sábado, 12 de septiembre de 2009

Dos Balas Perdidas

Como dos balas perdidas,
dos almas viven sus vidas,
sin conocer en principio,
ni el origen ni el destino.

Y caminan sin control,
a toda velocidad,
por diferentes parajes,
sin importarles la edad.

Sintiendo el viento en la cara
sin llegar a detenerse,
ambas se sienten muy libres,
esclavas son de su suerte.

Que por mucho que lo intenten
ya nunca podrán cambiar,
pues la dirección tomada,
queda de nuevo al azar,

cuando sin querer rebotan,
con las distintas paredes,
que ha dispuesto su destino,
que les enseña los dientes.

Y entre rebote y rebote,
pierden su velocidad,
para saber que algún día,
solas solitas caerán,

De rápidas se hacen lentas,
de inocentes escarmientan,
después de mucho volar,
ya desean estar muertas.

Caer por fin y no pensar,
de que gatillo salieron,
las razones de su vuelo,
ni a donde iban a parar.

La gravedad se hizo fuerte,
la velocidad bajaba,
el final estaba cerca,
la paz al fin se acercaba.

Las dos cerraron los ojos,
dispuestas a aterrizar,
de la mejor de las formas,
su sufrimiento acabar.

Y de pronto algo sintieron,
era un intenso calor,
en los costados de ambas,
que grata la sensación.

Sus aleaciones fundidas,
el choque lo provocó,
al suelo cayeron juntas,
inseparables las dos.

La lógica de la física,
que tantos años duró,
les obligaba a pensar,
que se enfriaría el calor.

Pero cual fue su sorpresa,
cuando una llama salió,
de la fusión de ambas balas,
era el fervor del amor.

Y olvidaron ya su vuelo,
su disparo y su dolor,
volvieron a estar perdidas,
perdidas en la pasión.

Cuando se van a la cama,
abrazaditas las dos,
el silencio las envuelve,
y escuchan con atención,

el silbido de mil balas
que vuelan con descontrol
llorando desconsoladas
buscando una colisión.

A ver si poco a poco trato de recuperar todo lo que Repsol me ha quitado. Y lo pongo en verso también JEJE ;)

Nueve meses de mi vida,
la desidiá consumió,
trabajar sin hacer nada,
pura desesperación.

Mi cerebro se pudría,
y con él todo mi ser,
si algún día fui creativo,
no lo recuerda la piel,

de las yemas de mis dedos,
que vuelven hoy a sentir,
el tacto de mi teclado,
con el placer de escribir.

Un beso para todos.



lunes, 13 de julio de 2009

Leopold y Garland. Capítulo 2/2

Leopold comenzó a hablar.

“¿Recuerdas cuando éramos niños que Padre nos hizo responsables del cuidado, mantenimiento y crecimiento del pequeño, destartalado y descuidado jardín de la torre? Sus palabras fueron ‘demostradme que puedo confiar en vosotros y que sois capaces de llevar las cosas a cabo.’

Tú eras el mayor y por lo tanto el líder que buscaba para lo que él consideraba un pequeña tarea pero que, sin embargo, se convertiría en una gran empresa para nosotros. Lo que Padre no imaginaba, ni ninguno de nosotros, era la transformación que sufrió tu personalidad a la hora de tener el poder sobre algo o alguien.

Era una tarea que podíamos haber hecho solos pero Padre puso a Adam, el hijo del molinero, a nuestro cargo para ayudarnos en la labor. Entonces no entendí porque necesitábamos a Adam
pero ahora lo comprendo.

Adam era un chico menudo y delgado con apariencia débil y enclenque lo que sumado a que era tres años menor que tú le convertía en un saco de carne con huesos al que sería fácil someter para tus propósitos. Lo vi en tus ojos cuando padre te dijo ‘Emplead a este chico como mejor creáis que os sirve. El jardín debe estar limpio, sembrado, verde y florido en dos semanas. Y una cosa más, ni Leopold ni tú podéis limpiar, cavar o sembrar nada. ¿Entendido? Adam será el único trabajador’

'Pero es imp...' quisiste decir. A lo que Padre se adelantó con presteza.

'Shhhh, esa palabra no existe en nuestra familia Garland. Cualquier cosa que necesitéis como suministros o herramientas está en el cobertizo. El viejo Tom está enterado.' hizo una pequeña pausa y cuando ya se iba añadió 'Confío en ti Garland'.

Quizá la presión que añadió sobre tus hombros con esa última frase fue el detonante que hizo que tu mente se precipitara, tratara de ejecutar las órdenes con celeridad y fuera el primer paso hacia tu formación unilateral y dictatorial. Aunque creo que de eso también tengo yo parte de culpa. En parte siempre lo he sentido así y creo que por eso tengo la esperanza de que algún día vuelvas a ser el de antes. Para no sentirme tan culpable."

Leopold hizo una pausa pero Garland no dijo nada. Escuchaba la historia sin inmutarse, con una débil pero exultante sonrisa. Como el chiquillo que escucha embobado a un cuentacuentos en la parte más engatusadora de la historia.

Leopold continuó.

"El primer día de trabajo fue un desastre. Lo recuerdo muy bien. Tú dando órdenes a diestro y siniestro a Adam que no sabía nada de jardinería, ni de andamiaje, ni de nada, perdido por completo en un mar de palas, abono y malas hierbas. Al ver que no hacía bien nada de lo que le decías no parabas de insultarle y de instigarle para que se diera más prisa. Le chantajeabas con el agua y la comida para que hiciera las tareas mejor y más rápido, le negabas los descansos, incluso al final del día comenzaste a pagarle los desastres que organizaba con latigazos que se convirtieron en moneda de cambio dejando obsoletos los otros métodos de trueque hasta el momento; la sed y el hambre."

Yo fui testigo de todo eso horrorizado pero sin mover un dedo. Tú eras mi hermano mayor y yo era demasiado pequeño para entender que te equivocabas. Finalmente exhausto, te fuiste despotricando de Adam y de todo lo que había hecho ese día y pronunciaste una última frase que me llegó al corazón 'Mañana, al alba, tiene que estar todo esto recogido Adam o la única comida que verás será la propia carne arrancada de tus huesos por este látigo. Hasta los cerdos del corral son más útiles que tú'. Y te marchaste a toda prisa a tus aposentos.

Esa fue la primera vez que me quedé sólo con Adam y fue el preludio de todo lo que ocurrió a continuación. Cada noche, a partir de aquella, me quedaba con él un par de horas más, después de curarle las heridas. Le enseñé todo lo que sabía. Qué plantas necesitaban ser plantadas primero, cuales requerían un lugar específico por la luz, cuales necesitaban agua o las que había que poner en las jardineras grandes o pequeñas, centrales o laterales, altas o bajas. Le expliqué como optimizar la limpieza de las malas hierbas para que no volvieran a salir, como fijar las enredaderas y donde situar las guías, reservar espacio para la movilidad de las escaleras y en definitiva todo un plan de trabajo que ni yo mismo sabía que podía desarrollar hasta ese momento.

Aquello desembocó en dos resultados apreciables. El primero era que el jardín avanzaba, tú estabas contento y disminuiste tu agresividad por lo que Adam podía tomar sus bien merecidos descansos y vituallas. El segundo fue la admiración y respeto que Adam comenzó a profesarme. Nos hicimos muy amigos y aunque te odiaba con todas sus fuerzas continuaba trabajando duro bajo tus órdenes gracias a mí.

Evidentemente tú pensaste que eran tus salvajes métodos de trabajo los que daban frutos y me sentiré culpable siempre por aquello, aunque en aquel momento no era lo suficientemente maduro para darme cuenta.

Pues bien. En la jornada quince Padre se pasó por el jardín que aún no estaba acabado y tenía muchas plantas que faltaban por florecer, aunque en una semana más estaría perfecto. Miró con los brazos en jarra, como siempre hacía cuando evaluaba algo a conciencia, y finalmente se volvió hacia ti y con una monumental sonrisa te dijo "Bien hecho hijo. Eres un espejo dónde tu hermano Leopold podrá mirarse". Le dirigió a Adam una bendición con su mano tocándole el pelo mientras el chiquillo agachaba la mirada y le dijo "Buen chico Adam". En cuanto a mí sólo me dijo que siguiera tus pasos. No tardó ni un mes en encomendarnos más tareas y así poco a poco nos fue formando para lo que somos ahora.

Lo más importante de esta historia Garland es que ahora ese aprendiz de panadero es el capitán de mi guardia personal. Un soldado íntegro y bien preparado que rezuma una lealtad basada en el respeto y la confianza. Y eso mismo le pasa al resto de mi pequeño ejército. Tus soldados llegan a la primera línea en hordas. Pero son hordas más de esclavos que de soldados, que luchan por temor a ti y no por ninguna motivación que les hayas inculcado. Basta uno de mis arqueros para acabar con veinte de los tuyos, desperdigados por la línea de retaguardia sin un objetivo común. Sólo los antiguos generales del ejército de Padre que aún te apoyan hacen que tu 'grandioso ejército' gane alguna batalla."

Esa es la lección que debiste aprender entonces y que no dejé que vieras”.

Y con solemnidad Leopold profirió la siguiente frase:

"El respeto vence al miedo. Siempre. Es imposible que sea de otro modo".

Guardó silencio. Esperando la reacción de su hermano. Se miraban fijamente a los ojos pero la expresión que veía dibujada en la cara de Garland no era la que esperaba. Le hubiera resultado más lógico ver una expresión de rabia contenida, de impotencia antes los años en los que había actuado de una forma cruel y dictatorial, incluso algún atisbo de odio. Sin embargo su cara era sinónimo de tranquilidad, incluso exhibía su ligerísima sonrisa torcida hacia la izquierda. ¿Qué significaba aquello? Finalmente su boca comenzó a moverse.

"Así que el respeto vence al miedo. Gracias Leopold por esta magistral lección. Gracias por
todo pero… la palabra imposible no existe en el vocabulario de nuestra familia." Y comenzó a levantarse.

