lunes, 4 de octubre de 2010

PIM-PAM-PUM

Era la primera vez que visitaba una cárcel. No era un lugar agradable a pesar de que había dejado de temblar mientras esperaba en la sala. Cuando apareció su agresor se acercó a él. Su mirada era más brillante que hacía cinco años, más viva. Debía sentirse bien dado el fin inminente de su condena. Se sentó y esgrimiendo una media sonrisa le susurró al presidiario : "Muchas Gracias. Me hiciste alguien mejor y dejé de ser un desecho social.".

La historia es breve. Se puede adornar pero para que adornar algo que tiene su belleza en la crudeza. Un hombre sale de casa de unos amigos. Lleva desde las 18:00 allí y las 23:00 le parece ya buena hora para ir a esparcir sus miserias a otros lugares. Tiene una depresión de caballo, de estas que sientes que no tienes nada que perder, ya sea cierto o no. Si así lo sientes así te lo crees. Las paradojas de la percepción.

Ha aparcado el coche por despiste justo enfrente de la puerta de un bareto de universitarios. Cuando llega está asediado por ellos. Chicos y chicas apoyados, vasos en el techo y el capó y los espejos retrovisores deseando pasar inadvertidos como un fugitivo en una pila de cadáveres. Al activar la apertura centralizada todos los chavales cogen sus vasos y levantan sus posaderas del vehículo. Todos menos uno que permanece con el culo aposentado en el coche de atrás y los pies apoyados en el parachoques trasero.

El hombre se monta en el coche, echa un ojo al espejo retrovisor y ve que el chaval no se mueve y le mira con cara entre amenazante y "a ver qué hace este si me quedo aquí quieto". Hay un par de amigas que le piden que se quite porque el coche va a dar marcha atrás pero él sigue en sus trece, como si llamar la atención desafiando a los demás fuera siempre gratuito. Hasta ese día.

El coche se mueve hacia delante. El muchacho no se aparta. Lentamente el coche se desplaza hacia atrás. El muchacho no se aparta. Las chicas le achuchan más consiguiendo el efecto contrario al que pretenden puesto que a más atención prestada más desafiante se vuelve un retrasado mental de ese calibre. Un poco más para atrás. Un poco más. Ya. Suficiente para salir pero al universitario gallito le parece demasiado cerca de atropellarle, así que golpea con fuerza la luna trasera seguido de un grito "¿Pero qué coño haces?"

Los ex-asediantes del coche comienzan de nuevo a arrimarse, más por curiosidad mórbida que otra cosa. El hombre se baja del coche. Tranquilo, muy tranquilo. Se dirige a la parte de atrás y a pesar de que los ojos inyectados en sangre del imberbe le buscan, él no se detiene en ellos. Abre el maletero, saca dos guantes de plástico de gasolinera de los que la gente precavida lleva en el coche para cualquier contratiempo que pueda mancharte las manos, como cambiar una rueda, y se los pone con decisión.

"¿Pero de qué vas? me quieres atrop..." La pronunciación de esa "p" coincide con un rápido movimiento del brazo derecho del hombre. A una velocidad de vértigo agarra el cuello del niñato a la vez que hace palanca con la cadera poniendo literalmente los morros del universitario en el cierre del maletero. PUM, PRUMC, CRACK son los sonidos del metal en el cráneo del chaval como respuesta a los tres veloces golpes que propina el hombre bajando la tapa del maletero con fuerza.

Todos los presentes se quedan paralizados por la violencia y rapidez del ataque. El hombre deja caer el cuerpo inconsciente al suelo, se quita los guantes, que dejan sus manos completamente limpias a pesar de que tiene todas las vestiduras salpicadas de gotitas carmesí, cierra el maletero esta vez sin obstáculos óseos, se mete en el coche y antes de que alguien pueda mover un dedo o pronunciar una palabras más alta que otra, haciendo alarde de la cobardía generacional que llevamos años cultivando, sale zumbando de allí.

El chico sobrevivió. No fue para tanto. Traumatismo craneoencefálico leve, pérdida de varios dientes, entre ellos los dos paletos, desplazamiento de mandíbula por el lado izquierdo y rotura por el derecho, rotura de los huesos propios de la nariz y por último un tinitus provocado por el desplazamiento de los huesos del oído. Se recuperaría.

El hombre fue a la cárcel. Decenas de testigos lo vieron, tenían la matrícula, los restos de sangre en el coche y mil evidencias más. No había escapatoria. Tampoco la quería. No se arrepentía de lo que había acontecido y se había hecho justicia. El muchacho se llevó todas las que no le habían dado sus padres, pero en una sola sesión, y él iba a cumplir condena. Cuando no tienes nada que perder mejor desaparecer y si puedes irte haciendo un favor a la sociedad pues mejor.

Miro al chico a los ojos. Apenas tenía cicatrices.

"De nada. Tú a mí también me la has salvado. Hoy vuelvo a nacer." y ambos sonrieron.

FIN.

Esta historia, leída según qué ojos, puede ser una apología de la violencia o el nacimiento de un admirado superhéroe. ¿Qué preferís?

Un beso para todos.

6 comentarios:

  1. Desde que sigo tu blog posiblemente sea la história que más me ha gustado. Un poco irreal que fuese a ver a su agresor a la cárcel, aunque imprescindible en la historia para introducir la moraleja.

    No creo que sea una apología de la violencia, sino más bien la triste esencia del pasajero oscuro que todo el mundo lleva en su interior.

    Un abrazo,
    Luis.

    ResponderEliminar
  2. El nacimiento de un nuevo superhéroe! no creo que sea una creen que es asi, también lo son otras muchas historias que se dan en la televisión donde le dan de hostias a los malvivientes... Creo que esta muy bien este tipo de historias porque creo que todo el mundo ya se ha cruzado con gente que las busca solo por llamar la atención y seguramente en la mayoría de estas ocasiones hemos intentado salir por la vía de la diplomacia y no violencia pero lo que hubiera molado realmente es intentar cerrar el maletero con su cráneo dentro, jejeje.

    Muy buena historia Antonio! no dejes de escribir, me gustan tus historias por que creo que denuncian cosas de la vida real.

    Saludos!
    Sergious.

    ResponderEliminar
  3. ...no creo que sea una apología a la violencia, si creen que es asi,...

    ResponderEliminar
  4. Antonio,

    Muy buena la historia, como ya sabes estaba impaciente por que la publicaras.

    A mi me recuerda un poco a Taxi Driver. ¿Que pensaría la opinión pública del suceso....?

    La violencia no se puede justificar. Pero un escarmiento, sin tener que ser necesariamente como este(¡ojo!), puede ayudarte a reflexionar y a no cometer errores que puedes pagar muy caros. Es bastante paradójico....

    Me encanta.
    Manu

    ResponderEliminar
  5. Lo unico que tengo claro es:
    - De donde has sacado la inspiración para tu escenario principal.. parece que te estoy viendo recoger tu coche..
    - Que ya no me perece tan descabellado lanzar un botellín a los universitarios que hacen botellón bajo tu ventana, todos los dias de la semana...

    Besos

    ResponderEliminar