jueves, 26 de octubre de 2017

Poder

El frasco de cristal reposaba en el mueble bar y la pistola en el cajón. No recordaba cuanto tiempo llevaba allí. Tenía la sensación de que toda la vida, por lo menos desde que se mudaron al rancho. Era una de esas pequeñas, manejable, con seis balas, según su punto de vista, diminutas. El día que se la entregó el jefe de seguridad se preguntó si esas balas tan pequeñas podrían matar a alguien. Pronto lo comprobaría.

Se acomodó en la silla dando un breve suspiro. Giró sobre el eje con un lento movimiento de pies hasta que dejó de ver el despacho y quedó de frente a la enormidad del rancho. Si las paredes de ese despacho hablaran. Si pudieran juzgar y sentenciar. Miró la escultura de Domiciano del rincón. La había comprado en una subasta por la fuerza que desprendían los ojos, las facciones de su cara, parecía que le mirara y le dijera: te estoy vigilando. No tenía brazos pero imaginó que alzaba el derecho portando un mallete y la izquierda a la altura de la cintura con una espada.

El despacho lo había ubicado en la parte más alta de la casa para asomarse, como en ese momento, y contemplar la belleza de los campos extendiéndose como mantas que calientan la tierra, las vallas de madera confinando a los caballos, los empleados embutidos en sus vestimentas de vaqueros, con el sombrero bien calado, dirigiendo el ganado, obediente y precioso.

Volvió a suspirar. Se dijo que había suspirado más esa última hora que durante el resto de su vida. Una sonrisa quiso asomarse a la comisura de sus labios pero nunca se produjo. La sustituyó por un recuerdo que se asomó con nitidez. Casi podía ver a su padre en la ventana. Le dijo una de esas frases incomprensibles de aviso que una vez que las comprendes ya es demasiado tarde. “En este negocio. Nunca te pares a pensar demasiado”.  En aquel momento no entendió ni las palabras, ni la mirada de su padre, pesarosa. Es más, la había interpretado como equivocada, un desliz chocho del mentor que le había enseñado todo. “Todo por la familia. No te pares a pensar demasiado”. Todo por la familia. Todo lo que haces en la vida por la familia. Porque hay que tener un objetivo que te ayude a superar los momentos difíciles, que te sirva de motivación. Esposa y tres hijos. Se le escapó un La Familia entre dientes que  viajó a través de la ventana a algún lugar lejano, fuera del rancho. Débil pero inexorable.

“Si quieres disturbios molesta a la gente, si quieres una guerra mátalos de hambre”. Otra de las frases de su padre pronunciada en otro momento y con otro ímpetu. Esa sí le había llegado cuando ambos eran más jóvenes. En plena expansión. Cuando no pensaban demasiado. Cuando las personas eran sólo números, peones, de una partida de la que ahora se preguntaba el para qué.

Su imperio se fundamentaba en dos pilares, el anonimato y el poder. El uno les servía para impedir la usurpación, si eres conocido hoy te querrán y mañana te odiarán, los ricos de la lista Forbes, los presidentes del gobierno, los dictadores, los altos cargos internacionales, los actores revolucionarios,  todos los que se creían influyentes de algún modo un día caerían porque a la gente le gusta cambiar pero solo puede cambiar lo que conocen. El otro sirve para que todo sea previsible, un buen negocio no puede permitirse sorpresas desagradables. Nada ocurre por casualidad, siempre hay una explicación lógica, si no la encuentras es que te falta información. El poder consiste en tener  herramientas para que todo pase según lo previsto.

Imágenes de Reuniones de Grupo, así de simple era el nombre, le vinieron a la cabeza. Se juntaban en cualquier sitio tranquilo, generalmente lejos de las ciudades y tirando más a zonas rurales, casas de campo, ranchos, lugares donde nadie les molestara. Entre las cinco familias controlaban el 90% de la producción de cualquier cosa en occidente y con ello el suministro agrícola y ganadero del 70% de los países del mundo. Había sido divertido sentarse  alrededor de un buen asado, después de haber estado cazado un par de horas por la mañana, y decidir que conflictos mundiales serían más de su interés. Ya no se lo parecía.

