(Supuesto del pasado) “1780, Inglaterra, Richard Buuurn se asoma a la nave principal de su fábrica de textiles a las afueras de Londres. Allí encuentra a sus ciento cincuenta trabajadoras que cosen y tejen ocho horas diarias, aguja e hilo en mano, todas las prendas que la marca, ya casi centenaria, vende orgullosa en los diferentes mercados de la capital. ¿Cómo encajar las noticias que acababa de recibir? ¿Cómo decirle a cada una de sus empleadas que ya no eran necesarias y que sólo diez de ellas quedarán encargadas de hacer funcionar las nuevas máquinas de coser Spinning Jenny que harán su trabajo ocho veces más rápido, con unos costes muy inferiores y que en resumidas cuentas revolucionará la industria textil?
Algunas llevaban décadas trabajando para él. Lo que haría sería reducir los beneficios los primeros meses para utilizar ciertos recursos en colocar a sus empleadas en otros sectores del mercado, incluso dentro de la propia empresa a ser posible. Aplicaría el cambio de la forma más lenta posible, estirando el tiempo el máximo que le permitiera el mercado para seguir siendo competitivo, trataría de hacerlo lo menos drástico posible, aunque al entrar un drástico cambio en el modelo de negocio las medidas rara vez pueden suavizarse…”
Este trato es el más favorable que deberían esperar los gigantes discográficos de la música actual en 2010, que el cambio se realice tan lentamente que les de tiempo a dedicarse a otra cosa y puedan optimizar los recursos que tienen ahora y que perderán con los años para colocarse en otros sectores del mercado o evolucionar en el sector al que pertenecen hoy en día.
El modelo de negocio musical está obsoleto, la SGAE es sólo la última legión de rapiña que puede esperar que rasque algo más a los consumidores pero no durará mucho, no puede durar mucho. Al igual que la vida, los movimientos sociales masivos se abren paso tarde o temprano entre las barreras, naturales o artificiales, que se les pongan delante.
Como unos náufragos que llegan por casualidad a una prolífica isla desierta habitada únicamente por seres excepcionales, comienzan a explotar sus recursos y a venderlos por el mundo creyéndose, como antiguamente los reyes, con derecho divino sobre esos recursos y jurando y perjurando que son suyos y sólo suyos y que pasarán por encima de quien ose si quiera poner eso en duda. Monopolizan el nacimiento de grupos musicales, paralizan o retrasan la libre creación y uso de algo tan natural como la música y provocan un cuello de botella entre la oferta y la demanda haciendo que sólo pase a través de la boquilla de la botella la mierda, buena o mala, que ellos deciden y que esparcen por su intricada escalera de caracol de emisoras de radio, tiendas de música, programas de televisión, etc., y provocando que la sociedad, supuestamente libre, sólo pueda elegir entre un número de opciones limitado y pagando un precio por cada escalón de esa artificial escalera.
Pero esa isla no es suya. Nunca lo ha sido y hoy en día ha llegado una lluvia torrencial en forma de billones y billones de ceros y unos que les ha desmantelado el chiringuito, ha arrasado con sus casuchas de bambú construidas en la playa, ha hecho que el mar se trague sus yates y veleros, ha destruido por completo el hotel de 5 estrellas que se habían montado en ese paraíso insular y al detenerse ha dejado la isla tal y como estaba antes de que ellos llegaran, como un vergel regalado por la naturaleza. Un bien para la humanidad.
Hoy en día los grupos pueden ellos mismos publicitarse y hacerse oír por Internet, que es, o al menos debería ser, el objetivo fundamental de un músico en particular y de un artista en general. Ser escuchado y tener la oportunidad de que la gente sienta su música, que la viva, que les ponga los pelos de punta o les haga gritar de alegría, que te haga replantearte tus acciones o ver las cosas desde otro punto de vista para ayudarte en tu camino. El artista crea esencia pero es el público el que hace que esa esencia se convierta en arte.
