De vez en cuando alguien hacía algún comentario de ese tipo. Que si
era muy frágil, que había que tener cuidado con él, que cualquier golpecito
podría hacerlo añicos. Él nunca los entendió. Cuatro mudanzas y unos
veinticinco cambios de sitio después ahí seguía. No importaba si le movían de
una estantería a una mesita o encima de un aparador o de la chimenea. Daba igual cuanto lo acercaran al borde o lo inestable que fuera su soporte. Él
siempre estaba impecable, con el cuerpo firme y esbelto y sus voluptuosos
adornos de cristal esculpidos refulgiendo con cada rayo de luz que los
atravesaba.
No tenían ni idea. Se sentía fuerte y duradero. Llevaba casi
cinco lustros con la familia y nunca había sentido ni siquiera el peligro cerca
a pesar de lo que no paraba de atraer a la gente. Ellos observaban su depurada
confección, una sola pieza de cristal, ancho como el pecho de una hermosa mujer
y alto como el cuello de un flamenco en un precioso lago. Él los miraba a ellos
a los ojos mientras le observaban. Le encantaba coquetear con esa gente, que
sintieran cierta envidia y por ende el deseo furtivo de poseerle. ¿Hay algo que
te haga sentir más fuerte que la admiración de los demás?
Nada. Se sentía rocoso como ese deportista invencible,
seguro como ese trabajo con el horario y el salario correctos para vivir con
comodidad, inquebrantable como el matrimonio perfecto sin fisuras ni secretos,
inexpugnable como el sistema inmunológico de un adolescente con toda la vida
por delante, fuerte como la confianza de la amistad más sólida y auténtica. Así se
sentía y así lo vivía internamente pero sólo cuando pensaba en ello, de pascuas
a ramos, cuando alguien se lo recordaba con alguno de esos comentarios de
fragilidad estúpida. La mayoría del tiempo ni se acordaba y se iba a dormir con
la conciencia bien tranquila y una sonrisa inefable que sólo aporta el sueño
sin preocupaciones.
Una mañana despertó. Algo había ocurrido. Percibía un suave
tacto en su base pero no era el del noble aparador de roble en el que estaba.
Era más como una pelusilla. ¡Era la alfombra! Se puso nervioso. Empezó a mirar
a todos los lados pero sólo veía imágenes de sí mismo desfigurado reflejándose
en trozos de sí mismo que notaba esparcidos por la alfombra. ¿Qué habría
ocurrido?, ¿un temblor quizás?, ¿un niño travieso correteando por donde no
debía?, ¿un plumero esgrimido por una mano torpe?, ¿Un ataque de furia desmedida?
Trató de ver si en el aparador habían puesto otro jarrón en su lugar, un vil
sustituto que usurparía sus privilegios, pero no alcanzaba desde tan abajo.
"¡El jarrón!, se ha roto" escuchó en una primera
voz que continúo con un inicio de sollozo "¿Cómo ha podido ocurrir? Era
una reliquia de la familia, un tesoro, y ahora está hecho añicos".
"Te dije que estaba en un sitio demasiado inestable". Dijo una
segunda voz con tono brusco. Una escoba y un recogedor se acercaban a toda
velocidad. "¿Lo recojo señora?". Nadie contestó pero notó las duras
cerdas de la escoba en su delicada piel de cristal y el áspero y frío plástico del
recogedor al golpear su cuerpo contra él.
Alguien elevó el recogedor y se dirigió velozmente a la
cocina. Podía oír a las voces seguir discutiendo acaloradamente en el salón
pero no entendía lo que decían entre los llantos y las exhortaciones de
culpabilidad.
Una portezuela se abrió y dejó paso a la oscuridad más
absoluta. El recogedor se volcó sobre ella y todos sus pedazos acabaron en algo
plástico, oscuro y maloliente. Lo último que escuchó antes de que se cerrara la
portezuela fue a alguien decir:
"Es una pena. La
gente debería cuidar más sus jarrones.".
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