lunes, 13 de julio de 2009

Leopold y Garland. Capítulo 2/2

Leopold comenzó a hablar.

“¿Recuerdas cuando éramos niños que Padre nos hizo responsables del cuidado, mantenimiento y crecimiento del pequeño, destartalado y descuidado jardín de la torre? Sus palabras fueron ‘demostradme que puedo confiar en vosotros y que sois capaces de llevar las cosas a cabo.’

Tú eras el mayor y por lo tanto el líder que buscaba para lo que él consideraba un pequeña tarea pero que, sin embargo, se convertiría en una gran empresa para nosotros. Lo que Padre no imaginaba, ni ninguno de nosotros, era la transformación que sufrió tu personalidad a la hora de tener el poder sobre algo o alguien.

Era una tarea que podíamos haber hecho solos pero Padre puso a Adam, el hijo del molinero, a nuestro cargo para ayudarnos en la labor. Entonces no entendí porque necesitábamos a Adam
pero ahora lo comprendo.

Adam era un chico menudo y delgado con apariencia débil y enclenque lo que sumado a que era tres años menor que tú le convertía en un saco de carne con huesos al que sería fácil someter para tus propósitos. Lo vi en tus ojos cuando padre te dijo ‘Emplead a este chico como mejor creáis que os sirve. El jardín debe estar limpio, sembrado, verde y florido en dos semanas. Y una cosa más, ni Leopold ni tú podéis limpiar, cavar o sembrar nada. ¿Entendido? Adam será el único trabajador’

'Pero es imp...' quisiste decir. A lo que Padre se adelantó con presteza.

'Shhhh, esa palabra no existe en nuestra familia Garland. Cualquier cosa que necesitéis como suministros o herramientas está en el cobertizo. El viejo Tom está enterado.' hizo una pequeña pausa y cuando ya se iba añadió 'Confío en ti Garland'.

Quizá la presión que añadió sobre tus hombros con esa última frase fue el detonante que hizo que tu mente se precipitara, tratara de ejecutar las órdenes con celeridad y fuera el primer paso hacia tu formación unilateral y dictatorial. Aunque creo que de eso también tengo yo parte de culpa. En parte siempre lo he sentido así y creo que por eso tengo la esperanza de que algún día vuelvas a ser el de antes. Para no sentirme tan culpable."

Leopold hizo una pausa pero Garland no dijo nada. Escuchaba la historia sin inmutarse, con una débil pero exultante sonrisa. Como el chiquillo que escucha embobado a un cuentacuentos en la parte más engatusadora de la historia.

Leopold continuó.

"El primer día de trabajo fue un desastre. Lo recuerdo muy bien. Tú dando órdenes a diestro y siniestro a Adam que no sabía nada de jardinería, ni de andamiaje, ni de nada, perdido por completo en un mar de palas, abono y malas hierbas. Al ver que no hacía bien nada de lo que le decías no parabas de insultarle y de instigarle para que se diera más prisa. Le chantajeabas con el agua y la comida para que hiciera las tareas mejor y más rápido, le negabas los descansos, incluso al final del día comenzaste a pagarle los desastres que organizaba con latigazos que se convirtieron en moneda de cambio dejando obsoletos los otros métodos de trueque hasta el momento; la sed y el hambre."

Yo fui testigo de todo eso horrorizado pero sin mover un dedo. Tú eras mi hermano mayor y yo era demasiado pequeño para entender que te equivocabas. Finalmente exhausto, te fuiste despotricando de Adam y de todo lo que había hecho ese día y pronunciaste una última frase que me llegó al corazón 'Mañana, al alba, tiene que estar todo esto recogido Adam o la única comida que verás será la propia carne arrancada de tus huesos por este látigo. Hasta los cerdos del corral son más útiles que tú'. Y te marchaste a toda prisa a tus aposentos.

Esa fue la primera vez que me quedé sólo con Adam y fue el preludio de todo lo que ocurrió a continuación. Cada noche, a partir de aquella, me quedaba con él un par de horas más, después de curarle las heridas. Le enseñé todo lo que sabía. Qué plantas necesitaban ser plantadas primero, cuales requerían un lugar específico por la luz, cuales necesitaban agua o las que había que poner en las jardineras grandes o pequeñas, centrales o laterales, altas o bajas. Le expliqué como optimizar la limpieza de las malas hierbas para que no volvieran a salir, como fijar las enredaderas y donde situar las guías, reservar espacio para la movilidad de las escaleras y en definitiva todo un plan de trabajo que ni yo mismo sabía que podía desarrollar hasta ese momento.