¿Gracias por todo? ¿Qué era todo aquello? Ese comportamiento era extraño en su hermano. Inmóvil en su tocón, con la declaración de paz delante de sus narices, observaba lentamente cómo el cuerpo de su hermano iba abandonando su asiento con la mirada puesta desde el primer instante en su caballo, sin volver a dedicarle ni una mirada en un momento tan importante. Todo ocurría como a cámara lenta. Una vez de pie, cuando Garland comenzó a dar su primer paso hacia el corcel de pronto un reflejo llamó su atención entre las copas de los árboles en frente suyo. No tuvo demasiado tiempo para pensar que puede, en medio del bosque, brillar así porque dos cosas pasaron que transformaron la cámara lenta en dos décimas de segundo que tuvieron lugar a toda velocidad. Una fue el sonido lejano de una cuerda al destensarse y el segundo un fuerte golpe en el pecho, acompañado de un intenso dolor. Leopold Cayó hacia atrás. Le pareció que pasaron horas hasta que su espalda golpeó el suelo pero todo ocurrió en un segundo. Ya tendido sobre la vegetación del Claro del Ciempiés hizo un esfuerzo inútil por levantarse, un hilillo de sangre comenzó a escaparse de la comisura de sus labios, se miró el pecho justo dónde había sentido el golpe. Vio unos diez centímetros de un cilindro de madera que acababa en tres plumas con los colores del estandarte de su hermano; rojo y negro. No pudo mantener por más tiempo la cabeza erguida, sus fuerzas le fallaban, apoyó la espalda en el suelo provocando que la punta de la flecha se introdujera en su cuerpo y los diez centímetros al aire se convirtieran poco a poco en quince, cinco de ellos cubiertos de roja y densa sangre.

Garland se acercó entonces a su hermano que lo miraba con ojos desencajados por el dolor y la angustia de sentirse muerto en vida. Parecía querer decirle algo pero antes de que pudiera articular ni balbucear algo Garland tomó la iniciativa.

"Te respeto más que a nadie en el mundo Leopold querido hermano, pero espero que esto genere el suficiente miedo en tu pueblo como para que se rindan..."

Paralizó sus palabras y con un fugaz movimiento de un hacha sacada de las alforjas de su caballo, le cortó la cabeza salpicando su cara de pequeñas gotas de sangre de su sangre, para añadir finalmente y esta vez sí que con un odio endiablado y encerrado durante lustros en su interior:

"...de una vez por todas".

A veinte pasos de distancia se escondía tras el follaje una figura indetectable bajo la pericia de camuflaje que poseía. Sus dedos apretaban con tanta fuerza la empuñadura de la espada que sus nudillos estaban blanquecinos. No la había soltado desde que su señor había iniciado la supuesta negociación por motivos de seguridad y vigilancia. Aunque no le había pedido que fuera, estaba allí. Tuvo que tragarse el orgullo y las ganas de matar allí mismo al diabólico hermano mayor de su señor. No sabía cuantos soldados tendría ocultos por el bosque. Probablemente lo matarían antes de acercarse ni 5 metros.

Poco a poco la sangre volvió a fluir por su mano, notó el reconfortante calor y la perdida de tensión. Ya libres, se llevó las manos a diez centímetros de sus ojos y juró allí mismo para sus adentros que las mismas manos que hacía veinte años estaban llenas de harina y levadura, serían las que acabaran manchadas con la sangre de Garland de Leisville. Pero las cosas se harían bien, como Leopold le había enseñado. No sólo caería el tirano sino toda su tiranía.

Un beso para todos.

lunes, 6 de julio de 2009

Leopold y Garland. Capítulo 1/2

Voy a lanzar mi primera historia en capítulos. Bueno capítulos, sólo son dos y sólo tienen unas tres páginas cada uno pero en el blog mejor no meter demasiadas líneas por entrada. Espero que os guste.

Leopold y Garland

Llegó al lugar acordado. Un sitio neutral, con tradición familiar. Eso le reconfortaba aunque seguía sin fiarse de su hermano. Hasta él tendría respeto por el único lugar sobre la faz de la tierra que les había visto como una familia unida.

Lo habían bautizado como el pequeño claro del Ciempiés debido a un ejemplar especialmente grande que encontraron Garland y él jugando a ser aventureros exploradores uno de los contados plácidos días que sus padres decidían pasar allí su jornada de descanso. La vida de un rey siempre es ajetreada y tiene poco tiempo para su familia.

Garland había elegido ese lugar para reunirse con él después de perder la más cruenta de las batallas que habían librado hasta ahora. No era su estilo. Desde la muerte de Padre y la repartición de tierras, toda la furia y la ambición que Garland parecía esconder en su interior se desataron. La conquista parecía ser el único aire que movía sus pulmones y la guerra la sangre que hacía funcionar su corazón. El diálogo era lo último que esperaba de su hermano. Normalmente atacaba sin piedad una y otra vez como un toro chocando contra una muralla hasta que muere o consigue derribarla. Hasta ahora Garland seguía vivo y las murallas dejadas atrás, destruidas, eran muchas. Quizá era la primera vez que veía astillarse sus cuernos y eso le ponía nervioso.

Este cambio de hábitos en su enemigo hermano le preocupaba. Le tenía cogida la medida para que ahora cambiara de estrategia y tuviera que comenzar de nuevo a estudiarle. El inicio de la guerra le pilló por sorpresa y las ciudades que había perdido entonces le sirvieron para aprender y reorganizarse. No le creía tan listo, era astuto pero endiabladamente testarudo. No cambiaría de táctica. ¿Querría de veras ofrecerle el esperado tratado de paz que ansiaban los habitantes del reino que su padre les había dejado y que ahora estaba dividido y enfrentado?

A pesar de que el paso del tiempo había minado las esperanzas que tenía en que su hermano volviera a ser el amigo fiel que fue cuando eran niños, las esperanzas de que esa persona fuerte y testaruda, pero noble y buena resurgiera de sus cenizas y como un huracán destruyera todo lo que es ahora y dejara la tierra de su conciencia limpia para empezar de nuevo, no habían desaparecido. Tenía fe en que ocurriera y cuando se tiene fe y se ve la oportunidad de que esa fe se haga realidad no te lo quieres perder. Sencillamente piensas "y si es esta...." y te lanzas.

Y por eso estaba allí. Acercándose con sigilo y desconfianza al pequeño tocón que haría de improvisada mesa de madera dónde intuyó, mirando entre el follaje, que su hermano ya le estaba esperando. Oía su enorme caballo azabache resoplar impaciente por el hecho de estar atado a algún tronco. Así que indudablemente estaba allí. Sólo, como habían acordado. Los dos solos en el único espacio diminuto de paz que les quedaba. El pequeño claro del Ciempiés.

Por fin salió de entre la maleza y se mostró ante Garland.

"Has Venido. Es increíble que aún confíes en mí. Esa debilidad tuya te matará algún día."
Dijo Garland con esa seguridad que acostumbraba. Una habilidad que aprendió de muy pequeño, el decir las cosas de tal forma que aquel que le oyera tuviera que asumir que él tenía razón por el tono seguro con que pronunciaba cada palabra. Podía hacer temblar con una sola afirmación los cimientos de un argumento fría y lógicamente defendible.

Leopold guardó cauto silencio. Y continuó su marcha hacia el tocón.

"Toma asiento hermano. Espero que esto no nos lleve mucho tiempo puesto que las palabras que vas a oír hace tiempo que deseabas que salieran de mis labios."
Las palabras salieron con tranquilidad de la boca de Garland mientras tendía una amistosa mano de cortesía señalando el tronco que sería el asiento de Leopold en la reunión.

Una vez sentados ambos continúo.

"¿Vino?" Leopold denegó el ofrecimiento con un rápido movimiento de su mano.

"Nunca bebo cuando se trata de cuestiones de estado." Garland esbozó una tímida sonrisa que desapareció velozmente.

"Esta guerra dura ya demasiado. Ese pueblecito tuyo que te dejó Padre parece que está en una zona más fácil de defender que lo que en un principio parecía."

"Mal empiezas una negociación si tus palabras tratan de menospreciar a aquellos con los que pretendes negociar."

Una forzada y sonora risotada nació del gaznate de Garland .
"Tranquilo hermano, no pretendo echar por la borda un momento histórico como este. Sólo trataba de poner de manifiesto los factores lógicos por los que no he sido capaz de tomar tu 'reino'. Y por más vueltas que le doy, con un ejercito diez veces mayor, con el 90% del territorio generando riqueza para mi ejercito y atacando sin piedad durante los últimos 14 meses, me cuesta creer que no sea por la situación geográfica privilegiada de tus defensas".

Leopold no podía creer lo que oía. El gran Garland de Lucherre estaba nervioso. Escupía las palabras con controlado rencor pero rencor a fin de cuentas. Nunca había visto un signo de debilidad tan claro en su hermano desde que comenzó la guerra unos años atrás. Trató de mantener la calma haciendo caso omiso a las palabras de su hermano.

"¿Para qué me has hecho venir?".

"Estoy dispuesto a firmar un tratado de paz contigo, hermano. He decidido concederte el reinado y la gestión de GlesiVille. No necesitamos seguir luchando. Es tuyo."

"¿Mío? Siempre ha sido mío. ¿Concederte?" se le escapó un breve pero ácida carcajada "no, Garland, tú no concedes nada. Ni aún retirándote de una batalla eres capaz de tragarte el orgullo. Eres increíble. Me sorprende que con esa actitud estés dispuesto a firmar la paz." Dijo Leopold con cierta ira.

Tenía que mantener la calma. No podía desaprovechar la oportunidad entrando en el juego sucio del insulto y la difamación. Sabía que tenía la opción de pedir el control de las ciudades conquistadas pero también sabía que su influencia social en ellas era fuerte y en unos años se rebelarían por sí mismas pidiendo la adhesión a Glesville pero para ello su prioridad era la paz. No quería extremar a Garland y que cambiara de opinión.

Respiró profundamente y continúo.

"Aceptaré el tratado con las siguientes condiciones. Gleisville será independiente por completo y se restablecerán las relaciones comerciales con el resto del reino. Sólo las comerciales, de momento. Esperemos a que la paz obre sus frutos para así en el futuro intentar volver a unir nuestro reino tal y cómo nos lo dejó Padre."

Tres segundos interminables pasaron. Leopold estaba sorprendido. Garland no dijo ni una palabra de las ciudades conquistadas al principio de la guerra. Hubiera sido lógico que preguntara por ellas. Le daba igual. Sus pensamientos parecían estar en otro sitio cómo si el resultado de la negociación no le importara demasiado.

Los ojos de Garland se clavaron en los de su hermano, tratando de adivinar que producía dentro de su cerebro esa solemnidad que siempre había caracterizado a Leopold. Siempre correcto. Siempre leal. Siempre noble. Defectos letales para la gestión óptima de un reino y que no alcazaba a ver como era posible que no le afectaran lo más mínimo a la hora de gestionar con presunta maestría, visto el resultado de la guerra y el estado de bienestar de GlesiVille y de las ciudades que ahora eran suyas y antes de su joven hermano, su pequeña porción de tierra. No sólo no alcanzaba a verlo sino que le quitaba el sueño, lo mataba en vida, que su poderoso ejército gobernado con puño de hierro no fuera capaz de aplastar una pequeña población con un irrisorio castillo.

