Me he tirado al suelo para estirar mientras espero a mi familia en Banco de España. Vendrán con las pancartas en ristre. Yo sigo a lo mío. Doy buena cuenta de la exigua bolsa del Alcampo que nos han dado al llegar, un croissant industrial, una barrita de cereales con chocolate y una botellita de agua de las pequeñas. Algo pobre para un Maratón, pero bueno. Trato de estirar. Si estiro el tibial se me sube el gemelo y si estiro el gemelo se me sube el tibial. Me tiro así un rato, al estilo chiquito, hasta que los tibiales empiezan a responder y ya puedo estirar más tranquilamente todo el cuerpo.
Hace apenas 10 minutos estaba entrando dándolo todo en meta a un ritmo de 5:00 minutos el kilómetro con las gafas llenas de lágrimas, los brazos en alto, los gemelos en la nuca y una camiseta que decía “Encar, ¿Quieres Casarte Conmigo?”
Un minuto antes mis amigos de Chile Yordanka, Jesús y Carmen aparecían por sorpresa y gritaban mi nombre desde las vallas de llegada a meta. Esos gritos fueron el último punch de gasolina que mis piernas necesitaban para correr solas, mi cabeza para olvidarse de como voy a acabar y mi alma de llenarse por completo. No puedo ser más feliz.
Un kilómetro antes dos amigos aparecen en escena Rosario y Moncho. No los esperaba. Me dicen que no queda nada, que me visualice entrando en meta. Se ponen a correr a mi lado, “te acompañamos hasta donde podamos” me dicen. Verlos correr me da fuerza, aunque me quedan muy pocas. Sólo pienso en llegar a mi objetivo: Encar y mi familia. Esperan trescientos metros más arriba, donde habíamos quedado, enfrente del Thyssen. Antes de girar la curva ya veo una pancarta con la bandera de España en la que se lee un enorme TOÑO. Mis ojos siguen el palo mientras mis piernas agonizan a cada paso. Es mi madre. Doblo la esquina todos gritan. Quiero ir hacia ellos, pero me ciño al plan. Me doy la vuelta. Todos se callan. Me quito la camiseta del Coaching. El público del otro lado lee el mensaje aplauden, silban y chillan. Me doy la vuelta y se la enseño. “Encar ¿Quieres casarte conmigo?” Todos gritan eufóricos. Yo avanzo hacia Encarni llorando oculto tras las gafas. Dos te quiero escapan de los sollozos y nos fundimos en un abrazo eterno de 30 segundos. Todo ha salido bien. Todos, mis padres, hermanas y sobrinos nos jalean exultantes. Flipan. No puedo ser más feliz.
Unos kilómetros antes saliendo de la casa de campo tengo que parar por primera vez. Manu, Dani y Towi se me vienen a la mente. “Es usted una Alcaparradora”, “Ñetito, tú puedes con todo”,“Hasta la mierda baja”, frases como balón de oxígeno aunque estoy muy cansado. Los ánimos de Encar en lago han cumplido su función unos kilómetros, pero estoy vacío. Puede que fuera capaz de seguir, pero tengo que asegurarme llegar entero al museo. No será la única parada. Los calambres quieren asomarse y ya están avisando. El Reflex de la organización es como agua, los geles nunca me han ayudado, y los plátanos llegan tarde. Perdido el objetivo de tiempo sólo pienso en la sorpresa. No puedo fracasar con la sorpresa. Aprovecho una parada de autobús para coger la segunda camiseta enrollada en el portadorsales (ha aguantado) y me la ponga debajo de la del Coaching. Pierdo la braga del Trirosas en algún sitio y me acuerdo de mis compis de Máster. También están ahí conmigo. Pienso en mi meta. Pienso en Encarni. Retomo la carrera. Sufro, pero soy feliz.
Una hora antes ya llevo la mitad del maratón. Ni me he enterado. Voy fresco y manteniendo el ritmo según la planificación. También he cumplido con el plan de hidratación. Me preparo para bajar Preciados. Que bonito. El carril estrecho y la gente muy encima animando. Me recuerda a las etapas del tour donde el público se vuelca con los ciclistas como Contador, pero esta vez somos corredores y esta vez no es Contador, soy yo. Una mujer personaliza su apoyo, “¡Vamos Antonio!” Y me mira con los puños cerrados. Le doy las gracias. Soy feliz.