Aquello desembocó en dos resultados apreciables. El primero era que el jardín avanzaba, tú estabas contento y disminuiste tu agresividad por lo que Adam podía tomar sus bien merecidos descansos y vituallas. El segundo fue la admiración y respeto que Adam comenzó a profesarme. Nos hicimos muy amigos y aunque te odiaba con todas sus fuerzas continuaba trabajando duro bajo tus órdenes gracias a mí.

Evidentemente tú pensaste que eran tus salvajes métodos de trabajo los que daban frutos y me sentiré culpable siempre por aquello, aunque en aquel momento no era lo suficientemente maduro para darme cuenta.

Pues bien. En la jornada quince Padre se pasó por el jardín que aún no estaba acabado y tenía muchas plantas que faltaban por florecer, aunque en una semana más estaría perfecto. Miró con los brazos en jarra, como siempre hacía cuando evaluaba algo a conciencia, y finalmente se volvió hacia ti y con una monumental sonrisa te dijo "Bien hecho hijo. Eres un espejo dónde tu hermano Leopold podrá mirarse". Le dirigió a Adam una bendición con su mano tocándole el pelo mientras el chiquillo agachaba la mirada y le dijo "Buen chico Adam". En cuanto a mí sólo me dijo que siguiera tus pasos. No tardó ni un mes en encomendarnos más tareas y así poco a poco nos fue formando para lo que somos ahora.

Lo más importante de esta historia Garland es que ahora ese aprendiz de panadero es el capitán de mi guardia personal. Un soldado íntegro y bien preparado que rezuma una lealtad basada en el respeto y la confianza. Y eso mismo le pasa al resto de mi pequeño ejército. Tus soldados llegan a la primera línea en hordas. Pero son hordas más de esclavos que de soldados, que luchan por temor a ti y no por ninguna motivación que les hayas inculcado. Basta uno de mis arqueros para acabar con veinte de los tuyos, desperdigados por la línea de retaguardia sin un objetivo común. Sólo los antiguos generales del ejército de Padre que aún te apoyan hacen que tu 'grandioso ejército' gane alguna batalla."

Esa es la lección que debiste aprender entonces y que no dejé que vieras”.

Y con solemnidad Leopold profirió la siguiente frase:

"El respeto vence al miedo. Siempre. Es imposible que sea de otro modo".

Guardó silencio. Esperando la reacción de su hermano. Se miraban fijamente a los ojos pero la expresión que veía dibujada en la cara de Garland no era la que esperaba. Le hubiera resultado más lógico ver una expresión de rabia contenida, de impotencia antes los años en los que había actuado de una forma cruel y dictatorial, incluso algún atisbo de odio. Sin embargo su cara era sinónimo de tranquilidad, incluso exhibía su ligerísima sonrisa torcida hacia la izquierda. ¿Qué significaba aquello? Finalmente su boca comenzó a moverse.

"Así que el respeto vence al miedo. Gracias Leopold por esta magistral lección. Gracias por
todo pero… la palabra imposible no existe en el vocabulario de nuestra familia." Y comenzó a levantarse.

¿Gracias por todo? ¿Qué era todo aquello? Ese comportamiento era extraño en su hermano. Inmóvil en su tocón, con la declaración de paz delante de sus narices, observaba lentamente cómo el cuerpo de su hermano iba abandonando su asiento con la mirada puesta desde el primer instante en su caballo, sin volver a dedicarle ni una mirada en un momento tan importante. Todo ocurría como a cámara lenta. Una vez de pie, cuando Garland comenzó a dar su primer paso hacia el corcel de pronto un reflejo llamó su atención entre las copas de los árboles en frente suyo. No tuvo demasiado tiempo para pensar que puede, en medio del bosque, brillar así porque dos cosas pasaron que transformaron la cámara lenta en dos décimas de segundo que tuvieron lugar a toda velocidad. Una fue el sonido lejano de una cuerda al destensarse y el segundo un fuerte golpe en el pecho, acompañado de un intenso dolor. Leopold Cayó hacia atrás. Le pareció que pasaron horas hasta que su espalda golpeó el suelo pero todo ocurrió en un segundo. Ya tendido sobre la vegetación del Claro del Ciempiés hizo un esfuerzo inútil por levantarse, un hilillo de sangre comenzó a escaparse de la comisura de sus labios, se miró el pecho justo dónde había sentido el golpe. Vio unos diez centímetros de un cilindro de madera que acababa en tres plumas con los colores del estandarte de su hermano; rojo y negro. No pudo mantener por más tiempo la cabeza erguida, sus fuerzas le fallaban, apoyó la espalda en el suelo provocando que la punta de la flecha se introdujera en su cuerpo y los diez centímetros al aire se convirtieran poco a poco en quince, cinco de ellos cubiertos de roja y densa sangre.

