lunes, 30 de marzo de 2020

El Andén


Abrió los ojos por primera vez en su vida. Se miró con vivacidad los brazos, el cuerpo y las piernas. Se tocó una mano con la otra, recorrió sus brazos con los dedos y finalmente se palpó la cara. Era una especie de saco de patatas regordete desde la cintura hasta el cuello y su cabeza otro saco de patatas, más pequeño, con dos ojos que al tacto parecían botones y una ranura en la rugosa tela que hacía de boca. Sus extremidades no eran más que un cuarteto de rayas negras, como de regaliz, que se movían grácilmente al andar, lo que estaba haciendo en ese momento sin querer. A través de las costuras de su cuerpo se filtraba una luz muy brillante y hermosa, pura, que se movía con el vaivén de sus pasos. Sentía que su cuerpo, el saco, estaba lleno de bolas y eran estas las que emitían la luz al chocar unas con otras. Trató de mover la cintura de un lado a otro y acelerar el paso para comprobar como funcionaban aquellas bolas que formaban su interior, pero, de pronto, una mano firme y suave le cogió de la suya.

—Buenos días Sueño —dijo sonriendo el propietario de la mano —. Soy Esperanza y voy a acompañarte en este viaje – hizo una breve pausa —¿Desconcertado? 

—Un poco – articuló Sueño con voz temblorosa tocándose el agujero de su cara dónde esperaba encontrar unos labios que no estaban. 

—Es normal, no todo el mundo nace de repente y se pone a andar ¿verdad? —La sonrisa de Esperanza seguía ahí, intacta. 

—¿Qué son esas bolas brillantes que noto en mi interior? ¿Qué es este lugar? ¿Quién eres tú? ¿Adónde vamos? 

—Ey, ey, ey, para un poco. Lo irás descubriendo. Lo importante ahora es: ¿Cómo te sientes? 

—Me siento extraño, pero, en realidad, me siento muy bien, con fuerzas para conseguir cualquier cosa —Su voz había dejado de temblar. El tono le sorprendió, era agudo, infantil y lleno de vida. Volvió a tocarse los inexistentes labios como si no creyera que pudiera articular palabra y se dio cuenta que no tenía ni un solo diente, por no tener no tenía ni paladar. 

—Como te metas la mano más adentro que te vas a atragantar, Sueño – rio aquella desconocida que parecía conocerle de toda la vida. Luego añadió —: ¿Ves aquella puerta al frente? Ahí es dónde nos dirigimos. 

El cuerpo de Esperanza era alto, delgado, completamente blanco y extremadamente grácil. Sus pasos eran lentos pero su zancada enorme y a Sueño le costaba seguirla con sus piernecitas de regaliz. Menos mal que le sujetaba con fuerza la mano y cuando estaba a punto de perder el paso, un ligero tirón le volvía a poner en marcha. 

El desconcierto de Sueño iba en aumento, pero a ese ritmo no podía preguntar nada. Después de unos metros se tranquilizó y entonces pudo mirar a su alrededor. Un montón de Esperanzas muy parecidas a la suya llevaban de la mano a un montón de sacos de patatas parecidos a él. Todos brillaban dibujando un bonito espectáculo estelar, pero en vez de en el cielo en un enorme desierto de grandes dunas azotadas por el viento. Había infinidad de puertas a la que se dirigían todos aquellos seres y eso le recordó que él también debía entrar por una de ellas. Al mirar al frente comprobó que esa puerta enorme ya se estaba abriendo. Un cartel encima del dintel rezaba con letras barrocas “El Andén”. 

—¿Preparado? Vamos. —Le dijo Esperanza mientras cruzaban la puerta. 

Los botones de sueño estuvieron a punto de salirse de su costura al descubrir lo que había al otro lado. No sabía dónde mirar ni por dónde empezar. La boca se le abrió tanto que creía que iba a rasgarla. Una estación de tren gigantesca se erigía ante él con una infinidad de trenes tan largos que no se podía ver el final y que salían constantemente. Legaban a toda velocidad, frenaban en seco, recogían a todos lo que había en el andén esperando y volvía a salir a toda velocidad para que un segundo después hubiera ya otro tren esperando. 