Sumido en sus pensamientos se percató del silencio que se había generado y sin poder resistirlo preguntó:

"Dime una cosa Leopold. Una última cosa antes de plasmar nuestros sellos y probablemente no volvernos a ver en años. ¿Cómo es posible que un grupo de campesinos, minúsculo e insignificante, no sólo soporte un asedio tan feroz como el que mi ejercito ha llevado a cabo, sino que además ha sido capaz de causar un gran número de bajas en mis tropas?"

Así que era eso. El orgullo le había hecho fuerte y ahora mostraba su debilidad. No cabía duda. Por eso daba la impresión de estar ausente. Esta batalla estaba casi ganada. Leopold sabía que estaba jugando en casa. Un poco más de templanza y Garland estaría dónde siempre había soñado tenerle.

"Firmemos y te contaré una historia, hermano. Una historia en la que tú creíste ser el protagonista pero en realidad no fuiste más que un peón. Una historia que cambiará tu percepción del mundo."

Garland trató de disimular su nerviosismo pero a esas alturas de la conversación le resultaba muy difícil. Se dirigió raudo a las alforjas de su caballo y sacó una hoja de pergamino, una vela, una pluma y un tintero. Le tendió el pergamino a Leopold y dijo:

"Añade las dos clausulas que has demandado y firmemos tu ansiada paz". Ansiedad, prisa y cierta rabia era lo que se percibía en el sonido de aquellas palabras.

Leopold escribió con letra clara las nuevas pretensiones acordadas. Una vez hubo acabado puso su anillo encima de la mesa, tomó la barra de lacre, puso una de las puntas en la tenue y sinuosa llama de la vela hasta que la pasta se derritió lo suficiente y la aplastó en el final del pergamino dejando bien visibles dos puntos rojos anónimos a la espera de amoldarse al sello de cada uno de sus poseedores.

"Saca tu sello Garland y hagamos historia".

Garland se quitó sus guantes negros, cuanta sangre habrían derramado, mostró el anillo a su hermano, le dedicó una ligera mueca como diciendo "Tú ganas" y de un rápido movimiento estampó su sello en el pergamino. Acto seguido le acompañó el de Leopold.

Una socarrona expresión se dibujó en el rostro del hermano mayor antes de decir:

"Bien Leopold. Ilústrame. Cuéntame esa historia tuya que cambiará mi vida para siempre".
Un beso para todos.

miércoles, 3 de junio de 2009

Pase Lo Que Pase

Otra noche sin dormir. Leer el Mail, series bajadas en streaming de Megavideo, un cuarto de hora jugando a algo, relimpiar la encimera de la cocina por tercera vez, un libro de media noche y como recurso final, la tele. Cualquier cosa antes que cerrar los ojos e imaginar como buitres carroñeros con enormes y pesadas bolsas con el dólar estampado en ellas, con anillos de oro en las plumas, con brillantes collares colgados de sus leonados cuellos y con enormes puros casi tan grandes como la avaricia de sus saltones ojos, a tus jefes acercándose lentamente y con rastrera avidez a un miserable hatillo torpemente parcheado lleno hasta la mitad de billetes de 5 euros que ha sido tu equipaje durante los últimos tres años.

Y curiosamente, han bastado dos minutos de esa caja tonta, a veces a uno le toca la lotería, para que una estúpida sonrisa y un sentimiento de felicidad añeja se hayan instalado en mí en el tiempo que mi cerebro ha tardado en cambiar la reacción química de la ira a la del amor.

Dos triunfitos, absolutamente imbéciles ambos pero con una bonita voz, han aparecido en pantalla. Lo he pillado justo antes de la actuación, cuando uno de los profesores les decía que parecían críos de 16 años. Y ahí se ha acabado la parte gran hermanil de OT, para mi dicha, y han empezado a cantar. Por curiosidad les he escuchado aguantando la tentación de hacer zapping hasta ver que canción era.

Después de oír la primera estrofa he dejado de escucharles en la tele para centrarme en las voces que entonaron esta canción la primera vez que la oí dentro de mi cabeza. He cerrado los ojos, ni rastro de los buitres. Mi cuerpo entero ha aumentado la temperatura, mi corazón se ha acelerado y ese nudo que se crea de la nada y que sube por el esófago para arrancarte una lágrima se ha adueñado de mi pecho mientras la canción continuaba su paso dulce y armónico.

Y paladeando cada nota, recuerdos que creía destruidos por un triturador de basura han reaparecido resultando estar debajo de la alfombra del salón. Debí dejarlos allí cuando hice mi acelerada limpieza emocional como el niño que barre por primera vez por orden materna y aun no encuentra sentido al recogedor teniendo unas alfombras tan hermosas en casa.

Recuerdos que me han invadido como hacía tiempo que no ocurría, me han atravesado como un rayo a una piscina olímpica, y han recorrido músculo por músculo mi cuerpo produciendo dulces, pequeños y estimulantes electroshocks a su paso, de los pies a la cabeza pasando, como no, por la caja torácica.

Las palabras de la letra de la canción se iban transmitiendo a las yemas de mis dedos, haciéndolos interactuar con las teclas de mi teléfono móvil como si de la Ouija se tratase, como si se movieran solos guiados por una fuerza superior incontrolable. "I will love you...", una pequeña pausa, preparado para sentir toda la fuerza de la melodía "until the end of time....". Los pelos de punta. Un último flashback del salón de mis padres viendo esta película en un último intento desesperado de inyectar adrenalina en el corazón aparentemente muerto que me abandonaba irremediablemente, haciéndose pequeño en un horizonte desconocido y sin levantar la mano siquiera para decir adiós. En la pantalla del móvil cuatro letras PARA: .......... Pulso la inicial, veo el nombre y rápidamente cancelo. Mejor así.

Entonces, una vez acabada la canción, la triunfita de voz finísima ha pronunciado un gutural "GRACIAS", que podría haberse sacado de la peluquería más chabacana de Vallecas, que me ha obligado a abrir los ojos y dejar escapar esa sensación de felicidad y tranquilidad tan ñoña para dejar paso a ese regustillo amargo y pesaroso que te queda después de recordar algo tan bueno.

La canción “Come What May” de Moulin Rouge. Mi película de amor favorita porque la historia me parece que aúna todo lo que una historia de amor verdadero debe tener, con permiso de la Princesa Prometida claro. Aquí tenéis el fragmento que me ha llevado a ponerme tierno y escribir esto:

http://www.youtube.com/watch?v=vVAoKTKFDzU&feature=related


Y ahora si me lo permitís:

Hay gente que cree en el amor verdadero, gente que no, gente que trata de buscarle un sentido o gente que prefiere dejarlo al azar. Lo que es verdad es que todos, todos, todos, directa o indirectamente lo buscamos. Y a todos, todos, todos, nos gustaría que realmente existiera.

Hasta aquí todo correcto. Lo curioso es que si alguien que encuentra el amor verdadero y es correspondido y por vicisitudes de la vida lo pierde. El primer impulso del resto del mundo es convencer a esa persona de que hay más oportunidades, que ese no tenía porque ser. Eso está bien, es una regla psicológica básica.

Pero que ocurre si no hay más oportunidades, como en una rifa en la que tienes que coger el pato más grande de una cinta transportadora antes de que se pare la cinta y dejas pasar los más grandes a la espera de otros mayores que finalmente nunca llegan. Y si esa persona está completamente segura que ese amor que siente es el único, the one que dicen los ingleses. Lo que ocurre es que, pasado un tiempo, esa persona para el resto del mundo, que busca con ahínco enamorarse, que busca sentir esa sensación única, que se deprimen si no lo encuentran y explotan de alegría al sentirlo, comienza a resultar cansino, aburrido, obsesionado y pesao.

"Olvídate ya pesao, que ha pasado mucho tiempo." OK, de acuerdo, pero si realmente el amor verdadero existe, hipotéticamente, y era ese, qué sólo debe sentirse el pesao ¿no? Como Copérnico cuando le quemaron los ignorantes de la época.

Que paradójico que pasado un tiempo consideremos obsesionado a alguien que probablemente ha encontrado justo lo que el resto buscamos.

Un beso para todos.

domingo, 17 de mayo de 2009

El Árbol, El Paraguas y El Ratón

Hablando con una amiga el otro día me dijo que hacía mucho que no escribía. Me dio tres palabras y me dijo en plan coña que hiciera una historia. Que imaginara algo y lo escribiera basándome en esas tres palabras.

Pues aunque al principio lo tomamos a cachondeo al final algo se me ocurrió y aquí está. Las palabras eran Árbol, Ratón y Paraguas. No podía ser otra cosa que una fábula.

Erase un vez un ratoncito muy pequeño que vivía en una desértica llanura que él mismo llamaba "Planicie". Le había puesto ese nombre porque era un llano castigado duramente por el sol y en el que el agua y la sombra eran bienes muy preciados.

Vivía en un "Enrevesado". Era una excepcionalmente rara especie de árbol que podía soportar sequías larguísimas y temperaturas muy altas. Su tronco estaba prácticamente hueco y era perfecto para que nuestro ratoncito creara un hogar en su interior. No tenía hojas ni frutos y sus ramas formaban un intrincado laberinto que hacía imposible seguir una de ellas desde su origen hasta su final.

Sólo llovía en abundancia una vez al año y ese día y los venideros, hasta que el sol evaporaba toda el agua de la tierra, nuestro ratoncito trabajaba duro para recoger toda el agua que podía y almacenarla en el interior del enrevesado.

No sólo la utilizaba para beber. También cultivaba semillas de secano y aprovechaba la escasa sombra que le daban las yermas ramas del árbol para que le duraran lo máximo posible. Apenas conseguía alimento pero era mejor que nada.

Un buen día nuestro ratón se despertó por la mañana, abrió la puerta de su enrevesado, se desperezó y al volver a focalizar su mirada no pudo creer lo que vio. Una sombra enorme y circular invadía su porche e iba incluso más allá, hasta proteger del sol sus minúsculos cultivos.

Sorprendido por aquella visión salió a la calle esperando que el sol le quemara el cogote como era habitual pero no lo hizo porque la sombra era real. No era una visión. Levantó la vista hacia la copa de su enrevesado y ahí estaba. El culpable de aquella sensación tan placentera. Un enorme paraguas se había quedado enredado en algunas ramas de la copa de su vivienda.

La sombra provocaba que el agua que almacenaba en el enrevesado aguantara más sin evaporarse y que sus cultivos pudieran crecer en extensión. Este le llevó a pensar en preparar un sistema de riego con el agua extra que le permitiera cultivar otro tipo de semillas más húmedas. Parecía que iba a poder almacenar cosas de un día para otro, o incluso de semana en semana ya que el insensible e implacable sol dejaba seca cualquier cosa que se quedara a la intemperie durante un par de horas.

Se puso manos a la obra. Los meses pasaron y poco a poco fue llevando a cabo, no sin esfuerzo, cada uno de sus proyectos. Cuando las necesidades básicas fueron cubiertas comenzó a disfrutar de la sombra que ahora bañaba su porche.

