Leopold comenzó a hablar.
“¿Recuerdas cuando éramos niños que Padre nos hizo responsables del cuidado, mantenimiento y crecimiento del pequeño, destartalado y descuidado jardín de la torre? Sus palabras fueron ‘demostradme que puedo confiar en vosotros y que sois capaces de llevar las cosas a cabo.’
Tú eras el mayor y por lo tanto el líder que buscaba para lo que él consideraba un pequeña tarea pero que, sin embargo, se convertiría en una gran empresa para nosotros. Lo que Padre no imaginaba, ni ninguno de nosotros, era la transformación que sufrió tu personalidad a la hora de tener el poder sobre algo o alguien.
Era una tarea que podíamos haber hecho solos pero Padre puso a Adam, el hijo del molinero, a nuestro cargo para ayudarnos en la labor. Entonces no entendí porque necesitábamos a Adam
pero ahora lo comprendo.
Adam era un chico menudo y delgado con apariencia débil y enclenque lo que sumado a que era tres años menor que tú le convertía en un saco de carne con huesos al que sería fácil someter para tus propósitos. Lo vi en tus ojos cuando padre te dijo ‘Emplead a este chico como mejor creáis que os sirve. El jardín debe estar limpio, sembrado, verde y florido en dos semanas. Y una cosa más, ni Leopold ni tú podéis limpiar, cavar o sembrar nada. ¿Entendido? Adam será el único trabajador’
'Pero es imp...' quisiste decir. A lo que Padre se adelantó con presteza.
'Shhhh, esa palabra no existe en nuestra familia Garland. Cualquier cosa que necesitéis como suministros o herramientas está en el cobertizo. El viejo Tom está enterado.' hizo una pequeña pausa y cuando ya se iba añadió 'Confío en ti Garland'.
Quizá la presión que añadió sobre tus hombros con esa última frase fue el detonante que hizo que tu mente se precipitara, tratara de ejecutar las órdenes con celeridad y fuera el primer paso hacia tu formación unilateral y dictatorial. Aunque creo que de eso también tengo yo parte de culpa. En parte siempre lo he sentido así y creo que por eso tengo la esperanza de que algún día vuelvas a ser el de antes. Para no sentirme tan culpable."
Leopold hizo una pausa pero Garland no dijo nada. Escuchaba la historia sin inmutarse, con una débil pero exultante sonrisa. Como el chiquillo que escucha embobado a un cuentacuentos en la parte más engatusadora de la historia.
Leopold continuó.
"El primer día de trabajo fue un desastre. Lo recuerdo muy bien. Tú dando órdenes a diestro y siniestro a Adam que no sabía nada de jardinería, ni de andamiaje, ni de nada, perdido por completo en un mar de palas, abono y malas hierbas. Al ver que no hacía bien nada de lo que le decías no parabas de insultarle y de instigarle para que se diera más prisa. Le chantajeabas con el agua y la comida para que hiciera las tareas mejor y más rápido, le negabas los descansos, incluso al final del día comenzaste a pagarle los desastres que organizaba con latigazos que se convirtieron en moneda de cambio dejando obsoletos los otros métodos de trueque hasta el momento; la sed y el hambre."
Yo fui testigo de todo eso horrorizado pero sin mover un dedo. Tú eras mi hermano mayor y yo era demasiado pequeño para entender que te equivocabas. Finalmente exhausto, te fuiste despotricando de Adam y de todo lo que había hecho ese día y pronunciaste una última frase que me llegó al corazón 'Mañana, al alba, tiene que estar todo esto recogido Adam o la única comida que verás será la propia carne arrancada de tus huesos por este látigo. Hasta los cerdos del corral son más útiles que tú'. Y te marchaste a toda prisa a tus aposentos.