Esperanza los detuvo en un mostrador mientras hablaba por un interfono con alguien. Sueño seguía boquiabierto observando aquel jaleo. Miles de sacos de patatas viajeros se movían por la estación dirigiéndose a algún andén, haciendo filas que no se sabía dónde terminaban o simplemente se sentaban en los numerosos bancos de espera. 

—Bueno, pequeño, a partir de aquí estás sólo. Puedes hacerme una pregunta. 

—¿Sólo una? 

—Sólo una —Dijo Esperanza con expresión complaciente. 

Sueño miró al alboroto de la estación, volvió a mirar a Esperanza y le preguntó: 

—¿Qué son las bolas que noto en mi interior? 

—Esas bolas representan la felicidad que puedes llegar a dar. Cuanto mayor sea, más brillarán y más activo te sentirás. 

—Y cómo hago para manten… 

—¡Chsss!, solo una pregunta ¿recuerdas? Ahora tengo que irme. Adiós pequeño Sueño. Mucha suerte —Le soltó la mano, le dedicó una última sonrisa, se dio la vuelta y se fue con el resto de Esperanzas por un pequeño y oscuro callejón. 

—¿Y cómo voy a saber que tren tengo que coger? 

Se sentía solo y muy perdido, pero lleno de energía así que se puso en marcha. Decidió dar una vuelta por la estación y preguntar a otros sacos de patatas como él. 

Había sacos de todos los tamaños desde inmensamente grandes a diminutos, mucho más pequeños que él, y de todas las edades. Empezó a recorrer los bancos más alejados del andén y observó a cada ocupante. Se dio cuenta de que el brillo variaba sin razón en los sacos más grandes, incluso en los medianos, pero prácticamente todos los pequeños eran muy brillantes. Se encontró con alguno completamente apagado, con la cara triste y la tela del saco ajada y flojucha, no como la suya, tersa y regordeta. 

—¡Cuidado! 

De tanto observar había dejado de mirar por dónde iba y había estado a punto de pisar a un diminuto saco super brillante que llevaba un bastón y un sombrero y le miraba amenazante con una espesas y acusadoras cejas blancas a juego con un bigote tan fruncido como su ceño. 

—Mira por dónde vas muchacho. Somos demasiado importantes como para acabar pisoteados los unos por los otros. Para eso ya están los animales de “El Ring”. 

Y señaló con el bastón hacia una muchedumbre enfervorizada que estaba a unos metros de allí. 

—Perdón señor. No era mi intención. Soy nuevo aquí y estaba tratando de familiarizarme con el entorno. 

—Ya veo, ya. 

—Tengo un montón de preguntas y nadie… 

—Preguntas, ¡JA!, eres un Sueño muchacho, no debes hacerte preguntas. Solo preocúpate de no llegar tarde a tus instintos. 

—¿Mis… instintos…? 

—Apuesto a que al despertar ya estabas andando sin saber por qué, ¿Me equivoco? Claro que no me equivoco, muchacho, eso es un instinto. Tendrás unos cuantos mientras estés aquí, así que estate atento y no llegues tarde. Esas bolas te lo agradecerán —señaló el cuerpo de Sueño con el bastón —. Sobre todo, si oyes “La Llamada”. —Y al pronunciar esas dos palabras, alzó las manos al cielo como si de un slogan de Hollywood se tratase. Soltó una carcajada, que se hizo tan increíblemente lenta como larga, para luego volver a fruncir el ceño —Eso me recuerda que tengo que irme. No vuelvas a cruzarte en mi camino. —Apartó la pierna de Sueño de un bastonazo y salió disparado hacia algún lugar. 

—¡Auch! Pero señor… ¿Qué es eso de …la llamada? Gracias… supongo. 

El viejo llevaba una paloma tatuada a la espalda, como un motero, lo que le llamó la atención. Miró a su alrededor y todos los sacos llevaban algún símbolo marcado. Una pipa, un coche, una balanza, una ola de mar. ¿Sería la marca de las patatas del saco? Se preguntó, ¿al igual que marcan a las reses en el trasero? No tenía ningún sentido. 

