Me gusta imaginar la historia del ser humano como un gigante haciendo pompas de jabón. Cuando consigue hacer una lanza su mano enorme para cogerla y tratar de acomodarla entre sus dedos índice y anular sin romperla.
La sensibilidad y cuidado al mover la mano y la coordinación y equilibrio al usar los dedos determinan si la pompa se rompe o no. Y siempre se rompe.
Desde la prehistoria, pasando por los primeros imperios, hasta las sociedades más modernas, el gigante no ha dejado de hacer pompas para atraparlas. Tratando de capturar una realidad tan brillante, redonda y perfecta como efímera. Guerras territoriales, conflictos religiosos, enfrentamientos ideológicos, han sido los impulsos nerviosos que hacen de los dedos del gigante una basta herramienta torpe e insensible, incapaz de sujetar la pompa apenas un instante.
Ya en el siglo XX y hoy en día, en el siglo XXI, la evolución de todas las áreas de conocimiento ha permitido que los dedos del gigante sean más suaves y cuidadosos en sus movimientos, hasta el punto de coger la pompa de jabón y mantenerla estable durante más tiempo que cualquier otro intento anterior. La pompa tiembla, está al límite, la tensión superficial con la piel del gigante se mantiene por los pelos, pero se mantiene.
Nosotros, el gigante, creamos las pompas, las miramos embobados y orgullosos y queremos cogerlas y preservarlas apegándonos a ellas, y cuando lo conseguimos olvidamos que la pompa es extremadamente frágil y que esa fragilidad no depende en absoluto del gigante, ni de sus manos ni de su sensibilidad. La pompa simplemente es. Y al olvidarlo sembramos el campo de la frustración para recoger los frutos cuando la pompa se rompe.
La situación que vivimos hoy en día solo nos recuerda la fragilidad e incertidumbre de la pompa en la que habitamos. Planificamos el futuro a largo plazo sobre valores aparentemente seguros como el dinero o las casas, cuando la propiedad privada no es más que un invento escrito en un papel, al igual que esta metáfora, y que en cualquier momento puede cambiar. O nos aferramos a ideas y convicciones que consideramos imperturbables cuando no son más que normas impuestas temporalmente que en cualquier momento pueden cambiar.
El desapegarse de la pompa, entender en todo momento su fragilidad y no dar nada por sentado, es la única forma de no traumatizarse cuando explota y es la única forma de apreciar su belleza, su transparencia, sus reflejos, cuando aún no ha explotado.
Este es el segundo día de confinamiento (SuperLight) y ya veo gente con problemas de frustración. No quiero pensar que ocurrirá a partir del décimo. Así que cualquiera que lea esto, y le haya gustado que trate de recordarlo para qué, cuando volvamos a la normalidad y con estos dedos de gigante tan diestros que ahora tenemos sujetemos la siguiente pompa, podamos disfrutar su efímera belleza y entendamos que irremediablemente la vamos a perder para crear otra.
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