lunes, 10 de julio de 2017

Calor

Calor. Mucho calor. Noto gotas de sudor bajando a través de mis axilas y mis pectorales provocando que la camisa se pegue al contorno de mi cuerpo. Mala elección de vestuario para un día tan caluroso y encima en el aeropuerto varados. Hace dos horas que debía salir mi vuelo. Ese pensamiento sumado al hecho de que es un vuelo largo transoceánico aplasta mi alma en llamas sobre la silla de la puerta de embarque.

Sin libros, sin batería, sin cobertura, el único entretenimiento que tengo es mi imaginación y mi capacidad de soportar el calor. Parece que ya empiezan a embarcar, por fin. Una morena impresionante con un vestido negro de rejilla semitransparente se ha puesto la primera en la cola. Qué calor. Las sandalias de tacón alto favorecen su figura, hacen todavía más largas sus piernas morenas. Las curvas de su cuerpo se intuyen bajo el vestido pero se hacen plausibles cuando le confirman la tarjeta de embarque y se pone a andar. No consigo verle la cara al entrar en el finger, unas enormes gafas de sol se la tapan.

Me levanto a ver si el movimiento me transmite una brizna de aire que alivie esta nueva ola de calor interna provocada por la morena. Noto mis shorts y la camisa empapados, se pegan a mi cuerpo como queriendo ser parte de mi piel, de mis músculos. Me pongo a la cola y embarco.

Ya estoy dentro. Tengo pasillo en zona lateral. Dentro del avión también hace mucho calor. Soy rápido colocándome en mi sitio y en un momento estoy con los ojos cerrados y con los cascos puestos escuchando la voz de Andrew Mears, concentrado para relajarme y reducir la temperatura de mi cuerpo. No baja. Sólo veo a la morena bailar sensualmente ante mí de espaldas. Más bien sube.

Algo ocurre en el pasillo justo a mi lado. Un pequeño alboroto. Alguien cae sobre mí y abro los ojos. Me encuentro con el escote del vestido de rejilla negro muy cerca de mi cara. Tiene una apertura justo en el centro del pecho que permite ver con claridad dos curvas perfectas. Una traviesa gota de sudor se desliza, obviando al grueso de sus compañeras que adornan el resto del pecho, por el largo y redondeado canalillo de arriba abajo, lenta al principio y rápida al final, tan rápida que se pierde en algún punto detrás de la puntilla del sujetador también negro. La entrecortada respiración hace que su pecho suba y baje dentro del ceñido vestido desafiando la cordura humana. Mi cordura.

No sé cuánto tiempo he pasado en esta escena pero la vergüenza finalmente me hace mirar a la chica a la cara. Nuestras miradas se cruzan. Ya no lleva las gafas de sol y unos ojos verdes enormes me atrapan. Un nuevo empujón proveniente del pasillo hace que su pecho se aplaste más contra el mío y note su débil pero firme turgencia potenciada por el sudor. Apoya una de sus manos en mi muslo para no precipitarse y la otra, con el antebrazo, en el cabecero de mi asiento. Noto su olor húmedo por el calor, no lleva perfume y no le hace falta. Huele a vitalidad. No dejamos de mirarnos en ningún momento. El contorno de sus ojos me dice que me mira con curiosidad lo que se confirma al observar la mueca de su boca que muestra una sonrisa medio burlona medio sensual, escondida tras sus untuosos labios rojos fuego, que hace que mi calor en la entrepierna suba todavía más. No nos decimos nada. No hace falta.

El lío del pasillo se libera y ella se incorpora sobre su vertical. Para ello exagera el movimiento de impulso con las manos llevando la mano de mi muslo muy cerca de la ingle y apretando ligeramente el pulgar en mis testículos. Es un movimiento sutil, casi imperceptible pero yo lo noto. El brazo que estaba en el cabecero también empuja y sale rodeándome suavemente el cuello y que termina con una caricia muy suave y un pequeño roce de sus uñas en mi mentón. Una vez de pie en el pasillo se da la vuelta y continúa el trasiego de pasajeros.

Tengo mucho calor y un inicio de erección incómodo que toca mis ropa interior empapada de sudor y presiento que se hace evidente a través de mis pantalones cortos. Miro a mí alrededor y todo parece normal. Trato de relajarme. Respiro profundo pero al mirar al pasillo veo sus piernas dos filas más adelante en el grupo central de asientos. Son morenas y tersas, el sudor se intuye en ellas como una película de almíbar salado, y terminan en las sandalias negras de tacón. Las tiene cruzadas y me imagino el calor húmedo que tiene que haber donde la piel de ambas se toca, el sonido cuando se mueven, la sensualidad de ese gesto.

Me muero de calor. Tengo que relajarme. Cierro los ojos. Me pongo los cascos. Y después de un tiempo imposible de determinar despegamos por fin. El alivio general del despegue se desmorona rápido cuando el calor no desaparece. Ha habido un problema con el sistema de refrigeración según anuncia una de las azafatas.

Me plantan un vaso de agua fría delante y me lo bebo con presteza. Está congelada. Siento como enfría momentáneamente cada parte de mi cuerpo por dentro. Al pasar por el esófago mis pezones se endurecen y rozan con la camisa empapada y ajustada. El agua llega al estómago pero no pasa de ahí. No consigue enfriarme de cintura para abajo y menos pudiendo mirar esas piernas con solo girar la cabeza un poco.

