viernes, 26 de enero de 2018

Caramelo


Le miraba con los ojos muy abiertos. Su sonrisa, entre de reproche y pícara, no podía esconderse en su cara. El cuello del pijama estaba sensualmente dado de sí. Era uno de esos pijamas muy propios, suaves al tacto, que indican que son más cómodos ahora que el día de su estreno hace ya un tiempo. A ella le encantaba llevarlo y a él abrazarla mientras lo llevaba puesto. Esgrimía el cojín blanco como único arma con las dos manos mientras apoyaba ambas rodillas al borde de la cama para tener más capacidad de reacción en caso de algún movimiento sorpresivo. Ni se te ocurra, decía en tono divertido.

Y justo al terminar la frase él saltaba desde el otro lado de la cama, con un cojín en cada mano, y en un uno-dos fugaz, desarmaba su tímida defensa que no era más que soltar un gritito y agachar la cabeza mientras se tapaba la tripa con su cojín que hacía ahora de escudo. Las manos de él navegaban raudas por todo el cuerpo de ella, apretando ahora aquí ahora allá. Los pequeños grititos se sucedían con respiraciones cortas y ahogadas. Y entre respiro y respiro un breve. Para. Para por favor. Que me meo.

Podían estar jugando a ese juego de las cosquillas hasta media hora. Había contraataques, treguas de un minuto o dos, traiciones en forma de dedos que tenían como objetivo las costillas, las rodillas o el cuello. Siempre acababan exhaustos, riendo y muy excitados.

Aquel día la excitación había existido pero no acabaron teniendo sexo. Al día siguiente tenían que madrugar y decidieron mutuamente acostarse. Al tratar de levantarse de la cama él le lanzó un último ataque que no llegó a concretar pero que fue suficiente para que ella se levantara con un ataque de tos. Para ya, ¿vale?, que me da la tos. Mientras decía esto se levantaba la camiseta del pijama y se señalaba unas pequeñas marcas moradas en los costados, los hombros y los brazos por debajo de las axilas. Lo acompañaba siempre de una mirada de “luego dices”. Entre los gritos y esto cualquiera diría que me maltratas. Ambos sonreían, y ella se iba al servicio.

Mientras él se tiraba en la cama, estiraba los brazos y las piernas todo lo que podía, daba una profunda bocanada de aire, exhalaba como si no existiera ningún problema en este mundo o algo que pudiera ir mal y se abrazaba a la almohada de ella hasta que regresaba del baño. Entonces cambiaba la almohada por su cuerpo, menudo, caliente y reconfortante.

Entonces se acariciaban, se miraban, se reían, se hablaban y se dormían. Pero ese día estaba aquella tos y con esa tos aquel caramelo de menta. A pesar de los barrotes, del policía que custodiaba la celda y el enorme hombre peludo que olía a cloaca y que se había sentado a su lado de forma intimidatoria, podía ver las manos de ella desenvolviendo lentamente el papelito blanco de bordes verdes, con algún dibujo de una hoja de menta o similar, con ese ruido tan característico, y como en un rápido movimiento de dedos lo sacaba del envoltorio y se lo metía en la boca.

¿Te vas a acostar con eso en la boca? Sí. Como vamos a leer un rato tú me avisas si me duermo. Vale, vale. Leyeron. Se durmió. La avisó. Sonrieron. Acordaron que no pasaba nada. Se durmieron y a la mañana siguiente la glaciación.

Se despertó. Hacía más frío de lo habitual. Lanzó su mano, como siempre, en busca del vientre de ella. Gélido. ¿Cariño? Destapó el edredón y las sábanas con avidez. Azul. Estaba azul. Le tocó un brazo. Congelado. La habitación congelada. Su cuerpo congelado. Su corazón congelado. Se armó de valor y le cogió la cabeza congelada para verle la cara. Toda su belleza estaba allí pero en azul. Las mejillas azules, los labios, azules oscuros, los ojos de hielo, la lengua azul marino. Se quedó quieto un instante que para él parecieron horas. Saltó de la cama. Todas las emociones posibles le invadieron al mismo tiempo pero el instinto de supervivencia tomó el control. Le tomó el pulso o lo que suponía que era tomar el pulso. Silencio. Buscó torpemente el móvil por toda la habitación, tirando todo tipo de cosas a su paso. Lo encontró en la mesilla. Llamó al 112 y dijo: Me acabo de levantar. Mi novia se ha atragantado con un caramelo de menta mientras dormía. Está muerta. Creo.

¿Cómo podía haber dicho esas palabras así, sin tartamudear, sin llorar, en ese tono tan… profesional? Estaba nerviosísimo, a punto de estallar de la impotencia, la pena y el dolor y sin embargo mantuvo la calma, quizás por el deber de salvarla. Se hacía estas preguntas ahora. Casi seis horas después. De las cuales no se acordaba de nada salvo fogonazos después de aquella llamada.

