Caminaba con decisión por la acera de papel que comunicaba las dos casas. Se había acicalado de forma concienzuda. El pelo, hecho de cerdas finas de escoba, engominado sobre su redonda cabeza de corcho, la barba apurada con tanta minuciosidad que había tenido que reconstruir parte de sus mejillas con minúsculas bolas de papel marrón y el delgadísimo cuello de palillo, donde se pinchaba su cabeza, perfumado con el bote de colonia cara que le había regalado su madre en su cumpleaños. Se había puesto su mejor traje y su mejor camisa aunque había tenido que airearla del tiempo que hacía que no la usaba. Los zapatos de papel charol impecables y relucientes. Se podría comer en ellos. Y en las manos lo más importante, una cuerda a la que había moldeado nudo a nudo para darle la forma de un precioso ramo de rosas de grandes pétalos rojizos que le había costado una semana terminar.
Merecía la pena, era el momento de su vida o al menos así lo sentía, que a fin de cuentas, independientemente de que sea o no el más importante en realidad, si así lo sientes así debe ser. La sorpresa sería mayúscula, la conocía y sabía que le daría un patatús. Se presentó en la entrada de la casita que era como una casa de muñecas de estilo victoriano pero hecha de papel maché y apuntalada en las aristas con palillos chinos adornados. Fue a llamar a la puerta con el puño, como buen clásico que era, haciendo el soniquete de la contraseña que solo él y ella conocían, pero la puerta estaba entreabierta. La empujó levemente y oyó risas en el salón.
Al principio pensó en esperar pero luego se dijo que la sorpresa sería aún mayor si estaban sus amigos. Se acercó con una sonrisa llena de confianza a la puerta del salón y los vio. Encima de sus delicados palillos redondos que eran sus extremidades estaba el enorme cuerpo con músculos de lata de Coca-Cola del tipo que la estuvo rondando hacía unos meses en el gimnasio. El personaje en cuestión estaba dando el último grito orgásmico justo cuando abrió la puerta, lo que le hizo pensar que si no hubiera dudado en entrar 30 segundos antes se podría haber ahorra ver como los millones de cabezones renacuajos viscosos de don musculitos descansaban ahora en la vagina de su novia. O en el plástico dentro de la vagina de su novia. Lo mismo daba.
No le habían visto lo que fue un alivio y aprovechó para salir corriendo. De las chinchetas azules que hacían de ojos en su cara nacieron dos pequeñas lágrimas que se fueron convirtiendo en un riachuelo y luego en un mar según avanzaba en su carrera, cada vez más rápida. Las prisas hacían que los delicados nudos de la cuerda se fueran deshaciendo, los pétalos eran cada vez más amorfos y dejaban ver agujeros entre ellos. El ramo tenía una forma idéntica a la de su corazón en esos momentos.
Finalmente llegó al parque, donde los árboles de papel sin raíces, sólo con una pestaña pegada con pegamento de barra al suelo, parecían mirarle como para consolarle pero no podían decir nada, ¡eran árboles maldita sea! y él era solo un idiota. Un completo idiota.
Desconsolado se sentó en un banco verde de alambre y un puñado de palomas de cartón salieron volando al sentir su presencia. Hundió la cabeza en los palillos que eran sus piernas y sujetó sus ojos con las manos.
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No se imaginaba la cara de idiota que debía tener en ese momento. Su prometido la estaba diciendo que ya no la quería, que son cosas que pasan, que el corazón deja de sentir, que se pierde la pasión, que te ve como una persona más y no como alguien especial y que lo sentía por el momento aunque para estas cosas ningún momento es bueno. Ningún momento es bueno, pedazo de cabrón, pero 10 minutos antes de la boda es el peor de los momentos, ¡¡y encima por teléfono!! Pero si la debía estar llamando desde detrás de la iglesia. Si se suponía que la estaba esperando en el altar no podía estar muy lejos.
Cuando colgó el teléfono su padre percibió la preocupación en sus chinchetas y el arco que hacían sus cejas de velcro no podía significar nada bueno. Hasta su cara se había vuelto de blanco poliexpan en vez del marroncito corcho vivo de las últimas semanas. Su corazón, como una plancha de cristal que cambia bruscamente de temperatura y se parte, pasó de la mayor de las alegrías a la pena más profunda en cuestión de segundos y obviamente, según las leyes físicas, se partió en mil pedazos.
No dijo nada, se bajó del lujoso coche tan deprisa como pudo saltándose el escalón de latón destinado a ayudarla a abandonar el vehículo. Pisó mal con los tacones y se rasgó el bajo del vestido, maldijo, se quitó los zapatos y descalza se dirigió a la parte de atrás de la iglesia. No estaba. Daba igual. Ya nada importaba. Siguió corriendo por el camino del río de papel de plata que reflejaba los rayos del maravilloso sol que estaba haciendo en el día de su boda. Su mayor preocupación hasta hacía unos momentos. Y no paró de correr hasta llegar al parque.
