miércoles, 30 de agosto de 2017

Amor de Verano

La primera tormenta que había anunciado el hombre del tiempo estaba remitiendo. A su paso había quedado el característico olor a tierra mojada y asfalto caliente recién humedecido. La temperatura había bajado 15 grados y la brisa había dejado paso al viento, más frío, más agresivo, más incómodo. El pronóstico continuaba con la misma dinámica durante al menos siete días. Eso dejaba el maravillosos mes de Agosto más que acabado y el horripilante Septiembre, por ende, más que iniciado.

Sus ojos abandonaron el infinito más allá de la ventana de la cocina para posarse en el infinito del agua hirviendo. Las burbujas apenas habían comenzado a formarse y rápidamente, como un ejército camuflado a la espera de una orden, habían invadido el diámetro de la cacerola. Cogió los tagliatelle, previamente pesados, sin mirar y los lanzó al agua. Tenía siete minutos para perderse en aquel líquido burbujeante, ahora ligeramente espumoso, que era lo mismo que perderse en sus pensamientos. Perderse a kilómetros de distancia en su memoria cercana. Poner cara de nostalgia y suspirar. Amor de verano.

Una noche en la playa. La espalda sobre la toalla. Los pies hundidos en la fría arena que recorre con cada grano el contorno de los dedos, la planta y el talón regalando esa sensación tan reconfortante de la arena fría, nocturna. La vista puesta en el cielo. No hay nubes a las que poner formas, solo estrellas a las que viajar en silencio. La lluvia estelar comienza. Nuestras manos se entrelazan, vinculando lo que vemos, lo que sentimos, para elevar el volumen de esa sensación, exponenciarla al ser dos en vez de uno. Pasan las estrellas fugaces. Pequeños fragmentos espaciales que chocan contra la tierra para convertirse en polvo en un evento físico que a nosotros nos parece magia desde abajo. Nos sorprendemos, señalamos las que dejan mayor rastro ¿has visto esa? Claro que la has visto, tu mano me dice que sí. Amor de verano.

Una cena romántica. Tú me cuentas. Yo te cuento. Nos descubrimos mutuamente. Tus gustos que me disgustan y mis disgustos que te hacen gracia. Reímos y compartimos y comemos y bebemos. Y miramos. Miramos más allá de la comida o los chistes. Cruzamos la mirada y visualizamos por un momento los hilos invisibles que nos unen, a nosotros, no al resto. Las cuerdas que vibran con nuestro tono de voz o nuestros gestos únicos para cada uno de nosotros. Amor de verano.

Una tarde en la playa. La espalda sobre la arena, tibia. Se oye el murmullo de la gente y los chiquillos y más fuerte el murmullo del mar, de las olas. Tu cabeza sobre mi vientre y nuestras manos encontradas en algún lugar entre mi cadera y tu pecho.  No hay estrellas a las que viajar en silencio, solo nubes a las que poner formas. Y así lo hacemos. Figuras cotidianas y extrañas, secuencias de imágenes inventadas que nos hacen reír. Ponemos nombre a las nubes sin mirarnos. Y con cada risa una ligera presión de los dedos. Amor de verano.

Un beso bajo la luna. Una paella. Un beso bajo la única farola apagada del paseo. Una copa en el mirador del rompeolas. Un suspiro en un abrazo. Unas palas. Un abrazo en un suspiro. Un patín. Un baño en la playa, lejos. Una erección. Un quitarse el bañador. Risas, risas y más risas. Hilos invisibles, nubes y estrellas. Amor de verano.

Suena la alarma del móvil. Los tagliatelle parecen mirarle como un condenado a muerte esperando a salir del agua hirviendo. Se centra y los saca. Después de escurrirlos los mezcla con la salsa
cuidadosamente. Los lleva al salón.

"Creí que no iban a salir nunca." Le dice ella. "Qué ricos." Se estremece ligeramente cómo siempre hace cuando tiene frío pero no dice nada. Coge la manta situada en el lateral del sofá por primera vez después de tres meses. “Parece que el verano se acaba” y le regala una de sus sonrisas revitalizantes.

Ya hace cinco veranos que descubrió ese poder que tenía sobre él y ahí estaba, revitalizado de nuevo por esa mueca. Dientes, boca, ojos, pómulos y nariz, cejas, pestañas y barbilla, todos de acuerdo, moviéndose al unísono, interpretando una pieza maestra única que, dentro de la infinidad de posibilidades que hay en los gestos, encuentran la que viaja por ese vínculo entre sus ojos y los de ella y le alcanza el alma sin resistencia alguna.

