lunes, 13 de marzo de 2017

Mens sana in corpore sano

Primera mañana. Madrugo un poco porque no quiero empezar mal desde el principio y acostumbrarme a quedarme en la cama hasta las doce. El plan: Comprar el regalo de San Valentín, nunca lo celebro pero hoy estoy de humor, ingresar el cheque del finiquito y buscar una piscina que esté cerca de casa. Quiero hacerlo todo andando disfrutando de la tranquilidad que me da mi nueva vida lejos del estrés y las prisas.

Me visto y bajo animado por las escaleras, nada de ascensor, bajando los escalones de dos en dos como cuando tenía doce años. Llego al portal y hace una preciosa mañana... de lluvia. Ya empieza el destino a ponerme sus consabidas zancadillas. Como ya le conozco bien y sé que al final no es tan malo pienso "Bueno no pasa nada, para eso están los abrigos con capucha y las bufandas. Además el frío hay que disfrutarlo ¿no?"

Dos kilómetros y medio después entro en el Corte Inglés de Nuevos Ministerios con los dientes apretados, los veintitrés dedos helados, echando humo por la boca y las pestañas pegadas a las cejas con escarcha. Sobre todo después de que el ejército de colaboradores "solidarios" pidiendo limosnas para gente con problemas que queda muy lejos de aquí, me asaltase hasta cuatro veces ¡¡¡en menos de cincuenta metros!!! Están colocados estratégicamente como los pulsadores de un pinball. Da igual que mires abajo, te chocarías, a la izquierda hay uno, a la derecha hay dos, al cielo, se piensan que eres creyente y buen samaritano y van todos a por ti. En fin, al final paso lo más rápido que puedo y a todos les digo lo mismo "Ya soy de ACNUR", lo que es cierto por lavar mi conciencia mínimamente, a lo que uno me contesta "Ya, pero yo no soy de ACNUR soy de médi..." y entonces antes de que continúe haces lo que sensatamente tenías que haber hecho desde el principio: huir de ellos a la carrera. Sin que te importe. Esta situación lleva tu mente a un abismo de inhumanidad y de estudio de efectividad del impacto de las fuerzas de ventas que se abre mostrándote las llamas del mismísimo infierno de la integridad humana para cerrarse rápidamente con un fugaz "En fin..." en tu cabeza.

Al salir del comercio con mi regalo bajo el brazo y una sonrisa de satisfacción del trabajo bien hecho pienso en mi próximo destino. Banco Sabadell. Había uno por aquí por Nuevos Minist... "¡¡¡Coño qué susto!!! Quita hombre, que no me cojas..., joer". Una gitana a la puerta de El Corte vendiendo romero. Hoy me tocan todas las chinas. La esquivo como puedo y pongo una velocidad de crucero elevada. Miro para atrás cada cinco metros pero ahí está. No la descuelgo. Hay que joderse, con la pinta de conguito de ochenta kilos disfrazado de rumana que tiene y menudo reprís. Por un momento creo que me alcanza pero se cruza otra alma ingenua en su camino y por fin la despisto.

Miro el móvil. Vale ya sé donde está la oficina del Sabadell. Doscientos metros. Al menos ya no llueve pero hace un frío de pelotas. Encojo los hombros y me meto en el laberinto de AZCA. Escaleras pa'rriba, escaleras pa'bajo, cruzo una plaza de Este a Oeste, cruzo la misma plaza u otra igual de Norte a Sur, en transversal, trazando tangentes, otra vez el mismo restaurante...o no... Al fin salgo a Orense que no era mi intención pero... et voilà! la oficina del Sabadell. La de cal del destino.

Entro con cierta prisa en la oficina en parte por el frío y en parte porque ya se me ha ido con la tontería la mitad de la mañana y no he hecho nada. La chica de la caja del Sabadell me dice cuando le entrego el cheque del finiquito de una manera muy simpática, así como con voz de entre Belén Esteban y el padre del portero de Aquí no hay quien viva: "No lo puedes cobrar. Es que te lo han cruzao". Solo le faltó explotarme una pompa de chicle en la cara en ese momento. "¿Cómo que me lo han cruzao?" Y ya me explica que no me lo puede pagar en efectivo y que tengo que ir a mi banco a ingresarlo. Choni pero simpática la verdad. No vamos a andar con prejuicios a estas alturas ¿no?

