No podía creer la suerte que había tenido. Había reaccionado
de la misma manera que había sucedido todo. Muy deprisa. Los rusos les habían
sorprendido en plena noche entrando en la trinchera. No sabían si había
sido un golpe de suerte, un acierto del servicio de inteligencia o un órdago
arriesgado que salió bien. Nunca lo sabrían.
El ataque llegó en un momento en el que el regimiento estaba
mermado. Las misteriosas bajas sufridas a lo largo de las últimas semanas los
tenían en cuadro. Desaparecían soldados de guardia o salían de reconocimiento y
no volvían. Los esfuerzos de los mandos por encontrar una explicación se
reducían cada vez más por la merma de efectivos. Y ahora llegaban los rusos.
El soldado JF. Jeremy del 17º pelotón de infantería del ejército
alemán aún tenía esperanzas. El asalto había durado apenas siete minutos
durante los cuales sólo había habido un par de ráfagas de disparos en defensa
ejecutados torpemente por los soldados de guardia, contra cincuenta Tokarevs en
ataque que habían entrado en la trinchera como un cuchillo en la mantequilla.
El frente, la retaguardia, ambos flancos, todos los túneles y la sala de mando
ocupadas en un abrir y cerrar de ojos. Sin piedad y sin hacer prisioneros.
Lo que salvó a JF, además de su cobardía, fueron las
circunstancias. Estaba en la segunda línea de un improvisado batallón de ocho
soldados recién levantados del catre. El destino quiso que estuvieran en el
punto más alejado del inicio del ataque por lo que fueron los que tuvieron más
tiempo de prepararse. Y los últimos en morir. Se encontraban en el límite de la
trinchera. La espalda tocando la arena y las manos temblorosas sujetando armas sin cargar. La primera ráfaga acabó con dos de los soldados justo delante suyo.
Un segundo después la segunda mató al de su izquierda e hirió en la pierna al
de su derecha que cayó gritando. Fue durante el tercer segundo, por instinto,
sin saber realmente porqué, cuando JF tomó la decisión de tirarse al suelo y
ocultarse debajo de los cadáveres de sus compañeros. Pretender hacerse el
muerto durante un ataque así carecía de sentido pero en ese momento parecía una
forma de ganar al menos unos segundos de vida. Otro par de ráfagas acabaron con
el resto que cayeron también sobre él. Los rusos se acercaron y acabaron con la
agonía del soldado herido instalándole dos balas en el cráneo.
JF con los ojos cerrados oyó una voz que sonaba a mando y
los rusos se alejaron a toda prisa por uno de los pasillos de la trinchera sin tener tiempo de rematarles. Estaba en estado de shock. Petrificado. Semi tumbado, semi
sentado en la húmeda pared de la trinchera, con tres soldados debajo de él y
otros cuatro parcialmente encima. Aprovechó que en ese momento estaba sólo con
sus difuntos colegas para acomodarse mínimamente. Aún no se atrevía a abrir los
ojos así que sus oídos eran sus mayores aliados. Ya no se oían disparos y los
tonos elevados de las órdenes habían dado paso a la tranquilidad del
despliegue. Logró controlarse un poco. Muy poco. Lo justo para poder pensar.
En el punto dónde se encontraba había dos ametralladoras
MG08 a unos cuatro metros cada una. Una a cada lado. Los rusos no tardarían en
ocupar esos puestos con sendos vigías. El miedo le había revuelto el estómago y
el susto bloqueado todo su organismo. Había contenido sus esfínteres hasta ese
momento pero era mejor vaciarlos ahora
que aún estaban calientes los cuerpos y no levantar sospechas.
Varias voces rusas se acercaron. Después de unos minutos de
conversación ininteligible percibió como los dos soldados se apostaban en
sendas ametralladoras. Estaban tan cerca que a veces hablaban algo entre ellos.
Incluso se lanzaban cosas ¿tabaco? Abrió los ojos por un momento. Entre el
amasijo de brazos y cabezas que le cubría pudo ver lo cerca que estaban. Un
tercer vigía pasó justo delante golpeando la bota de unos de sus excompañeros.
Cerró los ojos rápido. Fue consciente entonces de la imposibilidad de cualquier
plan de escape, de que tarde o temprano le descubrirían y tuvo ganas de
entregarse.
No se rindió y durante las siguientes horas su cabeza se
entretuvo en pensar. Habría cambio de turno. Igual tendría unos segundo de
soledad que podía aprovechar para salir por el agujero de la trinchera encima
de su cabeza. Podría moverse un centímetro cada hora para liberarse poco a poco
del peso de sus compañeros y facilitar un movimiento rápido.
Además en algún momento tendrían que enterrar o quemar los cadáveres y puede
que fuera su oportunidad para escapar.
Eran todos callejones sin salida. Y cuando se cansó de frustrarse
comenzó a notarlo. Lo peor no era el frío que le producía la humedad de la
trinchera o la sensación térmica de cinco grados bajo cero del ambiente. Lo
peor era el entumecimiento de las extremidades y el no poder mover un músculo.
