Nacemos vírgenes en todo. Sin experiencia ninguna. Y por eso de niños somos más felices porque no paramos de desvirgar experiencias que nunca hemos tenido. Desde las caricias de nuestra madre, pasando por estrenar zapatos nuevos, ver en la tele tus dibujos favoritos, poseer al fin el juguete que siempre quisiste, hasta llegar a los primeros vicios adolescentes. Somos tan felices desvirgando experiencias que un buen día perdemos la inocencia por culpa de haber tenido tantas y a partir de entonces todo cambia.
La pérdida de la inocencia infantil es la causante de sentimientos tan oscuros como la desconfianza o el egoísmo. Tu capacidad de ser feliz se reduce entonces enormemente. La felicidad como un adulto nunca llegará a ser como la de un niño.
Pero hay una cosa que se percibe con más intensidad de adulto que de niño. Hablo de desvirgar el corazón, perder la virginidad del corazón es la experiencia, que se vive por primera vez, que más sensaciones positivas provoca. Pero no hablo de los amores de chichinabo que tenemos de adolescentes ni de los novios/as que duran unos meses, incluso años, para luego darnos cuenta que no nos es difícil desprendernos de su compañía. Me refiero al amor verdadero. Ese que parece que te mete una mano invisible e intangible en el pecho para dejarte en lo más profundo del corazón una pepita de oro que te ilumina por dentro para darte alas en todo lo que haces o emprendes. Esa pepita se convierte en un tesoro que protegerías con tu vida si hiciera falta. El amor verdadero es un intruso que se cuela en tu casa sin llamar, te secuestra y en menos de lo que puedas esperar te hace sentir el más profundo síndrome de Estocolmo. Produce una burbuja de bienestar alrededor de toda tu vida en la que te sientes infinitamente seguro y confiado.
Estoy seguro que los que lo hayáis sentido sabéis de lo que hablo. Pero el amor, como todo en la vida, es un juego de probabilidades. Tú tratas de jugar con las mayores probabilidades de éxito, todas tus acciones en la vida tratan de aumentar ese porcentaje, pero siempre quedan probabilidades de fracaso que se escapan a tu buen hacer. Y cuando se da ese minúsculo porcentaje y resulta que ese amor verdadero al igual que vino y se quedó, se va y no quiere volver nunca, todo tu mundo de bienestar se derrumba. Toda la confianza depositada en él se convierte en papel mojado y la seguridad se desvanece como la niebla. El grado de dolor depende de muchas cosas pero por mi experiencia os puedo decir que es como si un cirujano etiope, que antes era cabrero, te estuviera quitando un tumor del páncreas, sin anestesia, con una llave inglesa por bisturí y un scott-brite como gasa de limpiar.
Pero lo peor de ese momento no es la pérdida de autoestima o las ganas de querer volver a sentir lo mismo que antes o la inútil búsqueda de las razones por la cual ha ocurrido. Simplemente ocurre.
Lo peor es que tu corazón ya no es virgen. Y como los niños cuando pierden la inocencia, no puedes evitar ser desconfiando y egoísta con los/as demás. Al igual que no podrás disfrutar de la misma forma una visita al parque de atracciones de adulto que de niño, tienes la sensación que nunca podrás volver a enamorarte verdaderamente como cuando lo hiciste por primera vez.
Pero en realidad, te haya pasado lo que te haya pasado, si lo pensamos fríamente, se puede seguir siendo tan feliz como un niño si se disfruta cada momento de nuestras vidas, porque al final somos vírgenes en dejar de serlo, así que la vida está llena de primeras sensaciones. Nunca las has vivido todas, pero con el paso de los años es más difícil valorarlas.
Un beso para todos.
Hasta otra.
La pérdida de la inocencia infantil es la causante de sentimientos tan oscuros como la desconfianza o el egoísmo. Tu capacidad de ser feliz se reduce entonces enormemente. La felicidad como un adulto nunca llegará a ser como la de un niño.
Pero hay una cosa que se percibe con más intensidad de adulto que de niño. Hablo de desvirgar el corazón, perder la virginidad del corazón es la experiencia, que se vive por primera vez, que más sensaciones positivas provoca. Pero no hablo de los amores de chichinabo que tenemos de adolescentes ni de los novios/as que duran unos meses, incluso años, para luego darnos cuenta que no nos es difícil desprendernos de su compañía. Me refiero al amor verdadero. Ese que parece que te mete una mano invisible e intangible en el pecho para dejarte en lo más profundo del corazón una pepita de oro que te ilumina por dentro para darte alas en todo lo que haces o emprendes. Esa pepita se convierte en un tesoro que protegerías con tu vida si hiciera falta. El amor verdadero es un intruso que se cuela en tu casa sin llamar, te secuestra y en menos de lo que puedas esperar te hace sentir el más profundo síndrome de Estocolmo. Produce una burbuja de bienestar alrededor de toda tu vida en la que te sientes infinitamente seguro y confiado.
