertos no están alineados, el vaso está sucio y ni siquiera me ha puesto servilleta. Tendré que llamar al encargado. Por supuesto no había dicho ni hecho nada de eso. Es más, se había comido sin rechistar la sopa que le había lanzado manchando el mantel y que estaba ligeramente templada al gusto y el churruscado trozo de carne que aparentaba ser un filete que había pedido explícitamente al punto. A la hora de pagar la camarera se dirigió a él por primera vez de modo cortés: ¿Qué tal todo señor? Muy bien, muy bien. Gracias. Había contestado. Era guapa cuando sonreía. Ni siquiera una camarera del montón amargada por su trabajo con una sonrisa bonita estaba a su alcance se dijo cuando su ilusión, relegada al último banco de su aula emocional, alzó ligeramente la voz para sugerirle que le preguntara a qué hora salía. Más de dos décadas de fracasos eran una losa demasiado grande para seguir intentándolo. Había pagado y se había ido con la el peso de la cobardía cargado sobre sus hombros. 

De camino a Massimo Dutti un chaval pasó corriendo a su lado y le golpeó el hombro. Chaval, ten más cuidado, ni siquiera me has pedido perdón. ¿Dónde están tus modales? Le habría dicho. Pero no lo hizo. Se limitó a mirar la nuca del chico con rencor mientras se alejaba a toda prisa esquivando viandantes y buscando con la mirada, sin éxito, algún adulto responsable de semejante fiera maleducada. 

Quince minutos después se encontraba fuera de la tienda con ocho camisas en las bolsas de las que al menos siete estaba seguro que no le gustaban. El vendedor ni siquiera le había preguntado que quería, le había abordado con un: ¿ha visto nuestra nueva colección de camisas? Y le había acompañado hasta el probador adulándole con cada modelo que se ponía. No había sabido pararle los pies.
La ira crecía en su interior pero no tenía valor para exteriorizarla. Ni la ira, ni nada. Con ese pensamiento flotando en su cabeza, la mirada fija en las rayas del suelo de baldosas y un pequeño y curvado monte, mezcla de dudas y vergüenza, por columna vertebral bajó las escaleras mecánicas.

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A quien quería engañar. Su sueño estaba frustrado. Hasta en un desfile de una peluquería de mala muerte en un centro comercial de las afueras no la elegían como prime model ¡Y ya tenía 29 años! Tanto esfuerzo por cuidarse, tanto esfuerzo por gustar a los demás, tantos egos que satisfacer. Estaba agotada. En dos minutos le tocaba. Ahora mismo estaba la prime en el escenario, una morena excesivamente delgada, alta y con una cabellera infinita, brillante, como de ébano maleable. No era mala pero tenía fallos graves a la hora de mover la cadera y acompañar el movimiento con las rodillas en cada giro. La meritocracia brillaba por su ausencia en su mundillo. Era una idea que llevaba años gestándose en su cabeza y que, a pesar de su lucha interior para erradicarla, había devorado a su ajada inocencia hasta dejar solo un montón de inocentes huesos.

Ya le tocaba. Se abrochó el último botón del corsé para aguantar los cuarenta segundos de gloria sin respirar y salió. Mucho flashes, alguna mirada de admiración, alguna otra de indiferencia, parecía que les estaba gustando. Vuelta, que se vea bien el volante a juego con la melena rubia. Perfecto. Pues ya estaba. Fin del trabajo. Besos vacíos por aquí y por allá. Al principio los consideraba todos auténticos, ahora lo que hacía, casi por hobby, era medir el grado de falsedad de cada gesto, de cada frase, de cada palabra que le decían. Después de diez años  en esto,  años de postizos y maquillaje, de puñaladas y manipulaciones, propias y ajenas, después de todo aquello le costaba pensar si alguna vez hubo algo verdaderamente auténtico en su vida. 

Si al menos su corazón hubiera resistido aquel largo e inhumano asedio de años de superficialidad podía tener una esperanza, un clavo al que agarrarse. Pero todo ser humano, hombre o mujer, que hubiera conocido eran sólo una cáscara bonita como la de un huevo de pascua alegremente pintado que al abrirlo te ofrece veneno en vez de chocolate o, peor aún, veneno con aspecto de chocolate. Entró al camerino, desdibujó por fin la sonrisa pétrea y entrenada de su rostro y se miró al espejo. Toda su cara, cada elemento que allí habitaba, se veía fláccido, descolgado, como si hubieran tirado un bote de disolvente sobre un grafiti que representaba la cara de una modelo venida a menos en un pequeño espejo de mala muerte. Cogió su ropa y comenzó a vestirse.