Sabía que se había derrumbado en la puerta de la entrada. Que había llorado. Recordaba vagamente a los del 112 entrando en casa a toda prisa, atendiendo a su novia, mientras le interrogaban sin éxito. Luego la policía llegando y volviendo al interrogatorio. También sin éxito. No era capaz de pronunciar palabra. Solo podía ver la cara de su novia sonriendo con picardía y cómo se iba superponiendo la cara azul y la lengua azul marino que se comía su sonrisa. Una y otra vez la misma imagen. El último fogonazo era el de una de las asistentes del 112 saliendo del piso y mirándole con cara de asco y desprecio.

No sabía cuando salió del shock. Si al leerle sus derechos, ¿se los habían leído?, al meterlo en el coche de policía esposado, al introducirlo en la celda o cuando el gordo se le había sentado al lado, le había acercado su enorme papada sudorosa a la cara y le había susurrando: “La escoria como tú aquí dura poco. Estás muerto. Lo sabes ¿no?”.

Le entró la risa. Al principio tímida, luego fue in crescendo hasta convertirse en carcajada. Se levantó y miró al hombre gordo. Su cara, acostumbrada a las situaciones amenazantes, era de sorpresa. Nada descoloca más que un tío que no tiene ni media ostia, al que acabas de amenazar y se está partiendo de risa. En resumen, nada descoloca más que un demente.

Le iba a decir al gordo que no tenía ni puta idea de lo que hablaba pero no le dio tiempo. Sólo escuchó el Cállate más duro que había oído nunca, vio por el rabillo del ojo al policía fuera de la celda llevarse la mano a la porra y un puño del tamaño de una maceta volar hacia su mandíbula.

Ya está despierto escuchó a través de la puerta. Ya puede entrar. Un hombre aparente, bien trajeado, abrió la puerta con rapidez y la cerró igual de rápido. Le miró. Desde la silla a la que estaba esposado no le salió otra cosa que un gesto con la cabeza. Dolor. Tenía la sensación de estar metido en un microondas a máxima potencia. Le dolía la cara en general y la boca en particular. Palpó con la lengua con suma delicadeza cada centímetro de cavidad bucal a la que llegaba. Allí no estaba todo lo que tenía que estar. Empezó a contar los dientes que echaba en falta pero el hombre trajeado le interrumpió.

Tus padres me han contratado. Soy tu abogado. No hables con nadie nada más que conmigo de aquí en adelante. ¿Entendido?

Le miró sin comprender del todo.

Siento decirte esto así pero no tenemos mucho tiempo. Tú novia ha muerto y eres el principal y único sospechoso.

¿Sospechoso?

La han encontrado llena de marcas por todo el cuerpo, en especial en los brazos y cuello. Asesinato. Tenemos que preparar tu defensa.

¿Asesinato? ¿Mi defensa? No hay nada que defender. Se ha ahogado con un puto caramelo. Eso es todo.

¿Un caramelo? Por dios. Reitero que no le digas nada a nadie. No había ningún caramelo en la escena.

¿Cómo? Seguía sin pensar con claridad pero al menos el shock estaba dando paso a la ansiedad. Tengo que salir de aquí.

Mira chico. Voy a serte muy sincero. A mí no me importa lo que hayas hecho. Para mí eres inocente y voy a tratar de demostrarlo pero no va a ser fácil. Fuera de esta comisaría hay cinco medios de comunicación poniendo una diana en tu espalda y medio centenar de mujeres que quieren lincharte. Dicen algo de un Tweet que pusiste sobre la carrera de la mujer y la prohibición de la participación masculina.  Así que no. No vas a salir de aquí. Y cuando consiga sacarte más vale que te vayas lejos y en silencio.

¿Qué me vaya lejos?¿A donde? Yo no he hecho nada. La ansiedad daba paso a la ira. Y mi novia… está muerta. La ira a la tristeza ¿Creen que lo hice? ¿Está todo el mundo loco? La tristeza a la negación.  Nos queríamos joder. Nosotros…nos…queríamos. Y la negación a la depresión.

No digas nada de eso a nadie. Déjamelo a mí. Ni el amor ni las personas significan nada cuando se trata de un buen titular al que sacar rentabilidad. Y ahora eres EL TITULAR chaval. Mucha gente vive de ti en estos momentos. Reza porque la opinión pública no desestabilice el trabajo de la justicia. Volveré en unas horas a verte.

Se levantó y cuando abría la puerta le dijo entre lágrimas. Quiero ver a mis padres.

Son cargos de asesinato y malos tratos. Violencia de género. Tendrás que esperar la orden del juez para que establezca el régimen de visitas y ya te adelanto que tal y como está la cosa ahí fuera no vamos a conseguir muchas facilidades. Y se fue cerrando la puerta.

Allí se quedó. Esposado a esa silla oxidada. Con al menos tres dientes menos. La cabeza y la mejilla a punto de explotarle. Acusado de asesinar a la persona que más quería en el mundo. Sin poder hablar con nadie de confianza. Y todo en menos de un día. No puede recordar cuanto tiempo estuvo llorando hasta tranquilizarse. Pero cuando lo hizo, cerró los ojos. Y vio su sonrisa, pícara, su sugerente escote, su cojín blanco esgrimido como arma o escudo, y sus ojos enormes mirándole. Todo a cámara lenta. Esfumándose.

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