viernes, 14 de julio de 2017

Demostración

Trinomio fantástico: EcoVidrio – Puntos – Marido.

Llevaba trabajando en la fábrica once meses. Había accedido gracias a la recomendación de su marido que llevaba cinco años en la empresa. Era la única mujer en el almacén y cuando aprendió a utilizar la carretilla elevadora de palets en ocho horas les había dado una lección a todos. Seguramente pensarían que una mujer que no sabe apenas conducir un coche no iba a ser capaz de manejar un vehículo multidireccional y con distinta repartición de carga. Se equivocaron.

El trabajo era sencillo pero muy intenso. Trasladar el mayor número posible de palets de Ecovidrio de la zona de descarga a la de almacenaje. Aunque los primeros días fueron duros sus compañeros trataron de ayudarla, claramente porque pensaban que no sería capaz, y en cuanto se hizo un mapa mental de los pasillos del almacén, los puntos ciegos y las curvas más cerradas la carretilla comenzó a ser una extensión de su cuerpo.

Su marido era el jefe de almacén y aunque ahora se dedicaba a la gestión y al papeleo había empezado como carretillero. Aún le gustaba de vez en cuando cargar algunas toneladas de palets para “disfrutar de los viejos tiempo” como decía él aunque en realidad ella sabía que lo  quería decir era “demostrar que sigo siendo el mejor”.

La vida en la fábrica era movida pero fluía. Se había integrado bien en la plantilla a pesar de ser todo hombres. Estaba segura que era porque su marido era el jefe. Intuía como alguno la miraba de soslayo sin duda pensando que no debería estar allí, que no era sitio para una mujer. Participaba en los descansos y la hora del almuerzo y podía notar cómo se aguantaban los chistes, aunque nunca habían dicho ninguno. Los dejarían para cuando no estuviera ella delante. Un claro ejemplo de comportamiento cobarde masculino.

Alguno incluso había comentado lo impresionante que era su manejo de la carretilla, que parecía que había nacido para ello. Había sonreído y dado las gracias aunque sabía que detrás de esas palabras se ocultaba una envidia con la que debería tener cuidado.

Un día llegó el dueño de la empresa y comunicó que iban a instaurar un sistema de puntuación para mejorar el rendimiento del almacén. Por cada media tonelada de producto que se ubicara correctamente se ganaba 1 punto. Esto establecería un ranking mensual y el mejor empleado sería recompensado. Se implantaría en dos semanas.

Para probar el sistema su marido hizo una demostración a su plantilla. Cogió la carretilla con la destreza que le caracterizaba  y movió 6 toneladas de material en menos de 20 minutos. Dio un discurso motivacional centrado en la importancia del compañerismo por encima del bien individual en un intento, se imaginaba ella, de quedarse solo con los elogios del dueño y evitar que nadie destacara en el nuevo sistema salvo él.

No sabía cuando había dejado de quererle, si es que le quiso alguna vez. Sólo sabía que ahora detectaba con precisión milimétrica todos los pequeños detalles que trataban de ponerla en una posición inferior. Compartían las tareas del hogar, cuidar a los niños, el trabajo, etc. pero en todas esas actividades su marido creía que hacía mejor las cosas, o al menos es lo que ella percibía. Nunca le decía nada, ni le reprochaba nada pero ella sabía que lo pensaba. Alguna mirada extraña, alguna demostración de cómo hacía él algo de cierta forma y porqué. Sin palabras mal sonantes pero en ese tono que decía “eres inferior”. Era el ABC de lo que oía y leía en los telediarios, los periódicos e internet. Estaba oprimida.

Un buen día llegó al almacén con su cabeza bullendo con estos pensamientos. Algo pasaba. Estaba el dueño allí de nuevo. El sistema de puntuación estaba listo y utilizarían ese primer día como piedra de toque para probarlo por lo que el ganador al final del día se llevaría un premio. Pensó que era justo lo que no necesitaba: una competición llena de testosterona y gallitos.

Había diversidad de opiniones sobre el sistema. Los más motivados chocaron sus manos, incluso las de ella, en un gesto de compañerismo, de cara a su marido jefe, pensó ella. Los menos entusiasmados, que eran a su vez los más veteranos, cogieron sus carretillas como otro día cualquiera pasando bastante del tema. Ella tenía pensado formar parte de estos últimos y hacer el trabajo de siempre pero vio que la primera carretilla elevadora de la fila estaba ocupada por su marido. De alguna manera, a pesar de la distancia, él la miró y le guió un ojo sonriendo. ¿Se estaba riendo de ella? ¿Menudo gilipollas? Arrancó su carretilla y comenzó a trabajar frenéticamente.

En lo alto de pared norte del almacén habían instalado una pantalla que indicaba claramente con puntitos led rojos y en dos columnas los nombres y los puntos actuales de los trabajadores.

En este momento ella iba la primera por haber empezado antes. En cada viaje que daba de cara a la pantalla la echaba un ojo. Podía ver como su marido le reducía la distancia en cada vuelta. Estaba trabajando lo más rápido que podía, nunca se había sentido así de enfocada y motivada. Iba a la plataforma cargaba los diez palets que su carretilla soportaba y salía pitando hacia el muelle de descarga. Se oían las ruedas de las carretillas chirriar en todo el almacén. El tiempo se había pasado volando y se percató de que sólo quedaban 10 minutos para terminar. Eso significaba un último viaje. El marcador la situaba la segunda con diferencia respecto al tercero y sólo dos palets por debajo de su marido. Podía oír como sus compañeros comenzaban a animarla, por un momento se sintió arropada pero luego recordó quienes eran y sólo oía sus risas burlonas, no les miró a la cara por falta de tiempo pero intuía los gestos obscenos y los insultos. La ira encendió su rostro y tensionó aún más sus músculos. Llegó a su última recogida y cargó 14 palets para poder ganar a su marido. Los subió con la carretilla, se tambalearon varias veces hasta que los estabilizó y salió disparada. La columna de palets que temblaba como un flan se venció hacia la mitad del recorrido.

Todo pasó a cámara lenta. Los palets se le venían encima, miró a su alrededor un instante y todos corrían hacia ella desde el muelle de descarga con caras de desesperación y preocupación, ella aún veía sus sonrisas, seguro que se alegraban en el fondo. No le dio tiempo a sentir más. 800 kilos de ecovidrio cayeron sobre ella. Un dolor sordo y la nada.

Nunca volví a abrir los ojos, ni a mover un músculo, ni a hablar. Sólo despertó mi capacidad de oír. Y además del pitido constante y rítmico de lo que imaginé que era un monitor cardíaco y las idas y venidas de lo que supuse enfermeras, lo que oía constantemente y sin saber durante cuanto tiempo era la voz de mi marido, a veces  alzándola, a veces susurrando, preguntándome: “¿Por qué?”







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