Garland se acercó entonces a su hermano que lo miraba con ojos desencajados por el dolor y la angustia de sentirse muerto en vida. Parecía querer decirle algo pero antes de que pudiera articular ni balbucear algo Garland tomó la iniciativa.

"Te respeto más que a nadie en el mundo Leopold querido hermano, pero espero que esto genere el suficiente miedo en tu pueblo como para que se rindan..."

Paralizó sus palabras y con un fugaz movimiento de un hacha sacada de las alforjas de su caballo, le cortó la cabeza salpicando su cara de pequeñas gotas de sangre de su sangre, para añadir finalmente y esta vez sí que con un odio endiablado y encerrado durante lustros en su interior:

"...de una vez por todas".

A veinte pasos de distancia se escondía tras el follaje una figura indetectable bajo la pericia de camuflaje que poseía. Sus dedos apretaban con tanta fuerza la empuñadura de la espada que sus nudillos estaban blanquecinos. No la había soltado desde que su señor había iniciado la supuesta negociación por motivos de seguridad y vigilancia. Aunque no le había pedido que fuera, estaba allí. Tuvo que tragarse el orgullo y las ganas de matar allí mismo al diabólico hermano mayor de su señor. No sabía cuantos soldados tendría ocultos por el bosque. Probablemente lo matarían antes de acercarse ni 5 metros.

Poco a poco la sangre volvió a fluir por su mano, notó el reconfortante calor y la perdida de tensión. Ya libres, se llevó las manos a diez centímetros de sus ojos y juró allí mismo para sus adentros que las mismas manos que hacía veinte años estaban llenas de harina y levadura, serían las que acabaran manchadas con la sangre de Garland de Leisville. Pero las cosas se harían bien, como Leopold le había enseñado. No sólo caería el tirano sino toda su tiranía.

Un beso para todos.

lunes, 6 de julio de 2009

Leopold y Garland. Capítulo 1/2

Voy a lanzar mi primera historia en capítulos. Bueno capítulos, sólo son dos y sólo tienen unas tres páginas cada uno pero en el blog mejor no meter demasiadas líneas por entrada. Espero que os guste.

Leopold y Garland

Llegó al lugar acordado. Un sitio neutral, con tradición familiar. Eso le reconfortaba aunque seguía sin fiarse de su hermano. Hasta él tendría respeto por el único lugar sobre la faz de la tierra que les había visto como una familia unida.

Lo habían bautizado como el pequeño claro del Ciempiés debido a un ejemplar especialmente grande que encontraron Garland y él jugando a ser aventureros exploradores uno de los contados plácidos días que sus padres decidían pasar allí su jornada de descanso. La vida de un rey siempre es ajetreada y tiene poco tiempo para su familia.

Garland había elegido ese lugar para reunirse con él después de perder la más cruenta de las batallas que habían librado hasta ahora. No era su estilo. Desde la muerte de Padre y la repartición de tierras, toda la furia y la ambición que Garland parecía esconder en su interior se desataron. La conquista parecía ser el único aire que movía sus pulmones y la guerra la sangre que hacía funcionar su corazón. El diálogo era lo último que esperaba de su hermano. Normalmente atacaba sin piedad una y otra vez como un toro chocando contra una muralla hasta que muere o consigue derribarla. Hasta ahora Garland seguía vivo y las murallas dejadas atrás, destruidas, eran muchas. Quizá era la primera vez que veía astillarse sus cuernos y eso le ponía nervioso.

