Trinomio fantástico: EcoVidrio – Puntos – Marido.
Llevaba trabajando en la fábrica
once meses. Había accedido gracias a la recomendación de su marido que llevaba
cinco años en la empresa. Era la única mujer en el almacén y cuando aprendió a
utilizar la carretilla elevadora de palets en ocho horas les había dado una
lección a todos. Seguramente pensarían que una mujer que no sabe apenas conducir un coche no iba a ser capaz de manejar un
vehículo multidireccional y con distinta repartición de carga. Se equivocaron.
El trabajo era sencillo pero muy
intenso. Trasladar el mayor número posible de palets de Ecovidrio de la zona
de descarga a la de almacenaje. Aunque los primeros días fueron duros sus
compañeros trataron de ayudarla, claramente porque pensaban que no sería capaz,
y en cuanto se hizo un mapa mental de los pasillos del almacén, los puntos
ciegos y las curvas más cerradas la carretilla comenzó a ser una extensión de
su cuerpo.
Su marido era el jefe de almacén
y aunque ahora se dedicaba a la gestión y al papeleo había empezado como
carretillero. Aún le gustaba de vez en cuando cargar algunas toneladas de
palets para “disfrutar de los viejos tiempo” como decía él aunque en realidad
ella sabía que lo quería decir era “demostrar
que sigo siendo el mejor”.
La vida en la fábrica era movida
pero fluía. Se había integrado bien en la plantilla a pesar de ser todo hombres. Estaba segura que era porque su marido era el jefe. Intuía como alguno
la miraba de soslayo sin duda pensando que no debería estar allí, que no era
sitio para una mujer. Participaba en los descansos y la hora del almuerzo y
podía notar cómo se aguantaban los chistes, aunque nunca habían dicho ninguno.
Los dejarían para cuando no estuviera ella delante. Un claro ejemplo de
comportamiento cobarde masculino.
Alguno incluso había comentado lo
impresionante que era su manejo de la carretilla, que parecía que había nacido
para ello. Había sonreído y dado las gracias aunque sabía que detrás de esas
palabras se ocultaba una envidia con la que debería tener cuidado.
Un día llegó el dueño de la
empresa y comunicó que iban a instaurar un sistema de puntuación para mejorar
el rendimiento del almacén. Por cada media tonelada de producto que se ubicara
correctamente se ganaba 1 punto. Esto establecería un ranking mensual y el mejor
empleado sería recompensado. Se implantaría en dos semanas.
Para probar el sistema su marido
hizo una demostración a su plantilla. Cogió la carretilla con la destreza que
le caracterizaba y movió 6 toneladas de
material en menos de 20 minutos. Dio un discurso motivacional centrado en la
importancia del compañerismo por encima del bien individual en un intento, se
imaginaba ella, de quedarse solo con los elogios del dueño y evitar que nadie
destacara en el nuevo sistema salvo él.
No sabía cuando había dejado de
quererle, si es que le quiso alguna vez. Sólo sabía que ahora detectaba con
precisión milimétrica todos los pequeños detalles que trataban de ponerla en
una posición inferior. Compartían las tareas del hogar, cuidar a los niños, el
trabajo, etc. pero en todas esas actividades su marido creía que hacía mejor
las cosas, o al menos es lo que ella percibía. Nunca le decía nada, ni le
reprochaba nada pero ella sabía que lo pensaba. Alguna mirada extraña, alguna
demostración de cómo hacía él algo de cierta forma y porqué. Sin palabras mal
sonantes pero en ese tono que decía “eres inferior”. Era el ABC de lo que oía y
leía en los telediarios, los periódicos e internet. Estaba oprimida.
Un buen día llegó al almacén con su
cabeza bullendo con estos pensamientos. Algo pasaba. Estaba el dueño allí de
nuevo. El sistema de puntuación estaba listo y utilizarían ese primer día como
piedra de toque para probarlo por lo que el ganador al final del día se
llevaría un premio. Pensó que era justo lo que no necesitaba: una competición
llena de testosterona y gallitos.
Había diversidad de opiniones
sobre el sistema. Los más motivados chocaron sus manos, incluso las de ella, en
un gesto de compañerismo, de cara a su marido jefe, pensó ella. Los menos
entusiasmados, que eran a su vez los más veteranos, cogieron sus carretillas
como otro día cualquiera pasando bastante del tema. Ella tenía pensado formar
parte de estos últimos y hacer el trabajo de siempre pero vio que la primera
carretilla elevadora de la fila estaba ocupada por su marido. De alguna manera,
a pesar de la distancia, él la miró y le guió un ojo sonriendo. ¿Se estaba
riendo de ella? ¿Menudo gilipollas? Arrancó su carretilla y comenzó a trabajar
frenéticamente.
En lo alto de pared norte del almacén
habían instalado una pantalla que indicaba claramente con puntitos led rojos y
en dos columnas los nombres y los puntos actuales de los trabajadores.
En este momento ella iba la
primera por haber empezado antes. En cada viaje que daba de cara a la pantalla
la echaba un ojo. Podía ver como su marido le reducía la distancia en cada
vuelta. Estaba trabajando lo más rápido que podía, nunca se había sentido así
de enfocada y motivada. Iba a la plataforma cargaba los diez palets que su
carretilla soportaba y salía pitando hacia el muelle de descarga. Se oían las
ruedas de las carretillas chirriar en todo el almacén. El tiempo se había
pasado volando y se percató de que sólo quedaban 10 minutos para terminar. Eso
significaba un último viaje. El marcador la situaba la segunda con diferencia
respecto al tercero y sólo dos palets por debajo de su marido. Podía oír como
sus compañeros comenzaban a animarla, por un momento se sintió arropada pero
luego recordó quienes eran y sólo oía sus risas burlonas, no les
miró a la cara por falta de tiempo pero intuía los gestos obscenos y los
insultos. La ira encendió su rostro y tensionó aún más sus músculos. Llegó a su
última recogida y cargó 14 palets para poder ganar a su marido. Los subió con
la carretilla, se tambalearon varias veces hasta que los estabilizó y salió
disparada. La columna de palets que temblaba como un flan se venció hacia la
mitad del recorrido.
Todo pasó a cámara lenta. Los
palets se le venían encima, miró a su alrededor un instante y todos corrían
hacia ella desde el muelle de descarga con caras de desesperación y
preocupación, ella aún veía sus sonrisas, seguro que se alegraban en el fondo.
No le dio tiempo a sentir más. 800 kilos de ecovidrio cayeron sobre ella. Un
dolor sordo y la nada.
Nunca volví a abrir los ojos, ni
a mover un músculo, ni a hablar. Sólo despertó mi capacidad de oír. Y además
del pitido constante y rítmico de lo que imaginé que era un monitor cardíaco y
las idas y venidas de lo que supuse enfermeras, lo que oía constantemente y sin saber durante cuanto tiempo era
la voz de mi marido, a veces alzándola,
a veces susurrando, preguntándome: “¿Por qué?”
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