Un buen día cogí mi barca de remos, le solté el nudo y la eché al mar. En mi mente, huir a donde fuera. Huir de todo, del trabajo, de los amigos, de la familia, de las cosas que la sociedad me ha echo creer que necesito y empezar de cero en distintos sitios, vivir experiencias distintas en lugares distintos, conocer gente nueva el tiempo justo para que resulten admirables, sin darles tiempo a asentar la relación hasta el punto de que te decepcionen.
Y remé. Remé con todas mis fuerza y con entusiasmo, no me cansaba, a pesar de no estar entrenado remaba como el mejor remero de Oxford, marcando los tiempos de mi respiración con cada movimiento de mis brazos y piernas. Y estuve en las montañas descendiendo a toda velocidad por la nieve virgen encima de un trozo de madera, y estuve en la selva avanzando con mi machete, y en una playa paradisíaca rodeado de mujeres, y en lo más profundo del océano viendo seres que los libros no recogen, y en el desierto muriendo de sed y encontrando un oasis cuando la desesperación llamaba con todas sus fuerzas a mi puerta. Y en todos esos lugares conocí gente distinta, con distintas inquietudes y formas de ver la vida.
De pronto abrí los ojos. Hacía mucho frío, de esos húmedos que te calan los huesos e impiden que entres en calor, a pesar de ello sudaba muchísimo, tenía los brazos dormidos y doloridos, jadeaba como si mi corazón tuviera tantas ganas de salirse de mi cuerpo como mi alma de salirse de mi corazón. La barca aún conservaba la inercia de mi último leve movimiento de los remos. Me rodeaba una niebla extremadamente espesa. Apenas podía ver mis extremidades y daba la sensación desde mi punto de vista que mi cuerpo acababa en mi cintura.
El agua estaba absolutamente inmóvil como la de un lago en plena calma. Pero la sensación que daba era aún más de irrealidad. No sólo estaba quieta, estaba inmóvil como si en ese lugar y en ese momento las leyes de la física no aplicaran. No sabía donde estaba. Ni que había a babor o a estribor, no se veía tampoco nada en la proa ni en la popa. Lo único que podía hacer era coger los remos y vagar por la niebla en ese agua estática con la esperanza de encontrar, en algún momento, tierra firme.
Y eso hice. Cuando me recuperé un poco de mi extenuación y conseguí mover mis brazos lo suficiente, así los remos y comencé a remar rítmicamente pero con parsimonia, sin prisa.
El tiempo iba pasando, no sé si horas, días o meses. Mi barca seguía cortando, como un cuchillo la mantequilla, la densa niebla sin detenerse pero sin llegar a ningún destino. Nada. Ni una silueta de una cadena montañosa a lo lejos, ni un olor a tierra, ni un ave que indique la proximidad de un nido. Nada. Sólo agua quieta, niebla y silencio.
Mi cuerpo se debilitaba, necesitaba comer y beber aunque no tenía hambre ni sed. Apreciaba como mis músculos perdían consistencia con el paso de los días. Mis brazos eran una caricaturesca y escuálida réplica de lo que fueron al emprender aquella huida. Mis piernas, aunque seguían ocultas a la vista por la niebla, las notaba frágiles como dos columnas de cristal del grosor de un pitillo en medio de una demolición. Notaba que el frío en mis pómulos como si la piel de mi cara no fuera más que el pellejo de la nata en la leche caliente.
Y cuando estaba a punto de rendirme, con la cabeza metida entre dos enormes clavículas sin carne que eran mis hombros, un minúsculo destello de luz penetró en el milímetro que separaba mis párpados. Levanté lentamente la cabeza, con la convicción de que estaba delirando. Pero no lo estaba. El destello era un punto que se iba haciendo más grande según se acercaba dejando a su paso un destello luminoso de color amarillento en la niebla.
La diminuta estrella llegó hasta mí. Se paró justo enfrente de mi cara, esperando a que focalizara la vista en ella. No era una estrella. Era una persona. Una mujer. Una especie de campanilla pero sin el vestido tribal de esta. Llevaba en cambio una falda negra, una camisa blanca escotada y unas botas altas cubriendo sus flamantes medias de rejilla fina. Me miró un instante y una vez se aseguró que mis pupilas se centraron en las suyas levantó el brazo. Su pequeña mano comenzó a crecer como por arte de magia hasta el tamaño de las manos de goma espuma usadas para animar a los equipos de fútbol americano.
Moví la cabeza centrando mi visión ahora en la gigantesca mano que brillaba con luz cegadora y hacía retroceder la niebla. Sin dejarme comprender muy bien que significaba todo esto el brazo del hada descendió a gran velocidad propinándome una bofetada con la mano gigante que bien podría haberme arrancado la cabeza. Fue de las buenas. De arriba abajo como deben ser las hostias humillantes. Un dolor penetrante y abrasivo se fue extendiendo por mi cara. Sin embargo, a pesar del intenso dolor y de que el cerebro aún estuviera dando tumbos como una bola de pinball dentro de mi cráneo, me reconfortó.
Cuando me recuperé volví a mirar desconcertado a mi campanilla particular. Ella hizo una mueca de desaprobación como el que desaprueba la rabieta de un niño y se fue volando a toda velocidad por donde había venido, con la enorme mano colgando de su pequeño brazo.
Agité la cabeza un par de veces. Me sentía mucho más despierto, más vivo. Volvía a notar que mi piel recubría músculo en vez de hueso. La niebla comenzó a dispersarse, el agua a agitarse y la marea que provocó hizo que al fin los bajos de la barca tocaran tierra en lugar de agua. Cuando la barca hubo encallado descendí. Estaba en una hermosa playa llena de palmeras y con la arena blanca y muy fina. Miré al horizonte y allí estaba mi casa.
Me esperaban mi trabajo, mis amigos, mi familia y todas las cosas que tengo. 30 días estuve a la deriva y no fue hasta el último cuando comprendí que mi huida había fracasado. Al no tener claro de que necesitaba huir, no tener claro que es lo que me hastía y tortura cada día, traté de huir de todo y así seguro que incluía la verdadera razón de mi apatía y desidia. Pero ahora entiendo que se puede huir de todo menos de una cosa, de algo con lo que naces, vives y mueres. Algo de lo que si te aburres no puedes dejar a un lado y seguir tú camino.
Jamás se puede huir de uno mismo.
Un beso para todos.
Ufff Ñete que triste.. Ainch hay que animarse eh!!
ResponderEliminarMe ha encantado lo de "pellejo de la nata en la leche caliente" que descriptivo...
besos!!
chiqui que pasa, un poco mas de quererse a uno mismo ya sabes eso que decia mamá de mirarse al espejo y decir en voz alta"pero que guapo soy y que pequeño es el mundo"bien estirado de hombros claro.
ResponderEliminarA veces no es fácil mirar hacia el fúturo porque no ves lo que hay casi ni borroso, pero al fin y al cabo solo tienes el presente y ya sabes aunque seas un poco "friqui" jejejeje sabes bien que tú objetivo último es ser féliz el mayor número de horas posible en esta vida , corta vida cortisima vida.....animo y aqui estoy para lo que quieras, precioso mio.
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ResponderEliminarGenial
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