Le miraba con los ojos muy
abiertos. Su sonrisa, entre de reproche y pícara, no podía esconderse en su
cara. El cuello del pijama estaba sensualmente dado de sí. Era uno
de esos pijamas muy propios, suaves al tacto, que indican que son más cómodos
ahora que el día de su estreno hace ya un tiempo. A ella le encantaba llevarlo
y a él abrazarla mientras lo llevaba puesto. Esgrimía el cojín blanco como único arma con las
dos manos mientras apoyaba ambas rodillas al borde de la cama para tener más
capacidad de reacción en caso de algún movimiento sorpresivo. Ni se te ocurra,
decía en tono divertido.
Y justo al terminar la frase él
saltaba desde el otro lado de la cama, con un cojín en cada mano, y en un
uno-dos fugaz, desarmaba su tímida defensa que no era más que soltar un gritito
y agachar la cabeza mientras se tapaba la tripa con su cojín que hacía ahora de escudo. Las manos de él navegaban raudas por todo el cuerpo de ella, apretando ahora aquí ahora allá. Los
pequeños grititos se sucedían con respiraciones cortas y ahogadas. Y entre respiro y
respiro un breve. Para. Para por favor. Que me meo.
Podían estar jugando a ese juego
de las cosquillas hasta media hora. Había contraataques, treguas de un minuto o
dos, traiciones en forma de dedos que tenían como objetivo las costillas, las
rodillas o el cuello. Siempre acababan exhaustos, riendo y muy excitados.
Aquel día la excitación había
existido pero no acabaron teniendo sexo. Al día siguiente tenían que madrugar y
decidieron mutuamente acostarse. Al tratar de levantarse de la cama él le lanzó
un último ataque que no llegó a concretar pero que fue suficiente para que ella
se levantara con un ataque de tos. Para ya, ¿vale?, que me da la tos. Mientras
decía esto se levantaba la camiseta del pijama y se señalaba unas pequeñas
marcas moradas en los costados, los hombros y los brazos por debajo de las
axilas. Lo acompañaba siempre de una mirada de “luego dices”. Entre los gritos
y esto cualquiera diría que me maltratas. Ambos sonreían, y ella se iba al
servicio.
Mientras él se tiraba en la cama,
estiraba los brazos y las piernas todo lo que podía, daba una profunda bocanada
de aire, exhalaba como si no existiera ningún problema en este mundo o algo
que pudiera ir mal y se abrazaba a la almohada de ella hasta que regresaba del
baño. Entonces cambiaba la almohada por su cuerpo, menudo, caliente y
reconfortante.
Entonces se acariciaban, se
miraban, se reían, se hablaban y se dormían. Pero ese día estaba aquella tos y
con esa tos aquel caramelo de menta. A pesar de los barrotes, del policía que
custodiaba la celda y el enorme hombre peludo que olía a cloaca y que se había
sentado a su lado de forma intimidatoria, podía ver las manos de ella
desenvolviendo lentamente el papelito blanco de bordes verdes, con algún
dibujo de una hoja de menta o similar, con ese ruido tan característico, y como
en un rápido movimiento de dedos lo sacaba del envoltorio y se lo metía en la boca.
¿Te vas a acostar con eso en la
boca? Sí. Como vamos a leer un rato tú me avisas si me duermo. Vale, vale.
Leyeron. Se durmió. La avisó. Sonrieron. Acordaron que no pasaba nada. Se
durmieron y a la mañana siguiente la glaciación.
Se despertó. Hacía más frío de lo
habitual. Lanzó su mano, como siempre, en busca del vientre de ella. Gélido.
¿Cariño? Destapó el edredón y las sábanas con avidez. Azul. Estaba azul. Le
tocó un brazo. Congelado. La habitación congelada. Su cuerpo congelado. Su
corazón congelado. Se armó de valor y le cogió la cabeza congelada para verle
la cara. Toda su belleza estaba allí pero en azul. Las mejillas azules, los
labios, azules oscuros, los ojos de hielo, la lengua azul marino. Se quedó quieto un
instante que para él parecieron horas. Saltó de la cama. Todas las emociones
posibles le invadieron al mismo tiempo pero el instinto de supervivencia tomó
el control. Le tomó el pulso o lo que suponía que era tomar el pulso. Silencio.
Buscó torpemente el móvil por toda la habitación, tirando todo tipo de cosas a
su paso. Lo encontró en la mesilla. Llamó al 112 y dijo: Me acabo de levantar.
Mi novia se ha atragantado con un caramelo de menta mientras dormía. Está
muerta. Creo.
¿Cómo podía haber dicho esas
palabras así, sin tartamudear, sin llorar, en ese tono tan… profesional? Estaba
nerviosísimo, a punto de estallar de la impotencia, la pena y el dolor y sin
embargo mantuvo la calma, quizás por el deber de salvarla. Se hacía estas
preguntas ahora. Casi seis horas después. De las cuales no se acordaba de nada
salvo fogonazos después de aquella llamada.
