Había llegado a aquel tugurio casi por casualidad. No podía
decir que no me dirigiese a esa zona de la ciudad, “El Barrio”, apenas dos
calles en L donde se podían encontrar bares dónde las mujeres no se atrevían a
entrar y que tenía los días contados por las presiones sociales y policiales.
Siempre me dirigía hacia “El Barrio” al salir del trabajo. Me pillaba cerca y
no tenía que andar demasiado por la calle. Así minimizo el riesgo. Pero ese día
no había sido prudente y en una esquina había chocado con una mujer. Apenas un
traspié, un esquivar para seguir cada uno su camino pero nuestros hombros
habían chocado levemente. Esperé a que la mujer reaccionara. Hubo un par de
segundos de esperanza. Un silencio largo que acabó rompiendo. Comenzó a
insultarme. Me lanzó dos: Cerdo, Acosador y un escupitajo. No era ninguna
sorpresa pero siempre acechaba el riesgo a la denuncia, así que entré en el
primer bar que encontré. Y ahí estaba.
No era muy distinto a los locales que visitaba con más
asiduidad. Un espacio pequeño, sin lujos, muebles viejos, luz tenue, con poca
clientela, ninguna conversación y un barman con cara de pocos amigos. La misión
de aquellos sitios era proporcionar silencio y algo de alcohol y tabaco en un
ambiente libre de riesgos. No tenías que preocuparte de si te sentabas
demasiado cerca de alguna mujer o de si la rozabas ya fuera queriendo o sin
querer. No tenías que preocuparte de qué decir si tenías que dirigirte a ella.
Incluso permanecer callado podría suponerte problemas porque la denuncia podía
llegar por ignorarla.
No siempre había sido así. Todo se precipitó poco a poco,
como un gotero de antibiótico en un enfermo que se olvidan de retirar. Las
primeras leyes en defensa de la mujer, aunque injustas con la constitución en
la mano, habían dado sus frutos. Apoyadas por los medios de comunicación, la opinión pública y los
políticos que veían un fuente de votos creciente, se acabó con la lacra de la
violencia machista. Lo malo es que se sentó el precedente para todo tipo de
leyes de dudosa ligitimidad que con el paso de los años favorecían a unos
ciudadanos sobre otros. Se pasaron con el antibiótico y ahora el virus del
despotismo estaba fuera de control.
- – Perdona ¿Es eso Whisky? Wow.
Un pequeño hombre con la cara sucia me tocaba el codo con
dos dedos que sobresalían de unos guantes viejos de lana cortados a la altura
de las falanges.
– Déjame en paz.
– Si bebes Whisky tienes que tener al menos dos
cosas. Un empleo y unos huevos muy gordos.
– Un ruido de gorrino que quería ser una risa salió de su nariz.
Aunque las bebidas
alcohólicas estaban prohibidas para los hombres ya no se perseguía ese delito
de una forma tan exhaustiva. Era uno de los espacios donde ahora daba igual dar
un poco de manga ancha.
– Déjame en paz. Por favor.
– No me mires así joder. ¿Ya no
podemos hablar ni entre nosotros? – Esperó un momento a mi reacción que no
llegó. – Menos mal que eso va a cambiar.
No imaginaba como podía cambiar. La diferencia fundamental
entre el movimiento feminista y el masculinista es que ellas tenían un
propósito. Nosotros nos dirigimos irremediablemente hacia la extinción. El
hombrecillo debió de notar mi gesto de desdén.
– ¿No me crees? Ahora tenemos más fuerza. No será
como el primer movimiento donde se cometió el error de no medir la respuesta. Ahora
tenemos los números. Somos muchos. Qué demonios, ¡somos todos!
– Exacto. Somos todos. Y todos sobramos. Aunque es
cierto que tu ejercito de divorciados trasnochados que aún no estén en prisión
tendrá una muerte más “honorable” – Agité los dedos en el aire. - Aunque yo
prefiero dejar pasar el tiempo sin más.
– ¿Divorciados? Eso era hace años, ahora estamos
todos en peligro. Todos. – hizo una pausa. – Vamos. Puedo oler tu espíritu revolucionario a
una legua. Necesitamos gente como tú en la lucha.
Por fin me giré para mirar a los ojos del hombrecillo. Le
puse la mano en el hombro y apreté ligeramente.
– Es demasiado tarde amigo. Tienen los medios de
comunicación, tienen los organismos oficiales, tienen los tribunales y lo más
importante no nos necesitan para nada.
– Eso es mentira y lo sabes. No seas
derrotista. Qué hay del trabajo, somos
casi el 50% de la población. Qué hay del sexo, hasta donde yo sé eso no ha
cambiado. Por no hablar del… amor.
Quería carcajear ante aquel pobre infeliz pero sólo me salió
una pequeña bocanada de aire donde navegaba una risa suave que se alejó
lentamente de mi boca y se perdió en el humo del bar.
– ¿Amor amigo? No se puede amar lo que desprecias
y no te sirve para nada. En cuanto al sexo y los trabajos de bajo nivel ya
tienen a los sumisos. Además muy pronto seremos sustituidos todos por los bots.
– Me arrepentí de decir esa última frase según salió de mi boca. – Ahora déjame
en paz.
Volví a girarme, apuré mi copa y levanté la mano para pedir
otra ronda.
– ¿Cómo? ¿Bots?
Es sólo una leyenda.
Me miró de arriba abajo y debió de ver mi uniforme entre mi
abrigo y mis botas porque percibí su excitación.