Ahora podía tomar el sol unos minutos y volver a la sombra a disfrutar en una tumboncita, con sus gafas de sol y un gran vaso de agua de la brisa que corría por planicie. Este ritual comenzó a convertirse en un hábito y por unos días se dedicó a la vida contemplativa.

Una noche se despertó sobresaltado. Un sonoro trueno le había despertado. Salió del enrevesado a toda prisa. La noche era muy cerrada y apenas se veía nada. El viento soplaba con mucha fuerza y hacía que sus orejas se le vinieran a la cara continuamente. Notó como la primera gota caía sobre su nariz y como si fuera una eficaz mensajera, que al tocar tierra hubiera alertado a todas las demás, un aguacero enorme comenzó a caer sobre Planicie. ¿Tocaba ya el día de lluvia? ¿Cómo podía habérsele pasado? Miró hacia arriba sujetándose las orejas con una mano y tratando de tapar la lluvia con la otra, no veía nada, pero en ese momento un espectacular relámpago que iluminó el cielo le mostró la silueta de su paraguas apunto de ser arrastrado por el fuerte viento.

Saltó como una exhalación al tronco del árbol y comenzó a escalar a toda velocidad. Sus patitas traseras lo impulsaban lo más rápido posible y sus diminutas uñas delanteras ejercían de improvisados piolets lo mejor que podían. No le iba a dar tiempo, notaba como con cada ráfaga de viento el paraguas se desprendía más de las ramas del enrevesado. Algunas incluso se rompían debido a su sequedad. Ya faltaba menos. Su tren inferior comenzó a encalambrarse y la unión entre las uñas y la carne de las patas delanteras ya llevaba sangrando un rato. Daba igual. Ya estaba casi. Lo tenía a su alcance. Trataría de sujetar y conservar al causante de su felicidad y su bienestar actuales. No era justo perderlo, había trabajado mucho en el riego, la remodelación del porche y los nuevos cultivos. Una última ráfaga de viento muy fuerte le hizo retroceder unos pasos justo en el momento que iba a conectar con el mango del paraguas. Soltó una maldición, se quitó las orejas de la cara y entonces lo vio. El crujido sonó como si se le hubieran roto todos los huesos del cuerpo, la última rama del enrevesado no aguantó la furia del viento y cedió, dando vía libre al paraguas y permitiéndole salir volando en busca de otro lugar donde engancharse.

Abatido y exhausto el ratoncito bajó del árbol y se quedó bajo la lluvia tendido en el suelo llorando. Debería ponerse a recolectar agua lo más rápido posible, tenía que volver a su vida anterior. Pero no tenía fuerzas. Llorando desconsoladamente se quedó dormido.

Lo que pasó después se lo dejo al lector. Sólo dos pistas. Cualquier cosa dos horas al sol se seca y muere, y antes del paraguas se malvivía pero se sobrevivía. Venga esos optimistas!!!

Un beso para todos.

MORALEJA:
Tenemos tan desarrollado el sentido de la propiedad que cuando algo extraordinario, que nada tiene que ver con nuestros actos, se planta ante nosotros nos acostumbramos a sus ventajas rápidamente. Así, pasado un cierto periodo de tiempo, se instala en nosotros la sensación de que nos pertenece. Lo tomamos como algo que siempre estará ahí, comenzamos a prestarle menos atención sin querer y un buen día....se va de la misma forma que vino. Fortuitamente.

Se dice que puedes prolongar la estancia de ese algo cuidándolo con mimo y dedicación pero al no poseerlo ni controlarlo un buen día simplemente se va.
Lo bueno es que todos podemos ser ese algo algún día ;) Lo verdaderamente importante es disfrutar de ello el tiempo que dure.

jueves, 7 de mayo de 2009

Cristal, Madera y Cuello de Botella

Sólo la había visto una vez pero fue suficiente. Fue un día cualquiera, haciendo nada especial, estaba como siempre sumido en sus pensamientos rodeado de gente por todos lados. Todo seguía moviéndose como era habitual en ese tipo de viajes pero pronto lo que le rodeaba quedaría lentamente estático y la quietud volvería a apoderarse de sus vidas.

Pensaba en como sería la vida en un lugar menos abarrotado, donde tuviera espacio para él y no tener que compartir su espacio vital con tantos otros. Sólo sentía cierta libertad cuando el mundo se movía y él aprovechaba para seguir el impulso, sentirse libre por un momento y disfrutar del movimiento porque moverse significaba que pasaban cosas y que pasaran cosas significaba crecer, disfrutar y sentirse vivo. Cómo acaba de ocurrir hacía un instante. Pero ahora todo estaba en calma o al menos calmándose.

A menudo, cuando la quietud parecía total, todavía quedaba un rezagado que buscaba hacerse un hueco y acomodarse entre el resto. Y ese día, el rezagado fue ella. Llegaba a bastante velocidad empujada, seguramente, por algún otro que llegara detrás, pero desde el momento que sus ojos se cruzaron con los suyos se paró el tiempo o mejor dicho se ralentizó como nunca antes había sentido.

Observó cada micrómetro de su cuerpo con avidez, con pasión. Una súbita necesidad de conocer todo de ella se instaló en él y no parecía que viniera de visita. No podía dejar de mirarla embelesado y con toda seguridad con una cara de tonto de cuidado porque cuando por fin acabó a su lado y se encajó en el lado izquierdo de su cuerpo le miró con los ojos como platos y comenzó a reírse. Y sólo hizo eso, no dijo nada, ni siquiera el esperado "y tú que miras" borde y airado que se solía escuchar dada la habitual brusquedad con que la gente llegaba allí y ocupaba el lugar que el azar parecía haberles asignado.

Pero ese día no parecía azar. Debía ser el destino. ¿Cuanto duraría? No lo sabía. También la aleatoriedad del mundo debía encargarse de eso. A veces se tiraban una eternidad quietos en la misma posición para de pronto comenzar el viaje y otras veces no daba tiempo a detenerse y ya había empezado el viaje de vuelta.

Tenía que aprovechar ese tiempo indefinido que le quedaba. Por fin se le brindaba la oportunidad de tener algo mejor que sus propios pensamientos. Y vaya si lo hizo.

Se colocó mirando hacia ella y le dijo que los momentos de calma total le parecían inmensamente aburridos y que, a pesar de que normalmente no proponía esas cosas porque los de allí solían ser bastante secos, si no le importaba que charlasen un rato estaría encantado porque estaba cansado de hablar consigo mismo. Esperaba una contestación fría y mohína aunque su risa y ojos anteriores mantenían sus esperanzas casi intactas. Y entonces contestó con la sonrisa puesta y una naturalidad que quitaba cualquier complejo o desconfianza: "Así que hablas contigo mismo ¿eh? y ¿que te cuentas?".

Y ahí empezó todo. La confianza fluyó desde el primer momento y se contaron desde historias graciosas hasta los pensamientos más tristes y oscuros que albergaban. Hablaron, rieron, se aconsejaron e incluso se consolaron. Parecía como si se conocieran de toda la vida. Eran dos cuerpos esféricos llenos de aristas que al rodar uno lentamente por el otro una a una van encajando a la perfección hasta perder la noción de saber donde empieza uno y dónde acaba el otro.

De pronto, todo comenzó a moverse de nuevo. ¿Cuanto tiempo había pasado? Mucho o poco se le había escapado y ahora le invadía la sensación de que, en el momento que la masa de individuos que les rodeaba les arrastrara, no se volverían a ver.

Por una vez en su vida no quería que llegará el momento del viaje, quería quedarse allí con ella eternamente. Después del primer temblor la miró. Leía las mismas sensaciones en sus pupilas titilantes. Un espacio no más grande que un ångström les separó. Todo se acabaría en una décima de segundo. Quería decirle mil cosas, todas a la vez, y no tenía tiempo, sólo pudo mirarla con ojos angustiados y decir "Adiós. Volveremos a vernos". Esas dos frases juntas no le pegaban nada y ella debió percibirlo porque con la cara calmada y expresión del que escucha lo que quiere oír a sabiendas de que no es cierto sólo fue capaz de susurrar tenuemente "Gracias por este rato".

Cuando todo volvió de nuevo a la calma y ambos se encontraban absolutamente perdidos entre la muchedumbre él volvió a tener todo el tiempo del mundo para escarbar en sus pensamientos con la diferencia que ahora lo único en lo que pensaba era en ella.

Calculó la probabilidad de volver a encontrarla. No quiso engañarse a sí mismo, era tan remota que la única palabra que acudía a su cabeza era: imposible.

A fin de cuentas sólo eran dos granos de arena metidos en un reloj.

Un beso para todos.

lunes, 27 de abril de 2009

Los Cerdos Están De Moda

Y tanto que lo están. Hombre, ya les tocaba a ellos ¿no? Primero fueron las vacas con el tema de la vacas locas, luego los pollos, con lo de la gripe aviar, no esperarían los cerdos escaparse de rositas, que el mercado hay que repartírselo y a la gente hay que decirle qué carne comprar en cada momento. Lo suyo es que pudieran comprar de todo en cualquier momento pero cuando las acciones de las farmacéuticas tienen que subir en bolsa pues hay que apretarse el cinturón. Esta vez le ha tocado al cerdo. A ver las víctimas que se cobran esta vez.

Lo malo de esto es que es el cuento del Lobo y las ovejas. Con tanta pandemia no sabemos cuando va a venir la de verdad y cuando venga se nos comerá las ovejas. Y es que cuando te mienten tanto que ya no sabes ni lo que creerte pierdes la confianza. Eso pasa con todo en la vida. Con la política también.

¡Ay madre! con lo ilusionados que votaron la constitución nuestros padres, que esperanza tenían, que futuro más prometedor en ciernes. Da igual que les impusieran votarla, fueron lentejas, pero cuando son lentejas para cosas "buenas" no importan los fascismos (como la cacerolada de IU al PP). Así pasó, que les colaron la transición hasta las trancas. Desde entonces nos mantienen engañados y amodorrados haciéndonos creer que somos demócratas y que nuestro voto cada 4 años vale algo para que no pidamos votar cosas importantes como una nueva constitución. Casi, y lo subrayo para los que se la cogen con papel de fumar que en este país son muchos, prefiero tener un dictador que cobra como uno que un dictador cada 4 años que cobra para toda la vida.