Una vez conseguido esto la gente va a pagar por ver en directo a este músico porque no hay una experiencia mejor que escuchar una canción cuya letra te traspasa los huesos, abre cada poro de tu sensibilidad, cierras los ojos y das gracias por ser humano y poder disfrutar con cada nota de la melodía que abraza a la maravillosa letra, escuchada en boca del autor, que es sin duda el único que le puede dar esa grandeza a una canción que sólo él ha creado. Es una experiencia única y como tal se paga y con gusto.
Llegado a este punto la discográfica ha perdido el sentido, no necesita distribuir y por lo tanto pierde el control sobre todo, ya no se oirán los grupos que ellos quieran sino los que más gusten, ya no monopolizarán la música de los medios porque los medios se adaptarán a lo que más guste. No son más que costureras con una aguja y una bobina de hilo en un universo invadido por las máquinas de coser. Están obsoletos, les van a quitar el pastel al que tantos años llevan hincando el diente y evidentemente no les gusta. Es comprensible pero ineludible.
Algunas cifras de mi persona para respaldar lo que acabo de decir. Estuve muchos años viviendo en el mundo de los 40 principales, y no me arrepiento, todo tiene su punto, pero mi gusto por la música era eso, gusto, sin más. No había pasión. Mi paladar estaba acostumbrado a vinos jóvenes sin demasiado cuerpo, en cierto modo atrofiado. Me compraba un disco de vez en cuando y ya está con lo que se podría decir que en 10 años de vida con opciones económicas, traduciendo las pesetas a euros y haciendo una estimación de lo que costarían esos discos hoy en día pues, me habré comprado unos 15 discos a 20 euros por disco pues 300 euros. 30 al año.
Pues bien, de un tiempo a esta parte y gracias a sowftware como Spotify o páginas del estilo LastFM o MySpace y por supuesto al Emule y al Torrent he tenido acceso a una cantidad de música a la que antes me costaba asomarme y porque por algo que no sabes si te va a gustar no te gastas 20 euros pero si la prueba es gratis la cosa cambia. En dos años he ampliado mi panorama musical como en un 300% y subiendo, escucho más música y conozco más grupos, aprecio los buqués de los mejores caldos que antes me pasaban desapercibidos y lo que me queda. Y el gusto se ha transformado en pasión. Y esa pasión se traduce en una media de 10 conciertos anuales que a unos 30 euros de media por concierto hacen 600 euros invertidos en música en dos años. Sin comprar ni un sólo disco. 30 euros al año contra 300, hummm parece que la industria tiene una salud de hierro.
El cambio de modelo está claro.
-Los artistas que vivan de una canción o un disco no podrán vivir toda la vida como artistas porque no lo son, fueron artistas un año y sacaron su beneficio, punto. Tendrán que dedicarse a otra cosa. El público (mercado) manda, no la SGAE y sus secuaces.
-El concierto será la base de beneficio de un artista en particular y de todo el mundillo de la música en general (montadores, técnicos, seguridad, representantes, etc.). Si quieren ganar más tendrán que hacer más conciertos y gustar para llenar. Si aún así no ganan lo mismo que ahora pues que se le va a hacer. Sería mejor pensar que hasta ahora has cobrado más de lo que merecías. El público (mercado) manda, no la SGAE y sus secuaces.
-Las discográficas tienden a desaparecer. Ya no tienen sentido como tantas cosas, útiles en su momento, que lo han perdido a lo largo de la historia de la humanidad. El público (mercado) manda, no la SGAE y sus secuaces
Fácil ¿no?
Un beso para todos.
PD: (Supuesto del futuro) “2050, España, la comercialización del teletransporte como un medio seguro de transporte es una realidad. Pedro Txeira, perceberio hijo de percebeiros y padre de percebeiros, se ha jugado como cada mañana la vida para poder distribuir después en persona los percebes frescos recogidos esa misma mañana directamente de la roca entre todos los consumidores que realizan sus pedidos a través de la red. Ahora que no son necesarios los intermediarios como transportistas, mayoristas, minoristas, etc… el precio de venta es muy inferior y sin embargo el dinero que entra en casa de Pedro es diez veces superior.
