miércoles, 27 de septiembre de 2017

PAN

Miraba el mantel cada vez que podía. Le costaba levantar la vista. El mantel, la servilleta, el suelo, cualquier punto era mejor que ver a la cita que se acababa de sentar enfrente suyo. Dudaba que la silla fuera a soportar su peso pero lo hizo, no sin antes emitir un incómodo crujido. “Hola”, “Hola”. Estos dos saludos y sus fugaces sonrisas fueron lo único que se cruzó entre ellos en al menos unos interminables 40 segundos.

Percibió por el rabillo del ojo como un regordete brazo izquierdo se dirigió hacia la servilleta. Los pliegues de la muñeca y el codo eran tan perfectos que parecía que llevaran costuras. Y cada uno de los deditos era como una pequeña tira de tres longanizas atadas a conciencia. “¿Y a qué te ded…” empezó a decir ella pero el camarero apareció amablemente con una sonrisa enrome y con una bandeja de pan. ¡PAN!. Con el hambre que tenía. Comenzaron a sudarle las manos y el ya conocido escalofrío le recorrió la espalda. Aguanta, recuerda la terapia. Qué bien olía. Quería comerse la bandeja entera pero seguro que la gorda se la iba a quitar.  No lo permitiría. Aguanta que te lo estás imaginando. Encima había tres tipos, uno como de pueblo, uno de aceite y otro de centeno. Extendió una mano veloz a por el de pueblo. Ah! Quema, por gocho. Sonrió tontamente pero no miró a la gorda que de momento no había movido ficha. Estás haciendo el ridículo, aguanta. Entonces un brazo de camisa blanca y chaqueta negra posó con suavidad un bol con mantequilla y queso de untar con un solo cuchillo. El olfato le traicionó. Cogió el cuchillo con avidez y uno de los trozos de pan calientes, daba igual quemarse, partió un generoso trozo de mantequilla y lo esparció ligeramente sobre el pan sin esperar a cubrir toda la superficie. Cerró los ojos y mordió. Mordió y degustó y paladeó y saboreó. “Tranquilo que no te lo voy a quitar” oyó que decía su oronda cita. Sintió vergüenza, la camufló de rabia y miró al frente por fin.

No podía creer lo que vio. La cara de la gorda era una hogaza enorme y cada rasgo dentro de ella, los ojos, la nariz, los labios, eran pedazos de diferentes panes. “¿Tengo monos en la cara?” Dijo arqueando los colines de las cejas. Se fijó en el resto del cuerpo y también estaba hecho de pan. Los pechos que sobresalían del exagerado y hortera escote del vestido eran dos panes gallegos enormes que terminaban en panes de leche a modo de pezón. La sorpresa debió de reflejarse en su cara porque la gorda se subió el vestido y dijo “Qué descarado”. Tanto el vestido como las longanizas también estaban hechos de pan. La mesa, las servilletas, las paredes del restaurante, el camarero, todo era pan. ¡Y qué bien olían!

Se levantó asustado sin decir una palabra. La rapidez estuvo a punto de hacerle caer pero se sujetó al respaldo de la silla que se rompió con un crujido delicioso. El trozo de respaldo que se había quedado en su mano humeaba y mostraba el interior migoso de una baguette recién hecha. No pudo resistirlo y se llevó la silla a la boca. Hummm. Delicioso. Una voz masculina “¿Pero qué hace usted?” En ese momento echó a correr. Oyó un lejano “¿Es que no te gusto?”.

