lunes, 18 de septiembre de 2017

Pensamientos al Sol

No hacía ni veinte segundos que su hija la había dejado en el banco y el sol ya estaba quitándole la congestión de los huesos. Al principio se había enfadado porque la dejaran allí como un trasto viejo, con la esperanza de que cuando volvieran hubiera desaparecido daba igual si abducida por un platillo volante de esos o sin vida en el cuerpo ya. Esa costumbre del banco había empezado un poco después de perder la capacidad de hablar, bueno perder, aún puedo decir cosas pero tomándome mi tiempo, otra cosa es que ellos no tengan paciencia ni ganas para esperarme.

Siempre tan ocupados, tanto mi hija como mi yerno, pa’rriba, pa’bajo, gritando, corriendo. Así están los niños que no saben ni que hacen en el mundo. Gritan y corren y berrean, como los padres. Ahí Jesús. El otro día una discusión con portazo e improperios incluidos. En pleno salón, los niños en sus cuartos, y ellos delante mío, que si es tu madre, que si no me casé para esto, que necesitamos el dinero, que hace siglos que no tengo tiempo para mí, y no sé qué sarta de egoísmos más se escupieron el uno al otro. Y yo como el pasmarote que soy. Con el cuerpo semi rígido y la lengua gorda sin poder ni moverme ni decir nada. Eso sí enterándome de todo. Y es que claro, trabajando los dos pues no tienen tiempo para nada y es como si hicieran vidas diferentes y las cosas comunes se las reparten de mala manera porque a ninguno le viene bien. Y es que las parejas de ahora no hay por donde cogerlas. Que digo yo que eso de la igualdad de la mujer está muy bien pero habrá que ponerse de acuerdo quien se queda con los niños antes de irse los dos y dejarlos solos a que los eduque el aire, que eso las criaturas lo notan. Ahora ya los educa la pobre Elodia, que ya ves ella lo que podrá hacer si no tiene autoridad para nada y cuando se queja de algo la mujer la ponen unos ojos de gacela que como para volver a decir algo.

Un día les oí decir que si se mudaban a una casa más grande y más cara y yo pensé pero si aquí estáis bien, si os sobra el dinero que uno trabaje y el otro en casa con los niños, pero qué sabré yo es lo que pensarán. Igual que los viajes, ay por dios si el Paco se enterase, que lo más lejos que fuimos nosotros fue a Roquetas de Mar y una semana que cerró la fabrica por un incendio. Y estos todos los años que si a Taipi, Taipao, Argentina y no sé qué más, y encima siempre vuelven discutiendo. Y mientras los críos o con Fernando o con los padres de él. Mucho derroche y poco sacrificio. De todas formas ni lo iba a poder decir, ni me iban a hacer caso. Así qué.

Y es que ¿para qué sirve un viejo? La misma pregunta todos los días. No es larga pero nunca me da tiempo de preguntársela a nadie. Un viejo sirve para mirar atrás, para recordar, comparar con la actualidad y darse cuenta de que de nada sirve avisar de los errores porque es como que se tienen que volver a cometer para que sean reales. Si no son solos delirios de viejo. ¿Y eso es una utilidad? ¿para qué sirvo yo que no puedo ni moverme ni hablar? Al menos si pudiera avisarles de los errores que están cometiendo, aunque no me hicieran caso yo me quedaría tranquila.

Por ejemplo esos niños, mis nietos me refiero. Niños por llamarles algo. Adanes diría yo. Ahora piden y se les concede, trastean y les sale gratis, muerden y reciben una recompensa. Corcho que el otro día un niño de la urbanización, el de las melenas y los calzoncillos por fuera, me dio con el balón en las piernas, que ni lo sentí, pero no me pidió ni perdón y yo sólo podía mirarle y balbucear, y es mayorcito ya el sinvergüenza. Lo tienen todo y todo rápido. Bueno, todo menos disciplina, sentido del sacrificio, valor por las cosas, por la vida y un par de hostias bien das que es lo que les falta. Mis nietos, además de unos salvajes, son infelices y sus padres no sólo no se dan cuenta, sino que se creen lo contrario. Ahí hija, ¿tan mal lo hice yo? Te veía correr, saltar, jugar, perderte con tus amigas o sola, con Fernando o con Papá, y siempre andabas sonriendo y con esos ojos de ilusión de mil cosas que querías hacer, y ahora veo a mis nietos y traen esas cosas de serie, sí, pero están como desconectados, idos, con tanto aipad de esos y tanta tele y esos berrinches infinitos. También con esa sobreprotección que tienen no pueden ni salir a la calle solos, así como van a espabilar. Y cuando papá os cascaba al merecerlo hasta luego, años después, lo recordabais Fernando y tú y os reíais y le dabais la razón, cómo el día que le rompisteis el brazo al Néstor obligándole a saltar de una caseta y prometiéndole que le recogeríais con una comba mágica o algo así. Pero ahora, ancha es Castilla. Si hasta a ti, hija, te tienen los padres acojonada en el colegio cuando castigas a un niño de los de tu clase. ¡A una maestra acojonada! Ver para creer.

