Mucho se habla en esta época convulsa de las dictaduras, que si las dictaduras de derechas, que si las dictaduras de izquierdas, que si la dictadura de la corrección política, la dictadura de las minorías, que si fascismo, que si comunismo, la dictadura ecologista, que si el auge del nacionalismo, que si los radicales de aquí y de allá, etcétera, etcétera, etcétera.
Echando un ojo a la historia y los ciclos sociológicos propios y ajenos, dictaduras ha habido siempre. No hablo solo de política. Las modas son dictaduras, la nutrición, la religión, la educación, los medios de comunicación, los deportes mayoritarios, en definitiva, todo lo que compone nuestro sistema de creencias es, en menor o mayor medida, una dictadura.
Te invito lector a que un día te dediques solo a escuchar en una discusión con amigos o familia, o en la tele, o los comentarios a pie de página de cualquier medio electrónico, solo de oyente, siendo lo más objetivo posible, totalmente en tercera persona. Alcanzado ese estado cuentes las dictaduras que vas encontrando en la conversación, sobre todo aquellas que tienen la intención de argumentar en contra de otras dictaduras. Igual te hacen falta las dos manos, y los pies.
Yo aquí daré mi opinión, para aquel que quiera leerla. Después de darle muchas vueltas a cuál puede ser la raíz de la explosión de los radicalismos que estamos viviendo y que han dejado de ser esporádicos para convertirse, poco a poco, en tendencia, la única dictadura que encuentro, la que está en la punta de la pirámide, es la Dictadura de la Juventud. No la dictadura de los jóvenes, sino de la juventud. De lo único que no podemos escapar es del paso del tiempo. Lo que está absolutamente fuera de nuestro control, aunque creamos que lo está, es el cómo se comporten las generaciones venideras. Son un animal vivo que lucha por sobrevivir, aunque para ello deba comerse a la generación anterior.
Todos hemos sido jóvenes y más o menos nos acordamos de lo que se siente. Una rebeldía entendida como necesidad de cambio. Da igual si para bien o para mal, a la juventud el cuerpo le pide cambio y el que no esté de acuerdo con ese cambio, el NO joven, que se prepare a ser arrastrado por la corriente.
Desde meter los dedos en el enchufe, hasta el llanto después de esa hostia gótica por no querer escuchar ese “cuidado que te vas a caer”, pasando por todas las decisiones tomadas y cosas hechas previas a un preventivo "No lo hagas". La experimentación, la prueba y el error es inherente a nuestra naturaleza, lo que pasa es que según vamos sumando años el querer tener razón gana a la curiosidad y pretendemos imponer nuestras pruebas y errores, nuestros experimentos y nuestras resoluciones a los que vienen. Es un acto, tan desesperado, porque se nos acaba el tiempo aquí, como inútil, ya que al que viene le da bastante igual lo que tú ya hayas hecho. Lo suyo es mejor.
“Parece que no aprendemos” Y no es que no aprendamos. Todos los conocimientos técnicos, es decir, objetivos, pasan de generación en generación. Lo que no se aprende es lo subjetivo, o mejor dicho de lo subjetivo, porque lo establecido es malo siempre y lo que estoy por establecer es bueno siempre y no hay regla matemática que diga lo contrario. Aunque lo establecido haya sido cojonudo comparado con el resto de la historia y lo que esté por venir sea horrible. Eso en realidad no importa. El objetivo es cambiarlo. Aparte que cojonudo y horrible son términos 100% subjetivos y siempre dependerá de con qué se compare, quién lo haga, y en qué momento temporal.
Imagina Lector que hay un gran genocidio ahora en el siglo XXI por una razón poco ética, da igual cuál. Pasa algo que acaba con el 30% de la población mundial o más. Como resultado de la disminución de la superpoblación mundial el planeta remonta ecológicamente y eso hace que dentro de 500 años los humanos aún habiten la tierra. Una Tierra que se hubiera vuelto un lugar inhóspito de haber seguido superpoblada y en crecimiento demográfico eterno. Esos humanos de dentro de 500 años darían el mismo valor a nuestras vidas del siglo XXI, que el que nosotros le damos, por ejemplo, a los esclavos que murieron en las pirámides, es decir, poco o ninguno. Sin embargo, agradecerían o entonarían el “menos mal” o el “gracias a X por…” por el gran genocidio del siglo XXI. A nosotros, protagonista de dicha masacre pues no nos haría tanta de gracia. Y es que las cosas si se ven desde el punto de vista de la homeostasis global nunca están bien o mal, simplemente están o son. En neutro.
