miércoles, 26 de julio de 2017

Incomprendidos

No se podía creer que fuera a llegar tarde. Llevaba esperando esa cena casi medio año. La había preparado con tanto mimo. La comida, la bebida, los disfraces, la ambientación y por supuesto la yincana. Le había dedica horas y horas a ese juego para que todo saliera perfecto. Estaba deseando ver la cara de sus amigos según fueran apareciendo sorpresas y ahora por haber olvidado una reunión  de las que su jefe calificaba como “imprescindibles” iba a cagarla.

Sacó apresuradamente las llaves del coche, abrió y se metió tan rápido que enganchó el abrigo con la puerta. Maldita sea exclamó mientras tiraba del abrigo con fuerza, se acomodaba por fin en el asiento y arrancaba el motor. Miró el reloj del coche y resopló dirigiéndose a toda prisa a la puerta del parking.

No podía llegar tarde. No podía quedar mal delante de todos sus invitados. Si llegaba sólo uno antes que él no podría poner en marcha el mecanismo de inicio de la fiesta y todo se iría al traste. La puerta del parking aún iba por algo menos de la mitad. Acercó el coche casi hasta que el parachoques delantero tocaba con el borde de la puerta al subir. Calculó lo que le quedaba a la puerta para abrirse del todo y el espacio necesario para no tocar con el techo del coche y aceleró. Las ruedas chirriaron brevemente y los bajos tocaron la rampa de cemento pero le dio igual. Salió disparado del garaje, giró a la derecha y a la izquierda a gran velocidad como siempre hacía y dio a parar a la calle principal.

Unos cincuenta metros le separaban del ya conocido y eterno semáforo del cruce que aún estaba en rojo con un coche ya esperando. Redujo la marcha y el semáforo se puso en verde según lo previsto. Una larga hilera de coches venía por el carril contrario así que no podría adelantar al coche parado en el semáforo pero como aún quedaban unos metros para alcanzarlo supuso que arrancaría y le daría tiempo a sobrepasarlo.

¿Qué le pasaba a ese tío que no se movía? El semáforo llevaba en verde como tres segundos ya. Los coches del carril de enfrente no habían avanzado lo suficiente y tuvo que frenar en seco para no golpear al coche parado, lo que acompañó de una sonora  y larga pitada.

No quería volver a casa. Sus manos ya estaban sudando y deslizando lentamente por el falso cuero del volante mientras  su mirada estaba fija en el logo negro donde ponía airbag. Bolsa de aire se dijo. Ojalá tuviera una bolsa de aire para ponérmela en la cabeza. Se imaginó entrando por la puerta. El felpudo de Ikea raído por la esquina superior derecha “Bienvenido a la república independiente de su casa”, ¿República? ¿Independiente? Nada más entrar contaba siempre hasta tres y recibía el primer grito y el primer insulto, esa era la bienvenida de costumbre ¿Por qué has tardado tanto, imbécil? ¿Crees que la cena se va a hacer sola, estúpido? Daba igual que siempre llegara a la misma hora, que era la que le permitía el trabajo, para ella siempre llegaba tarde. Arrastraba los pies hasta la habitación de su mujer. Se acercaba a ella y trataba de besarla. Nunca lo conseguía, siempre pasaba algo antes, un grito, un objeto volador que le golpeaba, o simplemente algo que pasaba cuando conseguía llegar cerca de su cara cuando estaba aparentemente dormida, un "ni se te ocurra holgazán, ni me toques" o algo parecido.

Entonces retrocedía y se dirigía a la salita con paso plomizo. Dejaba la cartera al lado del sofá-cama, se desvestía y se ponía el pijama que estaba justo donde lo había dejado por la mañana, encima de la tele. Iba a la cocina, miraba el menú que tocaba ese día en el papel ya viejo que le había dado el endocrino y se ponía a cocinar sin dejar de escuchar gritos provenientes del dormitorio. La mayoría de las veces ponía a tope el extractor o cerraba la puerta para no oírla pero a veces paladeaba  su tristeza y lloraba mientras oía insulto tras insulto y alguna lágrima mojaba la tabla donde cortaba las cebollas. Le gustaba tocar fondo porque creía firmemente que cuando llegas abajo ya sólo puedes subir pero él vivía como en un falso pozo, el pozo de un mago donde cuando tocas el fondo, éste tiembla durante unos segundos sólo para abrirse y dejarte caer otro trecho y así una y otra vez.

