Cada época histórica ha sido habitada por un grupo de personas con sus valores, motivaciones, inquietudes, curiosidades, reglas morales, etc. Todas estas características crean una cultura colectiva que es particular de ese grupo, pueblo, país, continente, que cambia imperturbablemente con el paso de cada segundo, hasta que de pronto, un buen día, comparas el momento actual con otro hace 20 años y los cambios son notables en una, varias o todas esas características. Una locomotora no puede pretender que el vagón cafetería tire del tren, al igual que el vagón cafetería no puede pretender que la locomotora dé servicio de catering a los pasajeros. Una sociedad de locomotoras creará, por necesidad, un vagón cafetería para entretenerse y una sociedad de vagones cafetería creará, por necesidad, una locomotora para no quedarse parados.
El problema es pensar que lo de antes era mejor que lo de ahora y viceversa. Entender y adaptarse al cambio superando las “deshonras” que eso suponga a lo que creemos correcto es la clave de la supervivencia, de cualquier cosa.
El fútbol llegó a su clímax a principios de los 90 y a su ocaso a finales de los 2000. Lo que es conocido como fútbol moderno es un bodrio que mueve mucho dinero por la inercia de aquellos años y el brutal marketing imperante entonces y desde entonces. Pero cuando el producto es malo, el mejor marketing puede milagrosamente enmascararlo un tiempo, pero no puede evitar su salida del mercado. La cantidad de partidos ha aumentado; la cantidad de jugadores ha aumentado; todo se ha globalizado, lo que conlleva una pérdida de identidad en los aficionados; la cantidad de torneos ha aumentado; las canteras ya no sacan oro sino latón, aunque en mayor cantidad; pero, sin embargo, para ver un gol de vaselina, una jugada al primer toque o simplemente un regate, tienen que pasar, literalmente, meses. Todo esto hace que el fútbol vaya perdiendo interés. Un chaval que haya nacido en el año 2010, por ejemplo, disfrutará mucho más viendo un vídeo de Youtube recopilatorio de Beckham o Zidane que siguiendo todo el año a “su” equipo.
Los medios, extremistas como les toca ser, buscan culpables, pero es que no hay uno solo. Es todo un conjunto de cambios culturales lo que ha provocado la situación actual, que por otro lado es completamente normal.
La Superliga, no es más que la búsqueda desesperada de un nuevo modelo futbolístico que trata de, con más o menos éxito, satisfacer la demanda de un nuevo modelo social. El público objetivo cada vez aguanta menos sentado delante de algo sin que pasen demasiadas cosas. Necesitan inmediatez y grandes emociones porque es lo que han mamado desde que nacieron. La motivación para practicar un deporte es cada vez menor, el sacrificio durante su práctica es menor, la espera que hace que la recompensa sepa mejor apenas existe. Y esto no es ni bueno ni malo, es simplemente otra forma de vivir la vida ya que las características culturales de la sociedad han cambiado. Cuando se aburran de las emociones inmediatas volverán a buscar emociones trabajadas, y así hasta el infinito en un eterno retorno.
De cualquier manera, hay cosas que no cambian, ideas o concepto globales que son siempre los mismos motores del ser humano. Uno de esos motores es la curiosidad, lo que hace que algo te llame la atención. Y es ahí dónde el fútbol tiene que trabajar independientemente del formato. Ahora ves un partido de fútbol y no ves hacer nada fuera de lo normal, nada que te sorprenda o digas “madre mía que barbaridad”, salvo excepciones como Messi. Todo es apretar físicamente hasta que el balón acaba en la portería contraria como si de un concurso de soga-tira se tratara. Cuanto más hay de algo menos calidad tiene. Esa máxima es a la que se agarra Florentino para justificar la Superliga. Menos clubes, menos partidos, más concentración de talento. Pero de lo que se olvida Florentino es precisamente de que ese talento ya no existe, por mucho que lo concentres. En los años 2000 veías cualquier mundial y todas las selecciones tenían un once potente o algún jugador excepcional, ahora apenas llegas a hacer un equipo de aquellos juntando los 11 mejores de hoy en cada puesto.
El cambio llegará, ya sea en forma de desaparición o de nuevo modelo (y no digo la Superliga), aunque la resistencia sea enorme. Hay mucha gente viviendo del modelo actual y cambiarlo supone un trasvase de poderes y de dinero que los que pierden no están dispuestos a aceptar. Pero mientras el foco esté puesto en el dinero y no en el talento corren el riesgo de perder todos, porque ni siquiera los partidos estelares con grandes clubes que propone Florentino se pueden ver hoy en día por aburridos.
O puede simplemente que el romántico futbolista que vivía en mí se haya ido, quizás, para siempre.