Este cambio de hábitos en su enemigo hermano le preocupaba. Le tenía cogida la medida para que ahora cambiara de estrategia y tuviera que comenzar de nuevo a estudiarle. El inicio de la guerra le pilló por sorpresa y las ciudades que había perdido entonces le sirvieron para aprender y reorganizarse. No le creía tan listo, era astuto pero endiabladamente testarudo. No cambiaría de táctica. ¿Querría de veras ofrecerle el esperado tratado de paz que ansiaban los habitantes del reino que su padre les había dejado y que ahora estaba dividido y enfrentado?

A pesar de que el paso del tiempo había minado las esperanzas que tenía en que su hermano volviera a ser el amigo fiel que fue cuando eran niños, las esperanzas de que esa persona fuerte y testaruda, pero noble y buena resurgiera de sus cenizas y como un huracán destruyera todo lo que es ahora y dejara la tierra de su conciencia limpia para empezar de nuevo, no habían desaparecido. Tenía fe en que ocurriera y cuando se tiene fe y se ve la oportunidad de que esa fe se haga realidad no te lo quieres perder. Sencillamente piensas "y si es esta...." y te lanzas.

Y por eso estaba allí. Acercándose con sigilo y desconfianza al pequeño tocón que haría de improvisada mesa de madera dónde intuyó, mirando entre el follaje, que su hermano ya le estaba esperando. Oía su enorme caballo azabache resoplar impaciente por el hecho de estar atado a algún tronco. Así que indudablemente estaba allí. Sólo, como habían acordado. Los dos solos en el único espacio diminuto de paz que les quedaba. El pequeño claro del Ciempiés.

Por fin salió de entre la maleza y se mostró ante Garland.

"Has Venido. Es increíble que aún confíes en mí. Esa debilidad tuya te matará algún día."
Dijo Garland con esa seguridad que acostumbraba. Una habilidad que aprendió de muy pequeño, el decir las cosas de tal forma que aquel que le oyera tuviera que asumir que él tenía razón por el tono seguro con que pronunciaba cada palabra. Podía hacer temblar con una sola afirmación los cimientos de un argumento fría y lógicamente defendible.

Leopold guardó cauto silencio. Y continuó su marcha hacia el tocón.

"Toma asiento hermano. Espero que esto no nos lleve mucho tiempo puesto que las palabras que vas a oír hace tiempo que deseabas que salieran de mis labios."
Las palabras salieron con tranquilidad de la boca de Garland mientras tendía una amistosa mano de cortesía señalando el tronco que sería el asiento de Leopold en la reunión.

Una vez sentados ambos continúo.

"¿Vino?" Leopold denegó el ofrecimiento con un rápido movimiento de su mano.

"Nunca bebo cuando se trata de cuestiones de estado." Garland esbozó una tímida sonrisa que desapareció velozmente.

"Esta guerra dura ya demasiado. Ese pueblecito tuyo que te dejó Padre parece que está en una zona más fácil de defender que lo que en un principio parecía."

"Mal empiezas una negociación si tus palabras tratan de menospreciar a aquellos con los que pretendes negociar."

Una forzada y sonora risotada nació del gaznate de Garland .
"Tranquilo hermano, no pretendo echar por la borda un momento histórico como este. Sólo trataba de poner de manifiesto los factores lógicos por los que no he sido capaz de tomar tu 'reino'. Y por más vueltas que le doy, con un ejercito diez veces mayor, con el 90% del territorio generando riqueza para mi ejercito y atacando sin piedad durante los últimos 14 meses, me cuesta creer que no sea por la situación geográfica privilegiada de tus defensas".

Leopold no podía creer lo que oía. El gran Garland de Lucherre estaba nervioso. Escupía las palabras con controlado rencor pero rencor a fin de cuentas. Nunca había visto un signo de debilidad tan claro en su hermano desde que comenzó la guerra unos años atrás. Trató de mantener la calma haciendo caso omiso a las palabras de su hermano.

"¿Para qué me has hecho venir?".

"Estoy dispuesto a firmar un tratado de paz contigo, hermano. He decidido concederte el reinado y la gestión de GlesiVille. No necesitamos seguir luchando. Es tuyo."

"¿Mío? Siempre ha sido mío. ¿Concederte?" se le escapó un breve pero ácida carcajada "no, Garland, tú no concedes nada. Ni aún retirándote de una batalla eres capaz de tragarte el orgullo. Eres increíble. Me sorprende que con esa actitud estés dispuesto a firmar la paz." Dijo Leopold con cierta ira.

