miércoles, 12 de abril de 2017

Kagasawa (Viaje a Japón)


Acabo de volver de Japón y lo primero que tengo que decir es que he estado quince días cagando hilo pero ha merecido la pena. Cada vez que visitaba el trono me acordaba del chiste: ¿Cómo se dice cagalera en japonés? Lo tenéis en el título.

Como alguno ya sabrá mi intestino delgado tiene sólo un metro y los siete restantes han sido sustituidos por un tubo de PVC que al final engancha con mi colon irritable. Si a esto le añades el cambio de alimentación a la oriental y tanto té pues es el coctel perfecto para tener una cagalera de dos semanas.

Y hasta aquí las "cosas malas" de Japón. Lo entrecomillo porque siempre he pensado que una buena colitis te deja nuevo y te permite empezar de cero con un par de kilitos menos. Perfecto para la media que tengo que correr en dos semanas.

Japón es el mejor país para hacer turismo de todos los que he visitado por las siguientes razones: Hay muchos baños y además son gratis, la taza se calienta automáticamente así que al sentarte da gustirrinín, te ponen un vaso de agua en todos los restaurantes sin que lo pidas y no esperan que tomes nada más, no son nada agobiantes vendiendo comida o souvenirs, son muy muy limpios, ordenados y respetuosos por lo que hacen colas en todos lados que funcionan porque nadie intenta colarse, incluso sin saber inglés intentan ayudar siempre como puedan y por último no hay que pagar propina, de hecho se quedan con cara de japo con la gotita de sudor en la sién si intentas dársela. Parecen cosas fáciles de cumplir pero no hay ningún país de los que he visitado que las cumpla y son unos cuantos.

Con estas premisas y con el Japan Rail Pass en mano, el viaje se antojaba como uno de los mejores ever y en efecto así ha sido. Desde la experiencia gastronómica, hemos probado todo lo que nos ha dado tiempo a probar, hasta la belleza de los jardines japoneses, sin duda los mejores del mundo, pasando por la preciosa arquitectura de los  miles de templos budistas y sionistas desperdigados por el país.

Comenzamos nuestro viaje en Tokio donde hay mucha gente. Pero mucha, mucha. El uso del transporte público es una exageración allí y todas las estaciones, hasta las supuestamente pequeñas, están a reventar prácticamente a cualquier hora del día. Son 120 millones de personas, tres veces España, con una superficie un 20% inferior a la nuestra. Sólo en Tokio son 13 millones. Para flipar. No es de extrañar que cada estación sea una mini ciudad con decenas de restaurantes y tiendas. Esto explica el tema de la organización y el respeto.

Jardines Hamarikyu en Tokio
Los tokiotas están bastante zumbados. Tienen un barrio, Akihabara, dedicado exclusivamente a tiendas de electrónica, manga, hentai (porno manga), coleccionismo, videojuegos, recreativos (y yo creía que jugaba bien al guitar hero...), en definitiva muchísimas fricadas incluso para mí. Un barrio... varias manzanas!!! Sólo para eso. ¿Podéis imaginar la zona de callao hasta banco de España sólo con esas temáticas? Yo no.

Tienen unos recreativos exclusivos de máquinas tragaperras (Pachinko) que son para volverse loco del ruido infernal que hay. Hileras e hileras de máquinas todas similares, cada una con su música a todo volumen y con una ocupación aproximada del 80%. Hay que verlo para hacerse una idea de lo viciados que pueden ser esta gente.

En Tokio descubrimos los primeros jardines maravillosos (Hamarikyu, Yoyogi y Koishikawa Korakuen) pero los cerezos aún no habían florecido del todo y empezábamos a temer que no florecieran en el tiempo que estuviéramos en Japón ya que por culpa de las lluvias (que también sufrimos) se había retrasado la floración una semana.

Cerezos en pelna floración en Japón
Otra de las visitas destacable fue el mercado de Tsukiji que es enorme y abastece a toda la ciudad. Cuando te adentras en él no solo percibes lo gigantesco que es sino que formas parte de la frenética actividad que hay, con las carretillas pasando corriendo a escasos centímetros de tus tobillos, todos gritando cosas en japonés, que perfectamente podrían ser insultos en mi cara occidental de turista estúpidamente sonriente, y todo sin dejar de cortar, destripar y desescamar pescado con sus enormes cuchillos ninjas (bueno, eran cuchillos normales pero me he venido arriba con la épica de la frase).

