No se podía creer que fuera a llegar tarde. Llevaba
esperando esa cena casi medio año. La había preparado con tanto mimo. La
comida, la bebida, los disfraces, la ambientación y por supuesto la yincana. Le
había dedica horas y horas a ese juego para que todo saliera perfecto. Estaba
deseando ver la cara de sus amigos según fueran apareciendo sorpresas y ahora
por haber olvidado una reunión de las que su jefe calificaba como “imprescindibles” iba a cagarla.
Sacó apresuradamente las llaves del coche, abrió y se metió
tan rápido que enganchó el abrigo con la puerta. Maldita sea exclamó mientras tiraba del abrigo con fuerza, se acomodaba por fin
en el asiento y arrancaba el motor. Miró el reloj del coche y resopló
dirigiéndose a toda prisa a la puerta del parking.
No podía llegar tarde. No podía quedar mal delante de todos
sus invitados. Si llegaba sólo uno antes que él no podría poner en marcha el
mecanismo de inicio de la fiesta y todo se iría al traste. La puerta del
parking aún iba por algo menos de la mitad. Acercó el coche casi hasta que el
parachoques delantero tocaba con el borde de la puerta al subir. Calculó lo que le quedaba a la puerta para abrirse del todo
y el espacio necesario para no tocar con el techo del coche y aceleró. Las
ruedas chirriaron brevemente y los bajos tocaron la rampa de cemento pero le
dio igual. Salió disparado del garaje, giró a la derecha y a la izquierda a
gran velocidad como siempre hacía y dio a parar a la calle principal.
Unos cincuenta metros le separaban del ya conocido y eterno
semáforo del cruce que aún estaba en rojo con un coche ya esperando.
Redujo la marcha y el semáforo se puso en verde según lo previsto. Una larga hilera de
coches venía por el carril contrario así que no podría adelantar al coche
parado en el semáforo pero como aún quedaban unos metros para alcanzarlo supuso
que arrancaría y le daría tiempo a sobrepasarlo.
¿Qué le pasaba a ese tío que no se movía? El semáforo
llevaba en verde como tres segundos ya. Los coches del carril de enfrente no habían avanzado lo suficiente y tuvo que frenar en seco para no golpear al
coche parado, lo que acompañó de una sonora
y larga pitada.
No quería volver a casa. Sus manos ya estaban sudando y deslizando
lentamente por el falso cuero del volante mientras su mirada estaba fija en el logo negro donde
ponía airbag. Bolsa de aire se dijo. Ojalá tuviera una bolsa
de aire para ponérmela en la cabeza. Se imaginó entrando por la puerta. El
felpudo de Ikea raído por la esquina superior derecha “Bienvenido a la
república independiente de su casa”, ¿República? ¿Independiente?
Nada más entrar contaba siempre hasta tres y recibía el primer grito y el
primer insulto, esa era la bienvenida de costumbre ¿Por qué has tardado tanto,
imbécil? ¿Crees que la cena se va a hacer sola, estúpido? Daba igual que
siempre llegara a la misma hora, que era la que le permitía el trabajo, para
ella siempre llegaba tarde. Arrastraba los pies hasta la habitación de su
mujer. Se acercaba a ella y trataba de besarla. Nunca lo conseguía, siempre
pasaba algo antes, un grito, un objeto volador que le golpeaba, o simplemente
algo que pasaba cuando conseguía llegar cerca de su cara cuando estaba
aparentemente dormida, un "ni se te ocurra holgazán, ni me toques" o algo parecido.
Entonces retrocedía y se dirigía a la salita con paso
plomizo. Dejaba la cartera al lado del sofá-cama, se desvestía y se ponía el
pijama que estaba justo donde lo había dejado por la mañana, encima de la tele. Iba a la cocina, miraba el menú que tocaba ese día en el
papel ya viejo que le había dado el endocrino y se ponía a cocinar sin dejar de
escuchar gritos provenientes del dormitorio. La mayoría de las veces ponía a
tope el extractor o cerraba la puerta para no oírla pero a veces paladeaba su tristeza y lloraba mientras oía insulto
tras insulto y alguna lágrima mojaba la tabla donde cortaba las cebollas. Le
gustaba tocar fondo porque creía firmemente que cuando llegas abajo ya sólo
puedes subir pero él vivía como en un falso pozo, el pozo de un mago donde
cuando tocas el fondo, éste tiembla durante unos segundos sólo para abrirse y
dejarte caer otro trecho y así una y otra vez.
Esta caída libre con trampas duraba ya nueve años. Más de
cien meses desde que aquel doctor dijo aquellas palabras de las que ya sólo
recordaba “Enfermedad rara”, “Engordar”, “Cambio de humor”, “No hay cura”. La decadencia había sido progresiva, muy progresiva, tan
progresiva como el pitido que estaba oyendo proveniente del coche de atrás.
Miró el semáforo. Verde. Se puso en marcha despacio.
Por fin, maldito gilipollas. Las ruedas estaban encima de la
línea discontinua de la calle esperando el momento para adelantar pero venía
demasiado tráfico en sentido contrario. Volvió a pitar después de un par de
intentos de pegarse al máximo al culo. Estaba perdiendo un tiempo precioso.
