viernes, 20 de julio de 2018

Akuna Wiguna

Listos para la acción

Todo gran momento nace con una idea. Somos lo que creamos y creamos lo que creemos. Mis padres creían en un viaje familiar, todos juntos, compartiendo, disfrutando y siendo participes de la fortaleza que un entorno familiar de los de antes atesora. Nació con aquellos dos robles, que luego fueron cinco y que ahora son once. Un lío vamos: dos adolescentes, un niño, una casi mayor de edad, cinco personas en su mediana edad, tres hermanos, y dos santos que no sabían, o sí, que estaban a punto de ganarse el cielo en las siguientes 240 horas, y dos jóvenes setenteros promotores de la aventura.

Pon de acuerdo a todos para los días de vacaciones, calcula tiempos y espacios para ir todos juntos, a ver como llegamos al inicio con esos achaques; ¿se nos olvidará algo?, ¿cada uno tiene sus pertenencias controladas?; ojo con los horarios; ¿habéis estudiado los destinos?; que cada uno haga lo que le apetezca ¿no?, sí, pero juntos; como no lleguemos al barco se van sin nosotros; ¿tenéis todos las tarjetas? ¡¡¡LAS TARJETAS!!! ¿Las tenéis todos? ¿las qué?, ¡¡LAS TARJETAS!!

Mil cosas que podían ir mal machacadas, desechadas y vapuleadas por las ganas de pasarlo bien, el amor que rezuma mi familia allá donde va y el cachondeo inmaduro propio de los 80’s que nos acompaña como un Sancho Panza tan útil como inocente.

Y así desde Torrelodones a Tarragona pasando por Venecia, Bari Katakolon, Mykonos, Saranda y Dubrovnik se gestó el mejor viaje familiar de la historia. Todo ha tenido cabida en esta peculiar aventura: un  misterioso señor de Burgos, un barquito de quince plantas y tropecientos mil metros de eslora, las noches del Zebra Bar y sus polcas, el Castañón de Katakolon y su ya mítico grito al más puro estilo Hodor: ¡¡Open the doors!!, una mujer paseando su albornoz y gafas de sol por el teatro a lo estrella de cine, la playita de Mykonos y el supercrep de nutella, las sudadas del gimnasio para compensar las pizzas, los masajitos y el SPA, el Partenón, el Estadio Olímpico y el caloret de Atenas, los gitanos del Torremolinos Albano: SARANDANGA!! nos vamo a comer…, las mañanas y tardes luchando contra los zombies en The Walking Buffet,  las vistazas de Dubrovnik, las torrijas de Mari Carmen y la “Pompería” que llevábamos encima,  el campanile la catedral y las góndolas de Venecia, el copito piscinero, La Stampida, El Baco, El shambala y el Tren de la Espina, las lágrimas y olores extraños de algunas faldas y, por supuesto, PAN ,PAN, PAN, Akuna Wiguna, Don’t worry… Wiguna o ¿has visto las mantequillas? Pero, si no queda Wiguna.

En resumen, diez días muy intensos, con mucho que ver, mucho que vivir y mucho que reír que nos han dejado momentos y experiencias inolvidables que ya están en nuestro saco vital de recuerdos.
 
Pero lo que me lleva a escribir esta entrada no son las vacaciones en sí. Lo que me lleva a escribir esta entrada es que ha sido un viaje en FAMILIA, así con mayúsculas. Esta frase parece que no tiene mucho punch, pero la aclaro. Cuando éramos cinco la unidad familiar formaba parte de nuestras vidas, no se cuestionaba, ni siquiera se pasaba por la cabeza que en algún momento pudiera ser de otra forma o transformarse en otra cosa. Era cómo si juntos escribiéramos un libro cortito y perfecto, pongamos el Hobbit, detallado y descrito con maestría, con una historia que se escribía sola, con letra firme y personajes marcados. 

Hace más de quince años mis hermanas se casaron y se fueron a vivir a Murcia, dónde han crecido mis sobrinos. El Hobbit se acababa de convertir en El Señor de los Anillos. Sólo estaban puestas las pastas. Imponentes y bellas, con ribetes dorados y columnas colosales que enmarcaban el título. Pero por dentro sólo había un montón de páginas en blanco listas para ser escritas con nuevas historias y aventuras. Pero ese libro nació con un hándicap: Desde hace más de quince años los encuentros con mis hermanas y sobrinos han sido, en el mejor de los casos, de cinco veces al año. Podían haber sido más, aunque también podían haber sido menos, esa no es la cuestión. 

La cuestión es que hemos mantenido la unidad familiar con esa limitación entre veranos y navidades y ese gran libro se ha ido rellenando con capítulos sueltos. El libro estaba, los protagonistas estaban, las historias estaban, pero al mirar en la estantería el Hobbit, cortito y completo, dejaba entrever una falta en el Señor de los Anillos. Un hilo conductor que uniera todo, que le diera un sentido épico de unidad, donde el amor, la fraternidad, la comprensión y el altruismo se enarbolaran con sus altos pendones en la cima de las picas que nos hemos traído al finalizar el viaje. Y es lo que ha sido para mí este viaje. Un proceso de conocimiento de mi propia familia, de profundización necesaria que me permite dar más valor, si cabe, a lo que tengo, y darme cuenta que siempre lo he tenido.

Como familia podemos tener nuestros defectos. La combinación de nuestras personalidades es como un complejo compuesto químico con propiedades asombrosas obtenido como resultado de la más complicada de las alquimias. Y el resultado es de un equilibrio tal, que nos permite mantener los grados de sentido del humor, bienestar y felicidad en un estándar tan alto que solo me queda decir con orgullo: Viva mi familia y cada uno de sus miembros.

Mamá y Papá si este era vuestro objetivo que sepáis que lo habéis logrado y superado con creces.

Cojo estas dos por poner alguna de las miles que tenemos :)