– ¡Trabajas en…! Ya decía yo que no tenías pinta
de puto. Vaya, debes ser de los últimos funcionarios que…
De un rápido movimiento cogí al hombrecillo de la pechera,
lo levanté unos centímetros del suelo y lo empujé hacia la pared.
– Si no me dejas en paz vas a tener problemas más
graves que arriesgarte a salir a la calle principal a esperar una denuncia. Tú
decides. O te vas a aquel rincón del que has salido o te vas a la puta calle.
– EH! No me jodáis. Que ya me cuesta bastante
tener alejadas a las maderas como para que les deis una excusa.
Los dos miramos al barman, yo con ojos de agotamiento, el
hombrecillo con mirada de pánico. Le solté y volví a mi sitio en la barra. Me
bebí de un trago el vaso que ya había sido rellenado lancé un billete de 50
euros y sin esperar a ver la cara de asombro de los cuatro perdedores presentes
salí a la calle.
Somos todos. Ser todos no significa ser muchos. El dato del
casi 50% estaba más que desfasado. Quedarían el 10%, quizás el 15% contando los
escondidos y huidos. El resto en las CA’s, cárceles especiales para agresores que
se construyeron durante el boom de detenciones. Misteriosamente no se podían
visitar desde hacía un año. Además el plan, como lo llamaba el gobierno, de
Reforestación de la Natalidad, llevaba años en ejecución y era vox populi que
sólo elegían “reforestar” pares de cromosomas XY. Los partos naturales llevaban
siendo carne de documental desde hacía al menos dos décadas.
El aire en las calles de “El Barrio” estaba cargado y sucio.
Las alcantarillas humeaban y la porquería se esparcía por todos lados. Levanté
la cabeza tras encenderme el último pitillo. Desde ese punto se veía parte de
los carteles publicitarios de los edificios más altos del centro. Allí estaban
esos cuerpos esculturales de chicos jóvenes con poca ropa entre los anuncios de
reclutamiento de la policía y la comida rápida.
Esclavos sexuales de la segunda mitad de siglo.
Probablemente la última profesión para hombres antes de la aniquilación total.
Los prototipos de sexbots estaban a punto de entrar en producción. Saqué la
petaca del abrigo y apuré la ginebra que quedaba. Un buen lingotazo. Bien. La
vista ya se me está nublando. Estoy muy cerca de poder recordar fragmentos de
mi vida anterior. Hoy toca cómo conocí a Alicia. Comencé a caminar despacio, la
barbilla metida en el cuello del abrigo, los hombros bien arriba, las manos en
los bolsillos y paso muy lento y dubitativo tratando de mantener el equilibrio.
La conocí en un bar parecido a este antro del que acabo de
salir pero cuando hombres y mujeres podían estar juntos sin temor, antes de la
crispación. La vi en la barra cogiendo el abrigo para irse. Estaba con unas
amigas. Fue un flechazo, si es que eso existe, aunque ella aún no me había
visto. Yo entraba. Ella salía. La escena se reproducía a cámara lenta mientras
mi cabeza bullía con opciones para decirle algo. Estaba muy cerca, se iba a ir
y yo seguiría sólo. Entonces el valor tomó el control. La cogí suavemente del
brazo y al girarse con un grácil movimiento de melena me miró con sus enormes
ojos, me escrutó un segundo y sonrió. Le dije algo como “Perdona pero tus ojos
me indicaban donde estaba la barra y ahora que te vas me he perdido.” Supongo
que también sonreí. Le debió hacer gracia y se tomo una copa conmigo. Coger una
mujer del brazo hoy en día supone ir directo a la CA.
Había llegado al cruce a duras penas. Normalmente el
siguiente recuerdo era de los niños pero hoy la inconsciencia parece que llegará
antes. Unas risas y gritos agudos me sacan de la ensoñación. Son sólo un par de
gays al otro lado de la calle. De pronto les cambia la tez y salen corriendo.
Otro colectivo perseguido, no verás lesbianas en “El Barrio”.
– Quietó ahí. No muevas ni un músculo pedazo de
mierda machista.
El motivo de la huida de los gays gira la esquina. Me apoyo
en los ladrillos del edificio que me sujeta. Siento lo rugosos que son a través
del abrigo mientras levanto la mirada. Una pareja de maderas, un hombre y una
mujer, me apuntan con sus táser.
-
Levantaría las manos si no estuviera tan
borracho. – Un inicio de carcajada ahogada por una desagradable tos surge de
mí.
Noto un láser que me escanea la cara.
– Es él.
– Sr… Low queda usted detenido por agredir a una
mujer esta misma tarde en la avenida de la igualdad.
– ¿La del empujón? Si solo nos hemos chocado –
Sabía que no serviría de nada. Será el alcohol. – ¿Cuánto tiempo lleváis
buscándome? – Y sin poder ahogar las risas – Si eso ha sido como hace una hora
y media. No sé cual de los dos cerebros no suma lo suficiente para que lleguéis a uno.
Ella miró con desprecio a su compañero mientra él sólo dirige la mirada al.
– Cualquier cosa que diga podrá ser utilizada en
su contra. No nos obligue a utilizar la fuerza.
La mujer mira al hombre. El hombre niega con la cabeza. Ella me mira. Piensa un segundo. Leo su
mente.
– Trabajo en el lab…
El cable del Táser recorre la distancia que nos separa mientras escucho “Qué más da. Hay que acabar con esta escoria de una vez”.
Noto la electricidad de las tres agujas en el muslo y un
fogonazo en los ojos. Ni siquiera me da tiempo a sentir la nieve bajo mi
cuerpo. Caigo pero no al suelo sino a la inconsciencia.