Bajó la ventanilla y gritó un “Vamos, ace…”
“…lera” escuchó. Le daba
igual. No quería llegar a casa. Cada semáforo que pillaba en rojo era un
respiro que se tomaba antes de su particular infierno y el de ella. Era tan buena, tan jovial.
Siempre la recordaba con todas sus fuerzas en aquella época y trataba de buscar
similitudes con el monstruo en el que se había convertido ahora. Un
transformación lenta, casi sin darse cuenta, cerrando etapas, primero la
morbosidad, luego la falta de movilidad, luego el mal humor, los gritos y
finalmente el victimismo. Le culpaba de todo, al principio con indirectas y
ahora ya abiertamente. Todos los días sin excepción le llovían las críticas y
él no decía nada. Las tragaba por miedo a que la mujer enferma a la que amaba y cuidaba
empeorara aún más su humor y que eso la llevara a acelerar su muerte. Acelerar
su muerte. Ahora no le sonaba tan mal.
El siguiente semáforo se puso rojo. A ese paso no llegaría a
tiempo. Ahora no le podía adelantar pero en el siguiente tramo, aunque
estuviera prohibido tenía que hacerlo. Siguió pitando aunque parecía que al
subnormal del coche de delante no le importara lo más mínimo. Volvió a gritar
“Déjame pasar. Déjame si…”
“…tio, por dios o acelera”. Miró al de atrás por el
retrovisor. Las prisas. Hacía siglos que no tenía prisa por nada. Ya nada era
tan importante como para tener prisa. Además ya estaba llegando a casa así que
no le dejaría pasar hasta el siguiente semáforo. Se daría el capricho de putear
a alguien en vez de ser él el puteado. Por una vez. Trató de sonreír pero no le
salió. El repaso mental de tareas pendientes volvió a su cabeza. En realidad
nunca se había ido. Según sus cálculos tenía unas dos horas hasta la próxima
pastilla por lo que tendría que hacerlo todo rápido, sin parar y sin
contratiempos. Siempre había contratiempos.
Ve el final de la hilera de coches en sentido contrario. Se
prepara para la maniobra. El semáforo se pone en verde y acelera pero el coche
de delante ni se mueve. Mierda, joder. Venga sólo unos centímetros que saque el
morro. Frena en seco. El de delante comienza a moverse. Vuelve a pitar mientras
saca el morro poco a poco al carril contrario y la línea continua. Frena.
Vuelve a acelerar. El último coche del carril contrario le pasa muy cerca.
Frena. Se caga en todos los muertos del de delante. Pita. Y finalmente acelera
metiéndose en el carril contrario adelantando al maldito coche que estaba
arruinando la posibilidad de que su fiesta fuera maravillosa. Pasa a su lado enseñándole el dedo corazón y
gritando mientras baja la ventanilla: “Gilipollas a ver si te mue”
“…res”. Pone el intermitente y gira en su calle sin prestar
atención al energúmeno que le acaba de adelantar. Aparca el coche en la plaza
de minusválidos. Desciende. Abre la puerta del portal. Espera al ascensor y
cuando llega sube por las escaleras. Tres pisos después saca las llaves del bolsillo
y lentamente introduce la más grande en la puerta blindada. “Ya era hora.”
escucha. Resopla. Abre la puerta despacio y se dirige a la cocina directamente.
“Quieres matarme aquí sola, ¿es eso? ¿Has comprado mis caramelos? Como se te
hayan olvidado te arranco la cabeza puto inepto”. Respira profundo. Abre el
armario y coge el blíster de tranquilizantes y un vaso grande. Lo llena de
agua. Pone una pastilla de las nueve que quedan dentro del agua y se pone a
hacer la cena y el resto de tareas que tenía pendientes mientras se diluye en
el agua. El chaparrón de insultos sólo durará una horas más. Se pone a cortar
cebollas y llora.
Entra a toda prisa en su calle. Mira los coches aparcados a
ambos lados por si reconoce alguno de sus amigos. El reloj marca diez minutos
más de la hora prevista. Ha llegado tarde pero confía que aún le da tiempo a poner
en marcha la yincana. Aparca de mala manera en el garaje, suba al ascensor a
toda prisa y cuando le quedan dos pisos para llegar oye un alboroto de voces en el rellano.
Ya están todos allí. La fiesta ha fracasado y todo por el capullo del semáforo.
La cena está lista. Pone el puré y la pechuga de pollo, la
servilleta y los cubiertos en la bandeja. Cuando va a poner el agua le vienen
palabras a la mente “Acelerar su muerte” “Vamos acelera” “Déjame sitio” ”Gilipollas
a ver si te mueres”. Desde la habitación le llega un “¡Es para hoy malnacido!”. Sale de su ensoñación y acalla las voces. Pone el vaso en la bandeja y la lleva a la habitación. Tardará un cuarto de hora en
cenar y dormirse por fin. Se dispone a prepararse una copa de vino, sus únicos
cinco minutos de relax antes de meterse en el sofá-cama. Mira el vino con
dulzura, casi con amor. La encimera se transparenta entre el velo rojo de la
copa, hay un blíster sobre ella.
Finalmente la fiesta ha sido un éxito. Aunque no será la mejor del año la gente lo pasó bien. Y todo a pesar del retrasado del semáforo.
Finalmente el día no acabará tan mal. Una sonrisa largo tiempo esperada se recorta en una acartonada mueca precedida de un largo y profundo suspiro. El blíster está vacío.