Trató de girar el cuello para ver su símbolo. Primero para la derecha, luego para la izquierda. No había manera. Dos sueños que viajaban en moto pasaron muy cerca suyo y casi le hicieron caer. Le gritaron burlones: 

—Cabeza hueca. Las marcas propias no pueden verse. Deja de dar vueltas que pareces bobo. 

Ambos llevaban una corona marcada en la espalda. Les siguió con su mirada enarcando las cejas y les perdió la pista al meterse en la multitud que el viejo había denominado como “El Ring”. Se acercó a la algarabía. Era demasiado bajito para ver nada, así que se fue abriendo paso a duras penas entre el gentío de sacos, sin saber muy bien adonde se dirigía. Había demasiada gente, sus piernas empezaron a perder contacto con el suelo y entre empujones, como si una enorme ola le llevase, acabó con la cara apretada contra una especie de cuerda gorda de plástico. Se agarró a esa cuerda para estabilizarse y cuando miró hacia arriba unas gotas brillantes le cayeron en la cara al mismo tiempo que el lugar explotaba en vítores. 

Había acabado en la primera fila justo debajo de los dos contendientes. Miró hacia arriba. Allí dos sueños enormes se golpeaban sin piedad. A cada golpe que propinaban todas las bolas de su interior se iluminaban intensamente para, un segundo después, perder intensidad de nuevo. Ambos combatientes se movían con rapidez, tratando de acorralar al rival en las cuerdas propinando lluvias de golpes sobre el contrario. Ambos llevaban una enorme marca de ceño fruncido a la espalda, una con barba y otra con bigote. Parecía que el de la marca del ceño fruncido con bigote iba perdiendo y Sueño descubrió que por cada golpe que recibía, su adversario ganaba en intensidad y él la perdía. Como si con cada puñetazo le robara la energía. En una esquina de “El Ring” un montón de sueño hacían cola, todos con algo fruncido a la espalda. 

Se estaba agobiando y le resultaba muy violento ver dos sueños destrozarse a golpes, así que decidió volver por dónde había venido. Cogió otra de esas olas, esta vez en sentido contrario, y en pocos minutos estaba fuera del alboroto. 

Se paró un momento, puso los brazos en jarra y respiró profundamente. Mientras observaba los andenes abarrotados y los trenes que iban y venían, notó una punzada en el estómago. A través de la tela del saco podía ver algunas bolas titilar y apagarse. Tuvo la urgencia de ponerse en marcha, pero no sabía hacia qué o hacia dónde. Entonces sus piernas de regaliz le hicieron dar un giro de doscientos setenta grados enredándose entre ellas y haciéndole trastabillar. Mantuvo el equilibrio y su cuerpo salió disparado a la carrera sin poder controlarlo. 

Pronto se le unieron otros sacos que corrían hacia él y al llegar a su altura giraban para orientarse en su misma dirección. Un puesto callejero se les iba acercando poco a poco. Iba a chocar contra él. No podía parar. Sus piernecillas no reaccionaban a sus deseos. Iban a colisionar. Antes de ponerse las manos en los ojos cruzó su mirada con la del tendero de gesto impasible, cómo si no le importara que aquella maratón improvisada se llevara su chiringuito por delante. 

Todos frenaron en seco a la vez en perfecta sincronización. 

—¡Buah! Vaya viajecito. No me acostumbro a esto de los instintos y eso que llevo aquí tres meses ya. Un poco de muslo por favor. 

El que hablaba era un saco ajado, no muy grande y casi sin brillo, aunque de aspecto jovial y risueño. A la espalda, una baraja de cartas tatuada. El tendero gruñó. Sacó algo de debajo del mostrador, lo puso encima de la mesa, afiló el cuchillo con maestría y dio un par de tajos rápidos y precisos. Luego le entregó un paquetito blanco que fue devorado ávidamente. Las bolas de su cuerpo, poco a poco, a cada bocado, empezaban a brillar de nuevo. 

—Date prisa, si se acaba tendrás que esperar al siguiente instinto. 

La voz salía de debajo del mostrador. Sueño se agachó un poco para ver mejor y allí estaba tumbada, detrás de una vitrina de cristal, una Esperanza. No era la que le había traído a la estación, pero era casi igual. Le faltaba la pierna derecha. El tendero iba cortando partes de su cuerpo a cada pedido. Parecía que a ella no le dolía. El cuchillo entraba suave en su carne y hacía un corte limpio, como si cortara una nube. 