Deja los platos en la mesa. Les echa un poco de queso rallado como a ella le gusta y dice “Que aproveche. A ver qué tal me han salido.” Están buenísimos. Se miran con el primer bocado y se lo dicen todo. Fuera vuelve a apretar la lluvia y el viento. El verano se acaba. La nostalgia es necesaria para poder disfrutar el reencuentro. Él la mira mira. Amor de verano… y de otoño.

lunes, 7 de agosto de 2017

El Jarrón

De vez en cuando alguien hacía algún comentario de ese tipo. Que si era muy frágil, que había que tener cuidado con él, que cualquier golpecito podría hacerlo añicos. Él nunca los entendió. Cuatro mudanzas y unos veinticinco cambios de sitio después ahí seguía. No importaba si le movían de una estantería a una mesita o encima de un aparador o de la chimenea. Daba igual cuanto lo  acercaran al borde o lo inestable que fuera su soporte. Él siempre estaba impecable, con el cuerpo firme y esbelto y sus voluptuosos adornos de cristal esculpidos refulgiendo con cada rayo de luz que los atravesaba.

No tenían ni idea. Se sentía fuerte y duradero. Llevaba casi cinco lustros con la familia y nunca había sentido ni siquiera el peligro cerca a pesar de lo que no paraba de atraer a la gente. Ellos observaban su depurada confección, una sola pieza de cristal, ancho como el pecho de una hermosa mujer y alto como el cuello de un flamenco en un precioso lago. Él los miraba a ellos a los ojos mientras le observaban. Le encantaba coquetear con esa gente, que sintieran cierta envidia y por ende el deseo furtivo de poseerle. ¿Hay algo que te haga sentir más fuerte que la admiración de los demás?

Nada. Se sentía rocoso como ese deportista invencible, seguro como ese trabajo con el horario y el salario correctos para vivir con comodidad, inquebrantable como el matrimonio perfecto sin fisuras ni secretos, inexpugnable como el sistema inmunológico de un adolescente con toda la vida por delante, fuerte como la confianza de la amistad más sólida y auténtica. Así se sentía y así lo vivía internamente pero sólo cuando pensaba en ello, de pascuas a ramos, cuando alguien se lo recordaba con alguno de esos comentarios de fragilidad estúpida. La mayoría del tiempo ni se acordaba y se iba a dormir con la conciencia bien tranquila y una sonrisa inefable que sólo aporta el sueño sin preocupaciones.

Una mañana despertó. Algo había ocurrido. Percibía un suave tacto en su base pero no era el del noble aparador de roble en el que estaba. Era más como una pelusilla. ¡Era la alfombra! Se puso nervioso. Empezó a mirar a todos los lados pero sólo veía imágenes de sí mismo desfigurado reflejándose en trozos de sí mismo que notaba esparcidos por la alfombra. ¿Qué habría ocurrido?, ¿un temblor quizás?, ¿un niño travieso correteando por donde no debía?, ¿un plumero esgrimido por una mano torpe?, ¿Un ataque de furia desmedida? Trató de ver si en el aparador habían puesto otro jarrón en su lugar, un vil sustituto que usurparía sus privilegios, pero no alcanzaba desde tan abajo.

"¡El jarrón!, se ha roto" escuchó en una primera voz que continúo con un inicio de sollozo "¿Cómo ha podido ocurrir? Era una reliquia de la familia, un tesoro, y ahora está hecho añicos". "Te dije que estaba en un sitio demasiado inestable". Dijo una segunda voz con tono brusco. Una escoba y un recogedor se acercaban a toda velocidad. "¿Lo recojo señora?". Nadie contestó pero notó las duras cerdas de la escoba en su delicada piel de cristal y el áspero y frío plástico del recogedor al golpear su cuerpo contra él.

Alguien elevó el recogedor y se dirigió velozmente a la cocina. Podía oír a las voces seguir discutiendo acaloradamente en el salón pero no entendía lo que decían entre los llantos y las exhortaciones de culpabilidad.

Una portezuela se abrió y dejó paso a la oscuridad más absoluta. El recogedor se volcó sobre ella y todos sus pedazos acabaron en algo plástico, oscuro y maloliente. Lo último que escuchó antes de que se cerrara la portezuela fue a alguien decir:

 "Es una pena. La gente debería cuidar más sus jarrones.".


martes, 1 de agosto de 2017

LOW 2017 (Homenaje al Darlotodismo)

Iba a empezar el post con un "Una vez más..." pero es una frase que denota monotonía, incluso tedio. Es cierto que no es el primer festival al que vamos ni será el último pero lo que sí que ha sido es único. A veces olvidamos que estas vivencias no son infinitas y que cada una cuenta. Otras puede que vengan o puede que no y eso hace que cada una de estas experiencias vitales tengan que ser vividas con pasión, con energía. El Low 2017 no ha sido una excepción.

