jueves, 22 de febrero de 2018

Últimos Coletazos

Miraba el amarillo del Whisky como hipnotizado. Las pequeñas ondulaciones del alcohol en contacto con el agua de los hielos siempre me han fascinado. Si quería acelerarlas movía un poco el vaso y le daba un pequeño sorbo. Era un whisky terrorífico pero no podía permitirme más y cumplía la función de nublarme el juicio lo suficiente para sobrevivir unas horas más.

Había llegado a aquel tugurio casi por casualidad. No podía decir que no me dirigiese a esa zona de la ciudad, “El Barrio”, apenas dos calles en L donde se podían encontrar bares dónde las mujeres no se atrevían a entrar y que tenía los días contados por las presiones sociales y policiales. Siempre me dirigía hacia “El Barrio” al salir del trabajo. Me pillaba cerca y no tenía que andar demasiado por la calle. Así minimizo el riesgo. Pero ese día no había sido prudente y en una esquina había chocado con una mujer. Apenas un traspié, un esquivar para seguir cada uno su camino pero nuestros hombros habían chocado levemente. Esperé a que la mujer reaccionara. Hubo un par de segundos de esperanza. Un silencio largo que acabó rompiendo. Comenzó a insultarme. Me lanzó dos: Cerdo, Acosador y un escupitajo. No era ninguna sorpresa pero siempre acechaba el riesgo a la denuncia, así que entré en el primer bar que encontré. Y ahí estaba.

No era muy distinto a los locales que visitaba con más asiduidad. Un espacio pequeño, sin lujos, muebles viejos, luz tenue, con poca clientela, ninguna conversación y un barman con cara de pocos amigos. La misión de aquellos sitios era proporcionar silencio y algo de alcohol y tabaco en un ambiente libre de riesgos. No tenías que preocuparte de si te sentabas demasiado cerca de alguna mujer o de si la rozabas ya fuera queriendo o sin querer. No tenías que preocuparte de qué decir si tenías que dirigirte a ella. Incluso permanecer callado podría suponerte problemas porque la denuncia podía llegar por ignorarla.

No siempre había sido así. Todo se precipitó poco a poco, como un gotero de antibiótico en un enfermo que se olvidan de retirar. Las primeras leyes en defensa de la mujer, aunque injustas con la constitución en la mano, habían dado sus frutos. Apoyadas por los medios de comunicación, la opinión pública y los políticos que veían un fuente de votos creciente, se acabó con la lacra de la violencia machista. Lo malo es que se sentó el precedente para todo tipo de leyes de dudosa ligitimidad que con el paso de los años favorecían a unos ciudadanos sobre otros. Se pasaron con el antibiótico y ahora el virus del despotismo estaba fuera de control.

-         – Perdona ¿Es eso Whisky? Wow.

Un pequeño hombre con la cara sucia me tocaba el codo con dos dedos que sobresalían de unos guantes viejos de lana cortados a la altura de las falanges.

– Déjame en paz.

– Si bebes Whisky tienes que tener al menos dos cosas. Un empleo y unos huevos muy gordos.  – Un ruido de gorrino que quería ser una risa salió de su nariz.

Aunque las  bebidas alcohólicas estaban prohibidas para los hombres ya no se perseguía ese delito de una forma tan exhaustiva. Era uno de los espacios donde ahora daba igual dar un poco de manga ancha.

– Déjame en paz. Por favor.
– No me mires así joder.  ¿Ya  no podemos hablar ni entre nosotros? – Esperó un momento a mi reacción que no llegó. – Menos mal que eso va a cambiar.

No imaginaba como podía cambiar. La diferencia fundamental entre el movimiento feminista y el masculinista es que ellas tenían un propósito. Nosotros nos dirigimos irremediablemente hacia la extinción. El hombrecillo debió de notar mi gesto de desdén.

– ¿No me crees? Ahora tenemos más fuerza. No será como el primer movimiento donde se cometió el error de no medir la respuesta. Ahora tenemos los números. Somos muchos. Qué demonios, ¡somos todos!

– Exacto. Somos todos. Y todos sobramos. Aunque es cierto que tu ejercito de divorciados trasnochados que aún no estén en prisión tendrá una muerte más “honorable” – Agité los dedos en el aire. - Aunque yo prefiero dejar pasar el tiempo sin más.

– ¿Divorciados? Eso era hace años, ahora estamos todos en peligro. Todos. – hizo una pausa. – Vamos. Puedo oler tu espíritu revolucionario a una legua. Necesitamos gente como tú en la lucha.

Por fin me giré para mirar a los ojos del hombrecillo. Le puse la mano en el hombro y apreté ligeramente.

– Es demasiado tarde amigo. Tienen los medios de comunicación, tienen los organismos oficiales, tienen los tribunales y lo más importante no nos necesitan para nada.

– Eso es mentira y lo sabes. No seas derrotista.  Qué hay del trabajo, somos casi el 50% de la población. Qué hay del sexo, hasta donde yo sé eso no ha cambiado. Por no hablar del… amor.

Quería carcajear ante aquel pobre infeliz pero sólo me salió una pequeña bocanada de aire donde navegaba una risa suave que se alejó lentamente de mi boca y se perdió en el humo del bar.

 ¿Amor amigo? No se puede amar lo que desprecias y no te sirve para nada. En cuanto al sexo y los trabajos de bajo nivel ya tienen a los sumisos. Además muy pronto seremos sustituidos todos por los bots. – Me arrepentí de decir esa última frase según salió de mi boca. – Ahora déjame en paz.

Volví a girarme, apuré mi copa y levanté la mano para pedir otra ronda.

– ¿Cómo?  ¿Bots? Es sólo una leyenda.