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No podía dejar de mirarla. Podía percibir la estúpida sonrisa en su rostro. Acababa de ser víctima de una bomba en un centro comercial y no podía dejar de mirarla. Había estado al borde de la muerte debajo de esas escaleras mecánicas y no podía pensar en otra cosa que en aquella mujer. Al perder el conocimiento se creyó muerto. Al principio se había asustado y gritado, su victimismo explotó con fuerza culpando a todos de todo, pero después, al ser consciente de sus últimos momentos, se había dejado llevar y todas las cargas emocionales ya no le pesaban. Estaba preparado para irse. Los bomberos le habían rescatado y metido en aquella ambulancia. Le dolía todo el cuerpo y tenía alguna herida a considerar, sobre todo en las piernas, pero no podía dejar de mirarla. Ella era hermosa aún en esas circunstancias.

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No sabía muy bien cómo había llegado hasta allí. Estaba semidesnuda cubierta por una manta de medio cuerpo que le había facilitado alguien del SAMUR. Afortunadamente la pequeña mesa del tocador del camerino la había protegido de la mayoría del daño. Aún así sentía algunos hilos de sangre corriéndole por las rodillas y las pantorrillas. Le habían dicho que no era grave. 

¿Estás bien? ¿Cómo dices? Qué si estás bien. Era otra víctima que iba en la ambulancia el que hablaba. Sí estoy bien gracias. Cruzó los ojos con los de él regalándole su mejor sonrisa de forma automática. No pudo apartarlos rápido. Esa mirada era tan cálida. Duró apenas un par de segundos pero sintió algo nuevo, algo… auténtico. Sí, gracias a dios parece que estoy bien, gracias por preguntar, ¿y tú?, dijo mientras instintivamente recolocaba la manta para que tapara el máximo de su cuerpo y cara.

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Al llegar al hospital la ambulancia se detuvo. La puerta se abrió y alguien comenzó a ayudar a bajar a la chica. Él se apresuró a bajar primero, la cogió de la mano libre para ayudarla también. Ella perdió un poco el equilibrio y se inclinó ligeramente sobre él. Volvieron a mirarse. Los puntos de contacto de la piel, manos, brazo y mejilla ardieron por un segundo. Los sanitarios prepararon dos sillas de ruedas para llevarlos dentro y casi les obligaron a sentarse. 

Quiero volver a verte. He sentido algo al mirarte que jamás pensé que volvería a sentir.  Pensó él.

¿Esos ojos son reales? Nadie me ha mirado de una forma tan transparente nunca. Y ese calor al tacto. Pensó ella.

Ninguna de estas frases cruzó el aire de aquella noche. La cobardía carcajeaba en el interior del hombre disfrutando de una nueva victoria y la desesperanza ponía freno al corazón de la mujer evitando que otra retorcida obra teatral del destino volviera a desilusionarla.

jueves, 22 de junio de 2017

Mi Primer Triatlón (Olímpico)

Un reto es aquello que te empuja día a día a superarte. Te puede frustrar o te puede hacer sentir satisfecho pero tener retos es imprescindible en cualquier vida sana. La frustración es una gran maestra y la satisfacción la mejor de las recompensas.

El domingo a las doce y pico y con cuarenta grados a la sombra, o treinta muchos, pasé por la línea de meta del triatlón Villa de Madrid 2017. Había terminado mi primer triatlón olímpico. No tenía ni idea del tiempo ya que tuve que ir a sensaciones toda la carrera porque se me olvidó el reloj en casa. Al principio fue un duro golpe psicológico, para una vez que iba a hacer una distancia tan larga y no lo podía registrar, pero luego me lo tomé con filosofía. ¿Cuál era el problema? iría escuchando a mi cuerpo, disfrutando, sin la presión del reloj.