Otro contratiempo. No pasa nada. Destino cabroncete hoy te ha dado conmigo. Miro la sucursal de ING más cercana. Colombia. Su puta Madre. Si es que me tenía que haber traído el coche. NO. Tengo que adaptarme a mi nueva vida sin coche, sin atascos, sin aparcar. Sin estrés. Respiro profundamente y vuelvo a Nuevos Ministerios para coger el metro. Línea 8 es casi directo a la calle de la sucursal. No hay problema tronco ¿Lo ves?

El frío aprieta. Cuando llego al metro la línea 8 está cerrada. ¡¡¡Jodeeeer!!! Es verdad. Si el último que la vio abierta fue Jesucristo. Me da rabia y el único gesto que hago es dar una ligerísima patada al suelo con el talón. Quiere el destino que justo golpee un adoquín suelto lleno de agua de lluvia por debajo. Resultado, zapato empapado al 70% y pernera del pantalón ligeramente húmeda. Me muerdo el labio. No pasa nada. ¿Cuantas veces has jugado al fútbol en campos de tierra, embarrado hasta las cejas? Es solo ir al banco y volver. Me digo a mi mismo.

Busco otra sucursal y bingo. O'Donell. Directo en línea gris. El calcetín lo tengo calado y ya noto el agüilla pasando alegre y fríamente entre mis dedos pero he vuelto a animarme. Un recado más y habré hecho dos de tres cosas planificadas en toda una mañana... y pensaba que en mi trabajo era ineficiente. Madre mía.

El episodio de ING en O'donell fue bien salvo por los la media hora que tuve que esperar debido al gran número de personas que había. Y eso que lo tienen bien montado tipo carnicería y con pase correcaminos para las operaciones más rápidas. Ahí es donde empiezo a darme cuenta de la cantidad de gente que habita el mundo de 9:00 a 13:00. Y comienzo a percibir una sensación de desubicación que, no solo, me acompañará ya hasta el final del día, sino que irá in crescendo con el paso de las semanas. Una sensación de no pertenecer a este mundo. De mirar a la gente cuando te la cruzas por la calle y tener la sensación de que detectan que tú antes no andabas por ahí a esas horas, que eres un extraño. Es muy raro, como si tu forma de actuar, de andar o sencillamente de estar no encajara. Para mostrarlo nada mejor que un ejemplo de lo que me pasó la mañana siguiente al ir a buscar una piscina en la que pasar mis próximas apacibles y desestresantes mañanas.

A unos 1.700 metros de casa hay un polideportivo municipal. Es la primera visita que voy a hacer por ser la que tiene mayor probabilidad de éxito ya que ya tengo la tarjeta municipal. Son aproximadamente las 11:30 de la mañana y voy andando tranquilamente por la calle. Día soleado, gente o muy joven o muy vieja andando por la calle, pajarillos cantando... una delicia. Cuando de pronto recibo un wasap. Mi amigo Dani preguntándome qué hago ahora que estoy jubilado (me envía un mensaje todos los días a la misma hora preguntándomelo. Le hace gracia). A mí me hace gracia responderle chorradas y por querer hacerme el gracioso en respuesta decido enviarle una foto. No se me ocurre otra cosa que pararme en el colegio por el que pasaba en ese momento y apuntar con mi móvil a las decenas de niños que estaban jugando en el patio a esa hora. A esto me refiero con desubicación. Mi intención era enviar una foto imposible de hacer si trabajas de 9 a 20 para hacer una gracia en plan "Pues viendo sitios que nunca he visto antes de ponerme a inspeccionar obras". Algo gracioso no sé.

No llegué a disparar la cámara de mi móvil porque por el rabillo del ojo pude ver como al menos tres viejos me estaban mirando con cara de llamar a la policía. Tampoco les culpo, ver a un hombre de mediana edad, vestido con una sudadera negra con capucha y pantalón de chándal, haciendo fotos a un colegio a las 11:30 de la mañana pues... No sé como lo veis vosotros pero yo lo vi clarísimo. Me puse la capucha y aceleré el paso. Seguramente empeoré la situación pero al menos salí de allí. Esto es estar DESUBICADO.

