La primera tormenta que había anunciado el hombre del tiempo
estaba remitiendo. A su paso había quedado el característico olor a tierra
mojada y asfalto caliente recién humedecido. La temperatura había bajado 15
grados y la brisa había dejado paso al viento, más frío, más agresivo, más
incómodo. El pronóstico continuaba con la misma dinámica durante al menos siete
días. Eso dejaba el maravillosos mes de Agosto más que acabado y el horripilante Septiembre, por ende,
más que iniciado.
Sus ojos abandonaron el infinito más allá de la ventana de
la cocina para posarse en el infinito del agua hirviendo. Las burbujas apenas
habían comenzado a formarse y rápidamente, como un ejército camuflado a la
espera de una orden, habían invadido el diámetro de la cacerola. Cogió los
tagliatelle, previamente pesados, sin mirar y los lanzó al agua. Tenía siete
minutos para perderse en aquel líquido burbujeante, ahora ligeramente espumoso,
que era lo mismo que perderse en sus pensamientos. Perderse a kilómetros de
distancia en su memoria cercana. Poner cara de nostalgia y suspirar. Amor de
verano.
Una noche en la playa. La espalda sobre la toalla. Los pies
hundidos en la fría arena que recorre con cada grano el contorno de los dedos,
la planta y el talón regalando esa sensación tan reconfortante de la arena
fría, nocturna. La vista puesta en el cielo. No hay nubes a las que poner
formas, solo estrellas a las que viajar en silencio. La lluvia estelar
comienza. Nuestras manos se entrelazan, vinculando lo que vemos, lo que
sentimos, para elevar el volumen de esa sensación, exponenciarla al ser dos en
vez de uno. Pasan las estrellas fugaces. Pequeños fragmentos espaciales que
chocan contra la tierra para convertirse en polvo en un evento físico que a
nosotros nos parece magia desde abajo. Nos sorprendemos, señalamos las que dejan
mayor rastro ¿has visto esa? Claro que la has visto, tu mano me dice que sí.
Amor de verano.
Una cena romántica. Tú me cuentas. Yo te cuento. Nos
descubrimos mutuamente. Tus gustos que me disgustan y mis disgustos que te
hacen gracia. Reímos y compartimos y comemos y bebemos. Y miramos. Miramos más
allá de la comida o los chistes. Cruzamos la mirada y visualizamos por un
momento los hilos invisibles que nos unen, a nosotros, no al resto. Las cuerdas
que vibran con nuestro tono de voz o nuestros gestos únicos para cada uno de
nosotros. Amor de verano.
Una tarde en la playa. La espalda sobre la arena, tibia. Se
oye el murmullo de la gente y los chiquillos y más fuerte el murmullo del mar,
de las olas. Tu cabeza sobre mi vientre y nuestras manos encontradas en algún
lugar entre mi cadera y tu pecho. No hay
estrellas a las que viajar en silencio, solo nubes a las que poner formas. Y
así lo hacemos. Figuras cotidianas y extrañas, secuencias de imágenes
inventadas que nos hacen reír. Ponemos nombre a las nubes sin mirarnos. Y con
cada risa una ligera presión de los dedos. Amor de verano.
Un beso bajo la luna. Una paella. Un beso bajo la única
farola apagada del paseo. Una copa en el mirador del rompeolas. Un suspiro en
un abrazo. Unas palas. Un abrazo en un suspiro. Un patín. Un baño en la playa,
lejos. Una erección. Un quitarse el bañador. Risas, risas y más risas. Hilos
invisibles, nubes y estrellas. Amor de verano.
Suena la alarma del móvil. Los tagliatelle parecen mirarle
como un condenado a muerte esperando a salir del agua hirviendo. Se centra y
los saca. Después de escurrirlos los mezcla con la salsa
cuidadosamente. Los
lleva al salón.
"Creí que no iban a salir nunca." Le dice ella. "Qué ricos." Se estremece ligeramente cómo siempre hace cuando tiene frío pero no
dice nada. Coge la manta situada en el lateral del sofá por primera vez después
de tres meses. “Parece que el verano se acaba” y le regala una de
sus sonrisas revitalizantes.
Ya hace cinco veranos que descubrió ese poder que tenía sobre él y ahí estaba, revitalizado de nuevo por esa mueca. Dientes, boca, ojos, pómulos y nariz, cejas, pestañas y barbilla, todos de acuerdo, moviéndose al unísono, interpretando una pieza maestra única que, dentro de la infinidad de posibilidades que hay en los gestos, encuentran la que viaja por ese vínculo entre sus ojos y los de ella y le alcanza el alma sin resistencia alguna.
Ya hace cinco veranos que descubrió ese poder que tenía sobre él y ahí estaba, revitalizado de nuevo por esa mueca. Dientes, boca, ojos, pómulos y nariz, cejas, pestañas y barbilla, todos de acuerdo, moviéndose al unísono, interpretando una pieza maestra única que, dentro de la infinidad de posibilidades que hay en los gestos, encuentran la que viaja por ese vínculo entre sus ojos y los de ella y le alcanza el alma sin resistencia alguna.
Deja los platos en la mesa. Les echa un poco de queso
rallado como a ella le gusta y dice “Que aproveche. A ver qué tal me han
salido.” Están buenísimos. Se miran con el primer bocado y se lo
dicen todo. Fuera vuelve a apretar la lluvia y el viento. El verano se acaba. La
nostalgia es necesaria para poder disfrutar el reencuentro. Él la mira mira. Amor de
verano… y de otoño.







