Miraba el mantel cada vez que podía. Le costaba levantar la
vista. El mantel, la servilleta, el suelo, cualquier punto era mejor que ver a
la cita que se acababa de sentar enfrente suyo. Dudaba que la silla fuera a
soportar su peso pero lo hizo, no sin antes emitir un incómodo crujido. “Hola”,
“Hola”. Estos dos saludos y sus fugaces sonrisas fueron lo único que se cruzó
entre ellos en al menos unos interminables 40 segundos.
Percibió por el rabillo del ojo como un regordete brazo izquierdo
se dirigió hacia la servilleta. Los pliegues de la muñeca y el codo eran tan
perfectos que parecía que llevaran costuras. Y cada uno de los deditos era como
una pequeña tira de tres longanizas atadas a conciencia. “¿Y a qué te ded…”
empezó a decir ella pero el camarero apareció amablemente con una sonrisa enrome
y con una bandeja de pan. ¡PAN!. Con el hambre que tenía. Comenzaron a sudarle
las manos y el ya conocido escalofrío le recorrió la espalda. Aguanta, recuerda
la terapia. Qué bien olía. Quería comerse la bandeja entera pero seguro que la
gorda se la iba a quitar. No lo
permitiría. Aguanta que te lo estás imaginando. Encima había tres tipos, uno
como de pueblo, uno de aceite y otro de centeno. Extendió una mano veloz a por
el de pueblo. Ah! Quema, por gocho. Sonrió tontamente pero no miró a la gorda
que de momento no había movido ficha. Estás haciendo el ridículo, aguanta.
Entonces un brazo de camisa blanca y chaqueta negra posó con suavidad un bol
con mantequilla y queso de untar con un solo cuchillo. El olfato le traicionó.
Cogió el cuchillo con avidez y uno de los trozos de pan calientes, daba igual
quemarse, partió un generoso trozo de mantequilla y lo esparció ligeramente
sobre el pan sin esperar a cubrir toda la superficie. Cerró los ojos y mordió.
Mordió y degustó y paladeó y saboreó. “Tranquilo que no te lo voy a quitar” oyó
que decía su oronda cita. Sintió vergüenza, la camufló de rabia y miró al
frente por fin.
No podía creer lo que vio. La cara de la gorda era una
hogaza enorme y cada rasgo dentro de ella, los ojos, la nariz, los labios, eran
pedazos de diferentes panes. “¿Tengo monos en la cara?” Dijo arqueando los
colines de las cejas. Se fijó en el resto del cuerpo y también estaba hecho de
pan. Los pechos que sobresalían del exagerado y hortera escote del vestido eran
dos panes gallegos enormes que terminaban en panes de leche a modo de pezón. La
sorpresa debió de reflejarse en su cara porque la gorda se subió el vestido y
dijo “Qué descarado”. Tanto el vestido como las longanizas también estaban hechos
de pan. La mesa, las servilletas, las paredes del restaurante, el camarero,
todo era pan. ¡Y qué bien olían!
Se levantó asustado sin decir una palabra. La rapidez estuvo
a punto de hacerle caer pero se sujetó al respaldo de la silla que se rompió
con un crujido delicioso. El trozo de respaldo que se había quedado en su mano
humeaba y mostraba el interior migoso de una baguette recién hecha. No pudo
resistirlo y se llevó la silla a la boca. Hummm. Delicioso. Una voz masculina “¿Pero
qué hace usted?” En ese momento echó a correr. Oyó un lejano “¿Es que no te
gusto?”.
Empujó con fuerza la puerta del restaurante que chocó contra
la pared de la calle pero en lugar de un estruendo se oyó un crujido acompañado
de un aroma embriagador. Hummm. Pan. Cogió un pedazo de puerta del suelo y se
lo comió casi sin masticar. “Deténgase”. Corrió lo más rápido que pudo hacia su
casa que estaba a dos manzanas. Toda la calle estaba hecha de pan. Cada uno de
sus pasos crujía en el bollo de la acera. Las farolas, las papeleras, incluso
la basura olían bien. Finalmente llegó a casa con la boca llena, masticando con
voracidad y tragando como un pavo después de mordisquear por aquí y por allá
todo el mobiliario urbano. Introdujo la llave en la cerradura después de
comerse las del coche y al girar…
Se despertó sudando. Maldita adicción. No había tenido un
sueño así desde que empezara la terapia. Menudo síndrome de abstinencia. ¿Pero
no lo había pasado ya? Hay cosas que nunca se olvidan. Bebió agua y se dirigió
a la cocina. Revisó la panera. Vacía. La bolsa del pan tras la puerta. Vacía. Puso
la mano en el pomo de la puerta de la alacena, respiró profundamente, y abrió.
Ni rastro de pan ni nada que se le parezca. Se tranquilizó. Sólo un mal sueño. Al cerrar
la alacena se fijó.
Su mano. Cada falange era un pequeño colín y los dedos un
grupo de tres perfectamente articulado. Siguió mirando. El ante brazo media
pistola, el brazo una chapata. Y su cuerpo un enorme pan de pueblo. Las piernas
dos focaccias en los muslos y por pantorrillas dos brioches. Los molletes y el
flautín también andaban por allí. Sintió un pánico extremo pero sin saber porque
se fue diluyendo. Se tocó, se crujió, se olió, y finalmente se mordió. Empezó
por el brazo izquierdo. Los colines, la pistola, la chapata y después con el
otro brazo se fue pellizcando el pan de pueblo. Se sentó en el suelo de la
cocina con atención puesta en el festín, en el atracón de pan que se estaba
dando. Estaba todo tan rico y calentito. Mordisquear los colines poco a poco
pero de forma veloz. Notar la miga esponjosa en el cielo del paladar mientras
la saliva la reblandece. El sonido crujiente de la corteza recorriendo toda la
mandíbula. Hasta le cogió el gusto a comerse los molletes y luego el flautín.
Cuando se quiso dar cuenta tenía el brazo operativo metido en la boca. El
cuerpo ya había sido devorado.
Al terminar con el brazo sólo le restaba la cabeza. Comenzó
a mordisquear los jugosos labios de pan de leche pero llegó un momento que no
pudo llevarse nada más a la boca. Se quedó quieto, sin poder moverse, consumido
por sí mismo. Una cabeza inmóvil en medio de la cocina.
La puerta se abrió. “¿Hay alguien?” El portero había informado
de que hacía muchos días que no le veía. El casero dio el aviso de que no había
recibido el alquiler de los últimos dos meses. Tenía a los dos subidos a la
chepa expectantes. Ningún vecino había informado al agente de mal olor ni nada
por el estilo. Más bien todo lo contrario. La verdad es que la vivienda olía
bien. “¿Hola?” Se adentró poco a poco flanqueado por el casero y el portero. “Parece
que no hay nadie”. Se relajaron y
revisaron el piso. El portero llamó su atención. “Mirad” miraban dentro de la
cocina. “¿Alguien tiene hambre?” El casero y el agente lo miraron con cara de
desaprobación. “Pero si está en el suelo”. “Ya” replicó el portero doblando el
espinazo para recogerlo. “Pero mira lo bien que huele”.
ay ay ...esa adicción nuestra
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