miércoles, 10 de noviembre de 2010

Renato y Lucrecia

Voy a introducirme en un género que aún no he tocado y la mayoría de la gente que me conoce piensa que soy incapaz de escribir por no tener “Mano”. La literatura infantil. Espero que se lo podáis leer a vuestros hijos.

Esta es la trepidante historia de un niño llamado Renato y su perrita Lucrecia. Renato tenía 11 años y era moreno y regordete. Vivía con sus padres encima de una colina. Su padre era pastelero y su casa era de chocolate. Cuando se cruzaba el umbral de la puerta una musiquilla entrañable sonaba en la cabeza y el olor a chocolate inundaba el corazón de felicidad. Pero Renato desde pequeño había querido ser astronauta. Siempre peleaba con sus padres porque ellos deseaban que continuara el negocio familiar pero Renato tenía claro su futuro.

Se encerraba en su cuarto con su telescopio en miniatura y miraba las constelaciones durante horas. Acompañado siempre por su perrita Lucrecia, leía y leía libros sobre estrellas y como era muy listo aprendió a leer mapas del cielo. Lucrecia se le quedaba mirando embobada mientras le contaba historias sobre Laika y como había llegado a la luna. Al acabar la historia Lucrecia pegaba un pequeño ladrido y movía graciosamente el rabo hasta que Renato la abrazaba y le prometía que un día irían juntos a la luna, y así, juntitos, se quedaban dormidos perdidos en sus sueños, uno en el de ser astronauta y otra en el de imitar a su heroína canina.

Un día Renato recibió una carta de la NASA en respuesta a un artículo que había escrito acerca de la relación entre los agujeros negros y los cereales con forma de estrella que tomaba cada mañana. No podía creerlo, le invitaban a ver en primera persona el lanzamiento de un cohete espacial. Sus padres acogieron la noticia con cierto escepticismo pero accedieron a hacer realidad el sueño de su querido hijo.

De pie Renato observaba con Lucrecia en sus brazos el cohete. Lo tenía a menos de dos metros de distancia y le habían subido a una plataforma que llegaba aproximadamente hasta la mitad de la nave espacial. Los motores rugieron con estruendo, no lo podían creer, era una sensación gloriosa estar allí. La nave estaba a punto de despegar cuando Lucrecia saltó de los brazos de Renato y se coló por una trampilla dentro del proyectil Renato no lo dudo un segundo y al grito de "Lucrecia NOOOOO!" de sus padres, él salto detrás de ella.

Todo había ocurrido muy deprisa. Renato se asomó por la trampilla por la que acababa de entrar y vio a sus padres muy chiquititos alejándose a velocidad de vértigo. Volvió al interior y vio a Lucrecia moviendo el rabo muy excitada y con una sonrisa perruna de oreja a oreja. Ahora tuvieron un segundo para entender lo que iba a ocurrir. Iban a tener la mayor experiencia de sus vidas, iban directos al espacio.

Se acomodaron detrás de unas cajas, se miraron con los ojos inundados de ilusión y entonces ocurrió... la ilusión se transformó en sangre. El cuerpo de Lucrecia explotó en mil pedazos llenando el habitáculo de pequeños trozos rojizos y viscosos compuestos por huesos triturados, órganos y entrañas descompuestas y mechones de pelo de perro por todos lados. Antes incluso de que el cerebro de Renato percibiera lo terrorífico de la escena que se proyectaba ante sus ojos corrió el mismos destino que su adorable perrita, adornando, como si de un denso y espeso sirope de fresa con trocitos de frambuesa se tratase, todo el techo y las paredes del interior del cohete. Al final resultó tener vocación de pastelero.

FIN.

Moraleja (infantil): Haz caso a tus padres.
Moraleja (Adulta): No es fácil saber cuando vas a morir de éxito.
Un beso para todos.

1 comentario:

  1. Jajaja... muy bien lo de "Literatura infantil", ha hecho que leyese el relato con otra perspectiva y que me haya reido mucho más con el final.

    Moraleja: La NASA debe revisar sus medidas de seguridad.

    Moraleja 2: "Quien con niños se acuesta cagado se levanta", eso le pasa a la NASA por querer hacerse la foto con el niño y la perra.

    Un saludo,
    Luis.

    ResponderEliminar