—Parece que eres nuevo muchacho —. La expresión del tendero se había relajado y lo miraba con cierta candidez. Le ofrecía un paquetito blanco mientras desatendía al resto de peticionarios que empezaban a subir la voz —Cógelo, date prisa. La próxima vez me lo tendrás que pedir tú —dijo endureciendo el rostro de nuevo. 

Sueño cogió el paquete y le dio un último vistazo a la Esperanza de la vitrina. Solo le quedaba la cabeza y parte del hombre derecho, pero mantenía su sonrisa impertérrita. 

Se alejó a paso lento del puesto mientras abría el paquete y daba unos primeros bocados dubitativos. Aquello estaba buenísimo y notaba como las bolas de su interior volvían a brillar con fuerza y volvía a tener ganas de hacer cualquier cosa. 

Buscó un lugar tranquilo donde disfrutar de aquella sensación y encontró unas escaleras vacías. Se sentó. Le quedaba el último bocado. Cerró los ojos para disfrutarlo al máximo y escuchó un sollozo. Provenía del hueco de la escalera. 

Se asomó y vio un saco enorme, de los más grandes que había visto. Era completamente negro. No había en él ni una pizca de luz. Estaba de espaldas y Sueño pudo ver su marca: El Hombre de Vitruvio. Estaba sentado con la cabeza entre las piernas, llorando desconsoladamente. 

—Hola —dijo Sueño. 

—Déjame en paz – replicó el enorme saco con voz grave y girándose un poco hacia la escalera. 

—¿Quieres un poco? – Sueño extendió lo que iba a ser su último bocado hacia el saco. Éste le miró con desconfianza. 

—No he tenido un instinto de brillo desde hace mucho. Y aunque lo tuviera no podría tomarme el sustento de otro sueño. Si lo tocara se desintegraría en mis manos antes de poder llevármelo a la boca. Cómetelo tú. No lo desperdicies conmigo. 

—Vaya —Sueño hizo una pausa antes de preguntar —¿Puedo hacer algo por ti? Te veo tan triste. 

—Soy una causa perdida. Yo calculo que en menos de un mes acabaré en “El Olvido”. Es lo que hacemos los sueños, o acabamos subidos a uno de esos trenes o acabamos olvidados, esperando a ser recordados. 

—Pero he visto a muchos sacos oscuros subir a los trenes… no te desesperes. 

—No tiene nada que ver la falta de brillo con ser olvidado, aunque a veces van de la mano. Muchos sueños vacíos de felicidad se suben diariamente al tren —comenzó a sacar su enorme cuerpo del hueco de la escalera —. De hecho, son mayoría. Se le llama Los Farsantes porque son sueños NO sueño —se incorporó y miró a Sueño desde las alturas —. Gracias por la conversación pequeño. Siempre ayuda que alguien te preste atención. Espero que cojas el tren pronto y que lo hagas con esa cantidad de luz que llevas dentro. Eres un buen sueño —se dio la vuelta y comenzó a andar pesadamente. 

—Adiós. Buena suerte. —Gritó Sueño con la mano levantada. 

El gigante se giró y con una sonrisa vaga le dijo: «No llegues tarde a tus instintos» 

Se llevó a la boca su último bocado de Esperanza observando al gigante perderse entre las galerías de la estación. Quería sentir pena por él, pero no podía. Sencillamente no notaba ninguna emoción salvo la de sentirse vivo. Su cuerpo brillaba con intensidad por dentro así que se dirigió al andén más cercano. Pero no lo percibía como uno de esos instintos, se dirigía al andén voluntariamente. Por curiosidad. 

El andén estaba abarrotado de sacos, de todos los tamaños y brillos, jóvenes y viejos, golpeados y con buen aspecto, cada uno con su marca a la espalda: un cerdito de peluche, una avioneta, una casa de madera, una nube, una bici, un diploma, un anillo. Abundaban los fajos de billetes que llevaban, sobre todo, los farsantes. Pero sobre todo había corazones, de distintas formas, tamaños y colores, algunos con algo escrito ininteligible dentro. 