Pero decía que los cerdos están de moda porque hoy mismo he leído que el CERDO del secretario de Organización y Comunicación de la UGT, José Antonio Cubillo, ha dicho que no le van a hacer una huelga general al PSOE porque no van a debilitar al actual gobierno que es el mejor aliado de los trabajadores. Esto lo dice un sindicato cuando la tasa de paro es del 17,2%, incluso argumentando que en España hay mucha economía sumergida es una argumento nefasto para un sindicato. Apagar las llamas con un bote de gasolina, vamos. Es que me lo imagino mientras dice esto con el rabito corto y curvado, el hocico lleno de barro y las pezuñas repletas de fondos públicos sacados de la financiación sindical. Hace 8 años (tenía 22) ya escribí que los sindicatos habían perdido su razón de ser. Mira que me quedé corto. Y todavía dicen que han mediado con la industria del automóvil para que no despidan a nadie a cambio de subida cero. Mira Cubillo, eso lo han hecho en casi todas las empresas pero como no sale en la tele… Y todavía se preguntan si hay que congelar el sueldo a los funcionarios. Hombre si divides entre 17 los funcionarios para conseguir los que hacen falta igual se lo puedes hasta subir a los que queden.

Otros cerdos de moda son el actual presidente del gobierno y el actual candidato a la presidencia por cargarse la democracia, incluso antes de que esta se parezca un poco a su definición formal, al elegir ellos, como buenos caciques que son, los nombres que irán en las listas electorales, masacrando por completo el derecho del electorado de elegir sus líderes. Tú les eliges a ellos y ellos a los demás. Y pobre del que diga esta boca es mía. Trásfuga a la primera de cambio. Busca y captura, 60.000 euros por su cabeza y si te he visto no me acuerdo. ¿Para qué necesitamos tantos congresistas a los que no hacemos más que pagar para nada? Que pongan un representante por partido y que le den un peso porcentual a su voto. Mismo resultado que ahora y muchísimo más barato. Eso sí, la república bananera la tienes asegurada. ¿No será mejor que cada congresista exprese libremente su opinión sin miedo a que le expulsen del partido o simplemente le hagan mobbing sacándole de los medios de comunicación? Es decir, listas abiertas. Al ser elegido por el pueblo, el partido se tendría que morder la lengua.

Estos dos son dos CERDOS que se ríen de nosotros pidiéndonos austeridad, paciencia y buen humor frente a la crisis mientras votan a favor, lo único en lo que se ponen de acuerdo, en subirse el suelo un 4%. Me pregunto que opinará Cubillo de esto.

Dos CERDOS que han convertido la política en un empleo vitalicio permitiendo a la gente que más tiempo lleva en el partido llegar arriba en vez de a la más capacitada, fomentando así el trabajar para el partido y para su carrera, como si de una empresa privada se tratase, olvidándose del ciudadano.

Son los CERDOS más grandes de una piara bien nutrida. Congresistas apoltronados en sus escaños viviendo a la sopa boba, jueces elegidos por el partido de turno o que pueden ser jueces a pesar de haberse presentado como candidatos por un partido político, los directores de los cuerpos de seguridad del estado puestos a dedo, los delincuentes a gran y pequeña escala toreando la justicia, que coja y lenta, es incapaz de pegar una embestida y un larguísimo etcétera provocado básicamente por la NO independencia de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial que ya promoviera Montesquieu, allá por los tiempos de la añorada guillotina.

Esperemos que esta gripe porcina ataque donde tenga que atacar, ya que por fin la naturaleza eligió el animal correctamente. Vacas había alguna pero pocas, gallinas también sobraban pero no fue suficiente. Esperemos que esta gripe se lleve a todos los CERDOS que campan a sus anchas por los ministerios impregnando de su pútrido hedor todo lo que tocan, y llevándose pegados en sus lodosas pezuñas no sólo nuestro dinero, sino nuestra ilusión y esperanza en un sistema que agoniza.

Claro que en ese caso igual se lleva a los 40 millones por delante. Porque los cerdos, no nos olvidemos, se crían. Y a estos se les alimenta con desidia y pasotismo.
Lo dicho, cuando llegue el lobo ni nos enteraremos... y el lobo lleva llegando unos cuantos años.

Un beso para todos.

sábado, 18 de abril de 2009

Decidir. Actuar. Apechugar.

POR LA MAÑANA
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A ver cual falta... el libro de ciencias. Ahí está. Ya están todos. Los 8 Kg que maltratan su espalda todo el día.

Coge la mochila, parece un marine con radio y todo de 1,40 metros de estatura. Va tan metido en sus pensamientos que olvida el bocadillo del recreo.

"¡¡Fede!! Hijo el sándwich, que tengo que estar pendiente yo de todo. Que te ibas sin bocadillo y sin darme un beso." MUAC. Recibe un sonoro beso en la mejilla por parte de su madre y él le devuelve un tímido e insulso aunque ya habitual besito en la mejilla.

"Ay hijo que desaborío eres". Le dice mientras trata de peinarle su anodino pelo negro y liso que va a juego con el resto de su anodina cara.

"Adiós Mamá".

Sale a la calle como cada día. Le esperan 600 metros hasta el colegio los cuales se dividen en el kiosco de Manolo a unos 150 metros de su casa, el buzón de correos, a 350, la tienda de chuches a 500 y finalmente el cole.

El camino de ida se le hace aburridísimo de sólo pensar que hoy es miércoles y como todos los miércoles las clases empiezan con Lengua. Odia la asignatura de Lenguaje, es lenta y pesada y la forma de hablar de Don Mariano la convierte en algo exasperante. Pero bueno, al menos le queda el consuelo que a partir de las 11 viene su ansiada clase de matemáticas.

Cabeza gacha, caminar cansino, manos a las correas de su mochila de camuflaje, que ya comienza a parecerle infantil, un pie luego otro pie evitando pisar las líneas que separan cada baldosín de la acera. Tampoco vale pisar las grietas de las baldosas rotas se dice a sí mismo y sonríe vagamente.

Por fin el Kiosco.

Espera a su amigo Miguel, como siempre, detrás del kiosco. Habían decidido esperarse allí por el escaparate lleno de juguetes con el que podían deleitarse durante la espera. Aunque Miguel nunca tardaba mucho, de hecho casi siempre estaba allí. Era muy puntual y respetuoso.

A partir de ahí, acompañado, el trayecto se hace mucho más ameno. Hablan de alguna serie que han visto en la tele el día anterior, de qué harán en el recreo o lo imbéciles que son el grupo de mayores de Víctor y compañía que suele molestarles en los descansos.

Pero ese día el camino se le está haciendo eterno y no sabe exactamente porque. Acaban de pasar el buzón de correos. Madre mía. Aún queda la mitad del camino.

Y entonces Miguel da en el clavo.

"Me han dicho Berta, María y Susana que van a ir a la acampada del finde. Aunque Berta no estaba segura porque igual se va con sus padres a Barcelona o algo así".

Eso era. Eso es lo que no se puede sacar de la cabeza. Lo que lleva rondando ahí unos días y no le deja pensar en otra cosa. BERTA. Hasta se había quedado embobado mirándola en clase de ¡¡¡matemáticas!!! Teniendo que recuperar después es casa. Era un caso perdido. Nunca podría hablar con ella.

"¡EH! Fede, te estoy hablando".

"Sí. ¡¡Ah!!. Da igual que vengan o no. Si no vienen pues vamos nosotros solos".

"Ya, pero a mi me gusta Susana y se lo voy a decir en la acampada".

"No tienes huevos. ¿En serio?"

"Claro tío. ¿A que voy a esperar? Como dice mi padre. Si quieres algo cógelo, no esperes que venga sólo".

"Supongo…".

De pronto se encuentran ya en la puerta del colegio, con esa conversación que han mantenido y Berta rondándole por la cabeza no se han parado ni a comprar los regalices de rigor en la tienda de chuches.

"Te veo a la salida. Fede".

"Vale".

POR LA TARDE
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Está esperando a Miguel en la puerta del cole imaginando a las X’s y las Y’s de las ecuaciones quedando después de clase a jugar un partido de fútbol. Para matar el tiempo solía imaginarse historias de este tipo y reírse para sus adentros. Miguel se retrasa más de la cuenta cuando se acerca Berta por detrás.

"Hola Fede. Hoy tengo que ir a casa de mi tía al lado del kiosco de Manolo ¿os puedo acompañar a Miguel y a ti?"

"Cl.. Cl.. Claro Berta. A ve.. A ver si viene Miguel que ya debería estar aquí" Dice tartamudeando por los nervios y la sorpresa, mirando el reloj con provocada expresión de impaciencia.

Un coche bastante familiar para enfrente de ellos y de él se baja Miguel un tanto apurado.

"Lo siento Fede. Se me olvidó decirte que hoy me llevan al dentista. Mañana te veo." Y rápidamente sin ni siquiera percatarse de la presencia de Berta se mete en el coche a toda prisa y se va.

No lo puede creer. Va a estar a solas con Berta un buen rato. Una jugarreta del destino que tiene que aprovechar.

"¿Nos vamos?" dice Berta.

“Vale".

Y a partir de ahí. Silencio. Las manos le comienzan a sudar casi desde el minuto uno de empezar a andar. Cada frase que se le viene a la mente es detenida por su cerebro, o su corazón, antes de pronunciarla. Pasan la tienda de chuches. ¿¿¡¡YA!!?? puff, que rápido pasa el tiempo. Sí, ya lo tiene. Le hablaría de la acampada, del fin de semana que venía. Un tema perfecto que incumbe a los dos.

La mira para comenzar a hablar y entonces se queda embelesado mirando sus ojos ovalados y verdes, rodeados por aquellas enormes pestañas. El pelo largo, liso y brillante recogido en una coleta que le entran ganas de acariciar. Cuando ella se da cuenta que la mira le sonríe con esa sonrisa que por alguna razón se había metido en su memoria y no quería salir. Ni él quería que saliera.

"Toc. Toc. ¿Estás ahí? Estás muy callado Fede."
"No me encuentro muy bien. Supongo que será la alergia, ya sabes que soy alérgico a todo. O algo del comedor que me haya sentado mal. Mi madre dice que tengo el colón peor que mi abuela. ".

"¿El qué? JAJA que raro eres.".

"JEJE". Un rayo de vergüenza cruza su adolescente mente por la estúpida risita que acaba de soltar mientras se imagina al muñeco verde del semáforo desternillándose de risa señalándole con el dedo.

Según Berta dice eso de "que raro eres" pasan por el buzón de correos. Tiene que hacer algo. Ha esperado ese momento durante todo el año pasado y lo que llevaban de este. Desde que les habían cambiado de clase no había podido o no se había atrevido a hablar con ella.

El sudor de las manos se extiende al resto del cuerpo, sobre todo a las partes donde ya comienza a aflorarle vello. Siempre puede poner la excusa de que se debe a los 8 KG de mochila, aunque a ella, que lleva elegantemente una carpeta cruzada entre las manos, le parecería una tontería de argumento.

Por fin se decide.

"¿Va.. Vas a ven.. venir a la acampada?"

"Mira hay está el kiosco.”