“No intimes demasiado con la gente. Céntrate en la familia”. El otro día, en una cafetería del pueblo, en el tiempo que se tomaba un capuchino, había escuchado a dos hombres discutir airadamente sobre temas varios, patrios o extranjeros, Israel y Palestina, Korea del Norte, las guerras en África o la pobreza en la India, nacionalismos, derecho humanos, matrimonio gay y libertad de la mujer. Daban palos de ciego con argumentos masticados en los medios de comunicación aderezados con las convicciones de cada uno. Lo que le llamó la atención no fue tanto la vacía conversación, al final estaban desempeñando el rol de un ciudadano medio occidental en la obra teatral que diseñaban en las Reuniones de Grupo, sino la vehemencia con que decían las cosas. Creyéndoselo. Si yo fuera…, si hicieran…, si dejaran que… La gente es tan causa-efectista que resulta casi imposible no despreciarlos. Lo único sensato fue la última frase antes de un sonriente brindis: “Vamos a dejarlo, si total, no sabemos de la misa la mitad”.  Ignorantes pero felices a fin de cuentas. Despreciables pero felices. No pienses demasiado. Tarde.

Si esos hombres supieran que la gran mayoría de los conflictos, pequeños o grandes, están provocados por subidas y bajadas de precio en mercancías clave y que están perfectamente orquestadas para que ocurra una cosa u otra se llevarían las manos a la cabeza en un primer momento pero un rato después ya estarían hablando de nuevo haciéndose los interesantes. Felices.

Esos hombres cuando piensan demasiado se preocupan de que no han arreglado aún la lavadora, o que su jefe les machaca, o que han engañado a su esposa, o que no han ido al baile de sus hijos. Él en ese momento pensaba en las vidas que indirectamente había quitado, los niños que había matado o dejado huérfanos y los refugiados que se habían quedado sin hogar al que volver.  De nada servía equilibrar. Pueblos enteros habían prosperado gracias a sus decisiones,  industrias completas habían nacido gracias a ellos, había puesto fin a varias guerras. Lo había compensado así durante años, siempre que se atisbaba un día de los de pensar demasiado, se autoengañaba. Pero ya no, hoy no.

Hoy tenía los papeles del divorcio encima de la mesa. La familia se desintegraba, se hacía añicos antes sus ojos. Su leitmotiv, como un cristal resquebrajado durante años y reforzado con torpes pedazos de cinta aislante, por fin se partía. Y sus manos sangraban al sujetar cada trozo de cristal, al intentar mantenerlos juntos. Y lloraba en la metáfora y en la realidad.

Vio aparecer el coche por el camino y se enjugó rápidamente la solitaria lágrima que llegaba ya hasta la barbilla. Se dio la vuelta y miró el escritorio. Abrió ligeramente el cajón y esperó. Teléfono. Sí que pasen.

Oyó los pasos en la escalera y un segundo después se abrió la puerta. Allí estaban los cuatro. Una Reunión de Grupo más. Entre palabras de camaradería, algún chiste y las preguntas de a qué se debía esa reunión algo repentina se contestó con evasivas ofreciéndoles una copa del mejor whisky escocés, como hacía siempre. Una vez sentados todos delante del escritorio, proclamó que tenía algo importante que decirles pero antes brindaron sonrientes, como los hombres del bar, y pensó que como ellos no sabían de la misa la mitad de lo que les iba a ocurrir a continuación. El veneno actuó casi de inmediato. Cuatro de los cinco hombres más poderosos del planeta trataron de gritar, de hablar, no lo consiguieron. Sus tráqueas se habían cerrado en unos interminables y grotescos segundos antes de espumear brevemente por la boca y caer inertes sobre sus sofás. En ese momento sacó la pistola del cajón y en un rápido movimiento disparó un de sus diminutas balas a su sien derecha.


Cayó sobre el escritorio. Un hilo de sangre salía de su cabeza y empapaba, lento pero imparable, los papeles del divorcio con la firma de su esposa y su nombre al otro lado. Sin firma. La sangre nunca alcanzaría los papeles situados en el lado opuesto. Los del seguro.

2 comentarios:

  1. seguro.....no???, por suicidi no te pagan ,jejejeje
    Como te gusta el rollo conspiración , de todos modos da igual esta gente tendra hijos que seguiran haciendo lo mismo....asi que yo féliz con los bailes de mis hijos, y cruzando los dedos para que no me toque la guerra a mí.
    besos

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