Esta caída libre con trampas duraba ya nueve años. Más de cien meses desde que aquel doctor dijo aquellas palabras de las que ya sólo recordaba “Enfermedad rara”, “Engordar”, “Cambio de humor”, “No hay cura”. La decadencia había sido progresiva, muy progresiva, tan progresiva como el pitido que estaba oyendo proveniente del coche de atrás. Miró el semáforo. Verde. Se puso en marcha despacio.

Por fin, maldito gilipollas. Las ruedas estaban encima de la línea discontinua de la calle esperando el momento para adelantar pero venía demasiado tráfico en sentido contrario. Volvió a pitar después de un par de intentos de pegarse al máximo al culo. Estaba perdiendo un tiempo precioso. Bajó la ventanilla y gritó un “Vamos, ace…”

“…lera” escuchó. Le daba igual. No quería llegar a casa. Cada semáforo que pillaba en rojo era un respiro que se tomaba antes de su particular infierno y el de ella. Era tan buena, tan jovial. Siempre la recordaba con todas sus fuerzas en aquella época y trataba de buscar similitudes con el monstruo en el que se había convertido ahora. Un transformación lenta, casi sin darse cuenta, cerrando etapas, primero la morbosidad, luego la falta de movilidad, luego el mal humor, los gritos y finalmente el victimismo. Le culpaba de todo, al principio con indirectas y ahora ya abiertamente. Todos los días sin excepción le llovían las críticas y él no decía nada. Las tragaba por miedo a que la mujer enferma a la que amaba y cuidaba empeorara aún más su humor y que eso la llevara a acelerar su muerte. Acelerar su muerte. Ahora no le sonaba tan mal.

El siguiente semáforo se puso rojo. A ese paso no llegaría a tiempo. Ahora no le podía adelantar pero en el siguiente tramo, aunque estuviera prohibido tenía que hacerlo. Siguió pitando aunque parecía que al subnormal del coche de delante no le importara lo más mínimo. Volvió a gritar “Déjame pasar. Déjame si…”

“…tio, por dios o acelera”. Miró al de atrás por el retrovisor. Las prisas. Hacía siglos que no tenía prisa por nada. Ya nada era tan importante como para tener prisa. Además ya estaba llegando a casa así que no le dejaría pasar hasta el siguiente semáforo. Se daría el capricho de putear a alguien en vez de ser él el puteado. Por una vez. Trató de sonreír pero no le salió. El repaso mental de tareas pendientes volvió a su cabeza. En realidad nunca se había ido. Según sus cálculos tenía unas dos horas hasta la próxima pastilla por lo que tendría que hacerlo todo rápido, sin parar y sin contratiempos. Siempre había contratiempos.

Ve el final de la hilera de coches en sentido contrario. Se prepara para la maniobra. El semáforo se pone en verde y acelera pero el coche de delante ni se mueve. Mierda, joder. Venga sólo unos centímetros que saque el morro. Frena en seco. El de delante comienza a moverse. Vuelve a pitar mientras saca el morro poco a poco al carril contrario y la línea continua. Frena. Vuelve a acelerar. El último coche del carril contrario le pasa muy cerca. Frena. Se caga en todos los muertos del de delante. Pita. Y finalmente acelera metiéndose en el carril contrario adelantando al maldito coche que estaba arruinando la posibilidad de que su fiesta fuera maravillosa. Pasa a su lado enseñándole el dedo corazón y gritando mientras baja la ventanilla: “Gilipollas a ver si te mue”