¿¿Ya??. Piensa él.

“Muchas gracias por acompañarme Fede. No sé si iré aún, igual me tengo que ir a Barcelona. Ya veremos".

Y con un grácil movimiento de la mano, da media vuelta, haciendo saltar graciosamente su coleta, le da la espalda y se va.

Los siguientes 150 metros se los pasa odiándose a sí mismo. Odia su endeblucho cuerpo, sus insulsos rasgos que no dicen nada a nadie y todo su cuerpo en general. Está empapado en sudor con la camiseta pegada a la espalda y deseando llegar a su habitación, tirar su inmensa mochila al suelo con rabia y quedarse mirando a la ventana pensando toda la tarde en Berta.

16 AÑOS DESPUÉS
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Y aquí me encontraba hoy hoy. 16 años después en una iglesia. Observando a Berta en el estado más hermoso imaginable. Aunque para mi superaba con creces mi imaginación.

De pie en el altar. Maquillada a la perfección, ahí estaban, sus ojos y sus pestañas, volviéndome loco de nuevo, el pelo recogido otra vez pero esta vez con una bellamente adornada diadema y un precioso velo. Su cuerpo, ahora de mujer, había crecido con ella regalándole una esbelta figura que conjugaba delgadez y curvas en una proporción que se me antojaba áurea. El vestido tenía las cualidades perfectas para cubrir tan bella percha. Era precioso a la vista, ceñido al tacto y su diseño invitaba cortés pero discretamente al deseo. Dejaba volar libre el cuello y los hombros de Berta. Sin duda una de las partes más hermosas y sensuales de su cuerpo.

Su sonrisa, aunque se adivinaba nerviosa e impaciente, rebosaba una felicidad nunca vista antes lo que la hacía aún más extraordinaria. Conocía cada arruga que se formaba en su cara cuando se reía después de tantos años de observación. Me la sabía de memoria y nunca me cansaría de ella.

Y yo vestido de gala. Esperando nerviosamente a que el cura pronuncie las palabras mágicas y ponga fin a tan angustiosa espera. De pie mirándola fijamente. Rebosando amor por cada poro de mi cuerpo.

Por fin. Se hace el silencio. Llega el momento. La felicidad de Berta es total y con ella la mía.

Primero el Cura. Luego ellos. Y luego yo.

Miguel y Berta se dieron el "sí quiero" en el altar y yo, a cinco metros en primera fila, callé para siempre al igual que callé hace 16 años.

Un beso para todos.

domingo, 22 de marzo de 2009

Manzana Podrida

Bueno ya di la de cal ayer. Hoy toca de la arena para los sensibles ;)

Feliz me metí en la cama,
hoy estreno mi treintena,
me despierto a medianoche,
y los sueños me desvelan.

Mi espejo de madrugada,
a veces fiel compañero,
refleja en mí mis dos ojos,
guardan treinta mil recuerdos.

Veintinueve mil son buenos,
novecientos especiales,
noventa espectaculares,
nueve experiencias vitales.

Solo hay uno que conservo,
y que de pena me inunda,
al acordarme, mi lengua,
solo percibe amargura.

Es tan fuerte su poder,
que eclipsa a los otros miles,
se propaga por mi ser,
hace mis canas más grises.

Mis canas y mis pasiones,
mis pasiones y mis juegos,
mis juegos y diversiones,
los pinta siempre de negro.

A pesar que yo les doy
azul, rojo y amarillo,
muchas capas de pintura,
no significan más brillo.

Y es que una sola manzana,
puede contagiar al resto,
basta con que esté podrida,
podrida hasta el mismo hueso.

Y ahora os preguntaréis,
cual es ese cruel recuerdo,
que me ensombrece la vida,
y que atormenta mis sueños.

Pues lo voy a desvelar,
aun exponiendo mi pecho,
a esa afilada espada,
de querer lo que no es nuestro.

No fue hace meses ni años,
es uno de los más tiernos,
fue hace apenas un minuto,
es cuando te echo de menos.

Un beso para todos.

sábado, 21 de marzo de 2009

Diagnóstico: Tiempo

Ayer mis ojos miraban,
fijamente la treintena,
que a dos pasos de mi cara,
no dejaba de hacer muecas.

Con sus ojos saludaba,
a todas las primaveras,
que por detrás de mis hombros,
descansan en sus literas.

De mi burlarse trataba,
su lengua no estaba quieta,
con su dedo señalaba,
mis canas y arrugas bellas,

Insistía en repetirme,
que el dos no volveré a ver,
al menos en las decenas,
diez años reserva el tres.

Trataba de deprimirme,
con todas aquellas tretas,
ella estaba acostumbrada,
a hundir a quien cumple treinta.

Y por fin llegó el momento,
el tiempo aplicó su prisa,
nos separaban dos pasos,
que lentamente claudican.

Atravesome despacio,
con su mano preparada,
apretó mi corazón,
pero allí no pasó nada.

Ni depresión de tristeza,
ni nostalgias ni amarguras,
sólo percibió una cosa,
una indiferencia pura.

Indiferencia entrenada,
hace tiempo que ejercito,
en un gimnasio hedonista,
las artes del buen rollito.

Canta a pleno pulmón,
baila sin ningún complejo
ríete hasta reventar,
retoma luego el aliento.

Haz feliz a los demás,
a familiares y amigos,
por que su felicidad,
acabará estando contigo.

Todos somos diferentes,
un mundo por descubrir,
de conocer nuevas mentes,
nadie se puede aburrir.

Y juega con el amor,
pues es lo más divertido,
aunque nos pueda doler,
te hace sentirte muy vivo.

Disfruta de cada beso,
a mi me gustan templados,
no desperdicies ninguno,
siempre los ojos cerrados.

Y haz el amor sin complejos,
sin remilgos ni sandeces,
es un pedazo de cielo,
que a todos nos pertenece.

Corre, nada, salta y vuela,
el movimiento es la clave,
deslízate sin problemas,
tanto en agua como en nieve.

Por nuestra naturaleza,
esto podemos hacerlo,
no porque seamos humanos,
sino porque somos tiempo.

Y es que el paso de los años,
no es un castigo divino,
solo son los mensajeros,
de un regalo concedido.

Y aquello de envejecer,
para mi es solo un aviso,
una forma de inculcarnos,
que nunca el tiempo es perdido.

Unos minutos más tarde,
otra litera ocupada,
la que ocupa mi treintena,
recientemente estrenada.

Lentamente se acomoda,
perfectamente arropada,
miro por última vez,
el asombro en su mirada.

Un beso para todos.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Huida

Un buen día cogí mi barca de remos, le solté el nudo y la eché al mar. En mi mente, huir a donde fuera. Huir de todo, del trabajo, de los amigos, de la familia, de las cosas que la sociedad me ha echo creer que necesito y empezar de cero en distintos sitios, vivir experiencias distintas en lugares distintos, conocer gente nueva el tiempo justo para que resulten admirables, sin darles tiempo a asentar la relación hasta el punto de que te decepcionen.

Y remé. Remé con todas mis fuerza y con entusiasmo, no me cansaba, a pesar de no estar entrenado remaba como el mejor remero de Oxford, marcando los tiempos de mi respiración con cada movimiento de mis brazos y piernas. Y estuve en las montañas descendiendo a toda velocidad por la nieve virgen encima de un trozo de madera, y estuve en la selva avanzando con mi machete, y en una playa paradisíaca rodeado de mujeres, y en lo más profundo del océano viendo seres que los libros no recogen, y en el desierto muriendo de sed y encontrando un oasis cuando la desesperación llamaba con todas sus fuerzas a mi puerta. Y en todos esos lugares conocí gente distinta, con distintas inquietudes y formas de ver la vida.

De pronto abrí los ojos. Hacía mucho frío, de esos húmedos que te calan los huesos e impiden que entres en calor, a pesar de ello sudaba muchísimo, tenía los brazos dormidos y doloridos, jadeaba como si mi corazón tuviera tantas ganas de salirse de mi cuerpo como mi alma de salirse de mi corazón. La barca aún conservaba la inercia de mi último leve movimiento de los remos. Me rodeaba una niebla extremadamente espesa. Apenas podía ver mis extremidades y daba la sensación desde mi punto de vista que mi cuerpo acababa en mi cintura.

El agua estaba absolutamente inmóvil como la de un lago en plena calma. Pero la sensación que daba era aún más de irrealidad. No sólo estaba quieta, estaba inmóvil como si en ese lugar y en ese momento las leyes de la física no aplicaran. No sabía donde estaba. Ni que había a babor o a estribor, no se veía tampoco nada en la proa ni en la popa. Lo único que podía hacer era coger los remos y vagar por la niebla en ese agua estática con la esperanza de encontrar, en algún momento, tierra firme.

Y eso hice. Cuando me recuperé un poco de mi extenuación y conseguí mover mis brazos lo suficiente, así los remos y comencé a remar rítmicamente pero con parsimonia, sin prisa.

El tiempo iba pasando, no sé si horas, días o meses. Mi barca seguía cortando, como un cuchillo la mantequilla, la densa niebla sin detenerse pero sin llegar a ningún destino. Nada. Ni una silueta de una cadena montañosa a lo lejos, ni un olor a tierra, ni un ave que indique la proximidad de un nido. Nada. Sólo agua quieta, niebla y silencio.

Mi cuerpo se debilitaba, necesitaba comer y beber aunque no tenía hambre ni sed. Apreciaba como mis músculos perdían consistencia con el paso de los días. Mis brazos eran una caricaturesca y escuálida réplica de lo que fueron al emprender aquella huida. Mis piernas, aunque seguían ocultas a la vista por la niebla, las notaba frágiles como dos columnas de cristal del grosor de un pitillo en medio de una demolición. Notaba que el frío en mis pómulos como si la piel de mi cara no fuera más que el pellejo de la nata en la leche caliente.

Y cuando estaba a punto de rendirme, con la cabeza metida entre dos enormes clavículas sin carne que eran mis hombros, un minúsculo destello de luz penetró en el milímetro que separaba mis párpados. Levanté lentamente la cabeza, con la convicción de que estaba delirando. Pero no lo estaba. El destello era un punto que se iba haciendo más grande según se acercaba dejando a su paso un destello luminoso de color amarillento en la niebla.

La diminuta estrella llegó hasta mí. Se paró justo enfrente de mi cara, esperando a que focalizara la vista en ella. No era una estrella. Era una persona. Una mujer. Una especie de campanilla pero sin el vestido tribal de esta. Llevaba en cambio una falda negra, una camisa blanca escotada y unas botas altas cubriendo sus flamantes medias de rejilla fina. Me miró un instante y una vez se aseguró que mis pupilas se centraron en las suyas levantó el brazo. Su pequeña mano comenzó a crecer como por arte de magia hasta el tamaño de las manos de goma espuma usadas para animar a los equipos de fútbol americano.