Me miró de arriba abajo y debió de ver mi uniforme entre mi abrigo y mis botas porque percibí su excitación.

– ¡Trabajas en…! Ya decía yo que no tenías pinta de puto. Vaya, debes ser de los últimos funcionarios que…

De un rápido movimiento cogí al hombrecillo de la pechera, lo levanté unos centímetros del suelo y lo empujé hacia la pared.

– Si no me dejas en paz vas a tener problemas más graves que arriesgarte a salir a la calle principal a esperar una denuncia. Tú decides. O te vas a aquel rincón del que has salido o te vas a la puta calle.

– EH! No me jodáis. Que ya me cuesta bastante tener alejadas a las maderas como para que les deis una excusa.

Los dos miramos al barman, yo con ojos de agotamiento, el hombrecillo con mirada de pánico. Le solté y volví a mi sitio en la barra. Me bebí de un trago el vaso que ya había sido rellenado lancé un billete de 50 euros y sin esperar a ver la cara de asombro de los cuatro perdedores presentes salí a la calle.

Somos todos. Ser todos no significa ser muchos. El dato del casi 50% estaba más que desfasado. Quedarían el 10%, quizás el 15% contando los escondidos y huidos. El resto en las CA’s, cárceles especiales para agresores que se construyeron durante el boom de detenciones. Misteriosamente no se podían visitar desde hacía un año. Además el plan, como lo llamaba el gobierno, de Reforestación de la Natalidad, llevaba años en ejecución y era vox populi que sólo elegían “reforestar” pares de cromosomas XY. Los partos naturales llevaban siendo carne de documental desde hacía al menos dos décadas.

El aire en las calles de “El Barrio” estaba cargado y sucio. Las alcantarillas humeaban y la porquería se esparcía por todos lados. Levanté la cabeza tras encenderme el último pitillo. Desde ese punto se veía parte de los carteles publicitarios de los edificios más altos del centro. Allí estaban esos cuerpos esculturales de chicos jóvenes con poca ropa entre los anuncios de reclutamiento de la policía y la comida rápida.

Esclavos sexuales de la segunda mitad de siglo. Probablemente la última profesión para hombres antes de la aniquilación total. Los prototipos de sexbots estaban a punto de entrar en producción. Saqué la petaca del abrigo y apuré la ginebra que quedaba. Un buen lingotazo. Bien. La vista ya se me está nublando. Estoy muy cerca de poder recordar fragmentos de mi vida anterior. Hoy toca cómo conocí a Alicia. Comencé a caminar despacio, la barbilla metida en el cuello del abrigo, los hombros bien arriba, las manos en los bolsillos y paso muy lento y dubitativo tratando de mantener el equilibrio.

La conocí en un bar parecido a este antro del que acabo de salir pero cuando hombres y mujeres podían estar juntos sin temor, antes de la crispación. La vi en la barra cogiendo el abrigo para irse. Estaba con unas amigas. Fue un flechazo, si es que eso existe, aunque ella aún no me había visto. Yo entraba. Ella salía. La escena se reproducía a cámara lenta mientras mi cabeza bullía con opciones para decirle algo. Estaba muy cerca, se iba a ir y yo seguiría sólo. Entonces el valor tomó el control. La cogí suavemente del brazo y al girarse con un grácil movimiento de melena me miró con sus enormes ojos, me escrutó un segundo y sonrió. Le dije algo como “Perdona pero tus ojos me indicaban donde estaba la barra y ahora que te vas me he perdido.” Supongo que también sonreí. Le debió hacer gracia y se tomo una copa conmigo. Coger una mujer del brazo hoy en día supone ir directo a la CA.

Había llegado al cruce a duras penas. Normalmente el siguiente recuerdo era de los niños pero hoy la inconsciencia parece que llegará antes. Unas risas y gritos agudos me sacan de la ensoñación. Son sólo un par de gays al otro lado de la calle. De pronto les cambia la tez y salen corriendo. Otro colectivo perseguido, no verás lesbianas en “El Barrio”.

– Quietó ahí. No muevas ni un músculo pedazo de mierda machista.

El motivo de la huida de los gays gira la esquina. Me apoyo en los ladrillos del edificio que me sujeta. Siento lo rugosos que son a través del abrigo mientras levanto la mirada. Una pareja de maderas, un hombre y una mujer, me apuntan con sus táser.
-          Levantaría las manos si no estuviera tan borracho. – Un inicio de carcajada ahogada por una desagradable tos surge de mí.

Noto un láser que me escanea la cara.

– Es él.

– Sr… Low queda usted detenido por agredir a una mujer esta misma tarde en la avenida de la igualdad.

– ¿La del empujón? Si solo nos hemos chocado – Sabía que no serviría de nada. Será el alcohol. – ¿Cuánto tiempo lleváis buscándome? – Y sin poder ahogar las risas – Si eso ha sido como hace una hora y media. No sé cual de los dos cerebros no suma lo suficiente para que lleguéis a uno.

Ella miró con desprecio a su compañero mientra él sólo dirige la mirada al.

– Cualquier cosa que diga podrá ser utilizada en su contra. No nos obligue a utilizar la fuerza.

La mujer mira al hombre. El hombre niega con la cabeza. Ella me mira. Piensa un segundo. Leo su mente.

– Trabajo en el lab…

El cable del Táser recorre la distancia que nos separa mientras escucho “Qué más da. Hay que acabar con esta escoria de una vez”.

Noto la electricidad de las tres agujas en el muslo y un fogonazo en los ojos. Ni siquiera me da tiempo a sentir la nieve bajo mi cuerpo. Caigo pero no al suelo sino a la inconsciencia.