De pronto la morena se levanta. Algunos mechones de su pelo se pegan con gracia a su cara por el calor. Se dirige hacia mí. Yo la miro embelesado. Ella no me mira. Va a pasar de largo pero antes de perderla de vista pasa sus dedos suavemente por todo mi brazo. Está mojado y resbalan por el sudor como gráciles patinadores. Cuando termina yo me giro y observo sus nalgas, perfectamente definidas bajo el vestido e infinitamente sexys bajo la transparencia y su movimiento. Justo antes de entrar en el baño me mira fugaz y pícaramente.

Mi corazón se acelera, la erección vuelve a coger fuerza, aprieto las falanges contra los brazos del asiento. Me quito los cascos. Me levanto. Y me dirijo pausadamente hacia el baño. Una vez en la puerta miro a todos lados para ver si alguien me observa. Se abre la puerta repentinamente y un brazo fino y moreno me agarra de la camisa y tira de mí.

Estoy en el baño del avión de menos de un metro cuadrado y sentada en la taza veo a la morena. Con el vestido de rejilla negro levemente levantado en la falda y caído en el hombro. Se le pega en varias partes dejando ver su voluptuosa anatomía porque está sudando. Mucho. Como yo. Tira de mi camisa y salta un par de botones. Mientras yo me quito el resto pone sus piernas sobre mis hombros y empuja ligeramente hacia abajo. Sé lo que quiere. Me arrodillo hasta ver su tanga también negro. El sudor me hace difícil deslizarlo así que tiro de él con fuerza hasta casi arrancárselo. La oigo gemir levemente. Aprieta con más fuerzas sus piernas sobre mi espalda y yo introduzco mi lengua en su sexo completamente depilado. Lo noto salado por el sudor pero dulce a la vez. Estoy muy cachondo y muevo la lengua en todas direcciones, despacio y rápido según los movimientos de sus caderas. Noto su clítoris crecer y ponerse duro. Me excita. Se excita. El sudor se mezcla con su flujo y yo acelero progresivamente el movimiento. Noto como se estremece. Oigo un grito contenido. Afloja la fuerza de las piernas y me incorporo. Tiene el vestido completamente pegado al cuerpo y una de sus manos aprieta sus tetas. Yo el torso empapado de sudor. Nos miramos lascivamente sin decir nada. Ella me quita el cinturón con habilidad, mete la mano en mis calzoncillos y sin pudor coge mi miembro y lo saca con un movimiento lateral. Está más grande que nunca, pesado, venosos, imponente. Lo mira por un segundo con asombro y luego con picardía. Se desliza un poco hacia abajo para coger la postura y la falda del vestido sube hasta la cadera. Dirige mi polla hacia su interior y yo doblo las rodillas para facilitar el proceso. Es estrecho pero cálido. Apenas hay fricción debido al sudor y al flujo. Pone los ojos en blanco y yo miro su cuerpo perfecto de arriba abajo. Empujo con más y más fuerza hasta alcanzar un vaivén conjunto sincronizado. Su lengua lame sus labios rojos y sus dientes los muerden, mis músculos se tensan por el esfuerzo pero sigo empujando con fuerza. Aprieto sis tetas sin delicadeza, son enormes pero duras, aprieto sus pezones, ahora puntiagudos, y la oigo gemir. La veo gemir. Noto que soy un volcán en erupción a punto de explotar y que una diosa griega me pide mi lava desde el firmamento. Las gotas de sudor saltan por todos lados, nuestros cuerpos resbalan el uno con el otro en perfecta armonía, nuestras miradas se cruzan una última vez, ella me coge la cabeza y me besa. Un beso a la vez pasión, deseo y lascivia. Nuestras lenguas están tan dentro de nuestras bocas como mi falo de su vagina. Doy un último empujón fuerte. Entro en erupción. Nuestras lenguas juegan y bailan. Yo exploto, ella explota.

Doy un respingo en el asiento. Foals sigue sonando en mis cascos. El hombre que está a mi lado está dormido profundamente. Me toco la entrepierna, erecto pero seco, o al menos sólo mojado por sudor. Gracias a dios. Trato de rehacerme un poco y tranquilizarme. El calor sigue siendo insoportable. Respiro profundo y me bajan las pulsaciones. Miro hacia delante y sus piernas siguen ahí pero estoy más tranquilo. Menos cachondo. Respiro de nuevo.

Entonces se levanta. Mi cuerpo se tensa. Se acerca a mi sitio. Está distinta. Sus manos y sus pies parecen más grandes. Deseo que pase de largo pero no lo hace. Apoya su gigantesca mano sobre mi brazo y acerca su cara a la mía con suavidad. Huelo un perfume algo ácido y descubro una nuez demasiado saliente de su cuello. Finalmente su movimiento de aproximación cesa cuando su boca está a dos centímetros de mi oído. Me quita el casco y me dice con una voz potente, gruesa y algo tosca: “Voy al servicio guapo. Por si te interesa”. Sus dedos, largos y venosos, recorren mi brazo y sus uñas, que detecto postizas, finalizan el movimiento. Me giro desconcertado y algo acojonado. Veo sus nalgas bajo la transparencia, son extrañamente estrechas, sin cadera, a pesar de que se mueven con gracia. Se mete en el baño y me guiña un ojo justo cuando cierra la puerta.

Me quedo sólo con mis pensamientos. Dios mío. Acabo de tener el sueño erótico más brutal de mi vida con una morena despampanante y resulta que es un travesti que quiere, sin saberlo, hacer realidad ese sueño…  Madre mía… Un travesti… rejilla negra… sudor… pechos turgentes… ¡Qué cojones!


Me quito los cascos.

1 comentario:

  1. ¡claro que sí ! ¡qué cojones! , me pica, me rasco, ja,ja,ja me encanta.
    Virginia

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