Según recorría el andén pudo ver una línea roja a un par de metro de la vía. No había nadie después de esa línea roja así que se acercó a ella. ¿Podría cruzarla? Alargó su delgado dedo gordo del pie para tocar el otro lado de la línea, pero se detuvo al oír que una sirena ensordecedora hacía enmudecer a todos los que estaban en el andén para, un segundo después, salir disparados a coger el tren que ya se atisbaba en la distancia. 

El larguísimo gusano metálico llegó en menos de dos segundos y la marabunta de gente se precipitó sobre las puertas. Sueño era empujado para todos lados, pero no podía atravesar la línea roja. Una pared invisible se lo impedía por lo que estuvo a punto de morir aplastado con tanto empujón. 

Hasta que diez segundos después sólo quedaba él en el andén. Estaba detrás de la línea sentado en el suelo exhausto por el magreo recibido. Se incorporó, se sacudió el polvo del cuerpo con unas cuantas palmadas aquí y allá y puso los brazos en jarra. 

—¡Eh, Aquí! 

Trató de localizar la voz que le llamaba. Oteó todo el andén con la mano en la frente y encontró, sólo en un banco, un saco de aproximadamente su tamaño saludándole con la mano. Saltaba para llamar su atención y a cada salto se le movían graciosamente las coletas coronadas con dos lazos azules. 

—Te has quedado sin tren ¿eh? —carcajeó —. Hasta hoy era la única que se quedaba como un pasmarote sentada en el banco con dos palmos de narices. Pero al verte ahí todo polvoriento y apaleado me he partido de risa —siguió carcajeando. 

Tenía una voz punzante, extremadamente aguda, casi desagradable, pero combinada con los gestos de su cara y las pequeñas tachuelas color miel esparcidas por sus mejillas resultaba entrañable. 

Sueño llegó a su altura y se sentó en el banco junto a ella. 

—¡Puf! Menudo masaje. ¿Tanta gracia te hace ver al prójimo pisoteado por una estampida de sueños enfervorecidos? 

—Sí, la verdad. 

—Bueno —sonrió Sueño —. Supongo que tiene su gracia. 

Les siguió un silencio acompañado de ambas cabezas con la mirada fija en la vía del tren que se perdía en un infinito plagado de nubes blancas y algodonosas. 

—Me llamo Sueño. O al menos así me ha bautizado Esperanza. 

—¡JA! Pero tú ¿De dónde has salido? Todos nos llamamos Sueño aquí. Yo también soy Sueño. 

—Ah… Bueno, encantado, entonces. 

—Y esa Esperanza de la que hablas no es tuya. Son almas libres —añadió mirando al cielo. Cuando procesó el saludo continuó ya mirando a Sueño —Igualmente. Bienvenido a mi banco. Pero te lo advierto, tómate esto como una visita. Si vas a estar aquí todos los días búscate otro banco porque este es mío. 

—¿No tenemos nombre, ni esperanza propia, pero sí tenemos banco asignado? —La pícara cara de Sueño no le hizo demasiada gracia la chica —¡Caray! Tranquila. Era una broma. —Sueño observó que su risueño rostro se volvía triste. Y después de una pausa añadió —: ¿Cuánto tiempo llevas en El Andén? 

La chica tardó en contestar y se hizo un silencio plomizo que Sueño pensó que sería el fin de aquella conversación, pero dijo: 

—Cuarenta años. Todos los días desde hace cuarenta años siento el instinto de venir al banco y coger el próximo tren, pero nunca es tan fuerte como para llevarme. No es La Llamada ¿sabes? —Los ojos se llenaron de lágrimas, pero no lloró —Yo solía ser un gran sueño ¿sabes? Uno de los grandes, gigante y muy brillante. Pero mírame ahora… 

—¡Ey, aún brillas! 

—Sí, aún brillo, pero mira lo canija que soy ahora. 

—Al menos no has acabado en “El Olvido”, así que trata de no llegar tarde a tus instintos. ¿No es eso lo que se suele decir por aquí? 

—Sí —dijo volviendo a sonreír —. Aprendes rápido. Nunca sabes… Espera. 

