viernes, 5 de diciembre de 2008

The Dark Lady

Probablemente no volvería a verle. Y era mejor así. No quería matarle. Después de darle muchas vueltas y luchar contra las convicciones y directrices que había seguido a raíz de su cambio, ese chico no entraba dentro de ellas. Era distinto, como una estrella en el cielo en una noche oscura, una diminuta luciérnaga de luz cegadora en un poblado bosque o un faro en medio de la tempestad.

Rompería su ritual. Un ritual que había empezado 8 años atrás. En verdad siempre fue una chica rara, socialmente inadaptada pero no se consideraba una loca. Siempre había sido muy consciente de la realidad en la que vivía y sabía adaptarse pero no luchar contra su naturaleza. Aprendió a dibujar a los 6 años, no a dibujar garabatos o paisajes con una casa y su chimenea echando humo, un sol brillante y sonriente en la esquina del papel, una nube regordeta con pájaros revoloteando a su alrededor y una vaca al lado del árbol cercano a la casa, aprendió a dibujar con una trazo perfecto demonios alados sedientos de sangre, princesas tristes y oscuras, aterradores dragones incendiarios y paisajes negros y tenebrosos. Todo era oscuro en su mente pero al traspasarlo a los nervios de sus manos de lo que allí salía eran auténticas obras de arte siniestro y espectral, pero obras de arte al fin y al cabo.

No se lo enseñaba a nadie a sabiendas de que la sociedad no la entendería, su familia tenía demasiados problemas como para crearles más y sus amigas nunca habían sido lo suficientemente fieles para fiarse de ella, así como no entendían los sueños que tenía y plasmaba con melodiosos versos fúnebres o con historias que podían hacer palidecer a la más feliz de las criaturas sobre la faz de la tierra.

Rebosaba talento, pero no podía mostrarlo. Tenía miedo. No estaba segura de lo que era ni tampoco si, se tratase de lo que se tratase, era buena o mala. Pero se sabía lista y preceptiva. Imaginaba mil formas de quitarse la vida, unas brutales y sangrientas, otras finas e indoloras, pero siempre pensaba en como hacerlo para que nadie se enterase. Al menos hasta que la echaran de menos, si es que eso podía ocurrir.

Un buen día toda la oscuridad que la envolvía desapareció. Fue como de golpe. Como si un enorme rayo de luz iluminará una estancia al abrir la persiana que ha estado a oscuras durante siglos. Ese rayo de luz tenía piernas y brazos y cuerpo y una cara que le había encandilado por completo. De pronto sentía ganas de hacer de todo con todo el mundo, se sentía viva y parecía que él también se sentía así a su lado. Si de eso se trataba el amor se aferraría a ello con todas sus fuerzas.

No sabría decir exactamente cuando todo eso cambió pero no pasó demasiado tiempo. Su príncipe azul resultó ser la persona más cruel y ruin que jamás había conocido pero su corazón se negaba a verlo. Si él la maltrataba ella se convencía que había sido su culpa, si el se gastaba el dinero que ella ganaba en el casino, trataba de comprender sus vicios y consolarle, si la engañaba con otra o se iba de putas, se aborrecía a sí misma por no saber darle lo que necesitaba y dejaba cada vez más que él le hiciera cosas que en el fondo no quería aunque se auto convencía de querer hacerlas, ya no era amor era degradación. Hasta era capaz de cubrirle ante la ley por posesión de drogas y otros trapicheos, lo que le había llevado a probar los calabozos en alguna ocasión y tener una larga lista de antecedentes de los cuales no tenía la culpa, al menos directa, y que no deberían estar ahí.

Después de 3 años de aquella agonía, todos sus dragones, sus hadas oscuras, sus árboles siniestros, sus sueños de muerte volvieron de pronto pero no en forma de tinieblas asociales, sino que la sirvieron para coger toda la luz cegadora de aquel rayo y transformarla en una menos intensa que le permitiera ver que había en la habitación. Una luz que le enseñó las cosas claras. La convirtió en lo que era ahora. Aquel hombre que le había amargado la existencia no tenía derecho a la vida. Acabaría con él.

Y Así lo hizo. No fue difícil dada su rematadamente rebuscada imaginación. Lo peor vino luego. Cada persona del sexo opuesto que conocía y le atraía tenía algún defecto irreversible después de un tiempo y su "enfermedad" se fue haciendo cada vez más fuerte. Tenía la necesidad de matarlos. Al principio pensaba que no estaba bien pero como si de una balanza se tratara cada vez que cometía un asesinato el lado de la balanza que pensaba que hacía justicia y saciaba su sed de sangre pesaba como una losa de hormigón y el lado de la conciencia y el remordimiento no era más que una suave e inane pluma. Todos eran malos. Egoístas, mujeriegos, mentirosos, cabrones, infantiles, crueles.... la lista era interminable.

