Gracias a los ánimos de una nueva amiga, buena en hecho y muy buena en potencia, he recuperado el hábito, perdido hace unos dos años, de la lectura.
El domingo por la noche iba andando por el pasillo de mi casa para irme ya a la cama y con el rabillo del ojo vi mi estantería de libros ya leídos. Me paré un segundo y dije "a ver que tenemos ahí". Cuando me planté delante de la librería vi con agrado que había un libro que aún no me había leído. Se trataba de El Retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde. Casi pude ver el momento en que mis manos acariciaron sus tapas que recibí de manos de mi hermana acompañado de un "Léetelo, te va a gustar".
El pobre libro fue posado, no con tanta suavidad como merecía, sobre mi mesilla de noche y no volvió a ser tocado hasta un año y medio después cuando empecé a hacer la mudanza.
Pues empecé a leerlo y bastaron veinticuatro páginas del grandísimo Oscar para que su forma de adjetivar los sustantivos, que hace que si los imaginas por un momento casi pudieras percibir la textura exacta de su tacto, la frescura de su aroma o la candidez o frialdad de sus colores, cayera sobre mi como si una cascada de agua cristalina rociara una esponja endurecida por el paso del tiempo yaciendo al sol, sintiendo el agua penetrando en sus ahora blandos recovecos, a adoptar sus antiguas virtudes de suavidad y tersura. Las palabras se me atascan de un tiempo a esta parte y nada como recultivarse para que vuelvan a fluir en la cabeza como el torbellino que antaño fueron. Un torbellino que de pronto se detiene un instante para mostrar una frase y luego un párrafo que tienes que captar en ese momento porque no sabes si lo volverás a ver pasar. La fugacidad de la inspiración.
Y esa inspiración llega cuando menos te lo esperas y esta noche me ha llegado. Andaba mi cerebro enfrascado entre dos genios y un amigo, los genios, Oscar Wilde y Tim Burton, el amigo, la crueldad hecha persona, la sensibilidad hecha demonio, el rey de los contrasentidos, el gran Cupido.
La imagen en mi cabeza era la siguiente. Cupido como un feriante a la inversa, es decir, el te vende el tirar flechas con su arco pero las flechas no las lanzas tú sino él. Tú tienes otros dos cometidos que son, hacer de blanco y decirle las flechas que tiene que disparar. Yo le llevaba una flecha que estaba seguro que iba a acertarme porque le había puesto un imán muy potente en la punta y me había implantado otro en el corazón. Pero como buen feriante, sin saber que artimañas utilizó, consiguió que la flecha errara quedando además muy cerca de mi para que pudiera verla perderse entre el corcho del chiringo y caer en otra cesta para volver a ser disparada contra vete tu a saber quien.
Y cuando vio mi expresión, entre estúpida, rabiosa y conformista, comenzó a carcajear como uno de esos excéntricos esqueletos de las pelis de Tim Burton. De hecho todo el escenario ante mis ojos era una coreografía de esqueletos y zombis animados de una peli de Tim Burton que se proyectaban en mi retina viniendo de un mundo distinto al mío interior. Bailaban y cantaban estruendorosamente. La imagen del cruel, pero imprescindible Cupido, se proyectaba sobre ellos y se unía a la fiesta de la muerte que, según me percaté luego, estaban dedicando a una nueva alma que llegaba al inframundo. La escena no podía ser más propicia.
De pronto el más fino de los sentidos me sacó de mi loca ensoñación y sólo me restó pensar como hubiera descrito con su finísima pluma y su escepticismo extremo Oscar Wilde un pensamiento como este.
Aquí lo comparto porque estas cosas o se escriben o se las lleva el viento.
El domingo por la noche iba andando por el pasillo de mi casa para irme ya a la cama y con el rabillo del ojo vi mi estantería de libros ya leídos. Me paré un segundo y dije "a ver que tenemos ahí". Cuando me planté delante de la librería vi con agrado que había un libro que aún no me había leído. Se trataba de El Retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde. Casi pude ver el momento en que mis manos acariciaron sus tapas que recibí de manos de mi hermana acompañado de un "Léetelo, te va a gustar".
El pobre libro fue posado, no con tanta suavidad como merecía, sobre mi mesilla de noche y no volvió a ser tocado hasta un año y medio después cuando empecé a hacer la mudanza.
Pues empecé a leerlo y bastaron veinticuatro páginas del grandísimo Oscar para que su forma de adjetivar los sustantivos, que hace que si los imaginas por un momento casi pudieras percibir la textura exacta de su tacto, la frescura de su aroma o la candidez o frialdad de sus colores, cayera sobre mi como si una cascada de agua cristalina rociara una esponja endurecida por el paso del tiempo yaciendo al sol, sintiendo el agua penetrando en sus ahora blandos recovecos, a adoptar sus antiguas virtudes de suavidad y tersura. Las palabras se me atascan de un tiempo a esta parte y nada como recultivarse para que vuelvan a fluir en la cabeza como el torbellino que antaño fueron. Un torbellino que de pronto se detiene un instante para mostrar una frase y luego un párrafo que tienes que captar en ese momento porque no sabes si lo volverás a ver pasar. La fugacidad de la inspiración.Y esa inspiración llega cuando menos te lo esperas y esta noche me ha llegado. Andaba mi cerebro enfrascado entre dos genios y un amigo, los genios, Oscar Wilde y Tim Burton, el amigo, la crueldad hecha persona, la sensibilidad hecha demonio, el rey de los contrasentidos, el gran Cupido.
La imagen en mi cabeza era la siguiente. Cupido como un feriante a la inversa, es decir, el te vende el tirar flechas con su arco pero las flechas no las lanzas tú sino él. Tú tienes otros dos cometidos que son, hacer de blanco y decirle las flechas que tiene que disparar. Yo le llevaba una flecha que estaba seguro que iba a acertarme porque le había puesto un imán muy potente en la punta y me había implantado otro en el corazón. Pero como buen feriante, sin saber que artimañas utilizó, consiguió que la flecha errara quedando además muy cerca de mi para que pudiera verla perderse entre el corcho del chiringo y caer en otra cesta para volver a ser disparada contra vete tu a saber quien.
Y cuando vio mi expresión, entre estúpida, rabiosa y conformista, comenzó a carcajear como uno de esos excéntricos esqueletos de las pelis de Tim Burton. De hecho todo el escenario ante mis ojos era una coreografía de esqueletos y zombis animados de una peli de Tim Burton que se proyectaban en mi retina viniendo de un mundo distinto al mío interior. Bailaban y cantaban estruendorosamente. La imagen del cruel, pero imprescindible Cupido, se proyectaba sobre ellos y se unía a la fiesta de la muerte que, según me percaté luego, estaban dedicando a una nueva alma que llegaba al inframundo. La escena no podía ser más propicia.De pronto el más fino de los sentidos me sacó de mi loca ensoñación y sólo me restó pensar como hubiera descrito con su finísima pluma y su escepticismo extremo Oscar Wilde un pensamiento como este.
Aquí lo comparto porque estas cosas o se escriben o se las lleva el viento.
Besos para todos.