Desde que comenzó a usar la cámara nunca se había considerado un gran fotógrafo. Le daba igual. Lo que más le gustaba de una foto no era el placer de sacarla. Si bien disfrutaba de ese espacio de tiempo finito, en el que se siente cierta presión por la posibilidad de perder un momento único y la recompensa tras superarla, lo que realmente le gustaba era poder apreciar los detalles de una imagen fija, sin las interferencias y distracciones de las prisas. Las gotas de sudor de un campesino, redondas y brillantes, perfectas a lo largo de toda su frente mientras prepara con ambos brazos en alto un nuevo golpe de azada o los dobleces de la gruesa falda regional de una mujer que hace punto sentada a la puerta de su casa, o el pulcro contorno de las uñas de un político mientras su mano se dirige a la multitud después de haber dicho alguna frase contundente durante un discurso. Podía perderse en los detalles de cualquier escena insignificante durante horas mientras la vida pasaba a toda velocidad produciendo más y más escenas que se le escapaban y se perdían, irremediablemente, en el vacío del tiempo.
Quizás por eso era tan bueno distribuyendo paquetes en bandejas y poniendo pegatinas con códigos y nombres sin equivocarse ni una sola vez. Y quizás por eso Pete le permitía seguir trabajando allí. Había pasado ocho horas diarias en esa diminuta oficina de correos desde hacía cuarenta años. Hoy era su aniversario de llegada a aquel pueblo y, por supuesto, nadie lo sabía, ni siquiera Pete, cómo nadie sabía casi nada de él. Y esperaba que así siguiera siendo.
La gente comentaba cosas. Que si era muy raro. Que si tenía algún trastorno. Incluso corrían rumores e historias más inquietantes como que había llegado al pueblo huyendo de la justicia por un atraco que había cometido en Pittsburgh y que el dinero robado superaba los dos millones de dólares y que estaba enterrado en algún lugar cerca del lago. Había distintas versiones, cada cuál más elaborada. Lo cierto era que nadie tenía ni la más remota idea de su historia y su pasado.
En cualquier caso, la gente comentaba cosas. En general no le molestaban demasiado, pero siempre hay el que se tiene que hacer notar: Bien en forma de sarcasmo “Peter, ¿Cómo podéis trabajar aquí con Bob dale que te pego hablando sin parar?” o bien de forma más directa “Hay que ver Bob, toda la vida aquí y no te he oído decir más que monosílabos”.
Y Bob nunca decía nada y si hacía algo era asentir y sonreír, ya que era lo que parecía que todo el mundo necesitaba recibir para dejarle en paz.
De cualquier modo y fuera como fuera su vida era así. Dormía poco, comía menos, trabajaba, sacaba fotos y se quedaba horas mirándolas.
Sus rutinas le protegían del resto del mundo y el resto del mundo no tenía demasiado interés en atacarle, así que se mantenía un cómodo status quo. A veces, muy pocas, sí se quedaba mirando languidecer el sol entre las nubes, sentado en su vieja mecedora, haciéndola subir y bajar levemente emitiendo un acompasado chirrido que le acompañaba en sus pensamientos. En realidad, le reconfortaba. Puesto que allí, viendo el rojizo atardecer, que prevalece perenne día tras día puntual a su ventana vespertina, viajaba a todo aquello que no había prevalecido y aquel chirrido lo ataba al presente como la cuerda de seguridad ata al montañero. Si se le ocurría navegar demasiado profundo en el océano del pasado la cuerda se tensaba y reemprendía el camino de vuelta.
Y es que era muy fácil perderse. Revivir los momentos de juventud y vigor en los que nada puede vencerte, ni siquiera tocarte. Momentos en los que el miedo no existe y el peligro es un desconocido, en los que la locura es tu guía y la razón un lastre. Momentos de amor, acción, viveza y diversión… y al final, dolor. Ninguna de las tres estaba ya. Llevaban tiempo sin estar. Y en este pueblo no habían estado nunca. No había nada que lo atara al mundo, salvo los recuerdos. Solo recuerdos cada vez más frágiles, más volátiles. Una vez leyó que los recuerdos no son más que inventos de una realidad que creíamos que era de una manera y que según pasa el tiempo cada vez hay más de invento y menos de realidad.
Por eso le gustaban las fotos. Porque no engañaban, o al menos no tanto, como la memoria.
No tenía ni una foto de aquel pasado. Ni una sola de Mary Ann o las niñas, aunque fuera la de un fotógrafo de alguna feria. Ni una foto de una sonrisa o un llanto. No tenía nada más que su memoria que se disipaba como una huella en la orilla de la playa con cada arremetida de las olas.
Sus manos acariciaron la cámara que aguardaba fiel en su regazo. El último pensamiento que le asaltaba en aquellos momentos mirando al atardecer que tan pocas veces ocurrían era siempre el mismo: Ahora que puedes retratar tu realidad no queda nada que merezca la pena. Si esta cabeza tuya no se hubiera desconectado ahora podrías retratar su belleza, su inocencia, su pureza. La de las tres. Y no tendrías que haberte venido al culo del mundo a esconderte de ti mismo.