Kilómetro 17. Toca disfrutar. Ya nos hemos separado del resto de corredores de la media maratón. Se puede respirar y correr tranquilo con espacio. Voy a tope de moral después de ver a Encar en Serrano. Ha corrido conmigo unos cien metros apoyándome, con la cara llena de emoción por mí. Como la quiero. Ahora estará camino de Lago. Me centro en la pisada, la respiración y mis sensaciones. Todo en orden. Charlo con alguno de mis compañeros. Es una prueba individual, pero de alguna manera todos estamos juntos en estos.
Antes en la salida. Esto ya se mueve. Últimos besos lanzados desde la distancia de las dos vallas de la organización que nos separan. “¡Mucha suerte!, ¡Tranquilo!, ¡Has entrenado bien!” Muchas gracias mi amor. Ojalá llegue hasta el final. La que te espera. No se ha percatado de la segunda camiseta en el portadorsales. Ocultarla primero con la sudadera y luego evitando que me mire la espalda ha surtido efecto. El plan sigue su curso. Respiro profundamente y cruzo la línea de salida pulsando el botón de inicio en mi reloj. Me encanta la sensación de soledad al empezar una carrera y se me viene a la mente la frase de mi amigo Luisen, finisher de un Ironman: “Ahora es cuando”. Allá voy Luisen.
La noche de antes. Sólo espero que el tracking vaya bien y que estén todos juntos en el 41,5 delante del Thyssen. Espero que haya espacio suficiente para quitarme la camiseta y que la vean bien. Nada puede fallar salvo que no sea capaz de acabar. Eso no va a pasar. Repaso el recorrido una y otra vez y o veo dónde puedo desfallecer. Tan sólo el famoso muro y esos 12KM desde el 30 al 42 que serán novedad para mi cuerpo me pueden pasar factura. Me cuesta creer que podrán conmigo. Estoy muy confiado, sin embargo, no puedo dormir. Espero que el apaño de la camiseta enrollada en el portadorsales funcione y no sé de cuenta. Además, no puedo llevarla puesta por el calor así que tendrá que aguantar ahí sujeta por lo menos hasta la última vez que la vea en Lago, KM 29. Si no tendré que improvisar. Me acuerdo de Manu, de Dani y de Towi, los tres querían correr conmigo los últimos 10 kilómetros para apoyarme. Hubiera sido buena idea dejarles a ellos la camiseta, pero no. Este plan es sólo mío, nadie podía estar al tanto, y el reto de acabar también.
Seis meses antes lo decido. Es hora de avanzar. Lo nuestro es demasiado bueno para no cuidarlo y hacer que crezca. El Maratón puede ser un buen momento. Imagino llegar a meta con los brazos en alto, con una camiseta con un mensaje tipo ¿Quieres casarte con este maratoniano? O algo así. Veo a toda mi familia y a ella en la línea de meta, como en las películas, abrazándome a mi llegada. Claro que todo esto será imposible porque en la meta no dejan entrar a nadie. Tendrá que ser antes. En algún punto del recorrido. No será tan épico, pero servirá.
Cada día que he salido a correr desde entonces, desde las series más tranquilas, hasta las tiradas largas más duras por las cuestas de la Dehesa de la Villa, con lluvia y viento en contra, pasando por las jornadas de spinning, abdominales y cinta, no he dejado de imaginar el momento de llegar al museo. Las caras de sorpresa al principio y de alegría al final. Los gritos de júbilo y las lágrimas de entusiasmo y alivio. Revivir ese momento una y otra vez ha sido mi gasolina, mi motivación. Todos estos meses he sido feliz.
Por nosotros Encar.




Eres muy grande querido y me encantan los finales de tus bloques.... soy feliz, enhorabuena a los dos, sois una pareja única, allí estaré ❤️
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