“…res”. Pone el intermitente y gira en su calle sin prestar atención al energúmeno que le acaba de adelantar. Aparca el coche en la plaza de minusválidos. Desciende. Abre la puerta del portal. Espera al ascensor y cuando llega sube por las escaleras. Tres pisos después saca las llaves del bolsillo y lentamente introduce la más grande en la puerta blindada. “Ya era hora.” escucha. Resopla. Abre la puerta despacio y se dirige a la cocina directamente. “Quieres matarme aquí sola, ¿es eso? ¿Has comprado mis caramelos? Como se te hayan olvidado te arranco la cabeza puto inepto”. Respira profundo. Abre el armario y coge el blíster de tranquilizantes y un vaso grande. Lo llena de agua. Pone una pastilla de las nueve que quedan dentro del agua y se pone a hacer la cena y el resto de tareas que tenía pendientes mientras se diluye en el agua. El chaparrón de insultos sólo durará una horas más. Se pone a cortar cebollas y llora.

Entra a toda prisa en su calle. Mira los coches aparcados a ambos lados por si reconoce alguno de sus amigos. El reloj marca diez minutos más de la hora prevista. Ha llegado tarde pero confía que aún le da tiempo a poner en marcha la yincana. Aparca de mala manera en el garaje, suba al ascensor a toda prisa y cuando le quedan dos pisos para llegar oye un alboroto de voces en el rellano. Ya están todos allí. La fiesta ha fracasado y todo por el capullo del semáforo.


La cena está lista. Pone el puré y la pechuga de pollo, la servilleta y los cubiertos en la bandeja. Cuando va a poner el agua le vienen palabras a la mente “Acelerar su muerte” “Vamos acelera” “Déjame sitio” ”Gilipollas a ver si te mueres”. Desde la habitación le llega un “¡Es para hoy malnacido!”. Sale de su ensoñación y acalla las voces. Pone el vaso en la bandeja y la lleva a la habitación. Tardará un cuarto de hora en cenar y dormirse por fin. Se dispone a prepararse una copa de vino, sus únicos cinco minutos de relax antes de meterse en el sofá-cama. Mira el vino con dulzura, casi con amor. La encimera se transparenta entre el velo rojo de la copa, hay un blíster sobre ella. 

Finalmente la fiesta ha sido un éxito. Aunque no será la mejor del año la gente lo pasó bien. Y todo a pesar del retrasado del semáforo.

Finalmente el día no acabará tan mal. Una sonrisa largo tiempo esperada se recorta en una acartonada mueca precedida de un largo y profundo suspiro. El blíster está vacío.

viernes, 14 de julio de 2017

Demostración

Trinomio fantástico: EcoVidrio – Puntos – Marido.

Llevaba trabajando en la fábrica once meses. Había accedido gracias a la recomendación de su marido que llevaba cinco años en la empresa. Era la única mujer en el almacén y cuando aprendió a utilizar la carretilla elevadora de palets en ocho horas les había dado una lección a todos. Seguramente pensarían que una mujer que no sabe apenas conducir un coche no iba a ser capaz de manejar un vehículo multidireccional y con distinta repartición de carga. Se equivocaron.

El trabajo era sencillo pero muy intenso. Trasladar el mayor número posible de palets de Ecovidrio de la zona de descarga a la de almacenaje. Aunque los primeros días fueron duros sus compañeros trataron de ayudarla, claramente porque pensaban que no sería capaz, y en cuanto se hizo un mapa mental de los pasillos del almacén, los puntos ciegos y las curvas más cerradas la carretilla comenzó a ser una extensión de su cuerpo.

Su marido era el jefe de almacén y aunque ahora se dedicaba a la gestión y al papeleo había empezado como carretillero. Aún le gustaba de vez en cuando cargar algunas toneladas de palets para “disfrutar de los viejos tiempo” como decía él aunque en realidad ella sabía que lo  quería decir era “demostrar que sigo siendo el mejor”.

La vida en la fábrica era movida pero fluía. Se había integrado bien en la plantilla a pesar de ser todo hombres. Estaba segura que era porque su marido era el jefe. Intuía como alguno la miraba de soslayo sin duda pensando que no debería estar allí, que no era sitio para una mujer. Participaba en los descansos y la hora del almuerzo y podía notar cómo se aguantaban los chistes, aunque nunca habían dicho ninguno. Los dejarían para cuando no estuviera ella delante. Un claro ejemplo de comportamiento cobarde masculino.