Empujó con fuerza la puerta del restaurante que chocó contra la pared de la calle pero en lugar de un estruendo se oyó un crujido acompañado de un aroma embriagador. Hummm. Pan. Cogió un pedazo de puerta del suelo y se lo comió casi sin masticar. “Deténgase”. Corrió lo más rápido que pudo hacia su casa que estaba a dos manzanas. Toda la calle estaba hecha de pan. Cada uno de sus pasos crujía en el bollo de la acera. Las farolas, las papeleras, incluso la basura olían bien. Finalmente llegó a casa con la boca llena, masticando con voracidad y tragando como un pavo después de mordisquear por aquí y por allá todo el mobiliario urbano. Introdujo la llave en la cerradura después de comerse las del coche y al girar…

Se despertó sudando. Maldita adicción. No había tenido un sueño así desde que empezara la terapia. Menudo síndrome de abstinencia. ¿Pero no lo había pasado ya? Hay cosas que nunca se olvidan. Bebió agua y se dirigió a la cocina. Revisó la panera. Vacía. La bolsa del pan tras la puerta. Vacía. Puso la mano en el pomo de la puerta de la alacena, respiró profundamente, y abrió. Ni rastro de pan ni nada que se le parezca. Se tranquilizó. Sólo un mal sueño. Al cerrar la alacena se fijó.

Su mano. Cada falange era un pequeño colín y los dedos un grupo de tres perfectamente articulado. Siguió mirando. El ante brazo media pistola, el brazo una chapata. Y su cuerpo un enorme pan de pueblo. Las piernas dos focaccias en los muslos y por pantorrillas dos brioches. Los molletes y el flautín también andaban por allí. Sintió un pánico extremo pero sin saber porque se fue diluyendo. Se tocó, se crujió, se olió, y finalmente se mordió. Empezó por el brazo izquierdo. Los colines, la pistola, la chapata y después con el otro brazo se fue pellizcando el pan de pueblo. Se sentó en el suelo de la cocina con atención puesta en el festín, en el atracón de pan que se estaba dando. Estaba todo tan rico y calentito. Mordisquear los colines poco a poco pero de forma veloz. Notar la miga esponjosa en el cielo del paladar mientras la saliva la reblandece. El sonido crujiente de la corteza recorriendo toda la mandíbula. Hasta le cogió el gusto a comerse los molletes y luego el flautín. Cuando se quiso dar cuenta tenía el brazo operativo metido en la boca. El cuerpo ya había sido devorado.

Al terminar con el brazo sólo le restaba la cabeza. Comenzó a mordisquear los jugosos labios de pan de leche pero llegó un momento que no pudo llevarse nada más a la boca. Se quedó quieto, sin poder moverse, consumido por sí mismo. Una cabeza inmóvil en medio de la cocina.


La puerta se abrió. “¿Hay alguien?” El portero había informado de que hacía muchos días que no le veía. El casero dio el aviso de que no había recibido el alquiler de los últimos dos meses. Tenía a los dos subidos a la chepa expectantes. Ningún vecino había informado al agente de mal olor ni nada por el estilo. Más bien todo lo contrario. La verdad es que la vivienda olía bien. “¿Hola?” Se adentró poco a poco flanqueado por el casero y el portero. “Parece que no hay nadie”.  Se relajaron y revisaron el piso. El portero llamó su atención. “Mirad” miraban dentro de la cocina. “¿Alguien tiene hambre?” El casero y el agente lo miraron con cara de desaprobación. “Pero si está en el suelo”. “Ya” replicó el portero doblando el espinazo para recogerlo. “Pero mira lo bien que huele”.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Pensamientos al Sol

No hacía ni veinte segundos que su hija la había dejado en el banco y el sol ya estaba quitándole la congestión de los huesos. Al principio se había enfadado porque la dejaran allí como un trasto viejo, con la esperanza de que cuando volvieran hubiera desaparecido daba igual si abducida por un platillo volante de esos o sin vida en el cuerpo ya. Esa costumbre del banco había empezado un poco después de perder la capacidad de hablar, bueno perder, aún puedo decir cosas pero tomándome mi tiempo, otra cosa es que ellos no tengan paciencia ni ganas para esperarme.

