martes, 10 de junio de 2008

El Hombre de Plata

Esta es la historia de un hombre que vivía en un curioso lugar. Un lugar dónde todo estaba basado en competir. Cada momento de la vida cotidiana estaba considerado una pequeña competición, hacer cola en el cine, coger antes el metro, llegar el primero a las escaleras de salida, absolutamente todo se regía por este principio.

Los habitantes de este lugar tenían además una extraña característica y es que su cuerpo iba cambiando de color según los logros que conseguían cada día. Nadie conocía exactamente el baremo que se seguía, eso era algo impuesto por su naturaleza o por algún ser superior, lo único que todos sabían es que si ganaban una promoción del súper quizá una uña de su cuerpo se volvía dorada o si el rendimiento en el trabajo ese día no superaba la media muy probablemente un antebrazo o un muslo se volverían de color estaño al finalizar el día.

Nuestro protagonista ponía todo su empeño en ser el primero en algo. Lo trabajaba con todas sus fuerzas, cada día. Madrugaba como el que más, estudiaba con ahínco, trabajaba de sol a sol, era rápido, era fuerte, comprensivo, cariñoso, empático, todo contaba para conseguir una parte del cuerpo dorada, ser el mejor en todo era su obsesión.

Pero aunque se dejaba la piel y su actitud era impecable nunca lo conseguía. Siempre había alguien más rápido a la hora correr, alguien más listo o locuaz a la hora de exponer una idea, siempre se encontraba con alguien más fuerte si había que levantar peso o alguien más altruista si había que ayudar a los demás. Muchas veces estaba a punto de ganar pero se quedaba a las puertas. Su puesto siempre era el segundo.

Y los días pasaban, y su obsesión minaba su moral y lo llenaba de tristeza. Y su padre, uno de los ancianos más respetados de aquella rarísima tierra, siempre le repetía "La verdadera victoria, la auténtica, no se obtiene. No es un premio. La victoria se fabrica, y eso sólo se consigue mirando en el interior de cada uno. Sólo así borrarás tu tristeza y serás feliz. Si algún día alcanzas ese objetivo, sólo entonces, habrás vencido." y luego le decía con una sonrisa "Lo bueno, si humilde, dos veces bueno".

Menuda gilipollez. El viejo no sabía de lo que hablaba. Él aún era joven y lo que necesitaba era ganar para obtener moral y así ser imbatible. Ser el mejor en todo. Eso es lo único que le llenaría. Esa era la única forma de felicidad que él y cualquiera podían llegar a entender.

Y así pasó un año y otro, y otro. Hasta que su padre murió repitiéndole aquellas mismas palabras y dejándole una nota escrita con mano temblorosa que decía: "Si algún día te das por vencido, abre la placa de la plaza con esta llave". Una pequeñísima llave plateada sin adornos acompañaba aquella nota.

Jamás se rendiría. No entendía como su padre era tan respetado por la gente si había sido tan débil en vida. Apenas unas cuantas marcas bronces aquí y allá adornaban su cuerpo y sin embargo le habían dedicado una placa en la plaza del centro de la ciudad.

Él mientras tanto seguía con su cruzada. Pero todo permaneció igual. Era bueno en todo pero no era el mejor en nada. Hacía las cosas bien pero no perfectas. Según pasaba el tiempo su ánimo se desmoronaba cada vez más hasta que un día que estaba seguro que iba a ganar un concurso de arquitectura con un proyecto magnífico que le había llevado mucho esfuerzo, lo perdió y quedó segundo. Según recibió la noticia salió corriendo por la calle mayor de la ciudad, llorando desconsolado, corroído por la rabia y la ira de ser segundo otra vez más.

Finalmente llegó a la plaza central. Agotado por la carrera, cayó sollozando encima de la placa de su padre. Maldito Viejo!!! nunca confió en él, nunca le animó lo suficiente para que pudiera triunfar en aquel mundo tan hostil. Arrancó con violencia la llave de su cuello. La placa tenía una pequeña cerradura casi imperceptible. Introdujo la llave y levantó la placa. Lo único que encontró allí fue un espejo.

Confundido tomó el espejo por el mango. Había dejado de llorar. Lo puso frente a su cara y se miró en él durante unos segundo. "Mirando en el interior de cada uno". De pronto el espejo quemaba así que lo tuvo que tirar al suelo en un acto reflejo por haberle provocado una pequeña quemazón en la palma de la mano derecha. "Sólo así borrarás tu tristeza y serás feliz". Pero cuando el espejo cayó al suelo, no se rompió, sino que lanzó un haz de luz cegadora hacia el cielo para dejar al descubierto, después del fogonazo, que sus dimensiones habían aumentado inmensamente. Ahora en él se podía apreciar toda la plaza con muchísima gente en ella, que probablemente se habían acercado para ver el extraño fenómeno luminoso. Aunque le miraban a él.

Y fue entonces, siendo testigo de aquella visión panorámica del mundo a su alrededor, cuando se dio cuenta de lo obtuso que había sido. El espejo reflejaba cientos de personas de muy diversos colores metálicos pero ninguna cercana al bronce siquiera. Todos parecían estar hecho de retales de un desguace de coches, cobre aquí, estaño, allá, ninguno brillaba lo más mínimo a la luz del sol salvo por ciertas partes más brillantes de plata o incluso oro. Pero él, en el centro de la imagen, refulgía plateado como una estatua imponente. Hasta el último centímetro de su cuerpo era de un limpio color plata que producía una preciosa aura centelleante a su alrededor, su figura esbelta por los años de ejercicio y bien formada le daban una apariencia impactante."Lo bueno si humilde dos veces bueno". Después de unos segundos el espejo desapareció como en un pequeño agujero negro hasta que finalmente no quedó nada.

Se miró primero las manos y luego el resto del cuerpo. Ya no era tan plateado aunque seguía teniendo un vistoso color metálico entre blanco y azulado pero mucho más discreto. La gente a su alrededor pasaba por su lado sin inmutarse lo más mínimo como si no hubieran visto nada y seguían su camino centrados en sus vidas.

Ahora lo comprendía. Miró al cielo, pronunció un suave pero sincero "Gracias Papá" y continuo su camino. Aquella obsesión desapareció.

Su rival, al fin fue, vencido.

Un beso para todos.

2 comentarios:

  1. El hombre de plata me recuerda a alguien...Me ha encantado. Un beso. Isa.

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  2. Menos mal que en el mundo en que yo vivo no todo está basado en competir, las cosas más importantes para mi, no se obtiene por competición... me moriría en un mundo así.
    Que triste y que frustrante. más vale que caerle bien al árbitro de la competición que es la vida de ese mundo, por que si no... jodido va el Hombre de Plata.
    Feliz Día.

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