Alguno incluso había comentado lo impresionante que era su manejo de la carretilla, que parecía que había nacido para ello. Había sonreído y dado las gracias aunque sabía que detrás de esas palabras se ocultaba una envidia con la que debería tener cuidado.

Un día llegó el dueño de la empresa y comunicó que iban a instaurar un sistema de puntuación para mejorar el rendimiento del almacén. Por cada media tonelada de producto que se ubicara correctamente se ganaba 1 punto. Esto establecería un ranking mensual y el mejor empleado sería recompensado. Se implantaría en dos semanas.

Para probar el sistema su marido hizo una demostración a su plantilla. Cogió la carretilla con la destreza que le caracterizaba  y movió 6 toneladas de material en menos de 20 minutos. Dio un discurso motivacional centrado en la importancia del compañerismo por encima del bien individual en un intento, se imaginaba ella, de quedarse solo con los elogios del dueño y evitar que nadie destacara en el nuevo sistema salvo él.

No sabía cuando había dejado de quererle, si es que le quiso alguna vez. Sólo sabía que ahora detectaba con precisión milimétrica todos los pequeños detalles que trataban de ponerla en una posición inferior. Compartían las tareas del hogar, cuidar a los niños, el trabajo, etc. pero en todas esas actividades su marido creía que hacía mejor las cosas, o al menos es lo que ella percibía. Nunca le decía nada, ni le reprochaba nada pero ella sabía que lo pensaba. Alguna mirada extraña, alguna demostración de cómo hacía él algo de cierta forma y porqué. Sin palabras mal sonantes pero en ese tono que decía “eres inferior”. Era el ABC de lo que oía y leía en los telediarios, los periódicos e internet. Estaba oprimida.

Un buen día llegó al almacén con su cabeza bullendo con estos pensamientos. Algo pasaba. Estaba el dueño allí de nuevo. El sistema de puntuación estaba listo y utilizarían ese primer día como piedra de toque para probarlo por lo que el ganador al final del día se llevaría un premio. Pensó que era justo lo que no necesitaba: una competición llena de testosterona y gallitos.

Había diversidad de opiniones sobre el sistema. Los más motivados chocaron sus manos, incluso las de ella, en un gesto de compañerismo, de cara a su marido jefe, pensó ella. Los menos entusiasmados, que eran a su vez los más veteranos, cogieron sus carretillas como otro día cualquiera pasando bastante del tema. Ella tenía pensado formar parte de estos últimos y hacer el trabajo de siempre pero vio que la primera carretilla elevadora de la fila estaba ocupada por su marido. De alguna manera, a pesar de la distancia, él la miró y le guió un ojo sonriendo. ¿Se estaba riendo de ella? ¿Menudo gilipollas? Arrancó su carretilla y comenzó a trabajar frenéticamente.

En lo alto de pared norte del almacén habían instalado una pantalla que indicaba claramente con puntitos led rojos y en dos columnas los nombres y los puntos actuales de los trabajadores.

En este momento ella iba la primera por haber empezado antes. En cada viaje que daba de cara a la pantalla la echaba un ojo. Podía ver como su marido le reducía la distancia en cada vuelta. Estaba trabajando lo más rápido que podía, nunca se había sentido así de enfocada y motivada. Iba a la plataforma cargaba los diez palets que su carretilla soportaba y salía pitando hacia el muelle de descarga. Se oían las ruedas de las carretillas chirriar en todo el almacén. El tiempo se había pasado volando y se percató de que sólo quedaban 10 minutos para terminar. Eso significaba un último viaje. El marcador la situaba la segunda con diferencia respecto al tercero y sólo dos palets por debajo de su marido. Podía oír como sus compañeros comenzaban a animarla, por un momento se sintió arropada pero luego recordó quienes eran y sólo oía sus risas burlonas, no les miró a la cara por falta de tiempo pero intuía los gestos obscenos y los insultos. La ira encendió su rostro y tensionó aún más sus músculos. Llegó a su última recogida y cargó 14 palets para poder ganar a su marido. Los subió con la carretilla, se tambalearon varias veces hasta que los estabilizó y salió disparada. La columna de palets que temblaba como un flan se venció hacia la mitad del recorrido.