Siempre tan ocupados, tanto mi hija como mi yerno, pa’rriba, pa’bajo, gritando, corriendo. Así están los niños que no saben ni que hacen en el mundo. Gritan y corren y berrean, como los padres. Ahí Jesús. El otro día una discusión con portazo e improperios incluidos. En pleno salón, los niños en sus cuartos, y ellos delante mío, que si es tu madre, que si no me casé para esto, que necesitamos el dinero, que hace siglos que no tengo tiempo para mí, y no sé qué sarta de egoísmos más se escupieron el uno al otro. Y yo como el pasmarote que soy. Con el cuerpo semi rígido y la lengua gorda sin poder ni moverme ni decir nada. Eso sí enterándome de todo. Y es que claro, trabajando los dos pues no tienen tiempo para nada y es como si hicieran vidas diferentes y las cosas comunes se las reparten de mala manera porque a ninguno le viene bien. Y es que las parejas de ahora no hay por donde cogerlas. Que digo yo que eso de la igualdad de la mujer está muy bien pero habrá que ponerse de acuerdo quien se queda con los niños antes de irse los dos y dejarlos solos a que los eduque el aire, que eso las criaturas lo notan. Ahora ya los educa la pobre Elodia, que ya ves ella lo que podrá hacer si no tiene autoridad para nada y cuando se queja de algo la mujer la ponen unos ojos de gacela que como para volver a decir algo.

Un día les oí decir que si se mudaban a una casa más grande y más cara y yo pensé pero si aquí estáis bien, si os sobra el dinero que uno trabaje y el otro en casa con los niños, pero qué sabré yo es lo que pensarán. Igual que los viajes, ay por dios si el Paco se enterase, que lo más lejos que fuimos nosotros fue a Roquetas de Mar y una semana que cerró la fabrica por un incendio. Y estos todos los años que si a Taipi, Taipao, Argentina y no sé qué más, y encima siempre vuelven discutiendo. Y mientras los críos o con Fernando o con los padres de él. Mucho derroche y poco sacrificio. De todas formas ni lo iba a poder decir, ni me iban a hacer caso. Así qué.

Y es que ¿para qué sirve un viejo? La misma pregunta todos los días. No es larga pero nunca me da tiempo de preguntársela a nadie. Un viejo sirve para mirar atrás, para recordar, comparar con la actualidad y darse cuenta de que de nada sirve avisar de los errores porque es como que se tienen que volver a cometer para que sean reales. Si no son solos delirios de viejo. ¿Y eso es una utilidad? ¿para qué sirvo yo que no puedo ni moverme ni hablar? Al menos si pudiera avisarles de los errores que están cometiendo, aunque no me hicieran caso yo me quedaría tranquila.

Por ejemplo esos niños, mis nietos me refiero. Niños por llamarles algo. Adanes diría yo. Ahora piden y se les concede, trastean y les sale gratis, muerden y reciben una recompensa. Corcho que el otro día un niño de la urbanización, el de las melenas y los calzoncillos por fuera, me dio con el balón en las piernas, que ni lo sentí, pero no me pidió ni perdón y yo sólo podía mirarle y balbucear, y es mayorcito ya el sinvergüenza. Lo tienen todo y todo rápido. Bueno, todo menos disciplina, sentido del sacrificio, valor por las cosas, por la vida y un par de hostias bien das que es lo que les falta. Mis nietos, además de unos salvajes, son infelices y sus padres no sólo no se dan cuenta, sino que se creen lo contrario. Ahí hija, ¿tan mal lo hice yo? Te veía correr, saltar, jugar, perderte con tus amigas o sola, con Fernando o con Papá, y siempre andabas sonriendo y con esos ojos de ilusión de mil cosas que querías hacer, y ahora veo a mis nietos y traen esas cosas de serie, sí, pero están como desconectados, idos, con tanto aipad de esos y tanta tele y esos berrinches infinitos. También con esa sobreprotección que tienen no pueden ni salir a la calle solos, así como van a espabilar. Y cuando papá os cascaba al merecerlo hasta luego, años después, lo recordabais Fernando y tú y os reíais y le dabais la razón, cómo el día que le rompisteis el brazo al Néstor obligándole a saltar de una caseta y prometiéndole que le recogeríais con una comba mágica o algo así. Pero ahora, ancha es Castilla. Si hasta a ti, hija, te tienen los padres acojonada en el colegio cuando castigas a un niño de los de tu clase. ¡A una maestra acojonada! Ver para creer.

