̶ Póngale algo relacionado con la pintura. Es pintor ¿sabe usted?
̶ ¿Pero cuántos años tiene?
̶ Seis.
̶ Vaya. Es muy pequeño.
̶ Pero no se hace usted a la idea de cómo pinta. No sabemos dónde ha aprendido. Póngale algo bonito. Hablar no habla mucho pero no se despega de su libro y lo hojea siempre que puede. Desde que se lo regalamos ha vuelto a pintar, muchísimo, sin parar.
̶ ¿Es que lo había dejado?
̶ Sí. Y cuando no pinta grita, grita sin parar, y sufre. Cómo el otro día en el mercado.
̶ ¿Ya lo ha leído con seis años? Vaya. Impresionante.
Estaba disfrutando de aquella firma de libros como nunca en mi vida. Era mi primer ensayo, había puesto mi corazón y mi experiencia vital al servicio de los demás, con la intención más pura de resultar útil, de dibujar un mapa de mis problemas para que los incautos que cometieran mis mismos errores supieran dónde estaban las trampas. Pero la historia de ese niño me había descolocado.
No sabía si aquella mujer de pinta extraña, como salida de una cabaña de un cuento, con su atuendo pueblerino y el pelo como si hubiera metido los dedos en un enchufe, me estaba engañando o no. Si hubiera llevado un gato bajo el brazo tendría claro que estaba mal de la cabeza, pero la intensidad de su mirada denotaba la energía de la autenticidad. Cojo la pluma y escribo:
“Espero que encuentres en estas líneas algo que te resulte realmente inspirador para que puedas plasmarlo en la mejor de tus obras.”
̶ Ojalá le guste, aunque ya lo haya leído.
Le digo con una sonrisa.
̶ Gracias. Muchas gracias señor Gabriel. Le encantará.
La observo salir corriendo con el libro apretado contra el pecho.
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El pequeño círculo de café que se había formado en el fondo de la taza está ya seco. La persiana sólo deja pasar pequeños haces de luz nocturna. La temperatura ha bajado y un escalofrío me devuelve a la realidad después de tantas horas mirando aquel fondo cerámico. Mi mente vuelve a recibir señales del exterior y me trae de vuelta. No quiero volver.
Quiero perderme en el pasado, cuando las cosas iban bien. Cuando al menos no se me pasaba por la cabeza el preguntarme, continuamente, si mi vida tenía algún sentido. Vivía sin más. De experiencia en experiencia. De problema en problema. De amante en amante. Pero este vacío actual es insoportable.
Me cuesta respirar.
Es el momento. Tomo una larga bocanada de aire, agarro la botella de Vodka por el cuello, apuro el último trago y recorro en una eternidad el camino hasta la ventana. Tiro de la persiana, subo un pie al alfeizar mientras con el otro tomo impulso. Como un arco al tensarse. Empiezo a temblar.
̶ ¡¡Gabriel!!
Mierda. ¿Quién era ahora?
̶ ¡Gabriel! Voy a tirar la puerta abajo si no me abres.
Me he visualizado saltando por esa ventana cientos de veces, pero nunca con testigos. El alcohol y las pastillas no entumecen mi cuerpo y mi mente lo suficiente como para que todo de igual, y en ese momento es capital que absolutamente todo de igual porque la más mínima duda te permite bajar a abrir la puerta.
̶ ¿Qué quieres? ¿Quién eres?
̶ Joder estás borracho. Estaba preocupado por cómo te despediste ayer, pero si llego a saber que te ibas a pillar esta cogorza… te podría haber acompañado, bribón.
Es Lucas. Aunque no veo bien su cara ese tono socarrón y ese “bribón” son inconfundibles.
̶ Déjame en paz. Vete a casa.
Y Lucas no dice nada. Se produce un silencio de esos que atronan. Puedo sentir su análisis al mirarme. Su juicio. No sé si lo hace aposta o no, pero sin pretenderlo me pongo a llorar.
̶ Lucas.
Le digo rodeando pesadamente sus hombros y golpeando su espalda con la botella. Él calla.
̶ He fracasado, nada de lo que he hecho en mi vida ha ayudado nunca a nadie. Mis padres, María, las chicas. He arruinado todo lo que he tocado. Mi mayor valor ¿entiendes? Lo que siempre me ha movido, la inspiración, la cosa más bella, arrastrada por el barro, destrozada en una mezcla de lodo y sangre, suplicándome que ponga fin a toda esta mierda. Y yo la miro Lucas, miro esa masa informe y me doy asco. Y le voy a poner fin. Le iba a poner fin cuando me has interrumpido, joder.
̶ Venga, venga, no digas chorradas Gabriel. Lo que necesitas es despejarte un poco. Déjame que te enseñe algo y luego ya puedes hacer lo que quieras con tus barros y tus masas y tus mierdas.
De alguna manera acabo sentado en el sofá del salón con un vaso de algo rojo en la mano.
̶ ¿Bueno qué opinas? Es una nueva estrella de la pintura, un chaval de veintisiete años desconocido hasta la fecha.
¿De qué está hablando? Señala la mesa con el dedo. Mi mirada se posa lentamente en una mancha de colores que parece estar sobre un libro y como un caza que apunta a un blanco en movimiento, mis ojos comienzan a enfocar lentamente aquella mancha. Es una preciosidad, un cuadro absolutamente impresionante.
̶ Pensé que te gustaría ponerlo en el salón. Es el tipo de rollo que te mola.
Tomo el libro con las dos manos y paso las páginas con voracidad. Ante mí pasan obras sublimes, sensibles y detalladas, pero a la vez llenas de fuerza y sentimiento. De pronto me detengo en una. Es una imagen de una mujer saltando por el camino de una alameda, cubierta con un velo transparente mecido por el viento, y una postura extremadamente sensual y deliciosamente inocente. Sonríe con una de esas sonrisas que irradian felicidad total, rodeada de naturaleza, de pájaros danzarines, pero también de zorros escondidos en los matorrales. Es una obra hipnótica que embaucaba el corazón por unos instantes.
̶ ¿Gabriel? ¿Estás bien?
Sin poder decir palabra leo el título.
Una lágrima escapa de la cadena perpetua de mi amargura:
“La Dedicatoria”.
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