Todo pasó a cámara lenta. Los palets se le venían encima, miró a su alrededor un instante y todos corrían hacia ella desde el muelle de descarga con caras de desesperación y preocupación, ella aún veía sus sonrisas, seguro que se alegraban en el fondo. No le dio tiempo a sentir más. 800 kilos de ecovidrio cayeron sobre ella. Un dolor sordo y la nada.

Nunca volví a abrir los ojos, ni a mover un músculo, ni a hablar. Sólo despertó mi capacidad de oír. Y además del pitido constante y rítmico de lo que imaginé que era un monitor cardíaco y las idas y venidas de lo que supuse enfermeras, lo que oía constantemente y sin saber durante cuanto tiempo era la voz de mi marido, a veces  alzándola, a veces susurrando, preguntándome: “¿Por qué?”







lunes, 10 de julio de 2017

Calor

Calor. Mucho calor. Noto gotas de sudor bajando a través de mis axilas y mis pectorales provocando que la camisa se pegue al contorno de mi cuerpo. Mala elección de vestuario para un día tan caluroso y encima en el aeropuerto varados. Hace dos horas que debía salir mi vuelo. Ese pensamiento sumado al hecho de que es un vuelo largo transoceánico aplasta mi alma en llamas sobre la silla de la puerta de embarque.

Sin libros, sin batería, sin cobertura, el único entretenimiento que tengo es mi imaginación y mi capacidad de soportar el calor. Parece que ya empiezan a embarcar, por fin. Una morena impresionante con un vestido negro de rejilla semitransparente se ha puesto la primera en la cola. Qué calor. Las sandalias de tacón alto favorecen su figura, hacen todavía más largas sus piernas morenas. Las curvas de su cuerpo se intuyen bajo el vestido pero se hacen plausibles cuando le confirman la tarjeta de embarque y se pone a andar. No consigo verle la cara al entrar en el finger, unas enormes gafas de sol se la tapan.

Me levanto a ver si el movimiento me transmite una brizna de aire que alivie esta nueva ola de calor interna provocada por la morena. Noto mis shorts y la camisa empapados, se pegan a mi cuerpo como queriendo ser parte de mi piel, de mis músculos. Me pongo a la cola y embarco.

Ya estoy dentro. Tengo pasillo en zona lateral. Dentro del avión también hace mucho calor. Soy rápido colocándome en mi sitio y en un momento estoy con los ojos cerrados y con los cascos puestos escuchando la voz de Andrew Mears, concentrado para relajarme y reducir la temperatura de mi cuerpo. No baja. Sólo veo a la morena bailar sensualmente ante mí de espaldas. Más bien sube.

Algo ocurre en el pasillo justo a mi lado. Un pequeño alboroto. Alguien cae sobre mí y abro los ojos. Me encuentro con el escote del vestido de rejilla negro muy cerca de mi cara. Tiene una apertura justo en el centro del pecho que permite ver con claridad dos curvas perfectas. Una traviesa gota de sudor se desliza, obviando al grueso de sus compañeras que adornan el resto del pecho, por el largo y redondeado canalillo de arriba abajo, lenta al principio y rápida al final, tan rápida que se pierde en algún punto detrás de la puntilla del sujetador también negro. La entrecortada respiración hace que su pecho suba y baje dentro del ceñido vestido desafiando la cordura humana. Mi cordura.