Cualquier movimiento podía hacer caer uno de los cuerpos o mover aunque fuera
unos granos de arena de la pared y sus alrededores alertando a los guardias.
Tampoco podía hacer ruido ya que los vigías lo detectarían. Además siempre
estaban ahí.
Como había sospechado había cambios de turno pero esos rusos
eran eficientes y organizados. JF aprovechaba los pequeños y cortos alborotos
para pestañear, mover las manos y los pies un ápice o rascarse muy levemente la
espalda con la pared o un compañero. Pero lo más importante era soplarse el
pómulo derecho. Ese pómulo era la única parte de su cuerpo que alcanzaba la
nieve, que caía implacable. Notaba cómo posaba cada copo con delicadeza sobre su
piel. Sin poder tocarse. Sin poder agitar la cabeza. Sólo al son del reloj de
la naturaleza copo a copo su mejilla se iba congelando. Y así pasaban las
horas, los minutos y los segundos. Y su cabeza se iba a su pueblo natal, dónde
la nieve era una bendición y no te congelaba la mejilla sin que pudieras
moverte, donde compartía comidas copiosas con sus padres y hermanos y aventuras
con sus amigos. Aquel pueblo donde un buen día ser un niño estaba prohibido y
defender a la patria era lo único que importaba. Recordó el abrazo de su madre
al partir a filas. La calidez del espacio entre su oreja y el hombro donde desde
niño le había encantado poner su nariz helada después de un día en la montaña.
Y con la adolescencia cada vez lo había hecho menos y ahora se arrepentía y se
acordaba de aquella última despedida. Las lágrimas de sus hermanos y la mirada
orgullosa de su padre. La imagen la podía controlar a su antojo, como si fuera
en un pequeño avión de juguete. Subía, bajaba, se metía por las calles del
pueblo, veía escenas congeladas de su infancia cuando jugaba con los Shell o
tonteaba con Rachel cerca del molino y sus carnosos labios. Y así pasaban las horas, los minutos y
los segundos. Utilizando de catalizador el dolor de una mejilla cubierta por la
nieve para soñar o volver a sufrir.
Después del tercer cambio de turno ocurrió algo. Por un momento hubo una algarabía inusual.
Agudizó el oído para ver si era capaz de entender lo que pasaba pero no hizo
falta. Notó un alivio repentino ya que los rusos habían levantado uno de los
cuerpos que estaba encima de él. Ya empezaban. No tenía sentido que no hubieran
recogido los cadáveres antes. Su plan de escapar una vez en la fosa volvió a su
mente pero se desvaneció de nuevo cuando retornó a la fatídica rutina. La
charla entrecortada de los vigías, la nieve en la cara, el cuerpo entumecido,
el frío y la esporádica evasión mental.
La escena se repetía cada cierto tiempo. Venían. Se llevaban
uno de los cuerpos y dejaban el resto allí. En algún momento le tocaría a JF.
Cuántos menos cuerpos le cubrían más a la intemperie estaba. La sed comenzaba a
acuciarle. Lo gracioso de la situación es que tenía media cantimplora llena.
Deseaba echarle mano. Abrirla poco a poco con dos dedos y en un cambio de turno
llevársela a la boca. Sabía que era imposible pero era una terrible pescadilla
que se muerde la cola, notar la lengua seca, pensar en la cantimplora, saber
que es imposible, notar la lengua seca… Un bucle psicótico difícil de parar.
¿Por qué de uno en uno? ¿Qué hacían con los cadáveres?
Supuso que pronto lo averiguaría. Tenía que estar preparado. Sólo quedaban
cinco cuerpos y el suyo era uno de los dos más expuestos. Podía ser el
siguiente. Notaba los miembros de sus compañeros duros como estacas que se le
clavaban en la espalda. Habían pasado muchas horas, quizás casi dos días, y el
frío de aquel maldito paraje aceleraba
el rigor mortis. Si JF era el siguiente tenía que hacer su mejor papel como cadáver.
Mezcla de rigidez y relajación para aparentar un peso muerto y representar el
grácil efecto que la gravedad ejerce sobre un ser inerte. Y la respiración, lo
más difícil con ese frío y esa tensión, mantenerla muy débil, sin sonido, sin
vaho.
Volvieron y no hubo suerte. Se llevaron al otro. Sin embargo
cuando se iban JF notó que uno de los soldados se había quedado frente a él. Su
oído se había vuelto agudo y podía escuchar las botas moviéndose nerviosas en
la arena, incluso el chupar de un cigarrillo caladas largas y potentes para
expulsar luego el humo con fuerza. Por un momento el silencio y después... calor.