¿Se quejarían los intermediarios? Seguro que sí ¿Podrían poner un canon al teletransporte? Sí podrían. ¿Duraría mucho ese canon? Respondan ustedes.
Algunas llevaban décadas trabajando para él. Lo que haría sería reducir los beneficios los primeros meses para utilizar ciertos recursos en colocar a sus empleadas en otros sectores del mercado, incluso dentro de la propia empresa a ser posible. Aplicaría el cambio de la forma más lenta posible, estirando el tiempo el máximo que le permitiera el mercado para seguir siendo competitivo, trataría de hacerlo lo menos drástico posible, aunque al entrar un drástico cambio en el modelo de negocio las medidas rara vez pueden suavizarse…”
Este trato es el más favorable que deberían esperar los gigantes discográficos de la música actual en 2010, que el cambio se realice tan lentamente que les de tiempo a dedicarse a otra cosa y puedan optimizar los recursos que tienen ahora y que perderán con los años para colocarse en otros sectores del mercado o evolucionar en el sector al que pertenecen hoy en día.
El modelo de negocio musical está obsoleto, la SGAE es sólo la última legión de rapiña que puede esperar que rasque algo más a los consumidores pero no durará mucho, no puede durar mucho. Al igual que la vida, los movimientos sociales masivos se abren paso tarde o temprano entre las barreras, naturales o artificiales, que se les pongan delante.
Como unos náufragos que llegan por casualidad a una prolífica isla desierta habitada únicamente por seres excepcionales, comienzan a explotar sus recursos y a venderlos por el mundo creyéndose, como antiguamente los reyes, con derecho divino sobre esos recursos y jurando y perjurando que son suyos y sólo suyos y que pasarán por encima de quien ose si quiera poner eso en duda. Monopolizan el nacimiento de grupos musicales, paralizan o retrasan la libre creación y uso de algo tan natural como la música y provocan un cuello de botella entre la oferta y la demanda haciendo que sólo pase a través de la boquilla de la botella la mierda, buena o mala, que ellos deciden y que esparcen por su intricada escalera de caracol de emisoras de radio, tiendas de música, programas de televisión, etc., y provocando que la sociedad, supuestamente libre, sólo pueda elegir entre un número de opciones limitado y pagando un precio por cada escalón de esa artificial escalera.
Pero esa isla no es suya. Nunca lo ha sido y hoy en día ha llegado una lluvia torrencial en forma de billones y billones de ceros y unos que les ha desmantelado el chiringuito, ha arrasado con sus casuchas de bambú construidas en la playa, ha hecho que el mar se trague sus yates y veleros, ha destruido por completo el hotel de 5 estrellas que se habían montado en ese paraíso insular y al detenerse ha dejado la isla tal y como estaba antes de que ellos llegaran, como un vergel regalado por la naturaleza. Un bien para la humanidad.
Hoy en día los grupos pueden ellos mismos publicitarse y hacerse oír por Internet, que es, o al menos debería ser, el objetivo fundamental de un músico en particular y de un artista en general. Ser escuchado y tener la oportunidad de que la gente sienta su música, que la viva, que les ponga los pelos de punta o les haga gritar de alegría, que te haga replantearte tus acciones o ver las cosas desde otro punto de vista para ayudarte en tu camino. El artista crea esencia pero es el público el que hace que esa esencia se convierta en arte.
Una vez conseguido esto la gente va a pagar por ver en directo a este músico porque no hay una experiencia mejor que escuchar una canción cuya letra te traspasa los huesos, abre cada poro de tu sensibilidad, cierras los ojos y das gracias por ser humano y poder disfrutar con cada nota de la melodía que abraza a la maravillosa letra, escuchada en boca del autor, que es sin duda el único que le puede dar esa grandeza a una canción que sólo él ha creado. Es una experiencia única y como tal se paga y con gusto.