No sé cuánto tiempo he pasado en esta escena pero la vergüenza finalmente me hace mirar a la chica a la cara. Nuestras miradas se cruzan. Ya no lleva las gafas de sol y unos ojos verdes enormes me atrapan. Un nuevo empujón proveniente del pasillo hace que su pecho se aplaste más contra el mío y note su débil pero firme turgencia potenciada por el sudor. Apoya una de sus manos en mi muslo para no precipitarse y la otra, con el antebrazo, en el cabecero de mi asiento. Noto su olor húmedo por el calor, no lleva perfume y no le hace falta. Huele a vitalidad. No dejamos de mirarnos en ningún momento. El contorno de sus ojos me dice que me mira con curiosidad lo que se confirma al observar la mueca de su boca que muestra una sonrisa medio burlona medio sensual, escondida tras sus untuosos labios rojos fuego, que hace que mi calor en la entrepierna suba todavía más. No nos decimos nada. No hace falta.

El lío del pasillo se libera y ella se incorpora sobre su vertical. Para ello exagera el movimiento de impulso con las manos llevando la mano de mi muslo muy cerca de la ingle y apretando ligeramente el pulgar en mis testículos. Es un movimiento sutil, casi imperceptible pero yo lo noto. El brazo que estaba en el cabecero también empuja y sale rodeándome suavemente el cuello y que termina con una caricia muy suave y un pequeño roce de sus uñas en mi mentón. Una vez de pie en el pasillo se da la vuelta y continúa el trasiego de pasajeros.

Tengo mucho calor y un inicio de erección incómodo que toca mis ropa interior empapada de sudor y presiento que se hace evidente a través de mis pantalones cortos. Miro a mí alrededor y todo parece normal. Trato de relajarme. Respiro profundo pero al mirar al pasillo veo sus piernas dos filas más adelante en el grupo central de asientos. Son morenas y tersas, el sudor se intuye en ellas como una película de almíbar salado, y terminan en las sandalias negras de tacón. Las tiene cruzadas y me imagino el calor húmedo que tiene que haber donde la piel de ambas se toca, el sonido cuando se mueven, la sensualidad de ese gesto.

Me muero de calor. Tengo que relajarme. Cierro los ojos. Me pongo los cascos. Y después de un tiempo imposible de determinar despegamos por fin. El alivio general del despegue se desmorona rápido cuando el calor no desaparece. Ha habido un problema con el sistema de refrigeración según anuncia una de las azafatas.

Me plantan un vaso de agua fría delante y me lo bebo con presteza. Está congelada. Siento como enfría momentáneamente cada parte de mi cuerpo por dentro. Al pasar por el esófago mis pezones se endurecen y rozan con la camisa empapada y ajustada. El agua llega al estómago pero no pasa de ahí. No consigue enfriarme de cintura para abajo y menos pudiendo mirar esas piernas con solo girar la cabeza un poco.

De pronto la morena se levanta. Algunos mechones de su pelo se pegan con gracia a su cara por el calor. Se dirige hacia mí. Yo la miro embelesado. Ella no me mira. Va a pasar de largo pero antes de perderla de vista pasa sus dedos suavemente por todo mi brazo. Está mojado y resbalan por el sudor como gráciles patinadores. Cuando termina yo me giro y observo sus nalgas, perfectamente definidas bajo el vestido e infinitamente sexys bajo la transparencia y su movimiento. Justo antes de entrar en el baño me mira fugaz y pícaramente.

Mi corazón se acelera, la erección vuelve a coger fuerza, aprieto las falanges contra los brazos del asiento. Me quito los cascos. Me levanto. Y me dirijo pausadamente hacia el baño. Una vez en la puerta miro a todos lados para ver si alguien me observa. Se abre la puerta repentinamente y un brazo fino y moreno me agarra de la camisa y tira de mí.