Esa fue la primera vez que me quedé sólo con Adam y fue el preludio de todo lo que ocurrió a continuación. Cada noche, a partir de aquella, me quedaba con él un par de horas más, después de curarle las heridas. Le enseñé todo lo que sabía. Qué plantas necesitaban ser plantadas primero, cuales requerían un lugar específico por la luz, cuales necesitaban agua o las que había que poner en las jardineras grandes o pequeñas, centrales o laterales, altas o bajas. Le expliqué como optimizar la limpieza de las malas hierbas para que no volvieran a salir, como fijar las enredaderas y donde situar las guías, reservar espacio para la movilidad de las escaleras y en definitiva todo un plan de trabajo que ni yo mismo sabía que podía desarrollar hasta ese momento.
Aquello desembocó en dos resultados apreciables. El primero era que el jardín avanzaba, tú estabas contento y disminuiste tu agresividad por lo que Adam podía tomar sus bien merecidos descansos y vituallas. El segundo fue la admiración y respeto que Adam comenzó a profesarme. Nos hicimos muy amigos y aunque te odiaba con todas sus fuerzas continuaba trabajando duro bajo tus órdenes gracias a mí.
Evidentemente tú pensaste que eran tus salvajes métodos de trabajo los que daban frutos y me sentiré culpable siempre por aquello, aunque en aquel momento no era lo suficientemente maduro para darme cuenta.
Pues bien. En la jornada quince Padre se pasó por el jardín que aún no estaba acabado y tenía muchas plantas que faltaban por florecer, aunque en una semana más estaría perfecto. Miró con los brazos en jarra, como siempre hacía cuando evaluaba algo a conciencia, y finalmente se volvió hacia ti y con una monumental sonrisa te dijo "Bien hecho hijo. Eres un espejo dónde tu hermano Leopold podrá mirarse". Le dirigió a Adam una bendición con su mano tocándole el pelo mientras el chiquillo agachaba la mirada y le dijo "Buen chico Adam". En cuanto a mí sólo me dijo que siguiera tus pasos. No tardó ni un mes en encomendarnos más tareas y así poco a poco nos fue formando para lo que somos ahora.
Lo más importante de esta historia Garland es que ahora ese aprendiz de panadero es el capitán de mi guardia personal. Un soldado íntegro y bien preparado que rezuma una lealtad basada en el respeto y la confianza. Y eso mismo le pasa al resto de mi pequeño ejército. Tus soldados llegan a la primera línea en hordas. Pero son hordas más de esclavos que de soldados, que luchan por temor a ti y no por ninguna motivación que les hayas inculcado. Basta uno de mis arqueros para acabar con veinte de los tuyos, desperdigados por la línea de retaguardia sin un objetivo común. Sólo los antiguos generales del ejército de Padre que aún te apoyan hacen que tu 'grandioso ejército' gane alguna batalla."
Esa es la lección que debiste aprender entonces y que no dejé que vieras”.
Y con solemnidad Leopold profirió la siguiente frase:
"El respeto vence al miedo. Siempre. Es imposible que sea de otro modo".
Guardó silencio. Esperando la reacción de su hermano. Se miraban fijamente a los ojos pero la expresión que veía dibujada en la cara de Garland no era la que esperaba. Le hubiera resultado más lógico ver una expresión de rabia contenida, de impotencia antes los años en los que había actuado de una forma cruel y dictatorial, incluso algún atisbo de odio. Sin embargo su cara era sinónimo de tranquilidad, incluso exhibía su ligerísima sonrisa torcida hacia la izquierda. ¿Qué significaba aquello? Finalmente su boca comenzó a moverse.
"Así que el respeto vence al miedo. Gracias Leopold por esta magistral lección. Gracias por
todo pero… la palabra imposible no existe en el vocabulario de nuestra familia." Y comenzó a levantarse.
