jueves, 30 de diciembre de 2021

El Veneno de las Equivalencias Complejas

Permitidme empezar este escrito con un mínimo de teoría. Va a ser muy poco, lo prometo.

“Una equivalencia compleja se produce cuando dos experiencias diferentes y sin conexión ninguna se unen para establecerla, de manera que creemos que esa relación es verdad, aunque no podamos estar seguros.”

Un ejemplo para esclarecer esta definición: “Si no me llama, no me quiere”. Establecer un circuito neuronal con ese pensamiento, del cual no se puede estar seguro, provoca una distorsión de la realidad que puede producir distintas respuestas. En este caso, enfado, represalias, ira, celos y cualquier cosa que se os ocurra porque esa persona no me ha llamado y por tanto no me quiere.

Cuando aprendí lo que era una equivalencia compleja mi mundo cambió radicalmente porque comencé a darme cuenta (hice muchas listas) de la cantidad de veces que las utilizaba inconscientemente. Cuando eres capaz de quitar el filtro que le pones a tu realidad y te dedicas a tratar de entenderla de verdad (dejando de suponer de lo que no se estás seguro), muchas de nuestras enajenaciones no vuelven a producirse.

Y podrás decir en este punto “Qué exageración, al final no se presupone tanto.” Te lanzo algunos ejemplos cotidianos así a bote pronto: “Pone en duda lo que ha dicho el partido A, entonces es del partido B”, “Habla muy bien de su relación, seguro que tiene problemas que no quiere contar”, “Yo he hecho esto por él, me lo debería devolver”, “No se ha acordado de mi cumpleaños, no le importo nada”, “No han dicho nada de la comida, no les ha gustado”, “Dice que la monarquía es útil, es monárquico”, Y así podría seguir hasta el infinito, bueno una más que me resulta curiosa por haberme pasado hace poco: “Dice que la libertad debe contrapesarse con la igualdad, es comunista”, “Dice que la igualdad debe contrapesarse con la libertad, es facha”. Sí, ante el mismo estímulo la realidad es diferente según quien lo perciba, lo que demuestra que LO REAL no existe. La realidad es la bola del trilero y el propio trilero eres tú (bueno, tu cerebro).

Las suposiciones nos envenenan cada día. Y entiendo que es difícil reconocer que te tomas ese veneno todos los días, muchas veces, la cultura popular así lo proclama. Con su blanco y en botella leche todas las suposiciones quedan legitimadas, pero por muy certera que pueda parecer una suposición, si no puedes estar 100% seguro, deséchala o al menos ponla en cuarentena, por una sencilla razón: Ser capaces de mantener el espíritu crítico.

El espíritu crítico mantiene tus oídos y mente abierta, receptiva, en estado de aprender algo que no sabes, reduce tu nivel de estrés porque ya no hace falta tener razón puesto que no te interesa tener razón sino descubrir todos los prismas de la realidad, permite negociar, permite trabajar en equipo, en definitiva, es la clave de la convivencia. Es lo opuesto a la crispación y los extremismos. Es el antídoto al veneno. Cuando utilizas una equivalencia compleja estás cortando de raíz toda posibilidad de entendimiento en el ámbito que sea, incluso contigo mismo.

Lo complicado del espíritu crítico es que es un poco engañoso, porque actúa como una pescadilla que se muerde la cola. Para ser consciente de la falta de espíritu crítico se debe utilizar el espíritu crítico. Pasa un poco como con el sistema político, que, para hacer limpieza, son ellos los que tienen que dar el primer paso. Y para dar ese primer paso hay que ser muy valiente puesto que debes enfrentarte a quién has sido hasta ahora, a todo lo que has creído hasta ahora a pies juntillas (TODO), y ponerlo en duda, mirarlo desde la perspectiva contraria a la que lo has hecho siempre, pero no vale con un “Sí sí, si yo lo entiendo” de 5 segundos, vale contarse verdad y reconocer que no existen certezas sobre casi nada y que todos los caminos conducen a la hipocresía de una forma u otra.

¿Esto significa que todo nuestro sistema de creencias hay que tirarlo a la basura?, por supuesto que no, necesitamos constantes para poder vivir la vida, es imposible estar en paz en una incertidumbre infinita (aunque así sea en realidad). Ese autoengaño es bueno para nosotros. Lo único que yo propongo aquí es el ser conscientes (pero de verdad) de ese autoengaño para poder afrontar conversaciones (importantes y menos importantes) desde la concordia y no desde el y tú más, y yo la tengo más larga, y yo tenía razón y tú no, y yo gano y tú pierdes.

Espero que el Valor que se necesita para ello siga existiendo y no sea solo una palabra romántica más del siglo pasado como Honor, Respeto o Fidelidad que se están diluyendo en la condición humana como un lingote de oro en la forja de la crispación.

miércoles, 22 de diciembre de 2021

Cuestión de Confianza

 

Cuando se enumeran las múltiples cosas que mueven el mundo se suelen poner en primer lugar estas dos: El Dinero y El Amor. Si lo representamos cómo un árbol genealógico es indudable que El Dinero y El Amor estarían en un nivel muy alto de las ramas de ese árbol, pero no en el nodo raíz. Si tuviéramos que elegir un padre único de todo ese árbol, algo necesario para que todo fluya en cualquier ámbito vital, y entendiendo El Tiempo como el contexto que envuelve ese árbol, esa raíz sería La Confianza.