Lo poco que queda vivo en mis piernas ya se me ha dormido definitivamente. No falla. Diez minutos en el banquito con las maderas apretando vete tú a saber que nervio y ya no siento nada. Pero el sol sigue ahí. Si al menos pudiera ponerme de pie y mirar y oler las flores del jardín de la urbanización. Están bonitas la verdad. En eso sí que han ganado algo, en calidad de vida. Pero ¿pará que la quieren si no saben disfrutarla? Nunca les he visto oler las flores. Y yo esto se lo quiero decir pero no me dan tiempo y si me lo dieran no me harían caso. Ahí madre, con lo que yo he pasado. Si
ellos supieran todo sería más fácil.

Pero no van a saber, ni quieren. Porque los jóvenes siempre quieren cambiarlo todo aunque esté bien. Como la política. A veces me ponen delante de la tele horas y horas como si fuera una piedra vieja y no me queda otra que tragarme las noticias y todos esos programas de gritos y cotilleos. Ahora que viven como reyes no veo más que gente por la calle pidiendo que vuelvan cosas del pasado. Gentes de los que ni uno ha pasado una guerra ni sabe lo que es eso. Una guerra es tan terrible y los muertos y el hambre hastían de tal forma que los ideales políticos se diluyen hasta la nada y es lo que permite que se vuelva a colaborar independientemente del color que seas, y que la buena voluntad reine y haya paz y concordia y crecimiento común porque ves el corazón de las personas y no el color de sus ideas. Pero claro los que ya tienen eso gratis ni se dan cuenta de lo que perderían. Y ahí están peleando, que si rojos, que si fachas, que si independencia, 40 años después las mismas monsergas y no se dan cuenta del peligro. Los jóvenes siempre quieren cambiarlo todo aunque esté bien, como no pueden comparar pues ni se dan cuenta y si no lo cambian no le encuentran sentido a sus vidas. Y dicen que todo está en los libros de historia, pero yo digo que todo está en la historia pero no en los libros, porque dime tú a mí quien escribe la historia, pues unos pocos y según les conviene. Y aunque leyeran la historia de verdad, y aunque tuvieran el tiempo para leer tantos libros, nada cambiaría porque los jóvenes están para cambiar cosas. Lo que sea y como sea y el que no quiera va contra ellos y las cosas son blancas y negras. Y es que los jóvenes están para equivocarse. Y los viejos ¿pará que están? ¿Para quejarse de que todo su sufrimiento ha sido en vano viendo los frutos?

Pues no lo sé. Y todos los días la misma pregunta, en el mismo banquito y con el mismo sol reconfortante. Y así hasta que me muera, digo yo, que no quedará mucho. A ver dónde anda el gachón del Paco. Como estoy tardando tanto igual ni se acuerda de mí. Y si me está viendo me diría y que haces tú pensando todas estas cosas mujer si a ti esto ni te va ni te viene. Y tienes razón Paco y no sé si tengo razón o no o si se puede llegar a tener razón en algo, pero mañana volveré a pensarlo porque el cuerpo lo tengo tieso pero la mente mejor que nunca y prefiero ver estas películas en mi cabeza al solecito que ver la crispación que venden hoy en la telelevión, con lo bien que se estaba con dos canales y todos con las mismas cosas en común.

Por ahí viene mi hija de vuelta con los niños como si fueran dos bolsas del mercado colgándole de las manos ¿En que no saben andar? Dos hostias... Se me ha pasado rápido aunque tengo el culo como una tabla de ferralla. Mírale la cara de agobio, es que no quiere ni verme. Normal. Y, mientras me levanta del banquito, me dirá algo así como "Vamos mamá que eres lo que me faltaba hoy", pero yo no le doy importancia, primero porque se cree que no me entero y sé que lo dice sin ánimo de herirme y segundo porque es mi hija y la querré incondicionalmente haga lo que haga y diga lo que diga y lo demás no importa.

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