viernes, 28 de diciembre de 2018

Funambulistas

El primer paso es el más difícil. Sólo los pies, el cuerpo y el nuevo contrapeso. 

Debajo la cornisa. Al frente el cable y la niebla. Los dedos de los pies lo acarician, suave al principio, con fuerza progresiva después. Lo envuelven con contundencia, sujetan todo el peso del cuerpo por un segundo eterno. La respiración, como un metrónomo, marca el ritmo de los movimientos. Precisión, confianza y decisión. Todo el peso de un cuerpo sobre un cable, equilibrado por dos extremos de una barra, y debajo el vacío. 

Un cable como guía, como sendero recto, invariable, hacia la nada. Un paso en falso, desviado aunque sea unos milímetros, el desenlace fatal. El cable es lo correcto, la piedra Roseta, el camino de la rectitud. ¿Y la barra? Las manos la sujetan, le otorgan ínfimas y decisivas variaciones de peso a un lado o al otro. Se rigen por la concentración, la percepción y el criterio. Ciegos los tres ante los soplidos del viento. Y en algún punto, después de un largo trecho recorrido o apenas unos pasos, lo mismo da ya: la caída. 

Y al caer, el horror, la agonía, el cambio. Perdido el cable, el norte, la línea indicadora del bien y el mal, solo hay miedo. El vacío lo engulle todo sólo para volver a otra situación en otra cornisa, con otro recio cable perdiéndose en la nebulosa infinidad de la vista. Todo parece igual, pero es distinto. Ahora la barra es más gruesa o más larga, ha distribuido la carga. 

Y así como pequeños funambulistas buscando la caída final nos abrimos paso a través de la incertidumbre. Siempre con un viento descontrolado, siempre con un cable que creemos correcto, siempre con una barra que amoldar con la experiencia y un cuerpo ejecutor de cada paso. Siempre con miedo.

El primer paso es el más difícil. Sólo los pies, el cuerpo y el nuevo contrapeso.