Al comenzar la natación estaba muy nervioso. El corazón a mil. Subido al pantalán del lago de la casa de campo, a dos metros de enfrentarme al agua con peor fama del planeta, rodeado de tíos con muy buena pinta de triatletas y a punto de afrontar la mayor distancia de mi vida hasta la fecha. ¿Me tiro de cabeza? ¿Se me caerán las gafas? ¿Tocaré el fondo? ¿Salgo el último? Por suerte con los tapones es muy fácil escucharte internamente y muy difícil escuchar el exterior así que respiré profundo y me tranquilicé justo en el momento que dieron el pistoletazo de salida. Me tiré de cabeza, no se cayeron las gafas, no salí ni el primero, ni el último y el agua no estaba tan mal. Me costó encontrar el ritmo en la primera vuelta pero en la segunda nadé mejor que en la piscina, con fuerza, con toda la técnica que sé y con una respiración metronómica. Salí con muy buenas sensaciones.

Tenía todo preparado así que la primera transición fue bien. Pies en la toalla para secarlos rápido, tratar de ponerse los calcetines sin hacer la croqueta (lo conseguí contra todo pronóstico), zapatillas de bici, dorsal, gafas, casco, bici y a rodar. La peor, a priori, de las especialidades para mí. Mi lumbalgia me había avisado sólo una semana antes de que allí estaba, al acecho, y los entrenamientos me decían que a partir del kilómetro 23-26 las lumbares me saludaban como mafiosos armenios a los que debes dinero en un hipódromo. Lo tomé con calma. El circuito era una pasada, subidas y bajadas constantes y ninguna demasiado dura. Muy divertido. En la primera vuelta me enganché a un grupo, algo que nunca había hecho porque siempre entreno sólo, y fui muy muy bien hasta Garabitas que me descolgué. Agua, sales y gominolas anti-fatiga fueron administradas con sapiencia y ayudaron. La segunda vuelta me la hice prácticamente sólo y mi espalda lo notó al final. Estiré lo que pude en las bajadas y milagrosamente llegué entero a la segunda transición.

Zapas de bici por zapas de correr, fuera casco y dorsal al frente. A correr. Mi mejor especialidad se convirtió en mi mayor infierno. En este punto empecé a superar mis límites conocidos y a entrar en los desconocidos, nunca había estado tanto tiempo haciendo deporte y nunca había corrido 10K después de 40K en bici y 1,5K nadando. A eso hay que sumarle mis altas expectativas, ya que la carrera es mi fuerte, o al menos a lo que estoy más acostumbrado, que hacía un calor del demonio y que el circuito era un laberinto muy desmoralizante. Debido a todo esto sufrí, y mucho. Empecé bien pero la fatiga apareció antes del segundo kilómetro. Una fatiga como nunca había sentido. No me dolían las piernas, no me dolía la espalda, la respiración iba bien pero era incapaz de ir más deprisa. Fue una lucha constante conmigo mismo, una batalla voluntad vs cansancio, una lucha del "vamos que tú puedes" vs "déjame en paz, sólo quiero parar". Perdí un par de batallas en las que tuve que pararme dos veces en los avituallamientos para beber agua despacio y sosegadamente pero gané la guerra. Finalmente llegué a la meta levantando los brazos después de los típicos tres golpes en el pecho. Fue un acto reflejo. Nunca levanto los brazos al llegar a meta pero esa vez sí. Me salió de dentro.

Ha sido una de las mejores experiencias de mi vida por muchos factores. No sólo es la satisfacción personal de conseguir un objetivo que lleva mucho trabajo detrás, es el ambiente que se vive y se respira, es el olvidarte de la podredumbre de espíritu que se mastica día tras día en la sociedad, en la tele, en el trabajo, incluso en otros deportes que han perdido su esencia por masificarse, es mirar a tu alrededor y solo ver, motivación, apoyo, superación y esfuerzo, es ver a tu novia desgañitarse animándote cuando más hundido estás y tener ganas de llorar y sentir un profundo amor, es ver a tu mejor amigo acompañarte en todas las fases de una prueba que él había hecho una semana antes y que se esfuerza de nuevo por ayudarte a ti y sentir una profunda admiración y amistad, es conectar con el esfuerzo máximo de tu cuerpo al llevarlo al límite y el agradecimiento supremo al hidratarlo y mimarlo al terminar, es conectar con tu alma al cruzar las barreras que crees que tienes para que te mire a los ojos y te diga "sabía que podíamos ¿Cuál es el próximo?" Este tipo de experiencias son todo eso y no se pueden vivir pagando por ellas o desde el sofá de casa.