Luego están los famosos barrios de Shinjuku y Shibuya con sus neones a lo Blade Runner y una frenética actividad nocturna. Muy divertidos. O la isla artificial de Odaiba donde hay una copia de la estatua de la libertad. A los japos les encanta copiar cosas occidentales, ya  que también hay una semi réplica de la torre Eiffel pero en naranja por el tema de los aviones y con muchísimo menos glamour Oh La La!

A pesar de que los japoneses no hablan mucho inglés la primera cosa que más nos sorprendió es la facilidad de uso del tren y el metro con el aparente caos humano que hay en las estaciones. Las indicaciones importantes están en inglés y después de un par de días escuchando soniditos como de Mario Bros cuando llega un tren o se va, ya te sientes un tokiota más. Y la segunda es que en el metro no se habla, es acojonate. Puede haber  en un vagón cien personas en modo lata de sardinas y allí no habla ni Clifford, ni una palabra con o sin mascarilla.

En Tokio tuvimos nuestras primeras experiencias gastronómicas. Gracias a mis amigas japonesas Aina y Kaori, a las que no veía desde hace 15 años, pudimos degustar nuestro primer Okonomiyaki ("tortilla japonesa") y un tipo especial típico de la región de Kanto llamado Monja que tiene la masa algo más fina. Ambos platos muy ricos pero el mejor Okonomiyaki estaba aún por llegar.

Buda gigante en Kamakura
Mientras estábamos es Tokio visitamos Kamakura, una ciudad costera conocida por sus innumerables templos. Uno de ellos tiene el segundo Buda más grande de Japón, también veríamos el primero en Kioto, y todos tienen esa arquitectura tan característica que da gusto ver una y otra vez. Aquí aproveché para remojarme los pies en la bahía Sagami, que puede considerase océano índico.

Dejando Tokio la siguiente visita era Takayama en plenos Alpes japoneses. Una ubicación muy bonita entre montañas nevadas donde tendríamos la experiencia de vivir en un Ryokan y probar nuestro primer Onsen. Lo del Onsen mola mucho, no sólo porque me encanten los SPA's sino porque el rollo de meterse totalmente desnudo y hacer el ritual de los típicos cacitos japoneses para lavarte o tener que llevar una mini toalla en la cabeza como si fuera el mojón del whatsapp mientras estás dentro del agua te hace sentir realmente inmerso en la cultura. Y ahora os puedo decir que los japos no tienden a recortarse nada de nada. Pero nada. Hacía tiempo que no veía esas melenazas inguinales al viento.

El Ryokan es cómo una típica casa japonesa con las paredes de madrea y papel, puertas correderas y suelo de tatami en el que tienes que ir descalzo. Es muy chulo sentirse como un japonés más salvo porque para sentarte hay que hacerlo en el suelo cruzando las piernas y teniendo en cuenta que una vez competí con una espada en un concurso de flexibilidad y quedé segundo, pues para mí no es muy cómodo. Pero eso sí, es muy auténtico,

En el Ryokan probamos el Kaiseki que consiste en muchos platitos con cosas bastante raras presentados en unas vajillas espectaculares. Aquí es donde nos dimos cuenta que la cocina japonesa no ha llegado a España ni en un 15%. Les encantan las cosas encurtidas, las texturas gelatinosas y comerse el arroz al final acompañado de sopa o té.

La siguiente parada era Kobe dónde visitamos a otro de mis amigos japoneses, Ryu Hei. Fue un anfitrión fantástico ya que nos enseñó el puerto de Kobe, lo más destacables de la ciudad, y nos llevó a un restaurante familiar a comer auténtica carne de Kobe. Esto sí que se puede decir bien alto que es un timo en España, pero un timo con todas las letras (WAGYU). La carne de Kobe tiene muchísimas más vetas de grasa lo que la hace muy jugosa y tienes esa sensación de que se deshace en la boca. En España tenemos muy buena ternera, incluso alguna, para mí, mejor que el Kobe, pero no tenemos Kobe ni de coña.