Sabía que se había derrumbado en
la puerta de la entrada. Que había llorado. Recordaba vagamente a los del 112
entrando en casa a toda prisa, atendiendo a su novia, mientras le interrogaban
sin éxito. Luego la policía llegando y volviendo al interrogatorio. También sin
éxito. No era capaz de pronunciar palabra. Solo podía ver la cara de su novia
sonriendo con picardía y cómo se iba superponiendo la cara azul y la lengua
azul marino que se comía su sonrisa. Una y otra vez la misma imagen. El último
fogonazo era el de una de las asistentes del 112 saliendo del piso y mirándole
con cara de asco y desprecio.
No sabía cuando salió del shock.
Si al leerle sus derechos, ¿se los habían leído?, al meterlo en el coche de
policía esposado, al introducirlo en la celda o cuando el gordo se le había
sentado al lado, le había acercado su enorme papada sudorosa a la cara y le
había susurrando: “La escoria como tú aquí dura poco. Estás muerto. Lo sabes ¿no?”.
Le entró la risa. Al principio tímida,
luego fue in crescendo hasta convertirse en carcajada. Se levantó y miró al
hombre gordo. Su cara, acostumbrada a las situaciones amenazantes, era de sorpresa.
Nada descoloca más que un tío que no tiene ni media ostia, al que acabas de
amenazar y se está partiendo de risa. En resumen, nada descoloca más que un
demente.
Le iba a decir al gordo que no tenía
ni puta idea de lo que hablaba pero no le dio tiempo. Sólo escuchó el Cállate
más duro que había oído nunca, vio por el rabillo del ojo al
policía fuera de la celda llevarse la mano a la porra y un puño del tamaño de una maceta volar hacia su mandíbula.
Ya está despierto escuchó a
través de la puerta. Ya puede entrar. Un hombre aparente, bien trajeado, abrió
la puerta con rapidez y la cerró igual de rápido. Le miró. Desde la silla a la
que estaba esposado no le salió otra cosa que un gesto con la cabeza. Dolor.
Tenía la sensación de estar metido en un microondas a máxima potencia. Le dolía
la cara en general y la boca en particular. Palpó con la lengua con suma delicadeza
cada centímetro de cavidad bucal a la que llegaba. Allí no estaba todo lo que
tenía que estar. Empezó a contar los dientes que echaba en falta pero el hombre
trajeado le interrumpió.
Tus padres me han contratado. Soy
tu abogado. No hables con nadie nada más que conmigo de aquí en adelante. ¿Entendido?
Le miró sin comprender del todo.
Siento decirte esto así pero no tenemos mucho tiempo. Tú novia ha muerto y eres el principal y único
sospechoso.
¿Sospechoso?
La han encontrado llena de marcas
por todo el cuerpo, en especial en los brazos y cuello. Asesinato. Tenemos que preparar tu
defensa.
¿Asesinato? ¿Mi defensa? No hay nada que
defender. Se ha ahogado con un puto caramelo. Eso es todo.
¿Un caramelo? Por dios. Reitero que no le digas nada a nadie. No había ningún
caramelo en la escena.
¿Cómo? Seguía sin pensar con
claridad pero al menos el shock estaba dando paso a la ansiedad. Tengo que
salir de aquí.
Mira chico. Voy a serte muy
sincero. A mí no me importa lo que hayas hecho. Para mí eres inocente y voy a tratar
de demostrarlo pero no va a ser fácil. Fuera de esta comisaría hay cinco medios
de comunicación poniendo una diana en tu espalda y medio centenar de mujeres
que quieren lincharte. Dicen algo de un Tweet que pusiste sobre la
carrera de la mujer y la prohibición de la participación masculina. Así que no. No vas a salir de aquí. Y cuando
consiga sacarte más vale que te vayas lejos y en silencio.
¿Qué me vaya lejos?¿A donde? Yo no he
hecho nada. La ansiedad daba paso a la ira. Y mi novia… está muerta. La ira a
la tristeza ¿Creen que lo hice? ¿Está todo el mundo loco? La tristeza a la
negación. Nos queríamos joder. Nosotros…nos…queríamos.
Y la negación a la depresión.
No digas nada de eso a nadie. Déjamelo
a mí. Ni el amor ni las personas significan nada cuando se trata de un buen
titular al que sacar rentabilidad. Y ahora eres EL TITULAR chaval. Mucha
gente vive de ti en estos momentos. Reza porque la opinión pública no desestabilice
el trabajo de la justicia. Volveré en unas horas a verte.
Se levantó y cuando abría la
puerta le dijo entre lágrimas. Quiero ver a mis padres.
Son cargos de asesinato y malos tratos. Violencia de género.
Tendrás que esperar la orden del juez para que establezca el régimen de visitas
y ya te adelanto que tal y como está la cosa ahí fuera no vamos a conseguir
muchas facilidades. Y se fue cerrando la puerta.
Allí se quedó. Esposado a esa
silla oxidada. Con al menos tres dientes menos. La cabeza y la mejilla a punto de
explotarle. Acusado de asesinar a la persona que más quería en el mundo. Sin
poder hablar con nadie de confianza. Y todo en menos de un día. No puede
recordar cuanto tiempo estuvo llorando hasta tranquilizarse. Pero cuando lo
hizo, cerró los ojos. Y vio su sonrisa, pícara, su sugerente escote, su cojín
blanco esgrimido como arma o escudo, y sus ojos enormes mirándole. Todo a
cámara lenta. Esfumándose.
No hay comentarios:
Publicar un comentario