Tenía que mantener la calma. No podía desaprovechar la oportunidad entrando en el juego sucio del insulto y la difamación. Sabía que tenía la opción de pedir el control de las ciudades conquistadas pero también sabía que su influencia social en ellas era fuerte y en unos años se rebelarían por sí mismas pidiendo la adhesión a Glesville pero para ello su prioridad era la paz. No quería extremar a Garland y que cambiara de opinión.

Respiró profundamente y continúo.

"Aceptaré el tratado con las siguientes condiciones. Gleisville será independiente por completo y se restablecerán las relaciones comerciales con el resto del reino. Sólo las comerciales, de momento. Esperemos a que la paz obre sus frutos para así en el futuro intentar volver a unir nuestro reino tal y cómo nos lo dejó Padre."

Tres segundos interminables pasaron. Leopold estaba sorprendido. Garland no dijo ni una palabra de las ciudades conquistadas al principio de la guerra. Hubiera sido lógico que preguntara por ellas. Le daba igual. Sus pensamientos parecían estar en otro sitio cómo si el resultado de la negociación no le importara demasiado.

Los ojos de Garland se clavaron en los de su hermano, tratando de adivinar que producía dentro de su cerebro esa solemnidad que siempre había caracterizado a Leopold. Siempre correcto. Siempre leal. Siempre noble. Defectos letales para la gestión óptima de un reino y que no alcazaba a ver como era posible que no le afectaran lo más mínimo a la hora de gestionar con presunta maestría, visto el resultado de la guerra y el estado de bienestar de GlesiVille y de las ciudades que ahora eran suyas y antes de su joven hermano, su pequeña porción de tierra. No sólo no alcanzaba a verlo sino que le quitaba el sueño, lo mataba en vida, que su poderoso ejército gobernado con puño de hierro no fuera capaz de aplastar una pequeña población con un irrisorio castillo.

Sumido en sus pensamientos se percató del silencio que se había generado y sin poder resistirlo preguntó:

"Dime una cosa Leopold. Una última cosa antes de plasmar nuestros sellos y probablemente no volvernos a ver en años. ¿Cómo es posible que un grupo de campesinos, minúsculo e insignificante, no sólo soporte un asedio tan feroz como el que mi ejercito ha llevado a cabo, sino que además ha sido capaz de causar un gran número de bajas en mis tropas?"

Así que era eso. El orgullo le había hecho fuerte y ahora mostraba su debilidad. No cabía duda. Por eso daba la impresión de estar ausente. Esta batalla estaba casi ganada. Leopold sabía que estaba jugando en casa. Un poco más de templanza y Garland estaría dónde siempre había soñado tenerle.

"Firmemos y te contaré una historia, hermano. Una historia en la que tú creíste ser el protagonista pero en realidad no fuiste más que un peón. Una historia que cambiará tu percepción del mundo."

Garland trató de disimular su nerviosismo pero a esas alturas de la conversación le resultaba muy difícil. Se dirigió raudo a las alforjas de su caballo y sacó una hoja de pergamino, una vela, una pluma y un tintero. Le tendió el pergamino a Leopold y dijo:

"Añade las dos clausulas que has demandado y firmemos tu ansiada paz". Ansiedad, prisa y cierta rabia era lo que se percibía en el sonido de aquellas palabras.

Leopold escribió con letra clara las nuevas pretensiones acordadas. Una vez hubo acabado puso su anillo encima de la mesa, tomó la barra de lacre, puso una de las puntas en la tenue y sinuosa llama de la vela hasta que la pasta se derritió lo suficiente y la aplastó en el final del pergamino dejando bien visibles dos puntos rojos anónimos a la espera de amoldarse al sello de cada uno de sus poseedores.

"Saca tu sello Garland y hagamos historia".

Garland se quitó sus guantes negros, cuanta sangre habrían derramado, mostró el anillo a su hermano, le dedicó una ligera mueca como diciendo "Tú ganas" y de un rápido movimiento estampó su sello en el pergamino. Acto seguido le acompañó el de Leopold.

Una socarrona expresión se dibujó en el rostro del hermano mayor antes de decir:

"Bien Leopold. Ilústrame. Cuéntame esa historia tuya que cambiará mi vida para siempre".
Un beso para todos.