Estoy seguro que los que lo hayáis sentido sabéis de lo que hablo. Pero el amor, como todo en la vida, es un juego de probabilidades. Tú tratas de jugar con las mayores probabilidades de éxito, todas tus acciones en la vida tratan de aumentar ese porcentaje, pero siempre quedan probabilidades de fracaso que se escapan a tu buen hacer. Y cuando se da ese minúsculo porcentaje y resulta que ese amor verdadero al igual que vino y se quedó, se va y no quiere volver nunca, todo tu mundo de bienestar se derrumba. Toda la confianza depositada en él se convierte en papel mojado y la seguridad se desvanece como la niebla. El grado de dolor depende de muchas cosas pero por mi experiencia os puedo decir que es como si un cirujano etiope, que antes era cabrero, te estuviera quitando un tumor del páncreas, sin anestesia, con una llave inglesa por bisturí y un scott-brite como gasa de limpiar.
Pero lo peor de ese momento no es la pérdida de autoestima o las ganas de querer volver a sentir lo mismo que antes o la inútil búsqueda de las razones por la cual ha ocurrido. Simplemente ocurre.
Lo peor es que tu corazón ya no es virgen. Y como los niños cuando pierden la inocencia, no puedes evitar ser desconfiando y egoísta con los/as demás. Al igual que no podrás disfrutar de la misma forma una visita al parque de atracciones de adulto que de niño, tienes la sensación que nunca podrás volver a enamorarte verdaderamente como cuando lo hiciste por primera vez.
Pero en realidad, te haya pasado lo que te haya pasado, si lo pensamos fríamente, se puede seguir siendo tan feliz como un niño si se disfruta cada momento de nuestras vidas, porque al final somos vírgenes en dejar de serlo, así que la vida está llena de primeras sensaciones. Nunca las has vivido todas, pero con el paso de los años es más difícil valorarlas.
Un beso para todos.
Hasta otra.
Sublime de nuevo Tonelo!
ResponderEliminarAquí me tienes leyéndote eh... para cuando el próximo número? jajajaja
Besos,
Toni
bueno madri, diría que tienes amigos muy pelotas... no tan sublime, aunque no está mal. muy bien de hecho.
ResponderEliminarclaro que no está al nivel de mi teoría sobre los "para siempre", of course. je, je, je.. ya sabes que si no te vacilo, reviento.
mucha suerte y que el blog te proporciene lo que estás buscando.
por mi parte, me gusta. te seguiré
Buenos dias nos de dios Ñetito...!!!! Aqui me tienes flequillo cardado en mano leyendo tus teorias que en mas de una, dos, tres, cuatro, cinco...tres mil ocasiones he tenido el placer de escuchar!!!!
ResponderEliminarComo siempre "mu bien hablao"...la vida es bella pero tal vez tendira que ir en sentido inverso, de ancianos a niños, como decia aquel anuncio de TV de Mercedes creo que era...y asi, acabariamos todos virgenes y calvos, pa que os jodais todos...!!JE!!
Un beso...tio
Por cierto, has puesto mal tu apellido, que despiste tienes hijo!!!
Ya sabes lo que pienso... que es importante aprender a disfrutar de las pequeñas cosas... que también dan la felicidad, eso solo depende de uno mismo.
ResponderEliminarBueno lo dejo que ya he escrito más de tres palabras y no acostumbro..
besos
Cuanta profundidad.... la vida es maravillosa, con todo lo que ello conlleva, bueno o menos bueno y hay que descubrirlo todo.
ResponderEliminarMe alegra saber de ti, de vez en cuando visitaré tu blog.
Un beso, MªCielo
hola Toño (te puedo llamar Toño sin conocerte? :P....y vacilarte?...:p..vale igual ya me estoy pasando no?)....yo creo q al crecer puedes seguir conservando la ilusión en las cosas (y ahí radica la esencia de la infancia en seguir teniendo capacidad de sorprendernos e ilusionarnos), lo peor es q a veces el hijoputa del cirujano cabrero etíope te sutura mal y te deja secuelas q te hacen huir, pero bueno como bien dice esa tal Marta q tienes por ahí (q suerte q la ves todos los dias) hay q disfrutar de las pequeñas cosas.
ResponderEliminarBesucos gordos
PD:no es q te deje q me llames Mak o Maken, es q no creo q responda si me llamas de otra forma (",)
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