Gracias al que haya llegado hasta aquí por leerme y espero haber puesto una semillita en vosotros que germine en una experiencia como la que yo he tenido. Mucho ánimo.

Próxima parada Maratón de Madrid.

PD: Por cierto y por si a alguien le interesa al final cumplí el segundo objetivo de bajar de tres horas., aunque por los pelos: 2h 57m.

viernes, 16 de junio de 2017

La Convocatoria

Un día más en la oficina. Las 11:30. Después de un comité semanal, generador de frustración e inoperancia, y dos reuniones, con distintos clientes y con distintos propósitos, ahí estaba, sentado en la sala más pequeña y escondida de la oficina esperando a que uno de mis mejores trabajadores me comunicara su cansancio, injusto salario y sobrecarga múltiple de responsabilidad no acorde con su rango o, como a alguno les gusta llamarlos, con sus galones.

Le vi a aparecer por el pasillo a través de la pared de cristal de la sala, cruzamos una mirada de complicidad construida a base  de años de amistad profesional, que sin embargo no pudo ocultar su gesto pétreo de disconformidad.  Que pereza por dios. Abrió la puerta y ocurrió.
Un fogonazo rápido e insonoro de luz nacido del rectangular marco de la puerta se hizo con todo el espacio que me rodeaba. Ciego de luz no podía ver nada pero no sentía ni pánico, ni vértigo, ni miedo. Sólo sentía curiosidad.

Poco a poco la claridad se fue difuminando como una venda de lino que se deshilacha lenta pero incansable, dejando entrever el lugar que me albergaba. Era una especie de gran salón de forma ovalada con una fuente en el centro. Había un escenario elevado o mejor dicho un palco muy grande cubierto por un telón rojo con bordados en oro. La fuente tenía una preciosa escultura en el centro y de ella manaban decenas de pequeños chorros en todas direcciones que emitían un sonido hipnótico al caer en la charca. El piso en el que estaba el palco estaba sujetado por grandes columnas que se extendía a lo largo de toda la circunferencia del óvalo. Todas eran preciosas y únicas, hechas de materiales y formas distintos. Yo me encontraba en lo que presumí que era la entrada principal, de frente al palco y debajo del soportal que dejaban las columnas antes de acceder al salón. Di un paso para visualizar la magnificencia del lugar. Las cortinas, los adornos, los materiales, todo era preciosista. Parecía incluso que las miles y pequeñas figuras que decoraban el palco y las columnas no dejaran de moverse lentamente jugando con los colores de los que estaban hechas.

Una vez salí de mi estupor me centré en dilucidar que estaba pasando. Alrededor de la fuente había veintidós personas que hablaban airadamente entre ellas. Parecía que estaban tan desorientadas como yo. Había de todo, grandes y musculosos guerreros, armados con flamantes espadas y escudos, amazonas subidas en sus caballos con sus arcos a la espalda, sacerdotisas concentradas mientras levitaban a medio metro del suelo, magos con sus elegantes túnicas y con varitas prestas para obrar un encantamiento o hechiceras ojeando un libro mientras otros tres o cuatro flotaban a su alrededor.  Todos hablaban entre ellos preguntándose qué hacían allí. Cada uno había venido de un lugar remoto y tenía su propia historia extraña que contar como yo tenía la de mi misteriosa desaparición de la oficina.

Ninguno sabía nada de lo que había ocurrido ni porqué estábamos allí pero ante tanta incertidumbre el ambiente era relajado, hasta entrañable. Los guerreros tenían una mirada intensa pero que transmitía tranquilidad, las amazonas ganas, las sacerdotisas sabiduría,  los magos energía y las hechiceras magia. Todos compartían impresiones y reían acerca de los vaivenes del destino cuando se abrió el telón del placo.