Llegado a este punto la discográfica ha perdido el sentido, no necesita distribuir y por lo tanto pierde el control sobre todo, ya no se oirán los grupos que ellos quieran sino los que más gusten, ya no monopolizarán la música de los medios porque los medios se adaptarán a lo que más guste. No son más que costureras con una aguja y una bobina de hilo en un universo invadido por las máquinas de coser. Están obsoletos, les van a quitar el pastel al que tantos años llevan hincando el diente y evidentemente no les gusta. Es comprensible pero ineludible.
Algunas cifras de mi persona para respaldar lo que acabo de decir. Estuve muchos años viviendo en el mundo de los 40 principales, y no me arrepiento, todo tiene su punto, pero mi gusto por la música era eso, gusto, sin más. No había pasión. Mi paladar estaba acostumbrado a vinos jóvenes sin demasiado cuerpo, en cierto modo atrofiado. Me compraba un disco de vez en cuando y ya está con lo que se podría decir que en 10 años de vida con opciones económicas, traduciendo las pesetas a euros y haciendo una estimación de lo que costarían esos discos hoy en día pues, me habré comprado unos 15 discos a 20 euros por disco pues 300 euros. 30 al año.
Pues bien, de un tiempo a esta parte y gracias a sowftware como Spotify o páginas del estilo LastFM o MySpace y por supuesto al Emule y al Torrent he tenido acceso a una cantidad de música a la que antes me costaba asomarme y porque por algo que no sabes si te va a gustar no te gastas 20 euros pero si la prueba es gratis la cosa cambia. En dos años he ampliado mi panorama musical como en un 300% y subiendo, escucho más música y conozco más grupos, aprecio los buqués de los mejores caldos que antes me pasaban desapercibidos y lo que me queda. Y el gusto se ha transformado en pasión. Y esa pasión se traduce en una media de 10 conciertos anuales que a unos 30 euros de media por concierto hacen 600 euros invertidos en música en dos años. Sin comprar ni un sólo disco. 30 euros al año contra 300, hummm parece que la industria tiene una salud de hierro.
El cambio de modelo está claro.
-Los artistas que vivan de una canción o un disco no podrán vivir toda la vida como artistas porque no lo son, fueron artistas un año y sacaron su beneficio, punto. Tendrán que dedicarse a otra cosa. El público (mercado) manda, no la SGAE y sus secuaces.
-El concierto será la base de beneficio de un artista en particular y de todo el mundillo de la música en general (montadores, técnicos, seguridad, representantes, etc.). Si quieren ganar más tendrán que hacer más conciertos y gustar para llenar. Si aún así no ganan lo mismo que ahora pues que se le va a hacer. Sería mejor pensar que hasta ahora has cobrado más de lo que merecías. El público (mercado) manda, no la SGAE y sus secuaces.
-Las discográficas tienden a desaparecer. Ya no tienen sentido como tantas cosas, útiles en su momento, que lo han perdido a lo largo de la historia de la humanidad. El público (mercado) manda, no la SGAE y sus secuaces
Fácil ¿no?
Un beso para todos.
PD: (Supuesto del futuro) “2050, España, la comercialización del teletransporte como un medio seguro de transporte es una realidad. Pedro Txeira, perceberio hijo de percebeiros y padre de percebeiros, se ha jugado como cada mañana la vida para poder distribuir después en persona los percebes frescos recogidos esa misma mañana directamente de la roca entre todos los consumidores que realizan sus pedidos a través de la red. Ahora que no son necesarios los intermediarios como transportistas, mayoristas, minoristas, etc… el precio de venta es muy inferior y sin embargo el dinero que entra en casa de Pedro es diez veces superior.
¿Se quejarían los intermediarios? Seguro que sí ¿Podrían poner un canon al teletransporte? Sí podrían. ¿Duraría mucho ese canon? Respondan ustedes.
Pero qué bien te ha quedado!! Además de bien explicado y redactado... opino exactamente lo mismo!!
ResponderEliminarMuxutxus!!
Sheila