miércoles, 7 de julio de 2010

El Invertido

Sí, en efecto, soy un invertido. Uno de esos rarísimos casos que se dan en el mundo de los imanes. Me lo detectaron de recién nacido, cuando una enfermera me fue a dejar en la cuna de la sala de maternidad y salí disparado como un misil hacia la lámpara de latón que había en el techo llorando a moco tendido. Un médico que pasaba cerca y oyó el "CLANK" de mi barriga chocando contra el metal comenzó a gritar "¡¡¡Rápido!!! ¡¡¡todos fuera de la habitación!!!, ¡¡¡Invertid la polaridad por dios!!!, ¡¡¡invertid!!!! ¡¡¡la!!!! ¡¡¡polaridad!!!!!".

Yo no lo recuerdo pero muchas veces me imagino la escena, médicos y enfermeras con las caras estampadas contra la ventana de la habitación para ver como en cuanto le dieron al interruptor mi diminuto cuerpo negro caía a la misma velocidad que había subido para quedarme bien pegadito a la cuna que desde un principio me debía haber recibido.

"Señora, el niño está sano, todo correcto, salvo por el hecho de que es... bueno, lo siento, es invertido". Con lo tradicionales que son mis padres.

Mi padre es un hombre campechano que no conoce más mundo que lo que supone ir de casa al bar y del bar a casa. No por borracho ¿eh? Que trabaja allí, más concretamente dentro de un abre-chapas con forma de botellita de cerveza, siempre bien pegado a la base metálica del grifo de cerveza. La verdad es que no puede quejarse, es un buen trabajo con sueldo fijo y con pocas posibilidades de despido. Tan sólo una vez lo quisieron sustituir por una cuerda de forma que el abre-chapas quedaría colgado del grifo en vez de pegado a él. Afortunadamente después de tanto tiempo todos sus amigos le apoyaron. La bayeta, siempre trataba de acabar encima de la cuerda para mojarla y que fuera asquerosa al tacto, los vasos y botellines buscaban la forma de entorpecer el acceso a la cuerda, hasta las pinzas del hielo trataban de ponerse cerca para rallarla con sus diminutos dientes. Al final no duró ni una semana y mi padre pudo volver al trabajo.

Mi madre es ama de casa, y gracias a dios, ya que ha podido cuidar de mí todos estos años. De joven trabajaba como soporte de una ficha verde de Parchís. Siempre cuenta historias de aquella época, como cuando la vez que se comió tres fichas seguidas contándose 60, o las disputas que tenía con la quinta ficha de un verde más apagado y un diámetro algo mayor que se coló un buen día en la caja y siempre quería salir a jugar dejando a una de las "titulares" en el banquillo. Habla con nostalgia de aquella época pero yo sé que también está encantada de sentirse el imán angular de nuestra familia.

Mi infancia fue tremendamente dura puesto que todas las clases que di fueron particulares desde una habitación con distinta polaridad al resto y con el profesor hablándome desde fuera mediante un micrófono. Nunca tuve compañeros de clase y, como era de esperar, me marginaban en los recreos, en las actividades extraescolares, etc... Hubo una chica que sentía compasión por mi por cómo me trataban los demás niños-imán. Victoria se llamaba. Un buen día se acercó sigilosamente a mí.

Estábamos solos dado que yo siempre estaba solo. Me debía observar hacía tiempo porque nadie me encontraba en mi lugar de retiro, pegado a una tubería que pasaba por la parte de atrás de la cafetería y a la que nunca se acercaba nadie.

"¿Se puede...?" me dijo con una mezcla de obligada desconfianza y forzada amabilidad. Sorprendido pude articular balbuceando algo parecido a "cla... cla... claro, ¿po... por por qué no?" Mantuvimos la conversación más maravillosa de toda mi vida. Ella me contó las mil cosas que hacía diariamente y yo le conté cómo era no poder hacerlas. Sin embargo mis experiencias sobre la vida en soledad y como hace que caviles más sobre las cosas parecían fascinarla. Reímos y hablamos toda la tarde. La distancia que había entre nosotros se fue reduciendo casi sin darnos cuenta, queríamos sentirnos más cerca. Algo estaba pasando. Una sensación de estar a gusto, de estar bien. Irremediablemente se había activado algún tipo de chispa y cuando nos acercamos aún más y ella me miró un instante con ojos acaramelados para cerrarlos después invitándome a dar el último paso, que sería el primero en mi carrera sexual, un miedo me paralizó cada enlace atómico de mi cuerpo. Sabía que no podía dudar más de dos segundos así que respiré hondo y me lancé a sus labios.

FLAP!! Ambos abrimos los ojos y aún con los labios en forma de beso, sorprendidos de encontrarnos besando el aire en vez del uno al otro, nos dimos cuenta de que estábamos espalda contra espalda. Con el calentón olvidamos mi inversión. Después de 10 largos minutos, ¿o fueron 20?, tratando de separarnos lo conseguimos al final metiendo una astilla con dificultad entre nuestros traseros. Al acabar estaba tan avergonzada de que hubiera tenido que hurgar ahí que su tez había dejado de ser negra para mostrar ahora un rojo fuego oscuro casi tan intenso como su mirada. No volví a verla, mejor dicho, no volví a mirarla.

Después de esta traumática experiencia ya ninguna de las venideras me pilló de sorpresa y aprendí a no quejarme. Simplemente me dediqué a vivir sin ningún tipo de expectativa en la interacción con los demás.

Mi padre me consiguió un empleo en la cocina del bar. Consistía en ser un imán de nevera que sujetaba todo tipo de papeles, desde listas de compra hasta estériles y nada caballerescos piropos del cocinero con destino una voluptuosa camarera recién contratada. No hubiera sido tan agónico estar allí durante tres años si no hubiera tenido la cara pegada a la nevera 8 horas al día. Los demás colgaban de espaldas y charlaban tranquilamente con sus piernecitas y bracitos colgando plácidamente al frente pero yo tenía que ejercer de contorsionista, como si fuera un mosquito que se hubiera estampado allí de cara a 200KM/H, para ahorrar una de las tres horas de fisioterapia que necesitaba después del tajo. Al menos el mosquito estaba muerto y no tenía que leer bien pegadito al ojo: “Si mi pito fuera un cohete, tu chocho sería mi destino. ¿Quieres que te eche un casquete o que te meriende el chumino?”.

Al menos ahora soy feliz. Me gusta pensar que todo lo que me ha pasado en la vida, bien sea malo o bueno, al final es bueno si me ha llevado a estar donde estoy ahora. Los de fuera lo llaman Invertia, y lejos de estar cerca de ser una empresa de inversiones, son un grupo de imanes solidarios con los invertidos. Mis padres decidieron, después de hacer un gran esfuerzo, tanto económico como psicológico, traerme aquí.

En Invertia estoy rodeado de imanes como yo, pueden abrazarme, susurrarme cosas al oído o acariciarme la muesca que tengo desde que un día me caí en el trabajo y que luzco con orgullo al más puro estilo “herida de guerra” sin necesidad de quedarnos pegados. Mientras se buscan fórmulas para que nuestra vida sea más fácil en un mundo donde la mayoría tienen distinta polaridad nos conformamos y muchas veces preferimos nuestro pequeño mundo al revés.

Y es que todo lo que es integración y solidaridad está muy bien pero como con los tuyos no se está en ningún sitio.

Un Beso para todos.

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