Apareció un hombre con una corta barba blanca tan natural que parecía que venía de serie con su cara. Vestía vaqueros informales y camisa. Estaba escoltado por tres mujeres y un hombre, vestidos de forma similar. Todos cargaban una mochila. El hombre portaba un cetro de madera anudado que casi le duplicaba en altura con el que golpeó el suelo con fuerza. Se produjo otro fogonazo de luz. Esta vez mucho más rápido. Miré alrededor y todos nos habíamos convertido en figuras de luz sin forma humana. Unos eran redondeados otros con formas geométricas, unos eran azules, otros rojos, otros verdes, unos brillaban mucho y eran pequeños y otros eran más grandes y centelleaban pausadamente. Me miré las manos inexistentes y sólo vi rayos sujetados de alguna forma misteriosa al centro de mi cuerpo y que parecía que querían salir disparados hacia el exterior con una energía que nunca había sentido aunque me resultaba familiar.

El hombre aprovechó el silencio generado por el fogonazo para alzar la voz y decir:

“Habéis sido convocados. Habéis sido convocados desde los rincones más recónditos de nuestro universo para llevar a cabo la tarea más difícil a la que el ser humano se ha enfrentado jamás. Un virus ha atacado a nuestra especie, a nuestra sociedad y ha venido para quedarse. Es un virus social que está provocando la infelicidad global y generalizada y que nos llevará inexorablemente a la extinción. Pérdida de valores, frustración tardía en la forma de vivir, fracaso al incumplir objetivos impuestos o decepción al recibir una recompensa que en el fondo no buscábamos. Ahora todo gira en torno al ser más que el otro, al tener más me hace mejor, al dinero es lo más importante, al olvidarme de lo que me hace feliz para complacer al resto del mundo del cual necesito su aprobación. Sufrimos por el pasado y nos preocupamos por el futuro sin apreciar el presente. Navegamos, ya sea con una chalupa o un bergantín, a la deriva, tomando decisiones que nos han dicho que tomemos sin pararnos a pensar que tengo yo que decir sobre esa decisión. Es un virus contagioso que se está extendiendo como la pólvora: estrés, depresión, enfado constante, amargura, suicidio. Sólo hay una forma de pararlo y es haciendo ver a la gente que de ellos depende su propia felicidad, haciéndoles ver que la energía positiva es tan poderosa o más que la negativa y que invertir los polos depende únicamente de cada uno de nosotros. Para eso habéis sido convocados amigos. Para romper las cadenas del miedo y la congoja y liberar la energía interior que nos exige tener derecho a ser felices y por ende hacer felices a los demás.”

Todos los allí presentes se removieron y centellearon con más fuerza. Se hizo un silencio cargado de emoción, una emoción que hacía que las pinturas de las paredes se moviesen intensamente y que el color inundara todo el espacio, que se introdujera en los corazones de los allí presentes y nos hiciera invencibles. Estaba mirando hacia arriba observando anonadado como los ríos de color se mezclaban entre ellos cuando sonó otro golpe del bastón.

“¿Estás…? ¿Estás bien?” me preguntó mi empleado que se había sentado justo enfrente.

Yo seguía mirando al techo pero ahora al de la sala más pequeña y escondida de la oficina. Nunca me había percatado del pequeño desconchón de pintura de una de las esquinas que rompía con la formalidad del entorno y que sin embargo permitía albergar una pequeña araña posada en el corazón de su tela de perfección milimétrica. No había ríos de colores corriendo por allí pero los sentía en mi interior revitalizándome.

“Estoy mejor que nunca.” Y después de sonreírle abiertamente y sin complejos le pregunté “¿Para qué necesitas lo que sea que me vayas a pedir?”

A mis compis de Máster...

viernes, 9 de junio de 2017

La Discusión

Este es otro ejercicio de la escuela en el que había que contar una historia mediante un diálogo pero utilizando al narrador lo menos posible. Yo lo eliminé del todo y quedó esto:

— Eres un cabrón. Y me lo sueltas así sin paños calientes...

— María, no...

— Cállate pedazo de mierda. No tienes derecho ni a hablarme. Es que, es que, no sé qué decirte, bueno, sí lo sé pero no sé por dónde empezar. ¿Cómo has podido? ¿Es que no tienes ni una pizca de decencia?

— María por favor...