Todas, y digo todas, las acciones que llevamos a cabo en nuestro día a día, tanto las conscientes (pocas), como las inconscientes (muchísimas), las podemos realizar porque estamos confiados en el resultado. Hablo desde la más atómica de las acciones, por ejemplo, al comer no dudamos de que nuestro aparato digestivo vaya a hacer su magia y nos nutra de forma natural como solo él sabe hacer, o al dar un paso confiamos en que el suelo no sea blando o líquido, a acciones más complejas, como poner el dinero en el banco y confiamos en que esté ahí cuando preguntemos por él.

Confiamos en nuestros familiares cuando pedimos ayuda, en nuestros vecinos cuando son cívicos, en nuestros amigos cuando quedamos con ellos y vienen, pero también confiamos en el repartidor de Uber que nos trae la comida, incluso en el cocinero que la cocina y la procedencia de los productos que la componen, es más, confiamos que haya una comisión de sanidad detrás que nos protege, o sellos de garantía de calidad. Confiamos en que va a salir agua caliente cuando abrimos el grifo, que el horno va a funcionar siempre, que la lavadora va a dejar la ropa limpia, que el teléfono va a conectar con el otro cuando le llamemos, que el coche va a arrancar… Absolutamente todo es un acto de fe, al que nos hemos acostumbrado tanto que ya damos por hecho, transformándose en confianza inconsciente.

Pero es bueno darse cuenta de lo frágil que es esa confianza. Un sello de calidad puede ser simplemente cuatro amigos que se juntan y empiezan a decir que los productos con su sello son mejores, el resto es marketing y contactos. Estamos cansados de verlo en certificaciones privadas de todo tipo, másteres que regalan, certificaciones alimentarias que luego venden caballo, etc. ¿Quién certifica al certificador? Pues nos gusta confiar en que hay un ente público inviolable que se encarga de que estas empresas sean serias. Confiamos en ello. Fragilidad.

Pero es que la confianza no sólo es frágil, es volátil o mejor dicho ficticia. No existe si no que es una sensación. Actualmente se puede decir que confiamos en el sistema global que tenemos montado, político, económico, empresarial, judicial, fuerzas de seguridad, etc., pero es solo una sensación, que, lamentablemente cada vez es menor. Es posible que en los años 90 los políticos fueran mucho más corruptos que ahora y los medios de comunicación aún más zafios y mezquinos, pero la sensación de confianza era mayor. No importa cuál sea la realidad, lo importante es la percepción que se tiene de la misma. Y es que esa es la clave del “engaño” social en el que vivimos, hacernos percibir que estamos bien independientemente de lo mal que estemos. Si alguien se tiene que pegar la hostia ya se la pegará por sorpresa. Y pongo engaño entre comillas porque es gracias a ese engaño que podemos prosperar, porque en la economía no importa la realidad que haya sino el nivel de confianza para que el capital fluya.

¿Qué ocurre hoy en día, bueno, qué ocurre de un tiempo a esta parte? Que la sobreinformación ha sepultado los pilares que sujetaban ese engaño. Ahora todo se pone en duda, hay fakenews y fakenews de las fakenews, todo el mundo sabe de todo y las conspiraciones campan a sus anchas porque vapulean en número a las reacciones lógicas, y se vende como transparencia, lo que ocurres es que no estamos pudiendo ver con tanta luz, cómo dijo aquel. Lo único que se está consiguiendo es minar la confianza en todos los estratos sociales posibles. Los políticos, los más expuestos, ya no tienen ninguna credibilidad, digan verdades o mentiras, ya da igual, estamos en plena inercia descendente. Cada vez se confía menos en las entidades financieras, de los medios de comunicación no se salva ninguno al que no se le vea descaradamente el plumero de la intención partidista de sus “noticias”, títulos que se obtienen pagando, escándalos farmacéuticos, decisiones, cuanto menos controvertidas, sobre asuntos pandémicos, sentencias judiciales que te llevan a rezar para que nunca te encuentres con la justicia, que solo es ciega con aquel dispuesto a cumplirla. Lo cierto es que hoy se tiene esa sensación de confianza en muy poquitas cosas y la falta de confianza hace que afloren pensamientos peligrosos tales como si merece la pena pagar impuestos, comprarse un arma por si la policía me ataca más que me defiende o vigilar al vecino por si sus ideas me ponen en peligro.

Y todo esto que escribo no es un juicio, no quiero decir que antes estábamos mejor o peor, es una fase más del ciclo de la humanidad que siempre se repite. Es más, un augurio a futuro, porque a lo largo de la historia cuando no ha habido confianza lo que ha habido son desgracias puesto que las sociedades solo pueden funcionar en base a dos pilares, o al miedo o a la confianza. Y cada vez se percibe más miedo, miedo a perder el empleado, a no poder comprar una casa, miedo al Covid, miedo a la justicia, miedo a que se devalúe el dinero en el banco, a que te okupen la casa, miedo a que le hagan bullying a tus hijos, miedo a no poner hijas en la anterior frase, miedo, miedo y miedo, real o imaginado, lo mismo da, si se percibe cómo tal se actuará en consecuencia.

Y si no es hacia el miedo hacia dónde queremos navegar más nos vale empezar a generar algo más de confianza para revertir la inercia de una rueda que ya está girando en el sentido de la decadencia. La pregunta es ¿Es posible generar confianza en el mundo actual de la sobreinformación?