Última noche. Hace exactamente un mes desde la decisión de dejar el curro, veinte días laborables. Sigo teniendo la sensación de que estoy de vacaciones en Madrid. A los sentimientos positivos de abandono del estrés y liberación de responsabilidad se han contrapuestos otros como la lucha contra la inutilidad y la incapacidad de conectar con mi alama aún. Lucho cada día para convencerme a mí mismo de que me merezco este tiempo. Salgo victorioso.

Acabo de volver del Burger King aprovechando que estoy solo en casa para cenar. De vez en cuando me encanta comerme un Whopper y un Big King alimentando así mi síndrome de Peter Pan. Aunque el sabor me fascina sé que me van a sentar mal y en efecto diez minutos después de dar el último bocado a la gran pequeña estrella de la franquicia estoy en el baño con el tubo de PVC funcionando a todo gas.

Pero lo que más me gusta no es comerlo, es ir a comprarlo al local. Podría pedirlos a domicilio pero está a 300 metros de casa y así estiro las piernas. Esta no es la verdadera razón por lo que lo hago. En realidad voy al local porque me ayuda a relativizar las cosas buenas de mi vida y de mi persona con las malas, A escudriñar donde estoy, adonde quiero llegar y si voy en la dirección correcta. Entrar en un Burger King es muy decadente, súper decadente, de hecho es lo más decadente que se puede hacer que se me ocurra ahora mismo. El olor, el segurata, la ropa de los dependientes, los dependientes, los muebles con mil batallas, la decoración, las promos... pero sobre todo la gente: Universitarios que no saben aún nada de la vida teniendo conversaciones absurdas y riéndose como pollinos, padres y madres con ojos hundidos pendientes de todos los detalles de un cumpleaños con veinte niños gritando con estruendo y correteando descontrolados, grupos de amigos o familias de clase baja gritando y comiendo con la boca llena mientras dan risotadas inmundas. Y entre ellos, los que más me llaman la atención, quizás porque es donde me veo más cerca de decaer, la vida es decadencia, solitarias personas de mediana edad sentados en silencio mirando al infinito con ojos vacuos, Cogen las patatas una por una, delicadamente, y se las llevan a la boca sin degustarlas, masticando despacio por inercia, simplemente pensando en su pasado o su futuro. Podría inventarme la historia de cada uno pero todas tendrían el mismo hilo conductor. El calvario de vivir sin un objetivo claro. 

Hay que empaparse de todos esos matices, que se te peguen bien a los poros, como a Kratos las cenizas de sus familiares, para después al salir, como si de un baño de sales renovadoras se tratase, dejarse envolver por la bofetada de realidad, de mi realidad, de mi vida y emparejarla como un Jekyll and Hide con lo que me he traído de ahí dentro.

Entre estos dos días hay otros veintinueve, contando fines de semana, que me he dedicado a alcanzar el primer objetivo que me propuse al dejar el trabajo: MENS sana in CORPORE Sano. Me levanto todas las mañana relativamente pronto. Quizás tenga que ver que justo el día que empezó mi mes sabático tiraron el colegio mayor de enfrente de casa y llevan en obras un mes y lo que te rondaré morena. Camiones, grúas, taladros hidráulicos, excavadoras... Todos con algo en común. El silencio que producen y que están a unos setenta metros de mi ventana. Fíjate que no tengo ni que salir de casa para ver las obras. ¡Soy la envidia de cualquier jubilado! Hay que ver el lado positivo.

En cuanto a la MENS lo llevo un poco retrasado ya que solo me he leído completo un libro y otro a la mitad, he esbozado un par de historias para el blog, he visto alguna serie chula, he vuelto a ver películas antiguas que me apetecía volver a ver y a entender, he creado un vídeo muy currado para el cumpleaños de un amigo y he terminado dos obras maestras de los videojuegos y  he escrito un par de críticas para el nuevo blog que voy a empezar.

En cuanto al CORPORE, y siempre con el triatlón olímpico en mente, pues he perdido 2 kilos, ya nado 1.500 metros sin problemas, mantengo mis 20Km/h de media en la bici de Montaña y ya estoy en 45 minutos el 10K con expectativas de hacer la Media de Madrid R&R en 1h 40m.

Voy cumpliendo objetivos pero estoy deseando comenzar el Máster para acercarme esa sensación tan vital y necesaria para el ser humano que es el sentirte útil para los demás. De momento estoy tratando de volver a ser útil para mí mismo.

Un beso para todos.

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