Unas manos grandes comenzaron a cachearle
con prisas. Le abrieron el abrigo y la camisa. Hurgaron por este bolsillo y por
el otro. Notaba el aliento cálido sobre su cara y cuello. La respiración
agitada del ruso daba algo de vida a la piel de su pómulo congelado. La mano
alcanzó algo que no debió gustarle en la zona trasera del pantalón de JF porque
escupió unas palabras como una expresión de asco. Se levantó maldiciendo. Se oyó un cremallera. La meada de ese soldado que pretendía ser un afrenta póstuma se convirtió en salvación. JF no quería que parara, quería que la vejiga de ese enemigo fuera infinita y que el chorro llegara a todos los rincones de su piel. Contuvo los escalofríos. Volvió a oír la cremallera y el soldado se fue. Ahora que el orín ya se había enfriado contuvo las arcadas.
Seguro que le había descubierto. El calor de su cuerpo, aunque congelado,
sería superior al de sus ex compañeros muertos. Tenía que haberse dado cuenta.
Estaba perdido. Ese soldado volvería y lo remataría. Su actuación había sido
buena. No se había movido y podría haber pasado por muerto. Pero el calor era
imposible de disimular.
Se puso nervioso. Su respiración se aceleró y con ello notó
como el vaho salía de su boca. Abrió los ojos. Estaba sólo. Tenía que
tranquilizarse. Trató de moverse pero sus músculos no respondían. Ni las manos
ni los pies. Se movieron un poco pero no suficiente para la difícil tarea de
levantarse, correr, saltar y escapar. Las voces volvían por el pasadizo. Puso
todos los esfuerzos en calmarse. Descamisado y con parte del torso al aire hizo
esfuerzos por no tiritar de frío, controlar la respiración. Volver a estar
muerto.
Un par de manos fuertes lo cogieron de los tobillos y otro
de las muñecas. Tuvieron que dar un par de patadas a los cadáveres de sus
compañeros que se habían quedado pegados a su espalda. Los soldados rusos se
movían con agilidad. Eran fuertes. Intuía por donde le llevaban. Le sacarían por
la entrada este de la trinchera. Por allí sólo podían llevarlo al bosque. Se
encontraba a unos cien metros y era un buen lugar para una fosa común. También
la mejor oportunidad de escapar.
El trayecto se hizo interminable. Los calambres del
entumecido cuerpo de JF estuvieron a punto de aparecer en varias ocasiones.
Puso todo de su parte para que no ocurriera. El dolor general de su cuerpo, el
frío, era indescriptible. Confió en que su cabeza descolgada hacia atrás ocultara las pequeñas muecas de dolor de su rostro. De pronto sintió que lo balanceaban
un par de veces y después… el vacío.
Cayó al otro lado de un seto de mediana altura. Su tórax
golpeó una piedra del tamaño de un ladrillo provocándole un intenso dolor en las costillas.
Ahora sí abrió los ojos confiado. Observó las cabezas de los soldados alejarse
por encima del seto. Era libre. Intentó moverse y todo el cuerpo se le
acalambró. Los músculos de las piernas y los brazos se retorcían en su interior
como columnas barrocas. Gritó en silencio, respiró profundo y consiguió alcanzar
la cantimplora. Bebió con avidez el agua congelada que notaba en sus labios cómo
el fuego y cuando hubo terminado observó a su alrededor. Había pequeños charcos
de sangre por todos lados y pedazos de tela. Se fijó con más detenimiento. Eran
uniformes como el suyo. Botas como las suyas. Había pedazos humanos por todos
lados. Lo que parecía una mano, un torso sin extremidades o media
cabeza. Y el gruñido. No se había percatado hasta entonces. JF giró lentamente
la cabeza y los vio. Una manada de tres lobos exageradamente grandes.
Dos de ellos le miraban fijamente. Respirando agitados,
enseñando los dientes y con el hocico retraído. El tercero estaba dando buena
cuenta de la última compañía que JF había tenido en la trinchera. Una pequeña parte
de su cerebro se sorprendió al comprender que así era como los rusos evitaban
las desapariciones. De uno en uno. Muy listos.
Se quedó muy quieto de rodillas, con una mano en el costado
dañado, mirando a los ojos al lobo más grande. No tenía armas. La piedra con
forma de ladrillo estaba a su alcance. El lobo grande cubrió los pocos metros
que les separaban en dos zancadas. Tomó la piedra. Se volteó para maximizar la
fuerza del golpe pero no tuvo tiempo.
Volvía a estar tumbado. Sintió un agudo dolor en el cuello. Las
mandíbulas del lobo rodeaban su garganta. Entendió al instante que iba a morir.
Cuando estás tanto tiempo cerca de la muerte y por fin la encuentras todo el
trabajo de aceptación está hecho. El
calor que emanaba del aliento y del tacto del animal era incluso reconfortante.
La presión fue aumentando, los colmillos penetraban despacio en sus arterias y
rompían su musculatura. Notó la respiración del otro lobo acercando sus fauces
a su estómago justo antes del último y fatídico crujido vertebral. Justo antes
de viajar sin retornó a su pueblo, con su familia y sus amigos, con Rachel y
sus carnosos labios, cálido y tranquilo a luz de un hogar y una buena comida. Justo
antes de verse sonreír mientras corría alegremente tras la puesta de sol. Lejos de la trinchera.
Espectacular
ResponderEliminar