— ¡Que te calles! Con la maldita dependienta. Si ya sabía yo el día que la contrataste. Pensé ¿pero por qué una dependienta de papelería cutre de barrio tiene que tener esas pedazo de tetas? Joder, con esa cinturita y esa carita de muñeca de porcelana tenía que estar en la pasarela Cibeles o en la esquina de Montera. Aunque luego si te fijas tiene granos que se tapa con maquillaje y los ojos demasiado juntos y oculta muy bien ese par de revólveres que tiene por caderas con esas falditas cursis del Bershka... venga coño que ya no tiene 15 años tampoco...¿quien se cree? Tiene edad de vestirse en Amitie no me jodas.

— ¿Me dejas que te explique?

— Que no me dirijas la palabra. ¿Serás capullo? Es que me acuerdo de cosas y me pongo enferma. O sea que los días que te hacía los recados con los proveedores de la tienda porque tú tenías que cuadrar la caja u ordenar el almacén o esas cosas qué, claro, ahora me doy cuenta, eran excusas de mierda, ¡si un día hasta me dijiste que llegabas tarde porque se te habían caído unas cajas de clips y los tenías que recoger!, pero vamos, que todos esos días que yo te hacía los recados, tú te estabas follando a la dependienta en mi cara, como aquel que dice.

— No, María, lo de los clips era verdad, espera...

— Es que estoy flipando. Y ahora vas y me dices que solo hace dos meses de esto. Y yo me lo tengo que creer ¿no? y además da igual si me lo creyera, ¡dos meses!, joder Manolo, ¡dos meses!, que dan para mucho. Pero ¿te crees que me chupo el dedo? … Ya estoy llorando joder y no te lo mereces.

— Claro que no me lo merezco.

— ¡Qué morro tienes! No te pongas de victimita ahora. Qué asco me das. O sea que es por eso que no me tocas desde hace dos meses ¿no? Por lo menos has tenido la decencia de no hacerlo, ¿qué mierda decencia? Lo que pasa es que ya no te gusta la mujer que te ha estado aguantando todos estos años, que te ha soportado las quejas continuas de la papelería, que ha limpiado las gotas de pis del water que dejas siempre hecho un asco, que te ha sujetado la cabeza en las vomitonas después de irte con tus amigotes de juerga abusando de mi confianza. Te he prestado dinero, he hecho buenas migas con tu madre y tu padre me adora, he abandonado a todos mis amigos por salir con los tuyos. Por lo menos como no me has tocado no se me ha pegado nada de esa fulana. Es que cuando la vea, se le van a caer los postizos de la ostia que le voy a dar.

— No exageres, por favor, que el dinero te lo he devuelto y con intereses, hace que no salgo con mis amigos siglos, las tareas del hogar hace tiempo que las hago yo y de los del sexo mejor ni hablar porque ni me acuerdo… deja de llorar ya.

— ¿Qué no exagere? ¿Qué no llore? Yo haré lo que me salga del coño ¿Será posible? Encima. Vete ahora mismo de mi casa, pedazo de mierda.

— Me voy a hora mismo. Sólo déjame decirte algo. ¿Te tranquilizas?

— ...

— Sé lo tuyo con Víctor. Me lo contó el jueves. Un año con sus doce meses liados ni más ni menos y muy bien llevado porque yo ni me había enterado. Ni siquiera una sospecha. Tus cambios de humor, la falta de sexo, las broncas que me echabas sin sentido, todo eso lo he aguantado estoicamente pensando que era lo mejor para ti, que era la manera de volver a sacar a relucir la estrella de la que me enamoré. Pero cuando Víctor me lo contó sentí que no te conocía, estaba viviendo y desviviéndome por una desconocida. Así que sólo me quedaba una alternativa, ver tu reacción al mismo crimen que estabas cometiendo. Darte esa oportunidad de redimirte. Y ya me has demostrado todo lo que necesitaba saber.

— Manolo...no…

— ¿qué?

— …

— No tienes que decir nada María. Hoy tenía dos posibles caminos o dejarte o perdonarte y me los has puesto muy fácil. Por supuesto que a día de hoy no me he liado con nuestra encantadora y bellísima dependienta. Y de lo que pase mañana ya no tengo que rendirte cuentas ¿Todavía quieres que me vaya de mi casa o te queda el mínimo de dignidad necesaria para irte tú?


—Manolo… Pero… Pero yo… Yo te quiero a ti.