¡Basta! Gritaba de pronto tan fuerte que hacía salir volando a los patos del lago. Llegado a este punto, normalmente se levantaba de un respingo con un último chirrido de la mecedora y aprovechaba los últimos minutos de luz purpúrea para hacer alguna foto al trigo o al campo de camelias que le permitiera olvidar. Pero ese día se fue directamente a la cama, sin cenar.
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¡Wendy no seas maleducada! ¡Ven aquí! ¡Rápido!
Wendy hacía caso omiso a los gritos de su madre. No solo en ese preciso momento, en cualquiera de los momentos de la corta vida de la joven en los que se las había encontrado juntas. Daba igual el lugar, la situación o la hora del día. Su madre siempre le gritaba y Wendy nunca respondía. Ni siquiera la miraba.
Era una de las tres niñas del pueblo. Tenía aspecto de princesa si la veías de lejos, pelo oscuro recogido en dos trenza enormes y brillantes, ojos claros, tez sonrosada y unos calcetines blancos hasta la rodilla acompañados de zapatos negros de charol que daban lucidez a su anodino vestido azul. Pero si la observabas de cerca estaba algo pasada de peso, las rodillas se le metían un poco para dentro y el bello negro incipiente en sus brazos la obligaba a llevar siempre las manos bien agarradas a la espalda.
¡Wendy, por favor!
Finalmente, la madre de Wendy se acercaba a ella con velocidad y la cogía violentamente del brazo para que la siguiera allá dónde aquella mujer decidiera que su hija debía seguirla. El cuerpo de Wendy se giraba debido al empellón, pero desde donde Bob estaba parecía que se girara a cámara lenta. Primero el brazo asido, luego los hombros, la cintura, los pies y por último la cabeza, para romper la penetrante línea imaginaria creada entre los ojos de la joven y los del viejo.
La escena no era nueva desde que la familia de Wendy se había mudado a la casa del final del camino haría un año. Para llegar a su casa tenían que pasar por la cabaña de Bob, así que pasaban por allí a diario. Generalmente una vez por la mañana y otra por la tarde. Y era por la tarde cuando la pequeña se detenía en la valla de madera y miraba fijamente a Bob y el vaivén de su mecedora. Y él, los días que no se hallaba perdido en sus ensoñaciones y se percataba, la miraba fijamente a ella.
Esos días Wendy se iba obligada por su madre, pero Bob se quedaba pensando durante horas en el parecido de aquella niña con sus hijas. Ese recuerdo le retorcía algo por dentro, como si unas manos pudieran atravesar su piel y su esternón y le apretaran pulmones, costillas, corazón y todo lo que pillaran a su paso. Y él no podía hacer nada, más que observar aquellas manos imaginaras y sentir todo con brutal lucidez.
Después de muchos años tenía de nuevo ganas de volver a verlas. Wendy había despertado algo que Bob había conseguido dormir tiempo atrás y creía muerto dentro de él. Volvió a recordar aquel día fatídico y como tuvo que salir corriendo y dejarlas allí, en casa, solas, indefensas. Su esposa en el jardín y las niñas en la mesa de la cocina. Había huido a ese pueblo de mala muerte a olvidarse de todo aquello y esa maldita niña había tirado por tierra el trabajo de años sólo con unos pocos cruces de miradas. Lo que daría por volver a verlas. No podía. Hizo una mueca y empezó a notar que volvía el temblor del labio. Otra vez a lidiar con el dolor, a sentirse cobarde, impotente, un desagraciado. Se levantó con los puños cerrados y los ojos lloroso. Cogió la cámara y dejó que el camino del lago decidiera la hora de volver.
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Al día siguiente Wendy había dado esquinazo a su madre y se encontraba delante de la puerta con mosquitera de Bob. Él la había visto acercarse por el camino y de rodillas en el salón, llorando y rezando, obligándose a no entablar contacto con aquella chiquilla, esperaba que se marchara antes de que fuera tarde. Era tarde. Wendy abrió la puerta muy despacio con un chirrido eterno que llenó la sala. ¿Señor está usted bien? Bobo miró al cielo entre lágrimas y encontró las borrosas humedades del techo de su casa, luego giró bruscamente la cabeza y con una sonrisa dijo: “Gracias por venir a verme pequeña, ¿puedo sacarte una foto?”
Mientras la madre de Wendy se dirigía a la comisaría a denunciar la desaparición de su hija un informe metido en un archivador de metal en el sótano de otra comisaría a cientos de kilómetros de allí rezaba que lo más extraño del crimen no eran las enormes incisiones hechas tanto a la mujer del jardín como la niñas de la cocina, sino los dibujos minuciosos encontrados por toda la casa que reproducían con precisión, las expresiones de las víctimas, la posición de sus cuerpos y las vísceras que dejaban ver dichas incisiones.