Moví la cabeza centrando mi visión ahora en la gigantesca mano que brillaba con luz cegadora y hacía retroceder la niebla. Sin dejarme comprender muy bien que significaba todo esto el brazo del hada descendió a gran velocidad propinándome una bofetada con la mano gigante que bien podría haberme arrancado la cabeza. Fue de las buenas. De arriba abajo como deben ser las hostias humillantes. Un dolor penetrante y abrasivo se fue extendiendo por mi cara. Sin embargo, a pesar del intenso dolor y de que el cerebro aún estuviera dando tumbos como una bola de pinball dentro de mi cráneo, me reconfortó.

Cuando me recuperé volví a mirar desconcertado a mi campanilla particular. Ella hizo una mueca de desaprobación como el que desaprueba la rabieta de un niño y se fue volando a toda velocidad por donde había venido, con la enorme mano colgando de su pequeño brazo.

Agité la cabeza un par de veces. Me sentía mucho más despierto, más vivo. Volvía a notar que mi piel recubría músculo en vez de hueso. La niebla comenzó a dispersarse, el agua a agitarse y la marea que provocó hizo que al fin los bajos de la barca tocaran tierra en lugar de agua. Cuando la barca hubo encallado descendí. Estaba en una hermosa playa llena de palmeras y con la arena blanca y muy fina. Miré al horizonte y allí estaba mi casa.

Me esperaban mi trabajo, mis amigos, mi familia y todas las cosas que tengo. 30 días estuve a la deriva y no fue hasta el último cuando comprendí que mi huida había fracasado. Al no tener claro de que necesitaba huir, no tener claro que es lo que me hastía y tortura cada día, traté de huir de todo y así seguro que incluía la verdadera razón de mi apatía y desidia. Pero ahora entiendo que se puede huir de todo menos de una cosa, de algo con lo que naces, vives y mueres. Algo de lo que si te aburres no puedes dejar a un lado y seguir tú camino.

Jamás se puede huir de uno mismo.

Un beso para todos.

viernes, 6 de febrero de 2009

Un sueño cualquiera

Todo el mundo en el vagón parece desconcertado pero nadie levanta la voz ni se mueve nervioso, simplemente esperamos en nuestro sitio, resignados.

En realidad no creo que nadie sepa que hacemos allí ni a donde vamos. Aún así el vagón está en calma. Aprovecho que el tren toma una curva para echar un vistazo por la ventana y ver su longitud total. No me alcanza la vista, hay cientos de vagones, quizá miles puesto que se pierde en el horizonte y no veo el fin.

El horizonte por decir algo porque las nubes esponjosas y redondeadas no me dejan ver demasiado. Atravesamos un paraje un tanto extraño. Vamos flotando en el azul del cielo, no sé como se sujetan los raíles pero el kilométrico tren sigue su curso.

De pronto un elemento que choca con el resto del paisaje aparece en la ventana. Una estación. El tren para, se abren las puertas, hay algarabía de voces fuera del tren pero no veo con nitidez el andén, tampoco oigo exactamente que dicen. Tres viajeros de mi vagón, dos jóvenes de distintos sexos y un caballero vestido con traje y sombrero de mediana edad sonríen, se levantan con celeridad y se bajan del tren, perdiéndose en la nebulosa del andén.

Capto algunas miradas con toques de envidia, que después de mirar con resignación el andén, se dirigen a los recién salidos justo antes de bajar. Las miradas vienen de los pasajeros que parecen más nerviosos, más desesperados, como si llevaran en ese vagón más de la cuenta y nunca llegasen a su destino.

Era imposible calcular el tiempo allí. Nadie hablaba, nada pasaba, salvo de vez en cuando otra estación con otra escena similar a la anterior. Y otra, y otra. El tiempo se contaba por paradas y el vagón se iba vaciando poco a poco, sin embargo no parecía haber relación entre el número de viajeros y el número de paradas. Simplemente como si de un boleto de lotería se tratase, la cara de uno de los viajeros pasaba de la más absoluta frialdad, camuflaje de la ansiedad, a una expresión de alegría total. Se levantaba y se iba.

La puerta del final del vagón se abrió y apareció un revisor. Se acercó a mí y dijo:

Revisor: "El nuevo ¿no?"
Yo: "Supongo que sí".
Revisor: "A ver el pasaje"- Con un rápido movimiento y sin apenas esfuerzo metió su puño en mis costillas. No noté nada extraño. Sacó mi corazón unos centímetros, no latía. Le echó un vistazo y dijo:
Revisor: "¡JA! Por lo que veo te vas a tirar una buena temporada aquí amigo".
Yo: "No entiendo".
Revisor: "Cuando se abran las puertas y veas con nitidez el andén esa será tu parada. Es la única norma".

Dejó el corazón en su sitio sin antes poner cara de "Madre de dios la que tienes montada ahí, hijo" y se fue por la puerta opuesta del vagón por la que había venido.

No sé cuanto tiempo estuve allí. Pero mi cuerpo envejecía, miraba mis manos y empezaban a ajarse, mi juventud se esfumaba, me sentía flácido debajo de la gabardina gris que llevaba. Podía ver el galopar de mis canas si miraba el cristal al atravesar una nube y evitar el reflejo de la claridad que venía de fuera. Mi paciencia se agotaba, y la desesperación de estar allí crecía, pero por alguna razón, me quedaba como los demás, quieto, esperando, mirando el andén en cada parada y aguantando las sonrisas de los viajeros que abandonaban aquel odioso aunque cómodo y acogedor tren.

Finalmente me quedé sólo en el vagón. La última en bajar fue una chica con gafas y rizos dorados. Me alegré por ella porque se la veía sufrir mucho, hasta que miró al andén y su boca trazó una sonrisa de oreja a oreja, ¿qué habría visto? Me regaló una furtiva mirada de compasión antes de bajar a lo que yo contesté con una media sonrisa y un ligero movimiento de cabeza.

Las paradas se sucedían y la claridad de mi mirada no mejoraba. Me senté con la cabeza entre las manos, cerré los ojos y traté de controlar el llanto. Lo conseguí. Quizá por estar tan concentrado no vi al revisor, que no había envejecido nada, que se acercaba hacia a mi.

Revisor: "¿Que tal amigo?"
Yo: "¿Usted que creé?"
Revisor: El tren está vacío. La siguiente es la última parada. Si no ve el andén con claridad deberá cambiarse de tren a ese otro."

El revisor señaló un tren parado a unos metros. Era negro y terrible. Con formas fantasmagóricas que adornaban su diabólica forma. La locomotora no paraba de escupir llamas por la chimenea y una especie de ánimas informes parecían saltar de ventana en ventana por fuera del tren. Producía auténtico pavor.

Después del vistazo dije:
Yo: "Me vendrá bien un cambio". Y le sonreí. A lo que él movió la cabeza un par de veces como negando mis palabras y pensase que yo no tenía remedio y se fue.

Cuando el tren paró no pude evitar mi expectación por ver que escondían detrás las puertas del vagón. Se abrieron lentamente y un andén de hormigón normal y corriente se mostró ante mí. Lo veía claramente, tenía hasta el antideslizante verde en la punta. Tenía que ser esta. Me bajé con una estúpida sonrisa en mis labios, una que no había puesto yo.

Miré a derecha e izquierda, no había nadie. La estación estaba desierta. Quizá sólo me habían dejado bajar para coger el otro tren. La estación era infinita así que elegí andar hacia la derecha. Nada más iniciar mi marcha, del vagón contiguo al mío bajó una mujer. Parecía desorientada. Al igual que yo miró a derecha y a izquierda y entonces me vio. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. De pronto comencé a oír los latidos de mi corazón con nitidez plena, la sangre fluía por mis venas como en plena adolescencia llenándome de vida y subiendo mi temperatura. Ella debió sentir lo mismo porque se soltó de la barra de sujeción del vagón y saltó a mis brazos propinándome un beso inexplicablemente perfecto.

Nuestros ojos permanecieron cerrados todo el tiempo que duró el dulce, cálido y anhelado beso. Al terminar me separé un poco de ella la miré a los ojos y mi sonrisa pasó de la felicidad plena a la sorpresa. "¡No puedes ser, tú!", exclamé.

Y ambos, fundidos en un abrazo como si sólo fuéramos uno, nos desintegramos y evaporamos dejando aquella última oportunidad disfrazada de estación de tren absolutamente vacía.

Un beso para todos.

jueves, 15 de enero de 2009

La Quinta Puerta

No sabría decir como he llegado hasta aquí. Miro a mí alrededor en todas las direcciones desorientado aunque el paraje me parece vagamente familiar. El aire es tan puro y limpio que reconforta de tal modo que se puede sentir cada átomo de oxígeno llegando a la sangre para distribuir después su pedazo de vida por todo el cuerpo. No sopla ni una ligera brisa, ni se oye un sonido, la única palabra que me viene a la cabeza es calma y la única sensación que recogen mis nervios, paz.

Es un bosque no demasiado frondoso pero tampoco yermo, con árboles y flores de diferentes colores y formas, todos y todas ellas en flor, radiantes, esplendorosas, proyectando su diversidad de una forma armoniosa y agradable. Un ligero manto de nieve cubre el follaje pero no da sensación de frío, sólo parece estar puesto ahí para adornar aún más la bella calma del lugar, como el artista de carboncillo da los últimos retoques para acentuar las sombras y hacer que su obra parezca querer salirse del lienzo alcanzando la relativa perfección.

Y al finalizar el giro sobre mí mismo.... la puerta. Apabullantemente grande, es de madera añeja y está llena de nombres y símbolos hechos con una llave o un punzón. A pesar de su tamaño el candado que la guarda es muy pequeño en comparación. Eso no es lo único que llama la atención de él, es mucho más nuevo que la puerta a pesar de que tiene minúsculas pintas de óxido que muestran el paso del tiempo. Parece estar cerrado pero... espera... una de las patas no está en su sitio. Acerco mi mano derecha y sujetando el candado con el pulgar y el corazón toco la patita metálica con el índice. En efecto el candado está abierto.

Noto la cara de sorpresa en mi semblante pero no me siento sorprendido. Empujo la puerta ligeramente con el hombro y se mueve con mucha más facilidad de lo esperado. Doy otro toque un poco más fuerte y con un agudo chirrido el trozo enorme de madera se desplaza violentamente hasta el tope de sus bisagras deteniéndose al final sin dar el esperado portazo. Habrá sido el viento, me digo.