El Andén comenzó a temblar. Se había llenado mientras hablaban y no se habían dado ni cuenta. 

—Espera… —repitió. 

El tren se acercaba a toda velocidad y los sueños se apiñaban en la línea esperando su turno para entrar. 

—Algo es distinto… Puedo sentirlo. 

El tren abrió sus puertas y el andén se vació en pocos segundos. La chica miró a Sueño, arrugó sus tachuelas en una mueca mezcla alegría, ilusión y sorpresa. Le apretó levemente la mano. 

—Adiós —y gritando mientras corría añadió —: Te puedes quedar con el banco. 

Y salió disparada, prácticamente sin tocar el suelo, hacia una de las puertas del último vagón. Sueño pudo ver en su espalda un oso de peluche. Pensó por un momento en ella. Tanto tiempo para cumplir ese sueño. Y rápidamente pensó en él. ¿Qué llevaría marcado en la espalda? ¿Tendría que esperar cuarenta años? ¿Cómo podría vivir sin conocer su propósito? 

Sueño no lo sabía, pero en el momento que este cuento reciba su punto y final, él, irremediablemente, iba a sentir el impulso de coger el próximo tren.

lunes, 16 de marzo de 2020

Frágil

Me gusta imaginar la historia del ser humano como un gigante haciendo pompas de jabón. Cuando consigue hacer una lanza su mano enorme para cogerla y tratar de acomodarla entre sus dedos índice y anular sin romperla. 

La sensibilidad y cuidado al mover la mano y la coordinación y equilibrio al usar los dedos determinan si la pompa se rompe o no. Y siempre se rompe. 

Desde la prehistoria, pasando por los primeros imperios, hasta las sociedades más modernas, el gigante no ha dejado de hacer pompas para atraparlas. Tratando de capturar una realidad tan brillante, redonda y perfecta como efímera. Guerras territoriales, conflictos religiosos, enfrentamientos ideológicos, han sido los impulsos nerviosos que hacen de los dedos del gigante una basta herramienta torpe e insensible, incapaz de sujetar la pompa apenas un instante. 

Ya en el siglo XX y hoy en día, en el siglo XXI, la evolución de todas las áreas de conocimiento ha permitido que los dedos del gigante sean más suaves y cuidadosos en sus movimientos, hasta el punto de coger la pompa de jabón y mantenerla estable durante más tiempo que cualquier otro intento anterior. La pompa tiembla, está al límite, la tensión superficial con la piel del gigante se mantiene por los pelos, pero se mantiene. 

Nosotros, el gigante, creamos las pompas, las miramos embobados y orgullosos y queremos cogerlas y preservarlas apegándonos a ellas, y cuando lo conseguimos olvidamos que la pompa es extremadamente frágil y que esa fragilidad no depende en absoluto del gigante, ni de sus manos ni de su sensibilidad. La pompa simplemente es. Y al olvidarlo sembramos el campo de la frustración para recoger los frutos cuando la pompa se rompe. 

La situación que vivimos hoy en día solo nos recuerda la fragilidad e incertidumbre de la pompa en la que habitamos. Planificamos el futuro a largo plazo sobre valores aparentemente seguros como el dinero o las casas, cuando la propiedad privada no es más que un invento escrito en un papel, al igual que esta metáfora, y que en cualquier momento puede cambiar. O nos aferramos a ideas y convicciones que consideramos imperturbables cuando no son más que normas impuestas temporalmente que en cualquier momento pueden cambiar. 

El desapegarse de la pompa, entender en todo momento su fragilidad y no dar nada por sentado, es la única forma de no traumatizarse cuando explota y es la única forma de apreciar su belleza, su transparencia, sus reflejos, cuando aún no ha explotado. 

Este es el segundo día de confinamiento (SuperLight) y ya veo gente con problemas de frustración. No quiero pensar que ocurrirá a partir del décimo. Así que cualquiera que lea esto, y le haya gustado que trate de recordarlo para qué, cuando volvamos a la normalidad y con estos dedos de gigante tan diestros que ahora tenemos sujetemos la siguiente pompa, podamos disfrutar su efímera belleza y entendamos que irremediablemente la vamos a perder para crear otra.