Veo el auge comunista que hay entre los jóvenes de hoy en día después de varios años de supremacía capitalista liberal ¿A qué es debido? Disfrutan de las virtudes de ese sistema, pero le quitan importancia y ponen el foco en los defectos ¿Por qué la generación anterior no lo hacía de forma tan radical? ¿Y la anterior de la anterior? ¿Hasta qué generación tenemos que retroceder para que el foco estuviera en los defectos del comunismo y las virtudes del capitalismo? ¿Qué nos impulsa a cambiar lo establecido? ¿Y en qué momento ocurre? La única respuesta que encuentro es el Cambio en busca de un equilibrio imposible que nos lleva de extremo a extremo como un columpio. Nada es estático y con el paso del tiempo se pudre y decae. Porque toca. Es un impulso, podría decirse animal e irracional. Y cuando se quiere cambiar algo se buscan todas las debilidades del actual sistema podrido, obviando sus virtudes, y se sobrevaloran las virtudes del nuevo sistema sano, obviando sus debilidades, y así una y otra vez como esos cubos de los spas que se van llenando y al llegar a cierto nivel se vuelcan, vaciándose, para poder seguir llenándose.
Al aplicar una fuerza aparece la contraria con igual intensidad. Ese auge comunista nos ha traído de vuelta el fascismo, que estaba más o menos enterrado, de vuelta al panorama político y con muchas papeletas de tomar cartas en el asunto. Si dibujas una línea recta, marcas en el centro el equilibrio y a la izquierda y derecha pones los extremos y después haces un anillo con esa línea recta verás que la única manera de conseguirlo es cogiendo los extremos y juntándolos. Lo extremos se tocan y cuanto más navegamos hacia uno, sin darnos cuenta más nos acercamos hacia el otro.
Y es que volviendo otra vez la vista atrás en la historia, parece que la gente nos cansamos de la paz al igual que nos cansamos de la guerra, queriendo salir de una para meternos en otra por puro desconocimiento y curiosidad, con una sola incógnita: ¿Cuándo? Porque los dedos en el enchufe se acaban metiendo. Y que ocurra no está, ni bien, ni mal, es simplemente natural. El Eterno Retorno del que hablaba Nietchze.
El universo, en el que se incluye nuestro mundo, es holístico, es decir, ocurren millones de acontecimientos que ni conocemos, ni entendemos, ni, por supuesto, controlamos, sin embargo, escucho constantemente discusiones sobre lo que está bien y lo que está mal, lo que hay que hacer y lo que no, si hay que evitar que esto ocurra o que aquello perdure, que si no hubiera sido por menganito o zutanito. Opiniones y acciones que son gotas de agua que se pierden en un océano de acontecimientos, cuyas olas oscilan con cierta frecuencia y en las que las opiniones y acciones individuales son insignificantes. Menganito o Zutanito son solo el catalizador, el detonante, la chispa adecuada que se produce en una reacción en un momento determinado, pero para que esa rección surja, para que esa bomba explote, debe haber una masa crítica que no se consigue de la noche a la mañana.
Imagina de nuevo Lector (no te o pediré más) uno de esos adornos de bolas de metal que cuando los pones en marcha y la última bola golpea a la penúltima se propaga hasta llegar al otro extremo y vuelve a empezar.
Pasamos incesantemente del equilibrio de la bola central a los extremos y viceversa. Nos empeñamos en detener las bolas en el punto que nos interesa, pero ellas siguen su curso sin que podamos hacer nada para evitarlo. Parece una predicción en contra el libre albedrío, pero es todo lo contrario. Es la definición de libre albedrío. Cualquier elección que hagas como individuo te aleja de un punto y te acerca a otro, es decir, te pone en una dirección. Si se extrapola a la masa social ese movimiento en una determinada dirección se convierte en tendencia (o en inercia), al igual que en la física clásica cuanto mayor es la masa mayor la cantidad de movimiento.
La dictadura de la juventud es el régimen al que estamos sometidos cada día, cada año, cada siglo, nos guste o no. Es la única dictadura que perdura en el tiempo (de momento, con permiso de la futura inmortalidad) y que anula cualquier intento de comprender los cambios macrosociales que se producen en nuestra corta existencia. Esta falta de control, de incertidumbre y de incomprensión nos llevan a un estado de crítica, sufrimiento y crispación continuos que hace un flaco favor a nuestra felicidad.
Por terminar constructivamente. Ante estas circunstancias, la mejor forma de ser coherente y vivir en paz, según mi opinión, es vivir al máximo según tus valores y sistema de creencias sobre aquello que puedas controlar, tu pequeño círculo de actuación. Todo lo demás son, simplemente, circunstancias. La humanidad cometerá los mismos errores y volverá a solucionarlos una y otra vez, porque con cada paso dentro del error nos acercaremos a la siguiente solución y con cada paso en la solución nos acercaremos al siguiente error, en un ciclo oscilatorio infinito ¿Por qué crisparse tanto entonces?
Si estás pintando un cuadro sobre un lienzo blanco, perfectamente liso, y de pronto hay un terremoto al que sobrevives con el pincel en la mano, pero el atril ha desaparecido y delante de ti solo ves una pared de hormigón llena de rugosidades, la única opción que te queda es: Seguir Pintando.

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