Estoy en el baño del avión de menos de un metro cuadrado y sentada en la taza veo a la morena. Con el vestido de rejilla negro levemente levantado en la falda y caído en el hombro. Se le pega en varias partes dejando ver su voluptuosa anatomía porque está sudando. Mucho. Como yo. Tira de mi camisa y salta un par de botones. Mientras yo me quito el resto pone sus piernas sobre mis hombros y empuja ligeramente hacia abajo. Sé lo que quiere. Me arrodillo hasta ver su tanga también negro. El sudor me hace difícil deslizarlo así que tiro de él con fuerza hasta casi arrancárselo. La oigo gemir levemente. Aprieta con más fuerzas sus piernas sobre mi espalda y yo introduzco mi lengua en su sexo completamente depilado. Lo noto salado por el sudor pero dulce a la vez. Estoy muy cachondo y muevo la lengua en todas direcciones, despacio y rápido según los movimientos de sus caderas. Noto su clítoris crecer y ponerse duro. Me excita. Se excita. El sudor se mezcla con su flujo y yo acelero progresivamente el movimiento. Noto como se estremece. Oigo un grito contenido. Afloja la fuerza de las piernas y me incorporo. Tiene el vestido completamente pegado al cuerpo y una de sus manos aprieta sus tetas. Yo el torso empapado de sudor. Nos miramos lascivamente sin decir nada. Ella me quita el cinturón con habilidad, mete la mano en mis calzoncillos y sin pudor coge mi miembro y lo saca con un movimiento lateral. Está más grande que nunca, pesado, venosos, imponente. Lo mira por un segundo con asombro y luego con picardía. Se desliza un poco hacia abajo para coger la postura y la falda del vestido sube hasta la cadera. Dirige mi polla hacia su interior y yo doblo las rodillas para facilitar el proceso. Es estrecho pero cálido. Apenas hay fricción debido al sudor y al flujo. Pone los ojos en blanco y yo miro su cuerpo perfecto de arriba abajo. Empujo con más y más fuerza hasta alcanzar un vaivén conjunto sincronizado. Su lengua lame sus labios rojos y sus dientes los muerden, mis músculos se tensan por el esfuerzo pero sigo empujando con fuerza. Aprieto sis tetas sin delicadeza, son enormes pero duras, aprieto sus pezones, ahora puntiagudos, y la oigo gemir. La veo gemir. Noto que soy un volcán en erupción a punto de explotar y que una diosa griega me pide mi lava desde el firmamento. Las gotas de sudor saltan por todos lados, nuestros cuerpos resbalan el uno con el otro en perfecta armonía, nuestras miradas se cruzan una última vez, ella me coge la cabeza y me besa. Un beso a la vez pasión, deseo y lascivia. Nuestras lenguas están tan dentro de nuestras bocas como mi falo de su vagina. Doy un último empujón fuerte. Entro en erupción. Nuestras lenguas juegan y bailan. Yo exploto, ella explota.

Doy un respingo en el asiento. Foals sigue sonando en mis cascos. El hombre que está a mi lado está dormido profundamente. Me toco la entrepierna, erecto pero seco, o al menos sólo mojado por sudor. Gracias a dios. Trato de rehacerme un poco y tranquilizarme. El calor sigue siendo insoportable. Respiro profundo y me bajan las pulsaciones. Miro hacia delante y sus piernas siguen ahí pero estoy más tranquilo. Menos cachondo. Respiro de nuevo.

Entonces se levanta. Mi cuerpo se tensa. Se acerca a mi sitio. Está distinta. Sus manos y sus pies parecen más grandes. Deseo que pase de largo pero no lo hace. Apoya su gigantesca mano sobre mi brazo y acerca su cara a la mía con suavidad. Huelo un perfume algo ácido y descubro una nuez demasiado saliente de su cuello. Finalmente su movimiento de aproximación cesa cuando su boca está a dos centímetros de mi oído. Me quita el casco y me dice con una voz potente, gruesa y algo tosca: “Voy al servicio guapo. Por si te interesa”. Sus dedos, largos y venosos, recorren mi brazo y sus uñas, que detecto postizas, finalizan el movimiento. Me giro desconcertado y algo acojonado. Veo sus nalgas bajo la transparencia, son extrañamente estrechas, sin cadera, a pesar de que se mueven con gracia. Se mete en el baño y me guiña un ojo justo cuando cierra la puerta.

Me quedo sólo con mis pensamientos. Dios mío. Acabo de tener el sueño erótico más brutal de mi vida con una morena despampanante y resulta que es un travesti que quiere, sin saberlo, hacer realidad ese sueño…  Madre mía… Un travesti… rejilla negra… sudor… pechos turgentes… ¡Qué cojones!


Me quito los cascos.