Benidorm es una ciudad denostada por la sociedad, tiene mala prensa y ¿por qué no decirlo? de forma merecida si sólo miras la superficie. Los rascacielos a pie de playa, ese skyline terrorífico que puede verse desde el mar mientras estás en el agua rodeado de jóvenes guiris ahooliganados por un lado, jubilados nacionales e internacionales con sus cuerpos rojos quemados por el patrón de las camisetas de tirantes del Zara por el otro. Los restaurantes de comida rápida, mezclados con una tienda de bisutería al lado de una boutique de ropa cara, al lado de un showgirls para viejos, al lado de un bar de moteros con música en directo, al lado de una arrocería "güena", al lado de una heladería que vende chanclas. Todo esto puede parecer que no es un lugar agradable donde estar pero tengo que decir que a pesar de la primera impresión, todo está equilibrado hasta el punto que dices "La vida se abre paso en cualquier parte, hay que joderse". Y empiezas a darte cuenta de que tú, un joven de mediana edad, medio indie, medio pijo, medio hipster, de clase acomodada y que viste del Jack and Jones y lleva un BMW de los baratos tiene su cabida en esa extraña maraña de tópicos que viven en armonía y que acaban destilando educación y buenas formas contra todo pronóstico.

Esta maravillosa cuidad tiene uno de los mejores festivales nacionales. Para el que escribe el mejor o, sin ser tan subjetivo, el más perfecto. Tamaño justo, personal atento, amable y suficiente, barras sin colas a cualquier hora, precios razonables, un cartel muy muy potente, unos patrocinadores a la altura y en una ciudad con playa, tan maravillosa como Benidorm, que ya he descrito antes.   


Con este panorama nos enfrentábamos un grupo de nueve valientes a uno de los acontecimientos de vida que nos acercaría a conocer un poquito más de cerca la felicidad. Y es que uno de los momentos más felices que alguien puede vivir es aquel en el que estás cantando una canción que te apasiona, en su punto álgido, haciendo que tu garganta saque la octava más alta que puede llegar a alcanzar, rodeado de amigos con los que has compartido mil batallas y todo ello saltando y bailando sin parar, recibiendo y dando abrazos a diestro y siniestro, con un ambiente invadido por el éxtasis emocional de miles de personas y, lo más importante, sudando como una bestia. Porque el sudor es el símbolo del darlotodismo. Cada gota de sudor que vuela en el aire es un destello de energía que regalamos al mundo. Bueno, pues todo eso, como unas diez veces al día durante tres días.


Ahora veo la ruta musical que hemos hecho y las horas invertidas que se han pasado como minutos y no puedo dejar de sorprenderme, aunque no sea la primera vez. El comienzo con Dorian, la elegancia de L.A., la grata sorpresa de Roosevelt, el buenrollismo infinito de La Casa Azul, la intención fallida de !!! (CHK CHK CHK), el guitarreo apasionado de Neuman, la esperanza indie de Viva Suecia, la profesionalidad musical de Franz Ferdinand, el divertido show de The Hives, el sentimiento y letras de Lori Meyers, la potencia sorpresiva de Mando Diao, la entrañable incombustibilidad de Fangoria, el humor de Ojete Calor y el bailable sonido aunque corto de Satellite Stories. ¿Cuál ha sido para vosotros el mejor concierto? Les preguntaba a mis amigos en la gasolinera ya de vuelta a Madrid.

Las respuestas eran múltiples y aunque muchos coincidían en algunos grupos ninguno coincidió en el que yo estaba pensando. Y es que el mejor grupo del festival, como nos ocurre siempre, fuimos nosotros, Encarni, Luisen, Juan Calos, Alex, Duhan, Arsi, Rosario, Moncho y Víctor. Y es que aunque los miembros (Marta, Manu, Alexa, Fátima, Parra, Lolo, María, Nacho, Fer, Carmen y Zapar) cambien de un festival a otro nuestro espíritu y filosofía de la amistad y el disfrute siempre perdura. Sólo puedo daros las gracias y deciros que ha sido un honor compartir tanto con vosotros. Cuando la gente nos mira como si estuviéramos locos en medio de un concierto pero sonríen y se unen a nuestros bailes es que algo estamos haciendo bien para con la comunidad y para con la humanidad.


Para los que lean esto y hayan llegado hasta aquí sólo espero que la energía que estoy tratando de poner en este post os cale, aunque sólo sea un 10%, ya que no pretendo que sintáis en profundidad la felicidad vivida en estos días, sino que cojáis ese 10% y lo utilicéis para poner pasión en todo lo que hacéis en la vida, saltad si hay que saltar, gritad si hay que gritar, corred si hay que correr y amad si hay que amar. No os dejéis nada dentro porque se perderá en el vacío.. Flipaos. Darlo todo siempre que podáis. Practicad el Darlotodismo.

Gracias a todos. Gracias LOW 2017. Gracias Benidorm.

Un besazo.