Un día más en la oficina. Las
11:30. Después de un comité semanal, generador de frustración e inoperancia, y
dos reuniones, con distintos clientes y con distintos propósitos, ahí estaba,
sentado en la sala más pequeña y escondida de la oficina esperando a que uno de
mis mejores trabajadores me comunicara su cansancio, injusto salario y
sobrecarga múltiple de responsabilidad no acorde con su rango o, como a alguno
les gusta llamarlos, con sus galones.
Le vi a aparecer por el pasillo a
través de la pared de cristal de la sala, cruzamos una mirada de complicidad
construida a base de años de amistad
profesional, que sin embargo no pudo ocultar su gesto pétreo de
disconformidad. Que pereza por dios.
Abrió la puerta y ocurrió.
Un fogonazo rápido e insonoro de
luz nacido del rectangular marco de la puerta se hizo con todo el espacio que
me rodeaba. Ciego de luz no podía ver nada pero no sentía ni pánico, ni
vértigo, ni miedo. Sólo sentía curiosidad.
Poco a poco la claridad se fue
difuminando como una venda de lino que se deshilacha lenta pero incansable,
dejando entrever el lugar que me albergaba. Era una especie de gran salón de
forma ovalada con una fuente en el centro. Había un escenario elevado o mejor
dicho un palco muy grande cubierto por un telón rojo con bordados en oro. La
fuente tenía una preciosa escultura en el centro y de ella manaban decenas de
pequeños chorros en todas direcciones que emitían un sonido hipnótico al caer
en la charca. El piso en el que estaba el palco estaba sujetado por grandes
columnas que se extendía a lo largo de toda la circunferencia del óvalo. Todas
eran preciosas y únicas, hechas de materiales y formas distintos. Yo me
encontraba en lo que presumí que era la entrada principal, de frente al palco y
debajo del soportal que dejaban las columnas antes de acceder al salón. Di un
paso para visualizar la magnificencia del lugar. Las cortinas, los adornos, los
materiales, todo era preciosista. Parecía incluso que las miles y pequeñas
figuras que decoraban el palco y las columnas no dejaran de moverse lentamente
jugando con los colores de los que estaban hechas.
Una vez salí de mi estupor me
centré en dilucidar que estaba pasando. Alrededor de la fuente había veintidós
personas que hablaban airadamente entre ellas. Parecía que estaban tan
desorientadas como yo. Había de todo, grandes y musculosos guerreros, armados
con flamantes espadas y escudos, amazonas subidas en sus caballos con sus arcos
a la espalda, sacerdotisas concentradas mientras levitaban a medio metro del
suelo, magos con sus elegantes túnicas y con varitas prestas para obrar un
encantamiento o hechiceras ojeando un libro mientras otros tres o cuatro
flotaban a su alrededor. Todos hablaban
entre ellos preguntándose qué hacían allí. Cada uno había venido de un lugar
remoto y tenía su propia historia extraña que contar como yo tenía la de mi
misteriosa desaparición de la oficina.
Ninguno sabía nada de lo que
había ocurrido ni porqué estábamos allí pero ante tanta incertidumbre el
ambiente era relajado, hasta entrañable. Los guerreros tenían una mirada
intensa pero que transmitía tranquilidad, las amazonas ganas, las sacerdotisas
sabiduría, los magos energía y las
hechiceras magia. Todos compartían impresiones y reían acerca de los vaivenes
del destino cuando se abrió el telón del placo.
Apareció un hombre con una corta barba
blanca tan natural que parecía que venía de serie con su cara. Vestía vaqueros
informales y camisa. Estaba escoltado por tres mujeres y un hombre, vestidos de
forma similar. Todos cargaban una mochila. El hombre portaba un cetro de madera
anudado que casi le duplicaba en altura con el que golpeó el suelo con fuerza. Se
produjo otro fogonazo de luz. Esta vez mucho más rápido. Miré alrededor y todos
nos habíamos convertido en figuras de luz sin forma humana. Unos eran
redondeados otros con formas geométricas, unos eran azules, otros rojos, otros
verdes, unos brillaban mucho y eran pequeños y otros eran más grandes y
centelleaban pausadamente. Me miré las manos inexistentes y sólo vi rayos
sujetados de alguna forma misteriosa al centro de mi cuerpo y que parecía que
querían salir disparados hacia el exterior con una energía que nunca había
sentido aunque me resultaba familiar.
El hombre aprovechó el silencio
generado por el fogonazo para alzar la voz y decir:
“Habéis sido convocados. Habéis
sido convocados desde los rincones más recónditos de nuestro universo para
llevar a cabo la tarea más difícil a la que el ser humano se ha enfrentado
jamás. Un virus ha atacado a nuestra especie, a nuestra sociedad y ha venido
para quedarse. Es un virus social que está provocando la infelicidad global y
generalizada y que nos llevará inexorablemente a la extinción. Pérdida de
valores, frustración tardía en la forma de vivir, fracaso al incumplir
objetivos impuestos o decepción al recibir una recompensa que en el fondo no
buscábamos. Ahora todo gira en torno al ser más que el otro, al tener más me
hace mejor, al dinero es lo más importante, al olvidarme de lo que me hace
feliz para complacer al resto del mundo del cual necesito su aprobación. Sufrimos
por el pasado y nos preocupamos por el futuro sin apreciar el presente. Navegamos,
ya sea con una chalupa o un bergantín, a la deriva, tomando decisiones que nos
han dicho que tomemos sin pararnos a pensar que tengo yo que decir sobre esa decisión.
Es un virus contagioso que se está extendiendo como la pólvora: estrés,
depresión, enfado constante, amargura, suicidio. Sólo hay una forma de pararlo
y es haciendo ver a la gente que de ellos depende su propia felicidad, haciéndoles
ver que la energía positiva es tan poderosa o más que la negativa y que
invertir los polos depende únicamente de cada uno de nosotros. Para eso habéis
sido convocados amigos. Para romper las cadenas del miedo y la congoja y
liberar la energía interior que nos exige tener derecho a ser felices y por
ende hacer felices a los demás.”
Todos los allí presentes se
removieron y centellearon con más fuerza. Se hizo un silencio cargado de emoción, una emoción que hacía que las pinturas de las paredes se moviesen
intensamente y que el color inundara todo el espacio, que se introdujera en los
corazones de los allí presentes y nos hiciera invencibles. Estaba mirando hacia
arriba observando anonadado como los ríos de color se mezclaban entre ellos
cuando sonó otro golpe del bastón.
“¿Estás…? ¿Estás bien?” me
preguntó mi empleado que se había sentado justo enfrente.
Yo seguía mirando al techo pero
ahora al de la sala más pequeña y escondida de la oficina. Nunca me había
percatado del pequeño desconchón de pintura de una de las esquinas que rompía
con la formalidad del entorno y que sin embargo permitía albergar una pequeña
araña posada en el corazón de su tela de perfección milimétrica. No había ríos de colores corriendo
por allí pero los sentía en mi interior revitalizándome.
“Estoy mejor que nunca.” Y después
de sonreírle abiertamente y sin complejos le pregunté “¿Para qué necesitas lo
que sea que me vayas a pedir?”
A mis compis de Máster...
Vaya Antonio, veo que en realidad es el inicio de un largo viaje iniciatico... no sólo un relato corto. Estoy en lo cierto? Si la respuesta es sí mucho mejor para mí. Un abrazo amigo!!!
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