Ahora se dedicaba a atraerlos. Los engatusaba, no es difícil hacer que un cerdo se acerque si le enseñas el suficiente pienso envuelto en la suficiente mierda, y para esos cerdos no hacía falta demasiado pienso, ni demasiada mierda. Les encontraba un defecto y era suficiente excusa para mandarles al otro barrio. Le gustaba imaginar lo que les costaría morirse. De hecho algún día seguro que uno estaba vivo mientras enterraba a otro a su lado a unos estrictos 2 metros de separación, lo justo para que se pudieran oír los gritos el uno del otro pero que les fuera imposible entenderse ni comunicarse. Algún día cuando fuera vieja y ya no le importara nada, aún menos que ahora, los desenterraría a todos, abriría los ataúdes y disfrutaría viendo los arañazos desesperados en la roída madera de la tapa. La mandíbula desencajada por la desesperación y la rabia, aunque sólo quedaran los huesos lo percibiría, lo imaginaría y se reiría a carcajadas estridentes de vieja y les sermonearía con un "Vosotros os los buscasteis, cerdos!!!".

Pero su supuesta siguiente víctima le había sacado de su esquema. No tenía defectos, no tenía al menos ninguno que la perturbara. Era educado, cortés, sincero, seguro de sí mismo, comprensivo y lo más importante, atento. Se preocupaba por ella, al principio creía que era para llevársela a la cama, lo que le había puesto la cruz para irse al ataúd de cabeza, pero no era eso, sencillamente él era así. Tampoco estaba enamorado de ella, lo daba todo porque daba todo a todos en su justa medida, era la persona más ecuánime que había conocido. Fue el único al que le enseñó sus dibujos y no puso mueca de horror ni la miró como si estuviera loca, simplemente sus adorables ojos adoptaron una forma de sorpresa entrañable y cuando ella se esperaba un "Estás loca de atar", sólo escuchó "Pero esto es la leche. ¿Tú has visto como dibujas? tienes talento tía". Con él no tenía miedo, se sentía libre.

Sin embargo algo en su interior, todo el tinglado de reglas para que aquella especie de viuda negra funcionara, no quería derrumbarse. Había pensado demasiados años que todo eso era perfecto para tirarlo ahora abajo por un espécimen que parecía especial. Algo encontraría que no le gustara y acabaría comido por los gusanos como se merecía el resto de su especie.

Pero no lo encontró. Y tuvo que ponerle mil excusas para no volverle a ver porque cada noche que él trataba de conseguir una cita, ella le decía que sí y preparaba el escenario del crimen pero al final se arrepentía porque no podía matarle. Temía equivocarse. Él le había devuelto la esperanza.

Y aquella noche era la decimo... no la vigésimo..., BUA, daba igual, ya no se acordaba. Pero era seguro que no volvería a verle. Había conseguido que perdiera el interés a base de parecer siempre ocupada cuando él percibía que no era así. Había minado sus ilusiones una y otra vez hasta que finalmente los restos de éstas fueron tan minúsculos que no pudieron volver a unir y crear una nueva como hasta entonces habían hecho. Se acabó. Todo se acabó por salvarle la vida. La única persona que de verdad le había dado luz a su corazón, le hacía reír, le quitaba los miedos y la transformaba en alguien capaz de comerse el mundo y conseguir lo que se propusiera, el único hombre que no enterraría vivo, era el único al que había dejado escapar.

Unos meses después, mientras le dibujaba su cara extremadamente pálida embebida en un halo de luminosidad con una expresión que sólo transmitía paz, rodeado de lobos negros con colmillos enormes y amenazantes, la tristeza le llegó tan hondo al corazón que éste por fin le pudo indicar al cerebro cual era el mejor método de suicidio. Uno que ya llevaba tiempo puesto en práctica sin que se percatase.

No cuidar las pocas cosas buenas que aparecían en su vida.

Un beso para todos.


Epílogo:

Sóla en aquella habitación fría y blanca, mientras su miserable vida se escapaba lentamente de su cuerpo las palabras de aquel hombre retumbaban en su cabeza una y otra vez evitando que su única fuente de descanso, otra mentira más que la ayudaba a entender su vida, le fuera a permitir morirse tranquila:

"La suerte no existe. La vida son probabilidades que nosostros aumentamos o disminuimos con decisiones acertadas o no."

Ella, por fin, había acertado con una decisión.

6 comentarios:

  1. pobre chica, tú a ver con quien estas saliendo, que sea normalita. je je je

    muy chulo el relato

    un beso
    tq

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  6. Madre mía Ñete!
    Pues sí que tienes tú los ahorros en bancos distintos... y tan distintos!!
    jajaja
    Mx

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