Entro con determinación en la sala, por alguna razón no me da miedo lo que encontrarme dentro. Es una estancia con forma de capitolio, sin columnas y enorme, una estructura arquitectónica imposible. La sala redonda con ventanales altos a lo largo de todo su recorrido queda plenamente iluminada de luz natural. No tiene adornos y sin embargo no da la impresión de vacío de las típicas iglesias austeras de los pueblecitos pequeños, probablemente construidas pensando más es su verdadera utilidad que en la desmesurada e hipócrita ostentación.

Los únicos elementos que contiene el templo son un altar circular justo en el centro y cuatro largas y gruesas cadenas que parten la sala en cuadrantes. Uno de los extremos de las cadenas está incrustado en la roca de forma milimétrica, haciendo que los cuatro extremos dibujen un cuadrado perfecto dentro del círculo que hace de base imaginaria de la cúpula del capitolio.

Sigo las cadenas con la vista. Todas ellas acaban en grilletes. Las dos más cercanas rodean las muñecas, las más lejanas los tobillos. La figura que se presenta ante mí está arrodillada con la cabeza metida entre los hombros mirando al suelo. Parece un cuerpo de mujer. Desnudo. Me acerco lentamente a ella. Según me aproximo mis ojos captan más detalles. El cuerpo está exhausto y en una postura ingrata, de rodillas. Aparenta ser increíblemente proporcionado, su piel, pálida, brilla y parece extremadamente suave al tacto y bella a la vista, sin un surco o arruga que pueda envejecerla. Las piernas largas y sensuales, los pechos turgentes de pezones rosados suficientemente grandes para dar un toque de color a la blanquecina piel. El pelo lacio y negro cae como las olas del mar tocando ligeramente el suelo con las puntas. Se balancea con suavidad y las puntas dibujan un círculo en la baldosa que rozan puliéndola y abrillantándola de tal forma que contrasta con el resto de baldosas del suelo que ya estaban limpias de por sí.

Finalmente estoy tan cerca de ella que puedo oír su respiración. Ha debido sentirme también o quizás ver las puntas de mis pies en el lugar donde antes sólo estaba su perdida mirada. Levanta la cabeza y clava sus ojos en los míos. Percibo que mi cuerpo quiere retroceder un par de pasos apabullado por aquella belleza imposible, pero no lo hace. Las agua marinas de su cara armonizan a la perfección con el color rosa pálido de su rostro. La forma de la nariz fina y estilizada conecta en sus laderas con unos pómulos carnosos y elegantes, y en su falda con unos labios amapola que invitaban a la más depravada de las lujurias. Todo ello apuntillado por un delicioso mentón y un cuello terso, largo y apetecible.

El dulce olor ajazminado que la envuelve me embriaga de tal modo que estoy a punto de liberarla de sus cadenas y caer rendido a sus bazos pero algo me detiene, algo que ya me había obligado a detenerme una vez. Y ella lo percibe.

Pasan unos segundos como si fueran años y entonces aquel angelicalmente lascivo rostro adopta una mueca que en cualquier otra faz hubiera sido la viva imagen del terror, la desesperación y la ira mezcladas en una algarabía de demoniacas sensaciones. Sin embargo ella era imposible que perdiera su belleza inalcanzable, irreal, sublime.

Los músculos de su boca comienzan a moverse hasta que enseñan unos dientes blancos y alineados como si un arquitecto sobrehumano hubiera jugado por un día a construir con pulidas perlas una gloriosa muralla bañada en marfil. Cuando la boca se abre lo suficiente ocurre.... Un grito brutal como la lava nada más entrar el volcán en erupción escapa de lo más profundo de su ser, gutural en su inicio y agudo en su ejecución. Un grito de rabia contenida como grita el reo inocente cansado de su injusto cautiverio. El sonido tiene tantos matices que de no haberlos oído antes no podría distinguirlos todos, angustia, desolación, infravaloración, desilusión, desidia, parecía querer quitarse todo eso de encima de la única manera que podía, gritando rabiosamente.

Su aliento golpea mi cara que está ahora a escasos centímetros de la suya. Noto la fuerza de la feroz exhalación en mis mejillas, incluso en mi pelo, pero no es una sensación desagradable, su olor es como caer en un colchón de rosas rojas rodeado de árboles frutales. El grito se prolonga casi un minuto. Estaba sanando.

Ahora recordaba. Encadenarla había sido una buena medida para quitarle el mono. Estaba tardando más de lo esperado en desaparecer del todo pero ya casi lo había conseguido.

La echaba de menos, mi vida no había sido la misma sin ella. Olvidarla en este lugar había sido una buena decisión increíblemente dura de tomar. Ahora sin saber por qué venía a visitarla…. pero en realidad sí sé el porqué. Estoy muerto en vida sin ella y son esas ganas de vivir las que me llevan a no poder olvidarla.

Ha sido la primera visita después de mucho tiempo pero no será la última. La próxima vez estará curada del todo, rescatada de su adicción, la liberaré de sus cadenas y con su sola presencia limpiará el alquitrán de mi voluntad y derribará todas las barreras de sucio y endeble barro edificadas por mi miedo. Como hacía antes.

Cuando agotada acaba de gritar me acerco a su delicado oído. "Aguanta un poco más. El sufrimiento pronto acabará. Ya has hecho lo más difícil". Ella no levanta la cabeza que vuelve a mirar al suelo.

Me doy la vuelta y me voy, meto mi mano en el bolsillo y toco algo que jamás debería volver a ese lugar, un minúsculo y ligeramente oxidado candado.

Un beso para todos.

EPILOGO: Al salir al bosque, cerrar la quinta puerta y asegurarme de que la cerradura quedaba abierta tuve una extraña sensación. Una que creí haber olvidado. Sentí esperanza. Quizá obnubilado por ese nuevo placer no me percaté de que mi bolsillo volvía a estar vacío.

PD: Por si alguno no se acuerda:
http://blogantonioalarcon.blogspot.com/2008/02/depresin-por-felicidad.html

viernes, 2 de enero de 2009

Hipocresía Televisiva

De vez cuando coincidido con un amigo con un increíble sentido del humor y una perspicaz e interesante visión de la vida y jugamos a intercambiar puntos de vista. En uno de estos intercambios desarrollamos una teoría entre copas y risas, que igual ya la habrá inventado alguien, habrá escrito un libro sobre ella y se habrá forrado de pasta.

La llamamos la teoría del anillo y se basa en que cualquier tema, ya sea político, un pensamiento, sentimiento, una ideología, opinión, o lo que sea tiene dos extremos opuestos. Si imaginamos un anillo y ubicamos en él las horas como si de un reloj se tratase, los extremos los colocaríamos en las 12 y las 6. Todas las demás opiniones sobre el tema se irían clocando a lo largo del resto de horas más o menos cercanas a las opiniones extremas de las 12 y las 6. Siempre en el sentido de las agujas del reloj.

Pues bien, según nuestras experiencias, vivencias e intuiciones, llegamos a la conclusión de que cuanto más te extremas en una opinión o forma de pensar, al final acabas sobrepasando la hora extrema, por ejemplo las 6, a la que pertenece tu opinión y empiezas a caminar sin darte cuenta hacia el otro extremo de tal forma que al final llegas a las 12 y acabas opinando o haciendo, muchas veces sin darte cuenta, todo lo contrario a lo que predicas.

Si lo queréis aplicar a algo mundano podéis ver que esto funciona especialmente bien en el amor. Cuantas veces hemos visto darse la vuelta a la tortilla porque una parte de la pareja se extrema tanto que la otra se acaba cansando y PUM, el que mandaba antes, es el esclavo ahora. O en todo tipo de arte, como ejempo el cine. Hay películas que son tan tan malas que acaban siendo únicas y aportando un no se qué original que finaliza con un grupo de adeptos. O en política. Defendiendo a ultranza la sociedad contra el fascismo resulta que los propios medios que utilizas para realizar esa defensa atentan contra la sociedad que tratas de defendiendo, como manifestarse en jornada de reflexión, por poner un ejemplo.

Hay miles de ejemplos. Mi amigo y yo solíamos buscarlos y contárnoslos para reírnos un rato o decir, "no, ese no" o "Sí, tío JAJA, es verdad".

Si esta teoría es cierta espero que algún día la televisión pase de la extremada hipocresía en la que ahora vive a la objetividad absoluta, para más adelante alcanzar un punto intermedio.

El otro día viendo un programa de humor en 4 se metían con la cadena Cope por introducir publicidad subliminal en favor de la manifestación esta de la Familia. Después de un anuncio de la manifestación que tenía como punto de encuentro la plaza de Colón metieron una cuña publicitaria de un hotel-restaurante cercano a dicha plaza indicando su dirección exacta para ubicar a algún despistado que no supiera donde está la plaza.

En 4 más o menos emitieron unos 3 minutos y medio con este chiste dándole todas vueltas habidas y por haber para que quedara claro lo manipuladores que pueden llegar a ser los de la Cope. No les faltaba razón, aunque se puede aplicar aquello del ojo ajeno, la paja y la viga.

Según presencié aquello, solté una risita, hay que reconocer que tenía su gracia, y me puse a hacer zapping. Me detuve en el pasa palabra de Telecinco. Como es un programa de entretenimiento sin tintes políticos que me gusta me quedé a verlo y cual es mi sorpresa que en dos de las pruebas de las que consta el programa la respuesta a una pregunta subliminalmente positiva era Obama. En la prueba esta de la palabra de 6 o 7 letras que le van quitando una letra cada vez pusieron algo así como 'Como diría Obama "libre"' y las letras que quedaban eran la F R E E y otra. Y en otra prueba, la de los melones creo, que la respuesta correcta era directamente el nombre del nuevo presidente electo de los EEUU. Dos respuestas iguales en un mismo programa. Alguien está muy interesado en aprovechar cada segundo de televisión. Y si alguno ahora mismo está pensando que exagerado y paranoico soy sólo estoy siguiendo los pasos de Keke y compañía en 4.

A mi, personalmente, no me importa que los medios de comunicación sean unos vendidos mentirosos, a fin de cuentas es su trabajo y su negocio, quien lo quiera comprar que lo compre. Tampoco me importa que no lo reconozcan puesto que si lo hicieran no serían buenos tahúres. Lo que realmente me da rabia es que se crean que son los adalides de la verdad y luego hagan lo que hacen. Si engañas hazlo pero no seas rastrero. Es algo así como que la dirección general de tráfico tenga la poca vergüenza de vender el salvar vidas como su principal objetivo cuando todas las decisiones que toman van orientadas a la recaudación, aunque indirectamente se salvan vidas cuando debería ser al contrario. Recauden lo que quieran pero no utilicen las víctimas hombre. Hasta se ha tenido que hacer una cooperativa ciudadana para presionar a los ministerios de mejorar los puntos negros, pero que presionar???!!! si es su trabajo.

Esperemos que la teoría del anillo sea cierta, que lo es. JEJE. La cagada es que es cierta tanto para lo bueno como para lo malo.

Un beso para todos.