¿Gracias por todo? ¿Qué era todo aquello? Ese comportamiento era extraño en su hermano. Inmóvil en su tocón, con la declaración de paz delante de sus narices, observaba lentamente cómo el cuerpo de su hermano iba abandonando su asiento con la mirada puesta desde el primer instante en su caballo, sin volver a dedicarle ni una mirada en un momento tan importante. Todo ocurría como a cámara lenta. Una vez de pie, cuando Garland comenzó a dar su primer paso hacia el corcel de pronto un reflejo llamó su atención entre las copas de los árboles en frente suyo. No tuvo demasiado tiempo para pensar que puede, en medio del bosque, brillar así porque dos cosas pasaron que transformaron la cámara lenta en dos décimas de segundo que tuvieron lugar a toda velocidad. Una fue el sonido lejano de una cuerda al destensarse y el segundo un fuerte golpe en el pecho, acompañado de un intenso dolor. Leopold Cayó hacia atrás. Le pareció que pasaron horas hasta que su espalda golpeó el suelo pero todo ocurrió en un segundo. Ya tendido sobre la vegetación del Claro del Ciempiés hizo un esfuerzo inútil por levantarse, un hilillo de sangre comenzó a escaparse de la comisura de sus labios, se miró el pecho justo dónde había sentido el golpe. Vio unos diez centímetros de un cilindro de madera que acababa en tres plumas con los colores del estandarte de su hermano; rojo y negro. No pudo mantener por más tiempo la cabeza erguida, sus fuerzas le fallaban, apoyó la espalda en el suelo provocando que la punta de la flecha se introdujera en su cuerpo y los diez centímetros al aire se convirtieran poco a poco en quince, cinco de ellos cubiertos de roja y densa sangre.
Garland se acercó entonces a su hermano que lo miraba con ojos desencajados por el dolor y la angustia de sentirse muerto en vida. Parecía querer decirle algo pero antes de que pudiera articular ni balbucear algo Garland tomó la iniciativa.
"Te respeto más que a nadie en el mundo Leopold querido hermano, pero espero que esto genere el suficiente miedo en tu pueblo como para que se rindan..."
Paralizó sus palabras y con un fugaz movimiento de un hacha sacada de las alforjas de su caballo, le cortó la cabeza salpicando su cara de pequeñas gotas de sangre de su sangre, para añadir finalmente y esta vez sí que con un odio endiablado y encerrado durante lustros en su interior:
"...de una vez por todas".
A veinte pasos de distancia se escondía tras el follaje una figura indetectable bajo la pericia de camuflaje que poseía. Sus dedos apretaban con tanta fuerza la empuñadura de la espada que sus nudillos estaban blanquecinos. No la había soltado desde que su señor había iniciado la supuesta negociación por motivos de seguridad y vigilancia. Aunque no le había pedido que fuera, estaba allí. Tuvo que tragarse el orgullo y las ganas de matar allí mismo al diabólico hermano mayor de su señor. No sabía cuantos soldados tendría ocultos por el bosque. Probablemente lo matarían antes de acercarse ni 5 metros.
Poco a poco la sangre volvió a fluir por su mano, notó el reconfortante calor y la perdida de tensión. Ya libres, se llevó las manos a diez centímetros de sus ojos y juró allí mismo para sus adentros que las mismas manos que hacía veinte años estaban llenas de harina y levadura, serían las que acabaran manchadas con la sangre de Garland de Leisville. Pero las cosas se harían bien, como Leopold le había enseñado. No sólo caería el tirano sino toda su tiranía.
Un beso para todos.
Pues no sé por qué a tí no te gusta... a mí me ha gustado esta historia!!
ResponderEliminarEstoy esperando la siguiente... podría tener un final feliz?? ;)
Muxutxus
muy chula a ver si te animas a la tercera y acaba bien claro si no no la escribas
ResponderEliminarbesitos
visto el número de escritos que llevas esta año , me permito llegar a la conclusión de que este año te lo has pasado mejor que el año pasado, y eso me congratula.
ResponderEliminara ve rsi te veo en el puente
besitos