Lo poco que queda vivo en mis piernas ya se me ha dormido definitivamente. No falla. Diez minutos en el banquito con las maderas apretando vete tú a saber que nervio y ya no siento nada. Pero el sol sigue ahí. Si al menos pudiera ponerme de pie y mirar y oler las flores del jardín de la urbanización. Están bonitas la verdad. En eso sí que han ganado algo, en calidad de vida. Pero ¿pará que la quieren si no saben disfrutarla? Nunca les he visto oler las flores. Y yo esto se lo quiero decir pero no me dan tiempo y si me lo dieran no me harían caso. Ahí madre, con lo que yo he pasado. Si
ellos supieran todo sería más fácil.

Pero no van a saber, ni quieren. Porque los jóvenes siempre quieren cambiarlo todo aunque esté bien. Como la política. A veces me ponen delante de la tele horas y horas como si fuera una piedra vieja y no me queda otra que tragarme las noticias y todos esos programas de gritos y cotilleos. Ahora que viven como reyes no veo más que gente por la calle pidiendo que vuelvan cosas del pasado. Gentes de los que ni uno ha pasado una guerra ni sabe lo que es eso. Una guerra es tan terrible y los muertos y el hambre hastían de tal forma que los ideales políticos se diluyen hasta la nada y es lo que permite que se vuelva a colaborar independientemente del color que seas, y que la buena voluntad reine y haya paz y concordia y crecimiento común porque ves el corazón de las personas y no el color de sus ideas. Pero claro los que ya tienen eso gratis ni se dan cuenta de lo que perderían. Y ahí están peleando, que si rojos, que si fachas, que si independencia, 40 años después las mismas monsergas y no se dan cuenta del peligro. Los jóvenes siempre quieren cambiarlo todo aunque esté bien, como no pueden comparar pues ni se dan cuenta y si no lo cambian no le encuentran sentido a sus vidas. Y dicen que todo está en los libros de historia, pero yo digo que todo está en la historia pero no en los libros, porque dime tú a mí quien escribe la historia, pues unos pocos y según les conviene. Y aunque leyeran la historia de verdad, y aunque tuvieran el tiempo para leer tantos libros, nada cambiaría porque los jóvenes están para cambiar cosas. Lo que sea y como sea y el que no quiera va contra ellos y las cosas son blancas y negras. Y es que los jóvenes están para equivocarse. Y los viejos ¿pará que están? ¿Para quejarse de que todo su sufrimiento ha sido en vano viendo los frutos?

Pues no lo sé. Y todos los días la misma pregunta, en el mismo banquito y con el mismo sol reconfortante. Y así hasta que me muera, digo yo, que no quedará mucho. A ver dónde anda el gachón del Paco. Como estoy tardando tanto igual ni se acuerda de mí. Y si me está viendo me diría y que haces tú pensando todas estas cosas mujer si a ti esto ni te va ni te viene. Y tienes razón Paco y no sé si tengo razón o no o si se puede llegar a tener razón en algo, pero mañana volveré a pensarlo porque el cuerpo lo tengo tieso pero la mente mejor que nunca y prefiero ver estas películas en mi cabeza al solecito que ver la crispación que venden hoy en la telelevión, con lo bien que se estaba con dos canales y todos con las mismas cosas en común.

Por ahí viene mi hija de vuelta con los niños como si fueran dos bolsas del mercado colgándole de las manos ¿En que no saben andar? Dos hostias... Se me ha pasado rápido aunque tengo el culo como una tabla de ferralla. Mírale la cara de agobio, es que no quiere ni verme. Normal. Y, mientras me levanta del banquito, me dirá algo así como "Vamos mamá que eres lo que me faltaba hoy", pero yo no le doy importancia, primero porque se cree que no me entero y sé que lo dice sin ánimo de herirme y segundo porque es mi hija y la querré incondicionalmente haga lo que haga y diga lo que diga y lo demás no importa.