Estaba exhausta, le quemaban los pulmones y le faltaba el aliento, tenía que parar. La magia de la adrenalina generada por el odio comenzó a mitigarse y por fin entró en el estado de shock esperado. Se llevó las manos envueltas en preciosos guantes de servilleta a la cara y rompió a llorar desconsoladamente.
Recuperó mínimamente el aliento y se sentó en la esquinita de un banco verde de alambre. Levantó el velo, hundió la cabeza entre las piernas y se enjugó los ojos con el vestido.
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En ambos extremos del banco, separados apenas por 2 metros de distancia dos cabezas pensaban exactamente lo mismo.
¿Por qué le había tocado caer en tal desgracia? ¿Qué había hecho mal? Con todo el amor que tenía que ofrecer y le había ocurrido esto. Jamás encontraría otra persona con la que compartir tantos sueños, jamás podría volver a querer a nadie. ¿Cómo reconstruir una complicidad tan perfecta y precisa que un gesto mínimo basta para saber lo que el otro pretende, desea o piensa? Ojalá fuera tan sencillo como levantar la cabeza darse la vuelta y, por sorpresa, cruzar la mirada con alguien que te llene de alegría en un segundo y elimine por arte de birlibirloque el peso que la losa de la desolación impone al corazón. Como dolía. ¿Cómo hacerlo cesar? Ojalá todo fuera así de fácil.
Él iba a volverse pero no lo hizo. Se levantó y se fue cabizbajo a su piso.
Ella fue a volverse pero no lo hizo. Se levantó y se fue minimizada a su casa.
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No sabía ni cuantas horas llevaba tirado en la cama jugueteando con la cuerda, cualquier parecido con el ramo de rosas había desaparecido, haciendo todo tipo de formas, desde una lata de coca-cola con forma de bíceps gigante, pasando por un corazón de rojo fuego hasta llegar a una preciosa horca. Miró la horca detenidamente. ¿Qué importaba? en un movimiento rápido y decidido deslizó la cuerda por la lámpara del pequeño cuarto. Se pasó la horca por el cuello y se lanzó desde la silla. Cerró los ojos y esperó pacientemente mientras su miserable vida terminaba. La soga aguantó bien el tirón pero su cabeza de corcho no tanto y se salió del palillo que era cuello, tórax y abdominal al mismo tiempo. Maldición, ni eso le salía bien. Tanteó por la habitación hasta encontrar su cabeza, se la puso de nuevo y se fue a la cama sollozando. No sin antes guardar la horca en el cajón de los fantasmas del pasado. No pudo dormir.
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Todos estaban fuera de la habitación. Afortunadamente, después de gritarles como el cancerbero en las puertas del infierno, habían dejado de llamarla y aporrear la puerta pero notaba que estaban ahí. Al otro lado. Y ahí se iban a quedar. Tomó un frasco de pastillas blancas que había podido robarle a su madre antes de que la impidieran entrar en la habitación acosándola con sus absurdas preguntas. Eran somníferos potentes pues su madre era de sueño muy ligero. Se las metió todas de golpe en la boca, masticó con fuerza y tragó esperando que el compuesto del medicamento en esas cantidades le provocara un paro cardiaco o algo parecido que apagara su maltrecho corazón para que dejase de funcionar y de doler de esa forma tan atroz. Ya notaba la espuma en la boca pero lo único que consiguió fue un aliento súper extra fresco y un poco de dolor de estómago. Frasco equivocado. Quiso reír pero no pudo. Se sentía demasiado desgraciada. Se fue a la cama no sin antes guardar el velo de servilleta en el cajón de los fantasmas del pasado. No pudo dormir.
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Se dice que meses después se vio en el parque a dos personas. Un chico y una chica. Sentadas cada una en una punta de un banco verde hecho de alambre. Con la mirada perdida en el infinito, casi tan perdida como sus pensamientos, pero la espalda recta, el mentón alto y una medio sonrisa que asomaba confiada a la comisura de los labios. Se levantaron a la vez, con un suspiro, para irse a casa, uno mirando al norte y el otro al sur. Pero cuando iban a dar el primer paso algo les detuvo...
Dos cajones ardían en llamas ese día, uno hedía a rosas podridas, el otro apestaba a falsa boda.
El tiempo y los momentos nos vienen dados, sólo hay que tener paciencia. Los fantasmas… los fantasmas son cosa nuestra.
Un beso para todos.
Muy chulo,como siempre lo único que tienes que hacer es levantar un pie y echar a andar, tú cuerpo va detrás siempre.
ResponderEliminarun beso
Muy bueno, me alegro de que hayas vuelto a escribir.
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