Ryu Hei, bajo petición, también nos enseñó un karaoke típico japonés. Era socio!!! Allí es muy normal ir al karaoke y la verdad es que los tienen montados de una forma genial. Además del ya sabido modelo tipo bar, con lista de espera y cantar delante de todo el mundo, también tienen pequeñas salas que alquilas con un sonido muy bueno y sabiendo que nadie te va a molestar. Ideal para pasar una  noche con los amigos. A nosotros nos enganchó tanto que la hora que pillamos se nos hizo muy muy corta. Salimos con el Don't Stop Me Now de Queen a tope cantando por la calle. Bueno... tarareando por la calle.
 
Famoso Torii de Miyajima
Al día siguiente nos dirigimos a Miyajima donde se encuentra el Torii más bonito y espectacular de Japón. Cuando baja la marea se puede visitar andando y cuando sube tienes unas vistas fantásticas desde la costa. Te quedas embobado durante minutos mirando el Torii en el centro del mar con el azul del cielo y el verdor de la isla tras él. 

A continuación visitamos Hiroshima donde probamos el mejor Okonomiyaki del mundo mundial. Otra de las cosas que echaré de menos en España porque aquí hay pocos sitios que lo hagan y los que he probado no son lo mismo. La de Hiroshima es espectacular. Con Udon dentro y la combinación perfecta de ingredientes y salsas. Delicioso de verdad. Fuimos tan gochos que nos comimos uno cada uno y nos pusimos de mayonesa japonesa hasta las trancas.

Después de ver el único edificio que quedó en pie tras la bomba, que es muy curioso la verdad si piensas como funciona una bomba atómica, fuimos a Kioto que sería nuestra última parada en Japón. Allí visitamos a otra de mis amigas, Misao. Tomaos un té la mar de entrañable con ella y sus mellizos. Después nos fuimos a comer el mejor Ramen que he probado en mi vida en la propia estación central de Kioto, que como no podía ser de otra forma, además de una estación es un centro comercial de seis plantas con una de ellas dedicada en exclusiva a restaurantes de Ramen. Muy recomendable.
Pabellón Dorado en Kioto
En Kioto se notaba mucho más la afluencia de turistas. Estaba todo lleno por todas partes. Además el transporte público principal de Kioto es el autobús y la actual red de buses no da para la cantidad de gente que la utiliza. Sin duda es lo peor de Kioto. 

Kioto junto con Nara, que también visitamos, es famosa por sus templos. Visitamos muchísimos templos, cada uno con sus características, el pabellón dorado es uno de los más bonitos por estar suspendido sobre un estanque con sus paredes 100% de pan de oro, el de Fushimi Inari con su interminable camino echo de Toriis que representan a todos los comerciantes de Japón que creen en la suerte divina, el To-Ji que tiene la pagoda de 5 pisos más alta de Kioto, Kiyomizu-dera que se levanta imponente sobre una colina y que tiene unas vistas maravillosas de la ciudad.

Pero si algo nos gustó e Kioto fueron sus jardines (Bosque de Bambú, Paseo del Filósofo, Maruyama Park...) ya que por fin habían roto a florecer los cerezos. Cuando están al 100% abiertos en Japón es una espectáculo difícil de describir. Una fuerza de la naturaleza realmente bella que entrelaza las ramas de distintos árboles engalanados con sus delicadas, minúsculas e innumerables florecitas blancas que sólo durará una semana porque las cosas más bellas suelen ser efímeras. Además como hay cerezos casi en cualquier parte igual te quedas embobado mirando un puente con su riachuelo que la parte trasera de una vieja estación de tren.

Y hasta aquí nuestro viaje nipón. Seguro que me dejo algo pero era ya un post my largo. Voy recuperándome de la tortícolis que me regaló el asiento del avión y poco a poco mi aparato digestivo va volviendo a su estado natural. Ha sido un viaje inolvidable y que recomiendo encarecidamente a todo el que haya llegado hasta aquí :D

Paseo del Filósofo en Kioto
Un beso para todos.

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